2/17/08

Yo, como loca y vana...

Francisca Josefa del Castillo y Guevara ingresó en 1580, a los diecinueve años, al Convento de Santa Clara, en Tunja, en el Nuevo Reino de Granada. Murió en 1627 siendo abadesa.

Dejó un relato autobiográfico que fue publicado por los jesuitas en 1740, de modo que Mi Vida fue la primera publicación hecha en la Nueva Granada. También escribió pocos versos y una obra en prosa titulada Afectos. Los sueños y raptos místicos, esas formas brutales y deliciosas de la pasión barroca por el Señor, su aliento, su voz, su carne, pueblan sus escritos.

Me fascinan el barroco y sus obras: las iglesias con su densísima imaginería, las custodias cundidas de piedras preciosas, los santos quiteños y de Nueva España, hermosos, sensuales y -quizá por eso mismo- de una belleza y una candidez suprahumanas, la poesía religiosa y erótica al mismo tiempo, tan inocente y lasciva como sólo puede serlo la carnalidad desatada por un ser que uno adora más allá de cualquier moderación pensable. El barroco español e hispanoamericano, a contrapelo de la simplonería reformista de Lutero, fue luz, brillo, carne, música, aromas... también fue la época de comer con las manos, por ejemplo. Como todos los saltos de la civilización, tuvo su aporte a la sofisticación de la brutalidad: la Santa Inquisición, inventada en Italia pero perfeccionada en España. Al fin y al cabo, ¿qué pudo haber más corporal que la Inquisición?

La mayoría de los latinoamericanos le debemos a España algunas de las viejas miserias de esta región (las más recientes a los próceres de antes y de ahora, y a todas las demás "grandes naciones" del mundo por igual), pero le debemos mucho más en cuanto a nuestras relaciones con los placeres. La cocina, la siesta, la vieja costumbre de coger con cualquiera detrás de las puertas sin perder el recato, el siempre delicado y muchas veces saludable arte del adulterio, la pasión romántica brutal, a veces homicida...

A continuación algo de la obra de Sor Josefa.


...Así llegué a los ocho o nueve años, en que entró en casa de mis padres el entretenimiento o peste de las almas con los libros de comedias, y luego mi mal natural se inclinó a ellos, de modo que sin que nadie me enseñara aprendí a leer. Yo, pues, llevada de aquel vano y dañoso entretenimiento, pasaba en él muchos ratos y bebía aquel veneno, con el engaño de pensar que no era pecado.
En este tiempo (doce años) entraban en casa de mi madre algunos parientes muy inmediatos, que a otros no se daba entrada, por el gran recato y cuidado con que nos criaban; y entre ellos, uno se aficionó tanto
a mí, que en cualquier ocasión que hallaba me ponderaba su amor. Yo, como loca y vana, y como que mi corazón no había encontrado su centro, andaba vagando por despeñaderos, aunque sin más intento que la vanidad de ser querida.
Como me hallara en tantos deseos de Dios, en una ocasión, que ni despierta ni dormida dejaba el alma de estar anhelando por su Dios, y totalmente me hubiera despedido de todo lo que en la vida podía querer o buscar, me empezó un tormento que sentía yo más que la muerte. Este fue permitirle Nuestro Señor al enemigo que me afligiera con representarme cuantas herejías e infidelidades se han inventado entre los hombres; y sin cesar todo el día en cualquiera ocupación que tuviera, sonaban aquellos silbos de la serpiente infernal en los oídos de mi alma, con tanta sutileza y astucia, tornándome a su propósito, cuanto había, oía y leía, que sólo en la malicia y condenada astucia de Satanás cabía.
Desde muy niña me puso Nuestro Señor un horror grande en mi corazón a cosas que tocaban a impureza. Era tanto el tormento que sentía con las malas representaciones que el enemigo debía de traerme en aquella edad, que me acuerdo que deseaba estar en el infierno. Pues cómo diré, Dios mío, los males y profundidades en que me vi, con tentaciones horrorosas en esto, ni las cosas que movía el enemigo en lo exterior e interior, ni la guerra que yo tenía en mí misma? Poco o nada pueden las fuerzas humanas contra este maldito vicio, tan llegado a nosotros mismos, que esta carne vilísima, saco de podredumbre, si Dios se aparta.
El altísimo don de castidad y pureza que hace a las almas esposas del altísimo Dios, desciende de arriba, del Padre de las lumbres. Despedazaba mi carne con cadenas de hierro; hacíame azotar por manos de una criada; pasaba las noches llorando;
tenía por alivio las ortigas y cilicios; hería mi rostro con bofetadas; y luego me parecía que quedaba vencida a manos de mis enemigos. Andaba llena de pavor y horror de mí misma, sin atreverme a alzar los ojos a Dios, ni a su Santísma Madre, y en ella me faltaba el consuelo y la vida.


***

Deliquios del divino amor

El habla delicada

del amante que estimo,
miel y leche destila
entre rosas y lirios.

Su meliflua palabra

corta como rocío,
y con ella florece
el corazón marchito.


Tan suave se introduce
su delicado silbo,
que duda el corazón
si es el corazón mismo.

Tan eficaz persuade
que, cual fuego encendido,
derrite como cera
los montes y los riscos.


Tan fuerte y tan sonoro
es su aliento divino,
que resucita muertos
y despierta dormidos.


Tan dulce y tan suave
se percibe al oído,
que alegra de los huesos
aun lo más escondido.

Gregorio Fernández
Cristo Flagelado, hacia 1616

2/4/08

quedar maravillosamente impresionado

Estoy leyendo Las Benévolas, de Jonathan Littell. Allí encontré un fragmento que me llevó de regreso a El Banquete. El fragmento de ese diálogo que va a continación es distinto del que desencadenó este post, pero ese es un detalle menor.
"Cuantos, por el contrario, son sección de varón, persiguen a los varones y mientras son jóvenes, al ser rodajas de varón, aman a los hombres y se alegran de acostarse y abrazarse; éstos son los mejores de entre los jóvenes y adolescentes, ya que son los más viriles por naturaleza.
Algunos dicen que son unos desvergonzados, pero se equivocan. Pues no hacen esto por desvergüenza, sino por audacia, hombría y masculinidad, abrazando lo que es similar a ellos. Y una gran prueba de esto es que, llegados al término de su formación, los de tal naturaleza son los únicos que resultan valientes en los asuntos políticos. Y cuando son ya unos hombres, aman a los mancebos y no prestan atención por inclinación natural a los casamientos ni a la procreación de hijos, sino que son obligados por la ley, pues les basta vivir solteros todo el tiempo en mutua compañía. Por consiguiente, el que es de tal clase resulta, ciertamente, un amante de mancebos y un amigo del amante, ya que siempre se apega a lo que le está emparentado.
Pero cuando se encuentran con aquella auténtica mitad de sí mismos tanto el pederasta como cualquier otro, quedan entonces maravillosamente impresionados por afecto, afinidad y amor, sin querer, por así decirlo, separarse unos de otros ni siquiera por un momento. Éstos son los que permanecen unidos en mutua compañía a lo largo de toda su vida, y ni siquiera podrían decir qué desean conseguir realmente unos de otros. Pues a ninguno se le ocurriría pensar que ello fuera el contacto de las relaciones sexuales y que, precisamente por esto, el uno se alegra de estar en compañía del otro con tan gran empeño. Antes bien, es evidente que el alma de cada uno desea otra cosa que no puede expresar, si bien adivina lo que quiere y lo insinúa enigmáticamente.
Y si mientras están acostados juntos se presentara Hefesto con sus instrumentos y les preguntara: «¿Qué es, realmente, lo que queréis, hombres, conseguir uno del otro?», y si al verlos perplejos volviera a preguntarles: «¿Acaso lo que deseáis es estar juntos lo más posible el uno del otro, de modo que ni de noche ni de día os separéis el uno del otro? Si realmente deseáis esto, quiero fundiros y soldaros en uno solo, de suerte que siendo dos lleguéis a ser uno, y mientras viváis, como si fuerais uno solo, viváis los dos en común
y, cuando muráis, también allí en el Hades seáis uno en lugar de dos, muertos ambos a la vez. Mirad, pues, si deseáis esto y estaréis contentos si lo conseguís.» Al oír estas palabras, sabemos que ninguno se negaría ni daría a entender que desea otra cosa, sino que simplemente creería haber escuchado lo que, en realidad, anhelaba desde hacía tiempo: llegar a ser uno solo de dos, juntándose y fundiéndose con el amado. Pues la razón de esto es que nuestra antigua naturaleza era como se ha descrito y nosotros estábamos íntegros. Amor es, en consecuencia, el nombre para el deseo y persecución de esta integridad."
Todo es tan distinto para nosotros, miles de años después, y sin embargo hay tantas cosas tan similares. Como descreo de la existencia del "alma humana" abstracta, especulo que tiene que ver con que en muchos sentidos somos hijos de los griegos. Hoy, por ejemplo, para algunos de los que crecimos en un mundo en el que el vih campea casi desde que nacimos los de nuestra generación, coger sin forro tiene una trascendencia que probablemente jamás tuvo en la historia de la humanidad: supone tomar la vida del otro en las propias manos y poner la de uno en las suyas. Se siente bien objetiva y subjetivamente. Claro, la belleza del asunto depende de que ninguno de los dos sea barebacker. Barebacking y Lovemaking suenan parecido, y sin embargo me resultan antitéticos, no por razones morales sino emotivas.

Como dice Bauman, un judío-ruso con el que simpatizo, el amor constituye una conquista cultural. Eso explica un poco que se bata en retirada de la vida cotidiana: como diría un marxista de los de la vieja escuela, esta época de reacción se caracteriza por la pérdida sistemática de las viejas conquistas.

Cunde la decadencia, pero la vida sigue siendo bella. La historia sigue... Entre otras cosas, tengo un compañero de batalla admirable.

La imagen es un detalle de una escultura griega
cuyo nombre desconozco. Está en el Museo del Prado.

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