8/26/14

Dimes y diretes

La palabra colombiana del día es "Coca":

Como sustantivo significa:

1. Planta de uso tradicional y comercial.
2. Droga elaborada a partir del procesamiento de la planta de coca (nombre coloquial, o abreviatura del sustantivo "cocaína").
3. Recipiente de boca ancha.
4. Juguete de uso popular, denominado "balero" en el Cono Sur.

La forma masculina "coco" significa:

1. Fruto de la palma de coco, también llamada cocotero.
2. La cabeza humana.
3. El acto de esconderse de alguien detrás de un objeto, y asomar la cabeza de vez en cuando para mirar a esa persona ("Vea la zurroncita esa como le hace cocos desde detrás de la mata de coca. Eso es que ya sabe que sumercé se dio de cuenta de que ella fue la que le rompió la coca esa de plástico que tenía encima del lavadero".)
4. Una figura fantástica invocada para asustar a los niños y forzarlos a obedecer a punta de miedo ("Tranquilo mijito que si usté se sigue manejando mal se lo va a llevar el coco"). Se trata de un equivalente del temino "cuco" del Cono Sur.
5. Un aparato telefónico "vacío" por estar "muerto", desconectado de una línea telefónica. Se trata de una aplicación del adjetivo "coco", cuyo significado se verá más adelante ("Me trastié al nuevo apartamento y ya me pusieron el teléfono pero no puedo hacer llamadas porque no tengo coco, ¿sumercé no tiene uno que me preste?").

Como adjetivo se usan tanto su forma femenina como su forma masculina ("coco"), y significa:

1. Hueco, vacío, como cualidad de un objeto ("tiene una muela coca [es decir hueca debido al trabajo de una asquerosa caries cultivada por la falta de higiene]").

8/25/14

Lo que va del despecho al golpe de amor efímero

La historia comienza en Latinoamérica, continente primero del boom romántico en la literatura y los tangos, y luego de las telenovelas. Allí en 1936 Ángel Cabral y Enrique Dizeo componen la música y letra de un bellísimo vals peruano titulado "Que nadie sepa mi sufrir", en el que una persona abandonada llora su despecho y reprocha mientras intenta que los vecinos no se enteren de su dolor.


Luego, la canción da vueltas por el mundo como botella lanzada al mar hasta que cae en las manos de Michel Rovgauche, un francés que compone una nueva letra que es lanzada en 1957 por Edith Piaf bajo el título de "La foule" ("La multitud"). En ella una mujer que asiste a una fiesta de pueblo es empujada por el gentío a los brazos de un hombre desconocido y vive un rapto de amor que dura un soplo, porque la misma multitud se vuelve a mover y le arrebata de los brazos el hombre que ella misma le había dado.


El paso de una letra a otra, o la transformación de una canción en la otra, no son accidentales. Hablan de dos modos muy distintos de ver el amor a lado y lado del océano que separa el continente de los tangos y las telenovelas del país de Madame Bovary. Y entre una versión y otra la humanidad ganó dos de las más bonitas canciones de amor que yo haya escuchado.

(Esta entrada fue inspirada por la publicación de un video de Soledad Pastorutti cantando "Que nadie sepa mi sufrir", hecha mi mi amigo Manu Jiemenez en Facebook el 25 de agosto de 2014.)

8/21/14

Aire de familia

En el metro me percato de que una señora me mira fijamente y con un gesto entre la curiosidad y la fascinación. No me resulta familiar pero le pregunto sonriendo si nos conocemos de alguna parte. Al comienzo ella no habla sino que se señala el rostro, moviendo la mano suavemente de arriba a abajo.

—No, pero podríamos ser hermanos –recorre con la punta de sus dedos la forma de sus labios, y luego la nariz– esto... Esto...

Le sonrío y asiento aunque no coincido sobre el parecido porque la encuentro demasiado bella para que nos parezcamos. Es una mujer modesta y al mismo tiempo luce elegante, a sus quizá cincuentaytantos años, con el cabello largo entrecano. Considero fugazmente la idea de que esté intentando poner conversación con cualquier tema para levantarme, pero la descarto. Eso resulta más improbable que lo del parecido, que de todos modos termino tomando como un halago al verla a ella.

—¿De dónde proviene usted? –pregunto con la seguridad que tiene uno en la región del Rhein-Main de casi siempre estar tratando con otro inmigrante–. Quiero decir, yo soy colombiano, soy latinoamericano.

—Yo soy húngara –contesta–.

—Venimos de esquinas opuestas del mundo, no creo que seamos hermanos –le digo en tono de broma–.

—Cualquier cosa puede ser –dice muy seria–. Uno nunca sabe las vueltas que da la vida.

La conversación se interrumpe porque me bajo del metro, y me acuerdo de que alguna vez conocí a una húngara.

¿Será la misma húngara?

archīvum

StatCounter