Hace siglos en Buenos Aires. Nos estábamos "conociendo": en sentido personal lentamente, y en sentido bíblico prolongada y repetidamente cada vez que se podía. Y sucedía que cuando yo decía "¿Querés un mate?", o "Me estoy muriendo de hambre, ¿Pedimos algo?", su respuesta invariable era "Sí, quiero". Lo decía suave, pausadamente, mirándome fijamente a los ojos y esbozando una sonrisa que me parecía simpática, pero nada más. Luego, cuando ya era muy tarde, descubrí en el preciso momento en el que, fuera de sí, hablando a velocidades supersónicas, con los ojos abiertos como platos, me hacía el inventario de las cosas que había leído, de las fotos que había visto en mi computador aprovechando mi ausencia... digo, en ese momento, cuando ya era tardísimo para desmontarme fácilmente, como quien no quiere la cosa, me percaté de que ese "Sí, quiero", que recién entonces descubrí sacado de las ceremonias matrimoniales, me anunciaba tempranamente que me había metido con un cocinero de conejos, con el alma gemela de Alex Forrest, ese personaje que interpretó Glenn Close en "Atracción fatal".
Bien lo decía mi abuela cuando hacía alguna autocrítica: el indio piensa tres días después de muerto.
10/27/15
10/19/15
Ya se le cayó el columpio donde ella se columpiaba...
En un ala de mi familia hay una señora muy aseñorada que hoy ya arrima a los 70... La prima segunda aquella es famosa desde pequeña por ser mala y orgullosa, y cuentan que cuando sus padres la mandaron a estudiar para maestra al internado de señoritas, ella se volvió todavía más fina. Cuando iba la madre a visitarla ella la atendía como quien no quiere la cosa, y le decía a las compañeras de internado que esa señora era la sirvienta, y que iba a llevarle los regalos que le mandaban sus padres.
La prima esta, conocida como "Nena" o "Nenita", se casó ya siendo maestra -es decir habiendo ascendido a un nivel de finuras casi celestial–, y con finuras y todo hubo fiesta en la modesta casa campesina de sus padres. Habrá habido un nutrido público entre parientes, vecinos y dignatarios, imagino yo, que no pude asistir porque en esas épocas todavía me encontraba dividido en óvulo y espermatozoide a la espera de un accidente que me hiciera venir al mundo. Y cuenta la historia que arribada la comitiva que había viajado con los novios loma arriba en jeep desde el templo parroquial localizado en el pueblo hasta la casa paterna en la vereda San Miguel, imagino yo que unos gritando "¡Que vivan los novios!" entre curva y curva, y los otros respondiendo "¡Que vivaaan!... digo, y para no divagar, que arribada la comitiva a la casa paterna, los novios se aprestaron a dar inicio solemne al jolgorio deleitando a los asistentes con el baile inaugural. Correspondiente con la finura principesca de la novia, con sus exquisités casi vienesa, y para honrar una tradición popular ya por entonces arraigada en Colombia, la pieza preparada para tan solemne acto era el "Danubio Azul". Y estando ya Nenita en brazos de su reciente esposo, toda envuelta en tules blancos que disimulaban su gravidez galopante y caían graciosamente como pétalos de azucena a pesar de su contextura algo gruesa, de esa que tienen las damiselas que mi madre suele calificar gentilmente de "tolvonas"... Estando ya los novios listos, él con una mano en la cadera de su doncella y la otra en alto, ella con la mano correspondiente posada sobre la que tenía levantada su amor, y la otra en el hombro que tantas veces la había sentido suspirar... No funcionó, o no apareció - la tradición oral no especifica - el disco o el caset desde donde debía sonar el tal "Danubio Azul".
A falta de más música elegante para honrar la finura de la recién casada, y ante la necesidad perentoria de dar inicio al tan esperado festejo, los novios tuvieron que dar al traste con las horas de ensayos del tan preparado vals, y se entregaron a los mejor conocidos zangoloteos de la siguiente melodía, a mi juicio más simpática que el tal Danubio, aunque carezca de sus elegancias:
Y así, viendo los concurrentes cómo el novio zangoloteaba entre sus brazos a Nenita, toda ella envuelta en tules blancos y recién bajada de su nube de distinción por una pedrada del destino, debieron cantar divertidos el verso de su canción de bodas que dice "ya se le cayó el columpio donde ella se columpiaba...".
La prima esta, conocida como "Nena" o "Nenita", se casó ya siendo maestra -es decir habiendo ascendido a un nivel de finuras casi celestial–, y con finuras y todo hubo fiesta en la modesta casa campesina de sus padres. Habrá habido un nutrido público entre parientes, vecinos y dignatarios, imagino yo, que no pude asistir porque en esas épocas todavía me encontraba dividido en óvulo y espermatozoide a la espera de un accidente que me hiciera venir al mundo. Y cuenta la historia que arribada la comitiva que había viajado con los novios loma arriba en jeep desde el templo parroquial localizado en el pueblo hasta la casa paterna en la vereda San Miguel, imagino yo que unos gritando "¡Que vivan los novios!" entre curva y curva, y los otros respondiendo "¡Que vivaaan!... digo, y para no divagar, que arribada la comitiva a la casa paterna, los novios se aprestaron a dar inicio solemne al jolgorio deleitando a los asistentes con el baile inaugural. Correspondiente con la finura principesca de la novia, con sus exquisités casi vienesa, y para honrar una tradición popular ya por entonces arraigada en Colombia, la pieza preparada para tan solemne acto era el "Danubio Azul". Y estando ya Nenita en brazos de su reciente esposo, toda envuelta en tules blancos que disimulaban su gravidez galopante y caían graciosamente como pétalos de azucena a pesar de su contextura algo gruesa, de esa que tienen las damiselas que mi madre suele calificar gentilmente de "tolvonas"... Estando ya los novios listos, él con una mano en la cadera de su doncella y la otra en alto, ella con la mano correspondiente posada sobre la que tenía levantada su amor, y la otra en el hombro que tantas veces la había sentido suspirar... No funcionó, o no apareció - la tradición oral no especifica - el disco o el caset desde donde debía sonar el tal "Danubio Azul".
A falta de más música elegante para honrar la finura de la recién casada, y ante la necesidad perentoria de dar inicio al tan esperado festejo, los novios tuvieron que dar al traste con las horas de ensayos del tan preparado vals, y se entregaron a los mejor conocidos zangoloteos de la siguiente melodía, a mi juicio más simpática que el tal Danubio, aunque carezca de sus elegancias:
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