La verdad es distinta e incómoda. Aunque los judíos sufrieron los peores tratos a manos de los nazis, los soviéticos también fueron viciosamente humillados y exterminados, las víctimas del sistema de campos de esclavización y exterminio ascienden a cerca de 18 millones, y los estadounidenses no fueron tan amigos de los judíos en los primeros días de la liberación de los campos, ni tan empáticos con su sufrimiento. Según ha reseñado Jeffrey Alexander:
“los sobrevivientes judíos fueron mantenidos durante semanas, y a veces incluso meses, en las peores áreas y bajo las peores condiciones de los que se convirtieron, temporalmente, en campos de personas desplazadas. Los administradores estadounidenses y británicos se sentían impacientes con muchos sobrevivientes judíos, e incluso sentían repugnancia personal, y recurrían a veces a amenazas y hasta los castigaban.”*Por otro lado, tampoco se recuerda –o se quiere recordar– que en los territorios controlados por las tropas soviéticas la realidad de esos primeros días parece haber sido la opuesta. Hace un tiempo, viendo "Oma und Bella", un documental sobre dos sobrevivientes judías que hoy viven en Berlín, me enteré por lo que ellas contaron que los soviéticos le dieron a los sobrevivientes un día para que tomaran venganza contra sus verdugos. Después de eso, restablecieron el orden y como muchos sabemos organizaron sus propios juicios contra los nazis en diferentes lugares de los territorios que ocuparon.
En la octava de las muy abusadas Tesis sobre el concepto de Historia dijo Walter Benjamin, él mismo un judío víctima de esa catástrofe que asoló la humanidad entera por obra de los nazis y sus socios, como si hubiese salido del vientre mismo de la Muerte que pinta Bruegel en De Triomf van de Dood:
“los dominadores actuales son herederos de todos los que han vencido antes. La empatía con el vencedor, por consiguiente, siempre favorece al dominador actual. Al materialista histórico con eso ya se le ha dicho bastante. Todo aquel que hasta el presente día logró la victoria marcha en el desfile triunfal que conduce a los hoy dominadores por encima de quienes hoy yacen por tierra.”Creo que en un sentido, por una compleja combinación de factores que sería estúpido reducir a las inexistentes conspiraciones judías o a la ciertamente existente perversidad de los gobiernos estadounidenses (no es un asunto de perversidad sino del modo en el que se han combinado fenómenos históricos diversos), decía que creo que en un sentido, lo que describe Benjamin es lo que se ha dado: un tesoro enorme de verdades oficiales, objetos valiosos y riqueza es llevado en un arca gigantesca por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, por los vencedores de la lucha por la definición de versiones sobre lo que fueron los protagonistas de esa guerra, y por los ganadores de la Guerra Fría.
Me parece que cuando hablamos de lo que le hicieron los nazis y sus socios a la humanidad generalmente somos muy poco sofisticados. Dejamos de explicarle sencillamente una realidad compleja a la gente que nos escucha, y sustituimos ese trabajo sofisticado por el más vulgar de contarle a esa gente a veces sin mucha sencillez una historia bastante simplificada, recortada a las malas.
No decimos que los judíos llevaron la peor parte en el exterminio, que los nazis se proponían borrarlos primero de Europa y luego de la tierra, pero que junto a esos 6 millones de muertos hubo 12 millones de otros exterminados: discapacitados, soldados y políticos soviéticos, opositores, sindicalistas, comunistas o socialistas, testigos de Jeovah, prostitutas, homosexuales, pacifistas...
Nos limitamos a decir “IG Farben” cuando hablamos de una de las empresas que explotaron mano de obra esclava en Auschwitz, pero no decimos (muchos de nosotros quizá ni siquiera lo saben porque simplemente repiten el nombre sin más) que esa no era simplemente una empresa, sino un conglomerado del que hacían parte empresas alemanas que siguen existiendo como Bayer, Agfa y BASF.
Contamos mucho de cómo murió la gente, y poco de cómo luchó incluso a veces sabiendo que daba luchas perdidas. En nuestros recuentos los partisanos, la solidaridad, los testimonios enterrados en botellas al pie de los crematorios ocupan menos lugar que los detalles lacrimógenos inspirados en el cine.
Tampoco le damos mucho peso en nuestras narraciones al hecho de que donde la población no cooperó masivamente con los nazis como en Dinamarca, el exterminio de los judíos literalmente fue imposible. Y mucho menos lo contamos por la negativa señalando que los nazis no lo hicieron todo solos sino con la ayuda de los nacionalistas ucranianos, los colaboracionistas franceses, la España de Franco, el mufti de Jerusalén, las masas de la Italia de Mussolini y un largo etcétera.
Con frecuencia nos parecemos bastante, a fin de cuentas, a esos personajes grotescos de las narraciones populares, quienes a punta de desmemoria y corta inteligencia travisten las noticias en historias fantásticas. Pero como todo siempre puede ser peor, nosotros no hacemos una historia fantástica de una noticia, sino una narración simplona y superficial de lo que ha sido la peor noticia que hasta ahora haya recibido la humanidad en mucho tiempo.
Por todo esto, y porque a los judíos les tocó lo peor, he titulado esta entrada con una expresión hebrea que significa “día de la catástrofe y del heroísmo”. El asesinato en masa perpetrado por los nazis fue una catástrofe organizada por ellos y muchos de sus socios, cuyos descendientes hoy fingen que en el pasado de sus familias o empresas no están esos crímenes. Pero todo habría sido peor sin la heroíca resistencia de millones que se enfrentaron a la destrucción cuando todo parecía perdido, y a veces sobrevivieron para contarlo.
*El libro de Alexander se llama “Trauma: a social theory”. La traduccióm es mía, y proviene de la página 34.

