Las víctimas del trauma pueden experimentar no sólo "culpa" por sobrevivir sino también una intensa angustia ante la posibilidad de reconstruir una vida y volver a empezar. Uno de los fundamentos de la angustia es la sensación de que construir una nueva vida es una traición a los seres queridos que murieron o quedaron atrás en un pasado que no puede olvidarse. La sensación de traición debe ser explícitamente reconocida para intentar elaborarla, sobretodo en procesos de duelo.Lo leo y pienso (sí, pienso, porque últimamente estoy muy reflexivo sobre la vida y la cultura, como le pasa a Catita Pizzafrola Langanuzzo), que lo mismo que dice LaCapra para las tragedias de la humanidad vividas por muchos como los que sobrevivieron a la Shoah aplica para los que vivimos y sobrevivimos tragedias personales, insignificantes para la historia de la humanidad pero abrumadoramente contundentes para nuestras propias historias. No se trata de una asociación que pueda hacer sin ruborizarme, pletórico como estoy de cultura libresca y no tan libresca sobre la Shoah y sus sobrevivientes, pero leo a LaCapra y se me impone.
La elaboración [...] implica el intento por hacerse de cierta perspectiva de la experiencia sin negar sus reclamos o su fuerza compulsiva. Pero la elaboración, en la medida en la que se relaciona con la reconstrucción de vidas y con la preparación de una historiografía crítica, requiere el esfuerzo de conseguir una distancia crítica con la experiencia comparando vivencias y reconstruyendo contextos más amplios que ayuden a informar y tal vez a transformar la experiencia. La percepción de los propios problemas puede llegar a cambiar hasta el punto de llegar a ver las relaciones con las experiencias de los demás y con un conjunto más amplio de problemas, algunos de cuyos componentes pueden escapar a nuestro registro. [...]
Por otra parte, la elaboración requiere reconocer el problema de los valores y de las normas y su diferencia con la realidad empírica, a la que no redimen ni transfiguran sino que nos permiten evaluarla y tal vez transformarla.
El asunto de fondo es, según me parece ahora, que el impacto de la catástrofe personal, provenga de procesos históricos de gran envergadura o de la ruindad de las relaciones interpersonales, es grosso modo el mismo: la desorganización radical de la existencia y la obstrucción del entendimiento que ésta apareja. Así, si todos los amores por banales que sean son el amor de nuestras vidas, y son infinitos y contundentes en la singularidad que hace de todos el primero, o el definitivo, o cualquier otra cosa, pero de cualquier modo hace que todos y cada uno sean EL-algo, todas las catástrofes, por deleznable que sea su origen, son LA catástrofe. Entonces, venga de donde venga, cualquier catástrofe (llevando mi banalidad al punto por donde empezó a gestarse esta entrada: cualquier desamor) nos impone la necesidad de la elaboración: la toma de distancia, la puesta en contexto, el balance en el que anida la comprensión que nos permite voltear la página y seguir viviendo, hacer lo que como dijo María Mercedes Carranza en Oda al amor, tarde o temprano todos debemos hacer:
Deberás comenzar a hacer de nuevo la casa,Pienso ahora, mientras paso esta entrada con un ron centroamericano traido por mi dulce y apacible amante, que a la larga todos los desamores y todas las elaboraciones que reclaman pasan por poner en contexto y desafiar la propia experiencia de la catástrofe, hacer lo que hizo Aby Warburg cuando participó del ritual de la serpiente durante su visita a los indios Pueblo en 1895: tomar por el cuello la fuente de nuestro distress (por alguna razón la palabra castellana me huye), mirarla frente a frente y arrojarla lejos de nuestra presencia.
reacomodar los muebles, limpiar las paredes,
cambiar las cerraduras, romper los retratos,
barrerlo todo y seguir viviendo.
En el caso del desamor creo que buena parte de la experiencia de la catástrofe deriva de nuestra repentina constatación de que como dice Lucrecio en el fragmento que cité en la entrada anterior, lo que amamos es generalmente no el otro en tanto sujeto objetivo, sino la imagen que nos hemos hecho de él (su simulacro, dice el Abate Marchena en la traducción previa a mi agiornante intervención). Esa constatación, y con ella el desamor, suelen venir mano a mano cuando, por ejemplo, nos descubrimos abandonados, y la imagen del otro incondicional que amamos profundamente se demuestra falsa, dejando emerger la figura real del otro contingente, susceptible de partir a su antojo. Lo mismo sucede cuando descubrimos nuestro amor derrochado, desperdiciado (la verdad es que no creo que haya amor que se desperdicie, pues ya es suficiente con que le recuerde a uno que aún vive), depositado en un sujeto idílico creado por la combinación armónica de su presentación personal y nuestro deseo de encontrarlo adecuado como sujeto amado. Es en ese punto donde toma sentido el proceso de elaboración que caracteriza LaCapra, y que acá he traido a cuento de manera quizá bastante abusiva pero no por eso forzada.
Necesitamos poner en perspectiva la experiencia de la catástrofe amorosa sin negar su fuerza, lo compulsivo que hay en ella, ni la validez de sus reclamos o, lo que para el caso me parece lo mismo, la legitimidad de nuestro dolor y si es el caso de nuestra ira. Necesitamos comprender nuestro sentimiento de culpa por haber leído mal al otro, y nuestra compulsión de odio hacia él por haber emitido signos que nos permitieron leerlo mal coherentemente por el tiempo corto o largo que lo hayamos hecho. Necesitamos explicitar y comprender la culpa y la angustia que derivan de nuestro deseo de romper con las imágenes -exactas o inexactas, poco importa entonces- que construimos meticulosamente del otro y de nuestro vínculo con él. Explicitar nuestros principios y las brechas que los -nos- separan de los de él y de la realidad que alguna vez compartimos. En últimas: mirar la serpiente a los ojos, sentir la proximidad de su aliento para poder arrojarla lejos, no fuera de nuestra vista, pero fuera del espacio vital que nos hace vulnerables como los desnudos.
En últimas, necesitamos enfrentar la catástrofe, ponerla en contexto, comprenderla para retomar el control soberano de nuestro universo y con ello desterrarla, pues ésta no es más que el súbito desorden que bloquea nuestra capacidad de comprensión, de concederle sentido a las cosas y los sucesos.
Todo esto me lleva a una anotación que hice con letra vergonzosamente desprolija en un libro de Zygmunt Bauman el 16 de julio de 2006 en Buenos Aires, el día mismo que lo compré en una librería de Corrientes. Fue uno de los inviernos más jodidos que haya pasado en mi vida, aplastado por el desamor y en quiebra. Estaba rompiendo con Diego, y fui a dar a "Amor líquido" como quien encuentra el mapa que lo sacará de las catacumbas. Allí, al inicio de mi lectura definitiva -lo había ojeado la noche anterior en la casa de una bailarín amigo de Ferrán- pero en la última página como para que no se viera en el futuro, inscribí la máxima de Spinoza, uno de los muchos genios que se perdió España cuando expulsó a los judíos en 1492: "Ni reir ni llorar: comprender".
Eso es lo que necesitamos cada vez que enfrentamos la catástrofe. Eso es lo que a veces nos posibilita la escritura.
La obra de LaCapra es Representar el Holocausto: Historia, teoría, trauma.

