Hace unas semanas tengo una planta de café. No puedo evitar, al verla, pensar en mis abuelos, quienes levantaron dos generaciones de una familia y ayudaron a levantar un país a punta de café. Hoy, después de varios días de tener la saudade por mi abuela rondando, por fin se precipitó sobre mi, mientras desayunaba, el dolor insoportable de su ausencia, la tormenta que tantas veces me ha sacudido desde 2005.
Acá hay una canción que está en la última película que dirigió Robert Altman, "A prairie home companion", que expresa de una manera terrible la sensación de despedida que siempre tengo cuando pienso en mi abuela Isabel, quien en realidad fue mi madre.
La película es en sí misma una despedida, probablemente la que Altman hizo del cine y del mundo. Madre murió repentinamente, siendo aún joven y con una férrea voluntad de vivir, no tuvimos tiempo de despedirnos. Yo había vuelto desde Colombia a Buenos Aires poco más de un mes antes, nuestro último encuentro fue tan feliz como los que siempre tuvimos, y sin saberlo nos tomamos la que fue nuestra última foto, su última foto.
De niño siempre me llamó la atención que en los momentos claves del año, cuando había reuniones familiares, por lo general había un momento, avanzada la noche, en el que mi abuelo desaparecía silenciosamente, y uno lo encontraba llorando solo, recostado sobre sus propios brazos en la mesa del comedor. Madre siempre decía que lloraba por su madre, la señora Carmen. No soy hombre de reuniones familiares, pero desde 2005 comprendo en mi propia carne lo que le sucedía. A veces es una canción, algo del modo en el que pega el sol sobre el paisaje, un olor, otras un objeto como mi planta de café, pero el asunto es que hay momentos en los que el mundo se derrumba sobre mi, y siento tan profundamente la ausencia de madre como si acabara de enterarme de su muerte.
6/12/11
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