11/9/09

Anclao en Colombia

Límites

De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido

a quien prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.

Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
¿Quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?

Tras el cristal ya gris la noche cesa
y del alto de libros que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.

Hay en el Sur más de un portón gastado
con sus jarrones de mampostería
y tunas, que a mi paso está vedado
como si fuera una litografía.

Para siempre cerraste alguna puerta
y hay un espejo que te aguarda en vano;
la encrucijada te parece abierta
y la vigila, cuadrifonte, Jano.

Hay, entre todas tus memorias,
una que se ha perdido irreparablemente;
no te verán bajar a aquella fuente
ni el blanco sol ni la amarilla luna.

No volverá tu voz a lo que el persa
dijo en su lengua de aves y de rosas,
cuando al ocaso, ante la luz dispersa,
quieras decir inolvidables cosas.

¿Y el incesante Ródano y el lago,
todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
Tan perdido estará como Cartago
que con fuego y con sal borró el latino.

Creo en el alba oír un atareado
rumor de multitudes que se alejan;
son los que me han querido y olvidado;
espacio, tiempo y Borges ya me dejan.

J.L.B.

Desde que terminé la tesis, el exilio me duele en todo el cuerpo.

11/4/09

Ha muerto Lévi-Strauss

Ingresé a la antropología leyendo a través de dos obras de Claude Lévi-Strauss: Lo crudo y lo cocido y El pensamiento salvaje. A través de esas obras conocí el oficio del antropólogo, y me adentré con su lectura en los caminos sinuosos de la disciplina, mirando la selva y sus habitantes a través de los ojos de ese francés, quien atravesó el Atlántico y (vueltas más, vueltas menos) se metió a la jungla para darse cuenta de que la decisión con la que alguien emprende un viaje no garantiza que al llegar a destino logre comprender a aquellos a quienes encuentra.

El 31 de octubre, mismo día en que cerré mi tesis de maestría, murió Lévi-Strauss a los 100 años de edad.
Muerto uno y terminada la otra, la antropología se encuentra en una situación similar a la que enfrentó la anciana de una historia que he escuchado varias veces.

Una vieja crió una chancha durante un tiempo largo, cuidándola cotidianamente de la manera juiciosa, devota pero carente de romanticismo en la que se hacen esas cosas en el campo. Cuando estaba en su mejor momento, tan vital que daba el mismo gusto verla o imaginársela en el plato, pasó un comerciante que decía ser de un pueblo vecino, y se enamoró de ella. Le rogó hasta el cansancio a la anciana, pero ella no quería vendérsela, no porque estuviera encariñada con ella, sino por lo buena que le había salido y lo bien que la había criado. Bueno, quizá sí estaba un poco encariñada, pero no como se encariñan los citadinos con los animales, que terminan queriéndolos más que a un pariente. El asunto es que no la quería vender, pero el comerciante insistió tanto y elevó la oferta de tal modo que la señora accedió.

El hombre se la llevó el mismo día, pero como ya había comprado gallinas y chanchos en la vecindad, no tenía dinero suficiente para pagarle toda la suma. No era amigo de dar una parte y quedar debiendo, eso era faltarle el respeto a la contraparte, dijo. Entonces, quedó de volver al día siguiente para pagar, y preguntó si a la anciana le hacía falta algo del pueblo de al lado. Al otro día, de paso, se lo podía llevar. Pero la vieja no quiso ponerlo en trámites ("sería falta de educación", pensó), así que se abstuvo de encargarle lo que necesitaba y de lo cual ni habló.

Vino el día siguiente y el comerciante no apareció. La vieja se abstuvo de decir en voz alta lo que pensaba, por un lado por no cometer la canallada de desconfiar abiertamente del señor, tan amable que era, y por otro lado por orgullo. Y así continuaron los días sin que el tipo apareciera. Se perdió la chancha. Pasado el tiempo, no mucho, al hablar del tema con las hijas, la anciana se lamentó de que el tipo se hubiera robado la plata.

-Lo único que me queda de consuelo -dijo-, es que se la vendí bien cara.

La vieja era mi abuela.

archīvum

StatCounter