Dejó un relato autobiográfico que fue publicado por los jesuitas en 1740, de modo que Mi Vida fue la primera publicación hecha en la Nueva Granada. También escribió pocos versos y una obra en prosa titulada Afectos. Los sueños y raptos místicos, esas formas brutales y deliciosas de la pasión barroca por el Señor, su aliento, su voz, su carne, pueblan sus escritos.
Me fascinan el barroco y sus obras: las iglesias con su densísima imaginería, las custodias cundidas de piedras preciosas, los santos quiteños y de Nueva España, hermosos, sensuales y -quizá por eso mismo- de una belleza y una candidez suprahumanas, la poesía religiosa y erótica al mismo tiempo, tan inocente y lasciva como sólo puede serlo la carnalidad desatada por un ser que uno adora más allá de cualquier moderación pensable. El barroco español e hispanoamericano, a contrapelo de la simplonería reformista de Lutero, fue luz, brillo, carne, música, aromas... también fue la época de comer con las manos, por ejemplo. Como todos los saltos de la civilización, tuvo su aporte a la sofisticación de la brutalidad: la Santa Inquisición, inventada en Italia pero perfeccionada en España. Al fin y al cabo, ¿qué pudo haber más corporal que la Inquisición?
La mayoría de los latinoamericanos le debemos a España algunas de las viejas miserias de esta región (las más recientes a los próceres de antes y de ahora, y a todas las demás "grandes naciones" del mundo por igual), pero le debemos mucho más en cuanto a nuestras relaciones con los placeres. La cocina, la siesta, la vieja costumbre de coger con cualquiera detrás de las puertas sin perder el recato, el siempre delicado y muchas veces saludable arte del adulterio, la pasión romántica brutal, a veces homicida...
A continuación algo de la obra de Sor Josefa.
...Así llegué a los ocho o nueve años, en que entró en casa de mis padres el entretenimiento o peste de las almas con los libros de comedias, y luego mi mal natural se inclinó a ellos, de modo que sin que nadie me enseñara aprendí a leer. Yo, pues, llevada de aquel vano y dañoso entretenimiento, pasaba en él muchos ratos y bebía aquel veneno, con el engaño de pensar que no era pecado.
En este tiempo (doce años) entraban en casa de mi madre algunos parientes muy inmediatos, que a otros no se daba entrada, por el gran recato y cuidado con que nos criaban; y entre ellos, uno se aficionó tanto a mí, que en cualquier ocasión que hallaba me ponderaba su amor. Yo, como loca y vana, y como que mi corazón no había encontrado su centro, andaba vagando por despeñaderos, aunque sin más intento que la vanidad de ser querida.
Como me hallara en tantos deseos de Dios, en una ocasión, que ni despierta ni dormida dejaba el alma de estar anhelando por su Dios, y totalmente me hubiera despedido de todo lo que en la vida podía querer o buscar, me empezó un tormento que sentía yo más que la muerte. Este fue permitirle Nuestro Señor al enemigo que me afligiera con representarme cuantas herejías e infidelidades se han inventado entre los hombres; y sin cesar todo el día en cualquiera ocupación que tuviera, sonaban aquellos silbos de la serpiente infernal en los oídos de mi alma, con tanta sutileza y astucia, tornándome a su propósito, cuanto había, oía y leía, que sólo en la malicia y condenada astucia de Satanás cabía.
Desde muy niña me puso Nuestro Señor un horror grande en mi corazón a cosas que tocaban a impureza. Era tanto el tormento que sentía con las malas representaciones que el enemigo debía de traerme en aquella edad, que me acuerdo que deseaba estar en el infierno. Pues cómo diré, Dios mío, los males y profundidades en que me vi, con tentaciones horrorosas en esto, ni las cosas que movía el enemigo en lo exterior e interior, ni la guerra que yo tenía en mí misma? Poco o nada pueden las fuerzas humanas contra este maldito vicio, tan llegado a nosotros mismos, que esta carne vilísima, saco de podredumbre, si Dios se aparta.
El altísimo don de castidad y pureza que hace a las almas esposas del altísimo Dios, desciende de arriba, del Padre de las lumbres. Despedazaba mi carne con cadenas de hierro; hacíame azotar por manos de una criada; pasaba las noches llorando; tenía por alivio las ortigas y cilicios; hería mi rostro con bofetadas; y luego me parecía que quedaba vencida a manos de mis enemigos. Andaba llena de pavor y horror de mí misma, sin atreverme a alzar los ojos a Dios, ni a su Santísma Madre, y en ella me faltaba el consuelo y la vida.
***
Deliquios del divino amor
El habla delicada
del amante que estimo,
miel y leche destila
entre rosas y lirios.
Su meliflua palabra
corta como rocío,
y con ella florece
el corazón marchito.
Tan suave se introduce
su delicado silbo,
que duda el corazón
si es el corazón mismo.
Tan eficaz persuade
que, cual fuego encendido,
derrite como cera
los montes y los riscos.
Tan fuerte y tan sonoro
es su aliento divino,
que resucita muertos
y despierta dormidos.
Tan dulce y tan suave
se percibe al oído,
que alegra de los huesos
aun lo más escondido.Gregorio Fernández
Cristo Flagelado, hacia 1616

