11/8/10

Inevitablemente contingentes

Hay una escena de The fight club en la que Brad Pitt siendo Tyler Durden le habla al personaje-sin-nombre que es Edward Norton sobre los amigos de avión. Es una conversación breve sobre esas personas con las que a uno le toca compartir fila y con quienes entabla relaciones simpáticas que terminan antes de bajar del avión, cuando alguno de los dos se levanta de la silla para desembarcar. Poco cuentan los intercambios de tarjetas de negocios o las intenciones manifiestas de continuar en contacto, porque esas "amistades" se diluyen una vez atravesado el límite que separa la fila de asientos y el pasillo.

Creo que esa escena, con su aparente banalidad, sintetiza drásticamente una característica de la vida contemporánea: la contingencia inevitable de ciertas relaciones signadas por una simpatía espontánea tan profunda como superficial. Profunda porque en su espontaneidad descubrimos, generalmente excitados, múltiples puntos de contacto entre nosotros y un otro-descubierto-por-casualidad, que parecen acercarnos de manera repentinamente definitiva. Superficial porque esa sensación de proximidad definitiva no es más que el efecto de destino que producen múltiples puntos de contacto inesperados. Ese efecto de destino me hace pensar -para mal de mis ataques de romanticismo- en la proposición XLIV de la Ética demostrada según el orden geométrico, de Spinoza: "No es propio de la naturaleza de la razón considerar las cosas como contingentes, sino como necesarias".

Da la impresión de que es lo mismo para amigos -de-avión, -de-hostal, o amantes felizmente salidos de la nada, que en la nada se desvanecen. Hace un tiempo, saliendo de la defensa de mi tesis, hablamos con una de mis antiguas profesoras que era miembro del jurado sobre un elemento común de la vida de los sujetos de mi tesis y los miembros de movimientos new age entre quienes ella investiga: la preocupación por la acumulación de experiencias. Parece haber algo en la moral de estos tiempos y estas sociedades, quizá hijo de la ética capitalista de la acumulación individual, que apunta a que la gente no debe detenerse en construir vínculos con la paciencia y el esfuerzo que ello demanda, sino que es más productivo tener una vida social y amorosa variada en la que las experiencias, las relaciones, se acumulen rápida y tranquilamente con el paso del tiempo.

No puedo evitar reconocerme un poco en esa moral, sobretodo cuando viajo y entablo relaciones de simpatía con personas que por distintas razones sé que no volveré a ver al cabo de un día o dos. Sin embargo, en el terreno de las relaciones que por su contexto de origen podrían desarrollarse como más prolongadas no puedo evitar ceder a mis reflejos conservadores, bajo cuyo influjo me empeño quizá caprichosamente en llevarle la contraria a las sociedades que me han tocado. Renuncio testarudamente a inflar relaciones como quien hornea merengues, escojo la tarea ardua, sacrificada pero infinitamente placentera, de construir amores del tipo que sea (es decir que no me refiero sólo a los amores cimentados en el vínculo erótico a los que generalmente se reduce de manera grosera la posibilidad de amar).

Escribiendo esto recuerdo una referencia de Jean Salem, un filósofo político francés con el que tomé clase hace tiempo, acerca de una idea de felicidad ligada a la lucha que encontró en la obra de Lenin. Creo que a la larga se trata de eso: entre la acumulación y la lucha opto por la segunda, en la que encuentro una felicidad más amplia, si bien quizá menos frecuente.

10/11/10

Revelaciones

"Soy lo que soy", le contestó la Zarza Ardiente a Sandra Mihanovich.

10/10/10

Transposiciones y reformulaciones

Anoche, en una fiesta inesperada, escuché una versión flamenca de Nostalgias, el tango de Cadicamo, cantada por Estrella Morente.

Fue una situación de esas en las que parece concentrarse la vida con sus idas y venidas en unos pocos minutos. La anfitriona, una mujer encantadora, hablaba de cómo llega a veces un momento en el que uno se mira en el espejo, mira hacia atrás, y se da cuenta de cuál es la materia de la que está hecha la vida, y nota que buena o mala, ha ido tejiendo la suya como una tela, entrelazando momentos aparentemente ordinarios, viviendo con gente que lo marca definitivamente sin que uno lo sepa en el momento. Nota, de repente, que lo que le concede carne y aliento a su existencia no son los grandes momentos, que son pocos, sino la belleza de vivir "los trabajos y los días" con la gente que va encontrando.

Mientras eso sucedía, y la escuchaba con la perplejidad del que descubre toda la verdad en un minuto, sonó la canción de Estrella Morente. Unos segundos después se produjo un silencio provocado por el abatimiento que de un momento a otro cayó sobre la mujer que hablaba. Fue un silencio repentino, y sin embargo fluyó con la canción como si se tratase de una escena cuidadosamente ensayada. No sé bien qué sucedió en la fiesta durante los minutos posteriores, porque de ahí en más sólo estaban la música y la constatación de que, como había dicho nuestra anfitriona, si uno hace un alto y voltea a mirar no puede evitar la certeza de que la gente que ha amado, los momentos y las relaciones que lo han determinado, han transcurrido por el carril de lo cotidiano y generalmente imperceptible.

Horas conversando con amigos en el jardín botánico de la Universidad del Tolima mientras fumábamos un porro, almuerzos a la sombra durante las campañas de excavación arqueológica, con mis compañeros admirados de que se me ocurriera almorzar con tomates y pepinos y no con arroz y carne; las tardes de invierno con Ferrán en "Varela Varelita" el café a la vuelta de su casa, las conversaciones con los colegas en la oficina en Ibagué, los veranos en la casa de los Soler en Villagesell con Heidi, Bárbara, Cris, Raúl, Enrique, Celina, Sofía, Manu; las películas con Heidi, el sol pegándome en el rostro mientras miraba el Río de la Plata desde la cubierta de un barco, el placer de viajar solo, las noches en La Academia con María José tomando Legui, mi primer viaje de backpacker con Bárbara y Raúl a la Patagonia, el Legui y los churros de la Giralda con Marcelo, unas vacaciones de invierno con Jan entre Montevideo y Mar de Ajó, las veladas con Gonzalo en Boedo o en "Botánico Sur" donde Santi, las conversaciones con don Manuel y Adelina cuando eran mis suegros sobre su infancia en Galicia y la inmigración a Argentina, los asados con Galvani, la tarde que descubrí la confitería Las Violetas, una tarde de verano con Maru tomando granadina en su entonces nuevo departamento, la nevada de Buenos Aires caminando con José por Boedo-Caballito, sacando la lengua para que aterrizaran en ella los copos que sentía en mi piel por primera vez; una conversación con Sharon y dos amigos suyos en el lobby de un hotel en Jerusalén, las caminatas con Gus por el laberinto de las estaciones de Subte, los paseos por el bazar con Medina, que es peor negociante que yo y aprovechaba los buenos precios que producían mis protestas de sudaca indignado con las cifras que pedían los árabes; el otoño tomando cerveza con Martín a la sombra de La Inmobiliaria, Diego, exquisitamente parecido al loco apocalíptico de 12 Monkeys, nuestras siestas bajo el calor infernal que sin embargo no era suficiente para romper nuestro abrazo, su olor pegado a mi cuerpo, embriagándome...

En medio de esa avalancha de imágenes, la sensación de que con la belleza que fluye por los intersticios que a la larga componen la vida sucede como con las canciones que pasan de un género a otro. Cambia el contexto, el estilo, la voz, y sin embargo se mantiene una belleza difusa que no sé bien de dónde viene, pero trasciende la formalidad de la letra con su métrica.

Por otro lado la canción en sí misma en la voz de Estrella Morente, y lo que dice Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso acerca de que cuando uno experimenta la sensación de que la realidad que quiere retener se desvanece ante sus ojos anda como desollado, y se identifica con casi cualquier cosa que el mundo le ponga en el camino.

10/9/10

Un mes, una semana, una vida.

tiempo.

(Del lat. tempus).

1. m. Duración de las cosas sujetas a mudanza.

[...]

15. m. Mar. Tempestad duradera en el mar. Correr un tiempo. Aguantar un tiempo.

10/5/10

Fin de cycle

Ayer, mientras hablaba con un amigo, llegamos a la pregunta sobre si las maneras nuevas, inesperadas, en las que nos preocupan asuntos con los que antes nos relacionábamos livianamente, tendrán que ver con el modo en el que nos han cambiado los años.

¿Cómo saberlo? Como dice Marguerite Yourcenar, se llega virgen a todos los acontecimientos de la vida. El ojo del antropólogo, que comparto con el amigo del que hablo, no puede evitar posarse en los cambios que acusa mi cuerpo. Es como si de no sé qué momento en adelante la experiencia de las relaciones con el otro, con el mundo (no la experiencia como record, sino la experiencia como sensación concreta de las cosas que pasan en un determinado momento de mi existencia) hubiera comenzado a fundirse irreversiblemente con la experiencia de mi cuerpo.

Inútil indagar por el punto preciso de inflexión. Recuerdo hitos, capítulos, de esa relación, pero no tengo conciencia del proceso de cambio. La adolescencia en la que el cuerpo y la cabeza estaban tan claramente escindidos como para que las pasiones me resultaran intelectuales o coporales a secas. La entrada a la etnografía, en la que mi cuerpo de antropólogo del submundo constituía a la vez mi principal vínculo con el campo y los sujetos, y uno de mis focos centrales de observación. La muerte de mi abuela mientras estaba en Buenos Aires, un mes después de haberla visto sin saber que era la última vez, con mi decisión de no asistir al funeral y las noches incontables en las que me despertaba el sonido de mi propio llanto, o los días en los que me descubría tomando el teléfono para llamarla sin apenas recordar, durante fracciones de segundo, que había muerto. La ruptura con Diego y los espasmos eméticos que me produjeron nuestras dos o tres discusiones definitivas. En las tardes o noches en las que salía solo al cine en Buenos Aires descubrí la liviandad corporal que me provocan las películas bellas... una sensación como de quien sale levitando de la sala.

Algo sobre lo que he venido volando en círculos últimamente es la asociación de hierro entre la experiencia amorosa y el olfato, o dicho más precisamente, entre la embriaguez amorosa y la embriaguez olfativa. Podría asegurar que es reciente, aunque con la cabeza nunca se sabe. Sin embargo, más allá de esa duda intelectual, mi propia carne dice que nunca antes estuvo.

Los antiguos relacionaban estrechamente las pasiones con la experiencia del cuerpo. Las llamaban afecciones, inclinaciones hacia algo o alguien que se expresaban en el cuerpo de uno. De eso sólo nos quedó la versión pálida: "afección" como "enfermedad", y lo más parecido a esa idea de la afección como pasión quedó en el afecto, ese amor incompleto, mediocre, que se suele depositar en personas que ocupan el triste lugar de aquellos a quienes no desconocemos pero tampoco amamos.

La cita que abre la entrada es de Hegel. Quizá el estupor que nos produce descubrirnos ajenos a nosotros mismos al relacionarnos con los otros y con el mundo de maneras inesperadas no es más que la sorpresa a la que se enfrenta la parte de nosotros que queda de quienes hemos dejado de ser. Quizá el que se resiste en nuestro interior ante lo inapelable de los cambios de tercio que sobrevienen con las partidas de personas, o con nuestra partida de los lugares que hemos hecho nuestros, no es más que el sujeto que hemos dejado irremediablemente de ser, y que sin embargo se resiste a perecer.

10/2/10

En defensa de la inconstancia

Quisiera escribir una defensa de la inconsecuencia merced a la cual a veces creemos traicionar nuestros deseos, cuando probablemente lo que hacemos es seguirlos al margen de toda consideración superficial sobre los valores cortesanos del honor y la dignidad.

Digo "consideración superficial" porque esta tarde, por no sé qué suerte de click accidental o aparentemente accidental, consideré la posibilidad de que cuando rompemos nuestros propósitos de enmienda o de defensa del honor personal no estamos en realidad cayendo o degradándonos, como lo impone esa mezcla de pensamiento judeocristiano, quisquilloserías burguesas y dignidad melodramática de la época y el continente en el que vivimos nosotros, los alegres sudacas. Quizá cuando rompemos esos propósitos y damos al traste con nuestros intentos de salvaguarda de la dignidad y el decoro es cuando menos superficialmente consideramos esos valores, al ponerlos en su justo lugar de fruslerías de las cuales difícilmente puede derivar alguna felicidad.

Quiero decir: ¿de qué carajos sirve el honor si por mantenerlo se pierde la vida? ¿De qué sirve la dignidad cuando mantenerla puede significar, a la larga, renunciar a la lucha por la felicidad -donde sea que creamos poder encontrarla- para salvar la cara? Así, la cadena de divagaciones me lleva a dos lugares comunes de la cultura que requiere cualquier intelectual medio en nuestras reducidas charcas de cafetín y biblioteca. Uno de los enunciados de la Lógica demostrada según el orden geométrico, de Spinoza: "Todo lo que existe desea perseverar en su ser"
, y
una de las máximas del Infierno, que en realidad proviene del Talmud: "Un minuto de vida aún es vida".

Entonces, vamos por partes. Tengo la impresión en estos días de lucidez que me recuerdan a Pessoa con eso de "hoy estoy lúcido como si estuviera a punto de morir", de que a veces, cuando hacemos propósitos de rectificación o nos empeñamos en desarrollar una línea de comportamiento determinada en defensa de lo que consideramos "nuestra dignidad", lo que hacemos es formularnos prohibiciones que van en contra de lo que deseamos más profundamente, en últimas, de lo que somos en tanto sujetos deseantes. Si lo que digo no es una burrada, y me da la impresión de que no lo es, lo que nuestra moral de la contención denomina "caer" o "arrastrarse", es en realidad emerger, sacudirse el arritranco que impone el mandato de vivir con buena letra. Y sopesando esa posibilidad me viene a la cabeza un poema de Kavafis:
Jura cada tanto tiempo comenzar una vida mejor.
Mas cuando llega la noche con sus propios consejos,
con sus compromisos, y con sus promesas;
mas cuando llega la noche con su propia fuerza
del cuerpo que necesita y pide, hacia el mismo
placer fatal, perdido, va de nuevo.
Así es, si los buenos propósitos entrañan una promesa de redención fuera de la carne, circulando los prolijos renglones de la moral estrecha que empezó a imponerse cuando uno de muchos locos de la época irrumpió en Jerusalén alborotando y a la larga ayudando a mantener la dominación romana, la renuncia irreflexiva a esos propósitos constituye una victoria de lo que uno desea ser por sobre lo que desde muchos lugares se le ha dicho que debería ser.

Creo que en eso la moral del tango es muchas veces impecable. No importa rogar, volver con el que ha sido durante mucho tiempo la fuente de tus miserias, soportar el dolor. Lo que importa es la realización plena del deseo amoroso en las condiciones que sea, con la perspectiva de que en ella reside la felicidad. Hay un tango de Luis Bayón que he oído cantado por Libertad Lamarque (de la cual mi abuelo murió creyendo que había sido novia de Gardel, pero qué más da un engaño más o uno menos en una vida) que resume bastante bien la idea de felicidad "sin dignidad" de la que hablo. Se llama "Volvé":
Desde que te fuiste
del cotorro ando tan triste, si supieras
que no tengo para nada voluntad
todo lo veo empañado
de tanto como he llorado.
Ya no hay en mi pecho
para el daño que me has hecho, te lo juro
ni un chiquito de rencor... ten caridad.
Cada vez te quiero más
y yo sin tus caricias
de vivir no soy capaz.

Lo otro es que si, como dice el Talmud, un minuto de vida aún es vida, quizá un minuto de recaida -o de resurrección, según el punto de vista que quiero defender acá- entrañe la posibilidad de seguir siendo uno al margen de esa moral que a golpe de negación del deseo es una de las más aplastantes formas de exterminio de lo que somos.

Si en la realización del deseo amoroso reside la felicidad (o al menos parte importante de ella) y no queremos vivir un amor británico del siglo XIX de esos en los que no había siquiera desnudez completa, de poco sirven la contención y los propósitos de no hacer lo que sentimos que debemos hacer, con tal de salvaguardar las formas. En estos tiempos, en los que por la razón o por la fuerza nos hemos emancipado parcialmente de tantos remilgos y tanta buena letra inutil, bien vale dar otra vuelta de tuerca en ese terreno.

Claro, el que evita los buenos propósitos y busca la felicidad más allá de la dignidad de la República Conservadora no tiene el éxito asegurado, pero probando es que se sabe. Así, uno puede sacarse de encima la pregunta inevitable de "¿Qué habría pasado si...?".

9/29/10

La ubicuidad de lo catastrófico

Dice Dominick LaCapra en una obra sobre la representación de la Shoah que encontré el fin de semana en una librería, oculta y a bajo precio, como un tesoro refundido:
Las víctimas del trauma pueden experimentar no sólo "culpa" por sobrevivir sino también una intensa angustia ante la posibilidad de reconstruir una vida y volver a empezar. Uno de los fundamentos de la angustia es la sensación de que construir una nueva vida es una traición a los seres queridos que murieron o quedaron atrás en un pasado que no puede olvidarse. La sensación de traición debe ser explícitamente reconocida para intentar elaborarla, sobretodo en procesos de duelo.
La elaboración [...] implica el intento por hacerse de cierta perspectiva de la experiencia sin negar sus reclamos o su fuerza compulsiva. Pero la elaboración, en la medida en la que se relaciona con la reconstrucción de vidas y con la preparación de una historiografía crítica, requiere el esfuerzo de conseguir una distancia crítica con la experiencia comparando vivencias y reconstruyendo contextos más amplios que ayuden a informar y tal vez a transformar la experiencia. La percepción de los propios problemas puede llegar a cambiar hasta el punto de llegar a ver las relaciones con las experiencias de los demás y con un conjunto más amplio de problemas, algunos de cuyos componentes pueden escapar a nuestro registro. [...]
Por otra parte, la elaboración requiere reconocer el problema de los valores y de las normas y su diferencia con la realidad empírica, a la que no redimen ni transfiguran sino que nos permiten evaluarla y tal vez transformarla.
Lo leo y pienso (sí, pienso, porque últimamente estoy muy reflexivo sobre la vida y la cultura, como le pasa a Catita Pizzafrola Langanuzzo), que lo mismo que dice LaCapra para las tragedias de la humanidad vividas por muchos como los que sobrevivieron a la Shoah aplica para los que vivimos y sobrevivimos tragedias personales, insignificantes para la historia de la humanidad pero abrumadoramente contundentes para nuestras propias historias. No se trata de una asociación que pueda hacer sin ruborizarme, pletórico como estoy de cultura libresca y no tan libresca sobre la Shoah y sus sobrevivientes, pero leo a LaCapra y se me impone.

El asunto de fondo es, según me parece ahora, que el impacto de la catástrofe personal, provenga de procesos históricos de gran envergadura o de la ruindad de las relaciones interpersonales, es grosso modo el mismo: la desorganización radical de la existencia y la obstrucción del entendimiento que ésta apareja. Así, si todos los amores por banales que sean son el amor de nuestras vidas, y son infinitos y contundentes en la singularidad que hace de todos el primero, o el definitivo, o cualquier otra cosa, pero de cualquier modo hace que todos y cada uno sean EL-algo, todas las catástrofes, por deleznable que sea su origen, son LA catástrofe. Entonces, venga de donde venga, cualquier catástrofe (llevando mi banalidad al punto por donde empezó a gestarse esta entrada: cualquier desamor) nos impone la necesidad de la elaboración: la toma de distancia, la puesta en contexto, el balance en el que anida la comprensión que nos permite voltear la página y seguir viviendo, hacer lo que como dijo María Mercedes Carranza en Oda al amor, tarde o temprano todos debemos hacer:

Deberás comenzar a hacer de nuevo la casa,
reacomodar los muebles, limpiar las paredes,

cambiar las cerraduras, romper los retratos,

barrerlo todo y seguir viviendo.
Pienso ahora, mientras paso esta entrada con un ron centroamericano traido por mi dulce y apacible amante, que a la larga todos los desamores y todas las elaboraciones que reclaman pasan por poner en contexto y desafiar la propia experiencia de la catástrofe, hacer lo que hizo Aby Warburg cuando participó del ritual de la serpiente durante su visita a los indios Pueblo en 1895: tomar por el cuello la fuente de nuestro distress (por alguna razón la palabra castellana me huye), mirarla frente a frente y arrojarla lejos de nuestra presencia.

En el caso del desamor creo que buena parte de la experiencia de la catástrofe deriva de nuestra repentina constatación de que como dice Lucrecio en el fragmento que cité en la entrada anterior, lo que amamos es generalmente no el otro en tanto sujeto objetivo, sino la imagen que nos hemos hecho de él (su simulacro, dice el Abate Marchena en la traducción previa a mi agiornante intervención). Esa constatación, y con ella el desamor, suelen venir mano a mano cuando, por ejemplo, nos descubrimos abandonados, y la imagen del otro incondicional que amamos profundamente se demuestra falsa, dejando emerger la figura real del otro contingente, susceptible de partir a su antojo. Lo mismo sucede cuando descubrimos nuestro amor derrochado, desperdiciado (la verdad es que no creo que haya amor que se desperdicie, pues ya es suficiente con que le recuerde a uno que aún vive), depositado en un sujeto idílico creado por la combinación armónica de su presentación personal y nuestro deseo de encontrarlo adecuado como sujeto amado. Es en ese punto donde toma sentido el proceso de elaboración que caracteriza LaCapra, y que acá he traido a cuento de manera quizá bastante abusiva pero no por eso forzada.

Necesitamos poner en perspectiva la experiencia de la catástrofe amorosa sin negar su fuerza, lo compulsivo que hay en ella, ni la validez de sus reclamos o, lo que para el caso me parece lo mismo, la legitimidad de nuestro dolor y si es el caso de nuestra ira. Necesitamos comprender nuestro sentimiento de culpa por haber leído mal al otro, y nuestra compulsión de odio hacia él por haber emitido signos que nos permitieron leerlo mal coherentemente por el tiempo corto o largo que lo hayamos hecho. Necesitamos explicitar y comprender la culpa y la angustia que derivan de nuestro deseo de romper con las imágenes -exactas o inexactas, poco importa entonces- que construimos meticulosamente del otro y de nuestro vínculo con él. Explicitar nuestros principios y las brechas que los -nos- separan de los de él y de la realidad que alguna vez compartimos. En últimas: mirar la serpiente a los ojos, sentir la proximidad de su aliento para poder arrojarla lejos, no fuera de nuestra vista, pero fuera del espacio vital que nos hace vulnerables como los desnudos.

En últimas, necesitamos enfrentar la catástrofe, ponerla en contexto, comprenderla para retomar el control soberano de nuestro universo y con ello desterrarla, pues ésta no es más que el súbito desorden que bloquea nuestra capacidad de comprensión, de concederle sentido a las cosas y los sucesos.

Todo esto me lleva a una anotación que hice con letra vergonzosamente desprolija en un libro de Zygmunt Bauman el 16 de julio de 2006 en Buenos Aires, el día mismo que lo compré en una librería de Corrientes. Fue uno de los inviernos más jodidos que haya pasado en mi vida, aplastado por el desamor y en quiebra. Estaba rompiendo con Diego, y fui a dar a "Amor líquido" como quien encuentra el mapa que lo sacará de las catacumbas. Allí, al inicio de mi lectura definitiva -lo había ojeado la noche anterior en la casa de una bailarín amigo de Ferrán- pero en la última página como para que no se viera en el futuro, inscribí la máxima de Spinoza, uno de los muchos genios que se perdió España cuando expulsó a los judíos en 1492: "Ni reir ni llorar: comprender".

Eso es lo que necesitamos cada vez que enfrentamos la catástrofe. Eso es lo que a veces nos posibilita la escritura.

La obra de LaCapra es Representar el Holocausto: Historia, teoría, trauma.

9/28/10

De la naturaleza de las cosas

Dice Lucrecio en De natura rerum (1441-1469):

"...si ausente está el objeto amado,
vienen sus imágenes a sitiarnos,
y en los oídos anda el dulce nombre.
Conviene, pues, huir de las imágenes,
de fomentos de amores alejarnos,
y volver a otra parte el pensamiento,
y divertirse con cualquier objeto;
no fijar el amor en uno solo,
pues la llama se irrita y se envejece
con el fomento, y el furor se extiende
y el mal de día en día empeora."

La traducción del latín es del Abate Marchena (Ave!), y el leve aggiornamento es mio. La imagen es de una obra de Ludolf Backhuysen (1645), cuyo título traducido es "Barcos zozobrando en una tormenta".

Volviendo a los clásicos. Tirando para no aflojar. ¿Qué será que cuando me da por hacerme la cabeza las divagaciones me conducen a la filosofía antigua, como si las tablillas en las que se la escribió fueran tablas de salvación?

9/14/10

No siempre

Leo. Encuentro que Marguerite Yourcenar dijo:

"No hay amores estériles. Y es inútil tomar precauciones. Cuando te dejo llevo dentro de mí el dolor, como una especie de hijo horrible."

Y pienso: "puede ser o no ser", con lo cual no sé si suscribo la cita o no.

9/11/10

Detente, sombra

Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.

Si al imán de tus gracias, atractivo,
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero
si has de burlarme luego fugitivo?

Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía:
que aunque dejas burlado el lazo estrecho

que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.

Sor Juana Inés de la Cruz

7/20/10

Ex Libris - Ex Claustrum

Tengo una relación particular con la granada. Es una fruta con cuya representación crecí: viéndola en los libros de historia, en los escudos antiguos relacionados con el virreinato o la primera república de la indepenencia, ambos llamados "De la Nueva Granada"; viéndola y dibujándola en la primaria, en el escudo de Colombia o el de Cundinamarca. En la adolescencia la encontré en la poesía árabe y en la obra de Wilde. Luego, de grande, conservé una en Buenos Aires cuando vivía con Diego, y la ofrecí en trueque por Fotolog. La troqué con Marcelo por unas monedas y un billete antiguos que conservo. Después la encontré en la iconografía judía y en las calles de Jerusalén, donde se vende su zumo como agua de rubí. Recientemente decidí incorporarla definitivamente a mi historia material, y ahora le da forma y sentido al ex libris que hermana semióticamente los volúmenes de mi biblioteca.

A propósito de bibliotecas, la tarea de imprimir el ex libris en los volúmenes que conforman la mia ha supuesto una decantación, ligada por un lado con el acto de concatenación semiótica de volúmenes hasta ahora relacionados exclusivamente por la inmaterial y transitoria relación de propiedad que tengo con ellos. Esa es una relación que si bien sigue siendo transitoria, pues con suerte la mayoría de ellos trascenderá mi superflua, efímera existencia, ahora parece menos inmaterial por la intervención de un sello. Por otro lado se ha operado otra suerte de decantación: aquella a través de la cual he separado algunos volúmenes para regalarle a personas que los podrán aprovechar más que yo de ahora en más, y alguna más incierta en la que especulo cuáles podría dejar atrás temporalmente en mi próxima mudanza a Europa, Medio Oriente, o el destino que sea que me espera a fin de año. Aún no tengo certeza sobre cuáles serán, y ésa parece anticiparse como una selektia difícil, pues dos mudanzas internacionales me han mostrado que al igual que con los amigos, muchas veces se dejan atrás libros amados con el deseo de recuperarlos, y se los pierde definitivamente.

Hoy día me parece que mi biblioteca está bastante expurgada de libros "prescindibles" estética, personal o académicamente. Recorriéndolos en estos días me he dado cuenta de que casi no tengo volúmenes "accesorios". Al moverme con ellos de aeropuerto en aeropuerto, subiendo y bajando las escaleras de los edificios en los que he vivido desde que salí de la casa de mi vieja en 1998, he terminado pagando sobrepeso, haciendo fuerza, y transportando por cuotas solamente aquellos que me importan profundamente en algún sentido.

La semana pasada fui transferido del Programa académico en el que trabajé desde que volví a Colombia. En un sentido fue un alivio, pues el cambio se dio en condiciones de privilegio que suponen, por ejemplo, menos trabajo administrativo, más espacio para la investigación y escasa o ninguna discusión de esas que son como tratar de vaciar el mar con un colador. Sin embargo, en general los desprendimientos me cuestan, y la transición ha supuesto una transformación de roles que me produce una sensación ambigua de partida y duelo que me confronta. Descubro entre mis antiguos estudiantes simpatías y amores meticulosamente cultivados recíprocamente, la mayoría de las veces sin notarlo. Breves despedidas, discretas manifestaciones de aprecio personal, admiración académica y solidaridad política, suficientemente contundentes como son contundentes tantas cosas discretas en este país, donde hasta las masacres se cometen guardando las formas que dicta el decoro. Tengo una sensación que sólo atino a relacionar con una expresión latina algo ambigua: Ex Claustrum.

De alguna manera, por esos juegos caprichosos de asociaciones en los que se solaza el inconsciente, desde esta mañana tengo metido en la cabeza el poema que escribió Whitman en 1865 con motivo de la muerte de Lincoln:

O Captain my Captain! our fearful trip is done;
The ship has weathered every rack, the prize we sought is won;
The port is near, the bells I hear, the people all exulting,
While follow eyes the steady keel, the vessel grim and daring:

But O heart! heart! heart!
O the bleeding drops of red,
Where on the deck my Captain lies,
Fallen cold and dead.

O Captain! my Captain! rise up and hear the bells;
Rise up—for you the flag is flung—for you the bugle trills;
For you bouquets and ribboned wreaths—for you the shores a-crowding;
For you they call, the swaying mass, their eager faces turning;
Here Captain! dear father!
This arm beneath your head;
It is some dream that on the deck,
You’ve fallen cold and dead.

My Captain does not answer, his lips are pale and still;
My father does not feel my arm, he has no pulse nor will;
The ship is anchored safe and sound, its voyage closed and done;
From fearful trip, the victor ship, comes in with object won;
Exult, O shores, and ring, O bells!
But I, with mournful tread,
Walk the deck my Captain lies,
Fallen cold and dead.

Maybe that´s all: "The ship has weathered every rack, the prize we sought is won", but suddenly I feel cold and dead. Anyway, my ship will weather new racks soon, and I will again feel alive and young.

7/5/10

¡El que no afana es un gil!

Fragmento de una noticia publicada en El Tiempo el 5 de Julio de 2010:


Viva Colombia, país de gente emprendedora.

1/17/10

La boda y la democracia

La fiebre de la consagración legal de las uniones homosexuales recorre Latinoamérica. Sucesivamente en Colombia, Uruguay, México y Argentina se ha visto a jueces, legisladores y políticos electoralistas presurosos, esculpiendo la actualización de la ley: de ahora en más hombres y mujeres se podrán casar o juntar entre sí, como hasta ahora sólo lo podían hacer los heterosexuales.

Tras ellos, el cortejo que celebra: los GLTTBI, los heterosexuales consecuentemente demócratas, y los conservadores recién salidos del sarcófago, que ahora opinan que dejar juntar a “esa gente” es propio de países civilizados y modernos. Total, son cosas que ya se hacen en Europa… Y así, se ve en la prensa un júbilo que parece homogéneo, pero que es una mezcla de satisfacción de unos por el logro de una conquista democrática y esnobismo sudaca de otros, que apoyarían la quema de sinagogas si se volviera a poner de moda en Europa.

Para unos se trata de la posibilidad de que un sector que ha sido históricamente oprimido en el terreno familiar, ahora pueda acceder a un poco de respeto por parte de las instituciones. Para otros, incluidos muchos (más) putos y (que) tortas, se trata de “ponerse a la altura del mundo civilizado”. De los segundos ni hablar. En cuanto a la alegría de los primeros –entre los que me encuentro-, bueno… no es despreciable el hecho de que una minoría oprimida acceda a derechos que se le han negado en casi todos lados durante siglos.

El asunto de fondo, trajes y celebraciones aparte, es que con el reconocimiento de las uniones libres o el respeto del derecho a contraer matrimonio, a las parejas homosexuales se les reconocen los mismos derechos que a “la gente normal”. Se requiere, por supuesto, el cumplimiento de varios requisitos por demás abusivos, como jurar que se trata de una relación prolongada y estable, o que los miembros no son parientes en primer grado de consanguinidad.

Entonces, me pregunto: ¿quién puede sostener honestamente que “el Estado” (es decir la gente que lo controla, con sus valores y tradiciones) tiene derecho a meterse en la cama de alguien y prohibirle juntarse con una persona si su relación no ha cumplido un “periodo de prueba” reglamentado por ley? ¿De dónde sale que el Estado tiene derecho a prohibirle a alguien que haga su vida de pareja con un pariente, si los dos se aman? Así, pensando mal, uno se puede preguntar si es justa (sabemos que es muy útil) tanta disposición a abrirle las puertas de la vida privada al Estado.

¿Por qué tiene alguien que someterse al chantaje, y demostrar que se ajusta a la moral burguesa,  con sus valoraciones sobre la seriedad y la estabilidad de las relaciones, para lograr que el juez o el notario le concedan reconocimiento legal a la familia que ha decidido conformar? O, poniendo el dedo en la llaga de las más recientes victorias mexicana y argentina: ¿por qué tiene uno que casarse si quiere que el Estado respete plenamente su relación de pareja homosexual o heterosexual? ¿El precio que hay que pagar por un poco de respeto es la adaptación a la moral conservadora que ve en el matrimonio la consagración del amor de pareja? Considero que la sociedad nos debe ese respeto a todos, nos queramos casar o no.

Los socialistas marxistas tienen una política en relación con las organizaciones de trabajadores que insinúa la posición más democrática que se podría sostener frente al reconocimiento de las uniones de pareja, sean heterosexuales u homosexuales: frente a las condiciones antidemocráticas que le impone el Estado burgués al reconocimiento de dichas organizaciones (trámites, censos, registros e impuestos), los socialistas reclaman el reconocimiento legal automático para todas las organizaciones que los trabajadores conformen por su cuenta. Opino que lo mismo cabe para las relaciones de pareja.

Visto el estado de las cosas en el mundo, quizá la pelea por el derecho de los trabajadores a organizarse autónomamente sea más importante para el futuro de la humanidad, pero verlo de esa manera no supone dejar para después la lucha por el respeto elemental que la sociedad nos debe a todos, soñemos o no con “llegar al altar”.

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