12/22/07

Agnus Dei

¡Oh raíz sagrada de Jesé, que en lo alto
presentas al orbe tu fragante nardo!
¡Dulcísimo Niño que has sido llamado
lirio de los valles, bella flor del campo!

Ven a nuestras almas, ven no tardes tanto

¡Rey de las naciones Emmanuel preclaro,
de Israel anhelo, Pastor del rebaño!
¡Niño que apacientas con suave cayado
ya a la oveja arisca, ya al cordero manso!

Ven a nuestras almas, ven no tardes tanto.

¡Véante mis ojos de Ti enamorados,
bese ya tus plantas, bese ya tus manos!
¡Prosternado en tierra te tiendo los brazos,
y aún más que mis frases te dice mi llanto!

Ven a nuestras almas, ven no tardes tanto.
¡Ven salvador nuestro por quien suspiramos!
¡Ven a nuestras almas, ven no tardes tanto!


De Los Gozos del Divino Niño Jesús, Novena de Aguinaldos.

12/18/07

Guardián de la Lengua

Emepecé a trabajar como corrector por accidente. En una cena, hablando con un amigo que trabaja en un grupo editorial, le conté que tenía algunas horas libres y quería conseguir un trabajo, aunque no sabía de qué porque -descontando las cosas académicas en las que prácticamente me pagaban por entrenarme en lo que estaba estudiando-, nunca en mi vida había hecho nada. Era, palabras más, palabras menos, un zángano.
El amigo en mención -porteño-, sacó una solución de la manga: "Pasá por mi oficina el lunes, te doy algo para que lo corrijas, y vemos si podés empezar a hacer algo ahí". Nunca había corregido nada distinto a los artículos que mi novio de entonces me pedía que revisara para que opinara, y se lo hice saber. "No importa, sos colombiano, ustedes hablan el mejor castellano que haya oído, así que se te va a facilitar".
Fue mi primer encuentro con ese prejuicio que coexiste con el de el pueblo más o menos naturalmente violento o delincuente, más o menos naturalmente dotado de habilidades para el baile, más o menos alegre bajo cualquier circunstancia. Como decía Kant, los prejuicios suelen ser expresiones sintéticas de experiencias repetitivas, y he de reconocer que de una manera u otra los que he nombrado tienen asidero en la realidad, aunque no bailo ni a palos, ni soy el prototipo de la felicidad del trópico.

Pero hablaba del oficio. El asunto es que empecé y salió bien, y casi tres años después estoy trabajando para tres editoriales. Durante este tiempo he notado que el prejuicio sobre la mayor corrección del habla colombiana existe en la industria editorial en general, y suele jugarme a favor. Por otro lado, he notado que no es infundado, hay algo en mi sentido común respecto de la Lengua que, cuando lo cotejo con el diccionario de la RAE suele ser, a veces para mi sorpresa, acorde con la Academia. He de decir, al respecto, que me equivoco menos cuando pienso en la manera como hablan mis abuelas o mis padres que cuando lo hago tomando en cuenta el habla de la gente de mi edad.

Hace poco me di cuenta que el mio es un oficio conservador: la mayor parte del tiempo "disciplino" el castellano insumiso de los rioplatenses, imponiéndole el canon de la Academia ibérica, tan bien cultivado en mi acartonada patria que se precia de ser la de don Rufino José Cuervo, García Márquez, y la Academia de la Lengua más antigua del continente. Ejerzo, entonces, una labor colonial. Lo hago sin culpa.

12/5/07

¡Argentina: Colombia es tu papá!

Según el hijo de un capo caleño del narco, el Cartel de Cali le pagó a la selección peruana para que se dejara meter los 6 goles de Argentina. Si no, no habrían ni olido la copa, y Brasil se los habría ... . Amenaza con mostrar los documentos que lo prueban si le cae una demanda. ¿Le caerá? Dúdolo.

Para leer el artículo --->clic acá<---

Brevísimo Glosario Schneideriano

Adelancia: anticipación

Alumir: encender

Elargir: prolongar

Exprimir: expresar

Insulado: aislado

Partenariado: relación de unión libre

Realizar: notar

Nectarina: pelón

Ship-ships: ojotas

12/1/07

Ánima Sola

Oh, la crueldad incomprensible, inadmisible! Le sentenció Dios a muchos miles de siglos de purgatorio porque si los hombres al que no matan, al que absuelven de la última pena lo sentencian casi a lo mismo con sus treinta años, Dios, al que perdona del Infierno, le condena, a veces, a toda la eternidad menos un día, y aunque ese día mata por completo toda la eternidad, ¡cuán vieja y cuán postrada no estará el alma el día que cumpla la condena! Estará idiota como el alma de la ramera Elisa, de Goncourt, cuando sale del presidio silencioso.

"¡Cuántas hojas de almanaque, cuántos lunes, cuántos domingos, cuántos primeros de año esperando un primero de año separado por tantísimos años!", pensaba el sentenciado, y no pudiendo resistir aquello, le pidió al Dios tan abusivamente cruel, que le desterrase al Infierno definitivamente, porque allí no hay ninguna impaciencia.

"¡Matadme la esperanza! ¡Matad esa esperanza que piensa en la fecha final, en la fecha inmensamente lejana!", gritaba aquél hombre que por fin fue enviado al Infierno, donde se le alivió la desesperación.

Peor que el Infierno, Ramón Gómez de la Serna, 1918.
En Antología de la literatura fantástica, Borges, Bioy, Ocampo.

11/27/07

iluminaciones

I remember one morning... Getting up at dawn... There was such a sense of possibility! You know? That feeling? And... and I remember thinking to myself:

"So this is the beginning of happiness... This is where it starts! And, of course, there'll always be more."

Never occurred to me. It wasn't the beginning, it was happiness.
La señora Dalloway en Las horas, de Michael Cunningham.


Identificación: El sujeto se identifica dolorosamente con cualquier persona (o con cualquier personaje) que ocupe en la estructura amorosa la misma posición que él.

Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso.


Casi siempre que me pasa tiene que ver con el cine o la filosofía. Hay momentos en los cuales el universo parece condensarse en una frase y uno da un salto, avanza, como si hubiera vivido varias vidas en un par de segundos. Debe ser eso lo que los místicos llaman iluminación.

La identificación no siempre es dolorosa.

11/24/07

confesiones irrelevantes

Vivo solo en un departamento de tres ambientes (dos habitaciones y living: tardé dos años en aprender a clasificar departamentos por número de ambientes, supongo que eso habla mal de mi inteligencia).

Hace unos meses me dio por tener plantas: compré crisantemos y una begonia, luego tres amapolas que planté en una maceta rectangular, también dos de flores moradas chicas que soportan bien el sol, cuyo nombre desconozco; encontré albahaca en la verdulería y la sembré en lugar de comérmela como siempre, ahora tengo tres plantitas cuyos progresos sigo a diario; una amiga renovó su balcón y me regaló un aloe macho y una maceta grande en la que una planta anónima achaparrada que parece un árbol y tiene hojas vidriosas y redondas convive con un malvón.

Estoy juntando amapolas secas para ver si quedan bien en té o usadas como especia.

Me gusta mirar la luna.

En el estudio de mi casa hay una cama de una plaza que debería funcionar como sillón pero vivo posponiendo comprar almohadones. Duermo ahí ocasionalmente, en especial cuando me pesa la separación de Jan. En realidad donde duermo ocasionalmente es en la cama doble de la habitación.

Las señoras y las chicas de Buenos Aires suelen asociar mi acento a las telenovelas, los hombres al fútbol. Muchos piensan que todo Colombia tiene clima de playa.

A veces lleno la bañera. Entonces debo esforzarme mucho para encontrar la temperatura justa al balancear el agua fría y caliente. Cuando estoy en el agua siempre pienso en las películas donde la gente se mata ahogándose a propósito. No creo que sea posible. Me pregunto si sucedería en caso de que uno se quede dormido.

Me gusta ir al cine solo.

Mucha gente hace ejercicio para bajar de peso. Yo soy de esa minoría que adelgaza si no se ejercita.

Soy buen cocinero. Disfruto cocinar para la gente con la que simpatizo. No tengo problemas con hacerlo a la madrugada si a esa hora me da hambre. Hoy vine de cine y empecé a la 1: arroz blanco con coco y romero, pollo con salsa de hongos de pino y un poco de té earl gray, y ensalada de pepino con zanahoria. Agua para pasar. Nunca había preparado las dos primeras cosas, que quedaron deliciosas. Descubrí que la bergamota del earl gray es un muy bien ingrediente. Cocino con la nariz, casi nunca pruebo nada hasta el final. No es que me lo proponga pero así sucede.

Algo similar me pasa con la gente y los lugares, de distintas maneras. Recuerdo perfectamente el olor de Kirpalamar en las tardes soleadas, y a veces en el verano porteño la brisa lo evoca pero no sé de qué depende. El ahumador del abuelo los días que extraía miel o hacía algo con las colmenas. La línea A del subte de Buenos Aires. La boca de Jan.

11/20/07

Lili Marleen rima con Mein kleiner Jan

En 1915 Hans Leip, un poeta hamburgués enviado al frente ruso durante la guerra, compuso un poema titulado Das Lied eines jungen Soldaten auf der Wacht [Canción de un joven soldado de guardia]. En 1937 se publicó junto con otros y Norbert Schultze compuso una melodía para él, de modo que Lale Andersen la grabó pero sólo se vendieron 700 copias del disco. Una sola de ellas bastó para que la canción se hiciera famosa cuatro años después a través de la emisora nazi del Belgrado ocupado, a través de la cual la escucharon los aliados, de modo que se hizo popular a lado y lado. En 1944 apareció una versión en inglés y su circulación entre los aliados se oficializó; Anne Shelton y Marlene Dietrich cantaban las versiones más populares. Hacia el final de la guerra los nazis la prohibieron porque deterioraba la moral de la tropa (hay una película de Fassbinder sobre eso).
Habla de un soldado que extraña a su chica, de la añoranza que producen los recuerdos felices cuando confluyen con la separación. De esos momentos próximos a una partida que uno no desea, en los que los minutos parecen dilatarse y esfumarse al mismo tiempo. También de la fuerza que produce la perspectiva de re encontrarse, de la manera en la que una certeza como esa templa el espíritu.

El último verso dice:

Wenn sich die späten Nebel drehn
Werd' ich bei der Laterne steh'n
|: Wie einst Lili Marleen. :|


Que vendría a ser algo así como:

Cuando tarde en la noche las nieblas se arremolinen,
permaneceré junto al farol
como entonces, Lili Marleen.

11/19/07

El río más ancho, Maradona, la mejor cocina del mundo

Cuando vine a este país, quedé maravillado por el lugar que ocupan la comida y el vino a la hora de celebrar lo que sea. Es como si siempre se buscaran pretextos para juntarse a comer. Pero me aburre reunirme con alguien para comer pizza o pasta, los platos favoritos de gran parte de la clase media porteña. Se supone que para hacer honor a mi formación antropológica y a la moda democratera que cunde entre los intelectuales debería escribir alguna oda a las particularidades culturales y culinarias y bla bla bla, pero soy incapaz de semejante farsa.

Sucede que la pampa fue poblada por cazadores-recolectores antes de la Conquista, de modo que muy sofisticados no eran en cuanto a la dieta, a pesar de que en algunos casos cultivaban las exquisiteces de la antropofagia.
Los españoles, de la época del Imperio pasaron más o menos de largo, tratando de librarse de los caníbales, las epidemias, y el aburrimiento mortal de una zona sin ningun recurso minero de importancia ni indios agricultores que sostuvieran el mercado de provisiones.
Esclavos negros hubo pocos, dedicados a la servidumbre, de modo que no debían tener muchas condiciones para sostener sus tradiciones culinarias, al estar aislados en medio de tanto criollerío. Sin embargo, por lo que se sabe, en esa época se comía con algo más de gracia, porque se mantenían los platos favoritos de los indios, criollos, chapetones* y mestizos, como el locro (mute, en colombiano), los guisos, tamales, y esas cosas, que se siguen cultivando en la cocina del Noroeste, donde hicieron más pie los españoles del Virreinato: Salta, Tucumán, Jujuy...
Luego vinieron las famélicas avalanchas de Italia y el norte y el este de Europa, y la necesidad se convirtió en virtud, de modo que no sólo se jodió el plan de la burguesía racista en cuanto a mejorar la estirpe, sino que la cocina quedó lisiada.

La cultura y la política se nutrieron de las tradiciones de los inmigrantes, pero la comida de los italianos pobres ganó su sitial de oro entre las masas argentinas, y la pizza, los ñoquis, y todas las variantes imaginables de la combinación harina-tomates-queso-cebolla-poca o ninguna carne-acelgas o alguna otra hoja-tomillo colonizaron el calendario social (bueno, comparando lo que perdió en la mesa con lo que ganó en todos los demás terrenos de la vida, le fue mejor que a los demás países del continente). Así, tanto las reuniones de amigos como las familiares, o las salidas a comer, cuentan con la solemne presencia de alguno de los siguientes platos:

Pizza: bueno, ya se sabe qué es. Sus variantes dependen de lo que se le ponga encima, casi siempre relacionado con las salsas que se usan para los espaguetis. Sus más exóticas variedades incluyen cerezas o piña, y las ultra exóticas pollo u hongos. La masa puede ser delgada y crocante (a la piedra) o gruesa y esponjosa, parecida a la del pan (al molde).

Fugazza (y su hermana menor, la fugazzeta): algo así como una pizza al molde chica, con menos queso y mucha cebolla.

Milanesa: una feta de carne del espesor de un velo envuelta en miga de pan y frita u horneada.
Su más evolucionada preparación es a la napolitana, plato de sofisticada preparación que se obtiene poniéndole encima queso y tomate. Avanza un proyecto de ley para convertirla en el símbolo gastronómico oficial de la ciudad de Buenos Aires.

Ñoquis: pequeños trozos de una masa elástica cuyo principal ingrediente suele ser la papa. Se los hierve un poco para que ganen consistencia y luego se comen con alguna salsa de las que se usan para la pasta.

Pastas largas con distintos nombres que dependen de sus formas cilíndricas, aplanadas, espiraladas. El nombre de su preparación depende de una de las mentadas salsas.

Canelones: más pasta pero con forma de tortilla mexicana, enrollada como un cilindro y rellena principalmente de: jamón y queso, queso y tomate, ricota, o verdura (=acelga). Se sirven con cualquier salsa para pasta.

Sorrentinos: algo así como bollos de pasta, principalmente rellenos de ricota o verdura. Cocinados. Se sirven con salsas para pasta.

Pastas rellenas sin salsa: tartas (forma de torta), empanadas. Se hornean. Los rellenos varían un poco más para incluir maíz, pollo y carne. Las empanadas pueden ser fritas también y rellenarse de dulce de leche o de membrillo. Son, de lejos, mis platos favoritos en la cocina cotidiana porteña. Hay infinidad de variaciones provinciales o municipales, y muchas de ellas son simplemente exquisitas.

Ensaladas: principalmente mixta (cebolla, tomate, lechuga y/o zanahoria, si se siente transgresor agréguele huevo duro), y caprese [sic.] (albahaca y tomate). Aderezos al gusto: aceite de oliva, vinagre balsámico [aceto], limón.

Se acabó.

También está el asado, pero no me refiero a él porque no hace parte de la comida cotidiana y, glorificado por la burguesía terrateniente y más oscurantista, parece representar lo más criollo de la Argentina moderna. Es una institución nacional, y un monumento culinario que lo que no tiene de exquisito en su preparación (no por ello fácil) lo tiene en los sabores y el ambiente anti acelere-metropolitano que se le asocia.

Bueno, la ciudad recibió muchos otros inmigrantes -y continúa haciéndolo-, pero su peso no ha sido suficiente para diversificar la dieta diaria de la clase media. En cualquier barrio poco pretencioso se encuentran parrillas, evitadas por la mayoría de la clase media más esnob y exiliadas de sus barrios, en las cuales se come carne riquísima y a precios irrisorios. Junto a ellas abundan los restaurantes extranjeros o del interior del país, de modo que en pocas cuadras a la redonda se puede elegir entre, por ejemplo, comida argentina del Norte, peruana, gallega, brasileña o libanesa, pero los planes favoritos de la mayoría de los porteños siempre terminan en la pizzería.

Por otra parte, hay que reconocer que fácilmente se encuentran ingredientes para escapar del cerco de acero del trigo y los tomates, y cocinar cosas ricas.


*Chapetón: denominación neogranadina que se le daba a los españoles por el enrojecimiento que el calor del trópico les provocaba en el rostro. Se ponían chapetos.

11/17/07

816 días no es nada, 95 años tampoco

Hoy encontré en el diario la noticia de que María Amelia, una gallega de 95 años, ganó un premio en un concurso internacional de blogs. Busqué el blog, leí las entradas mas recientes y me emocioné mucho. Se me emezclaron varias cosas: la simplicidad y la inmenza belleza de las cosas que escribe, la vitalidad que emanan, la contundencia de cada sílaba. Cuando digo "simplicidad" no quiero decir "simplonería", digo que escribe como seguramente habla... sencilla, pausadamente, dando en el clavo a cada paso sobre cada cosa que habla.
También se me atravesó en el gaznate la nostalgia por mi abuela, y lloré mucho. Sucede que a veces la extraño como si no hubiera pasado el tiempo, y hay personas o circunstancias que me la recuerdan. Eso me pone feliz pero al mismo tiempo es difícil. Son recuerdos agridulces, nostalgias.
Parece inevitable que cada gran amor traiga, en un momento u otro, su cuota de dolor, y sin embargo no renunciaría a ninguna de las cosas por las que he pasado, o de los recuerdos bonitos y al mismo tiempo amigos de la tristeza que tengo por ahí, en un lado y otro de la cabeza. Desde que tengo memoria noté que mi abuelo solía llorar solo, derrumbado sobre la mesa, en un momento u otro de las reuniones familiares, cuando la noche estaba bien avanzada y la vida iba volviendo a su curso normal. Nunca decía nada. Alguna vez pregunté y me dijeron que era por su madre, muerta en los años cincuenta.
Supongo que hay cosas de las que uno no se recupera. Quizá sea mejor no hacerlo. Cuando lloro por mi abuela no solamente la extraño, también vierto lágrimas de felicidad pasada.

11/13/07

Pájaros

Que la gente idealiza cuando se enamora es, al menos entre los occidentales, una verdad de perogrullo. Pero si la idealización se restringiera a los estrechos márgenes del lecho -porque convengamos en que hoy día son pocos los que se enamoran sin haber pasado por las sábanas del destinatario de sus suspiros-, las cosas entre nosotros serían bien diferentes. Sucede que no sólo se idealizan los amantes sino que otros objetos y seres del mundo suelen ser embellecidos tambien, a veces más alevosamente.

Uno de ellos -no me atrevo a decir que el peor, pero si no lo es pega en el palo-, son las aves. Celebradas en poemas, pinturas y villancicos, sólo pueden parecernos bellas porque están cubiertas de capas y capas de atroz romanticismo. Recuerdo que de chico le tenía miedo a las gallinas, y no era para menos. Teniendo en cuenta que a los cinco años uno tiene apenas el doble de estatura que una gallina adulta se comprende que a esa edad las viera monstruosas. Esos seres de mirada curiosa que siempre inclinan la cabeza poblada de verrugas hacia un costado para clavarle a uno el único ojo que tienen del lado del que uno se encuentra. Luego, en "Del amor y otros demonios" encontré una mano solidaria para estrechar: la del Marqués de Casalduero, quien le agarró pavor a esos bichos desde el día en que imaginó una del tamaño de una vaca.

El año pasado, cuando vivía en Villacrespo, tuve el nada honroso placer de descubrir que los bichos que presagiaban el amanecer desde las 3 y media de la mañana, con un cantito monótono y persistente, eran los nunca bien ponderados zorzales. ¿Por qué llamar a Gardel "El Zorzal Criollo"? De monótono su canto tenía poco y nada, y dudo que se alimentara de alimañas o estuviera cundido de piojos, ácaros y otros pequeñísimos animales. Paradojas de la cultura argentina, como aquella de llamar bombachas a los calzones de mujer y a los pantalones de los gauchos, de modo que uno puede imaginarse a Martín Fierro luciendo ropa de encaje.

Entonces, la primavera pasada fue la de los zorzales. Esta, en cambio, es la de los gorriones, unas aves diminutas y super cagonas que juntan cuanta porquería encuentran para construir sus nidos, uno de los cuales -en obra- reposa sobre una viga de la sala de mi casa. Al comienzo los toleraba, pero cuando dejé de soportar sus cagadas, las pajitas, plumas, plásticos, palitos y otras cosas que dejaban caer de la obra, y el escándalo que empezaba cada mañana justo a la hora de irme a dormir, empezó nuestra guerra sin cuartel. Hace dos semanas les tapo cuanta entrada usan, y ellos, con sos minúsculos cerebros, tardan días en encontrar otra, sin notar que podrían usar las ventanas, abiertas de par en par día y noche. Intuyo la satisfacción de la victoria, pues hace unos cuatro días no aparecen.

Durante varios días me sentí como El Gigante Egoísta, pero hace poco supe que la gente que los padece y busca desde maneras de espantarlos hasta formas de vengarse (poniéndoles comida con laxante, por ejemplo), es mucha. Ergo, no estoy solo en mi cruzada. Algunos consejos e ideas al respecto pueden leerse haciendo click --> Aquí.

Ojo, que si bien opino que las aves son feas y sucias cuando están vivas, creo que tienen pocos competidores competentes en la mesa. Sus carnes se prestan para todo tipo de experimentos ricos con frutas secas, hongos, flores y cosas por el estilo. ¿Tendrá que ver con las porquerías que comen? Joe las llama "Flying Rats".

11/1/07

día de los muertos

Cuando era chico -deía tener como seis años- murió la cuñada de mi abuela Isabel. Ella y el tío Miguel vivían entonces con sus hijas menores en El Roble, la finca contigua a la de Madre, donde crecí hasta los cinco años. Originariamente eran una sola, pero cuando el bisabuelo Antonio repartió la herencia la dividieron en partes iguales que quedaron a lado y lado de un camino de herradura;* El Roble tenía los cafetales, y San Benito los potreros. Inicialmente a Madre le tocó la primera, pero por razones que no conozco bien hicieron una permuta con el tío, así que después de vivir algunos años allí -donde parió a varias de mis tías- las familias trocaron fincas.
Bien, ahí vivió y murió Carmeneloisita. Debió ser por estas fechas porque recuerdo que Madre me dijo que como estaba cerca el día de las almas (o de los muertos, o de los santos difuntos, según el país), las amigas debían haber salido a encontrarla.

--paréntesis con santoral--
Entonces, como durante casi toda mi infancia, lo que me contaba Madre sobre los asuntos del Otro Mundo era una verdad incuestionable. Cuando las pesadillas me asaltaban en mitad de la noche, y muerto de miedo la despertaba, rezábamos juntos una oración a no sé quién pidiendo que me librara de los espíritus nocturnos, y volvía a caer en mi sueño de niño de cuatro años, seguro y tranquilo, al calor de su pecho.
Era un universo bastante estable, aquél, donde nada sucedía por casualidad y los imprevistos podían ser tratados con el apoyo de un santo especializado. San Antonio, por ejemplo, ayuda a encontrar las cosas perdidas; se le enciende una vela y cuando se termina uno busca el objeto siguiendo la dirección a la que apunte lo que quedó del pabilo. Si no quedó nada, mejor ni buscar porque el objeto se ha perdido definitivamente. Santa Lucía ayuda a deshacerse de cosas molestas de esas que se meten en los ojos por la acción del viento; sólo hay que decir: "Santa Lucía bendita, sácame esta basurita", y frotarse con cuidado. Claro que, como dice el adagio, después del ojo afuera no hay Santa Lucía que valga.
--fin del paréntesis--


Es sorprendente: cuando uno menos se da cuenta tiene un tendal de muertos entre la gente que ha amado. ¡Feliz día para todos!
(Una pregunta causijurídica: tratándose de una festividad católica, ¿está bien que los ateos felicitemos a nuestros muertos? En caso afirmativo, ¿la felicitación vale también para los difuntos ateos?)
El grabado es de José Guadalupe Posada, un mexicano de esos que uno habría querido conocer. Entre esta semana y la próxima se puede visitar el Museo Fernández Blanco, donde va a estar montado el altar del día de los muertos, ofrecido a Diego Rivera y Frida Kahlo como visitantes, y Oliverio Girondo y Nohra Lange como locales.

*Camino de herradura: es una senda empedrada generalmente angosta, con el ancho suficiente para que transiten dos mulas cargadas. Hasta bien entrado el siglo XX la mayor parte del transporte en la región Andina colombiana se movió por esos caminos. Son más rectos que las carreteras modernas, de modo que si uno va a pie le convienen más y son más divertidos.

10/30/07

los huevos de Fabergé

Buenos Aires es una ciudad encantadora, pero como las sirenas, además de encanto suele producir vértigo. Tiene las ventajas y desventajas de las megalópolis: se puede hacer prácticamente cualquier cosa para divertirse sin gastar un centavo o derrochando ilimitadamente (de eso solo conozco la teoría, y supongo que así será hasta el fin de mis días), se disfruta del tipo de anonimato que sólo proporciona la multitud, y las opciones para gente que -como yo- disfruta la soledad, son virtualmente ilimitadas. Al mismo tiempo, tanto anonimato, tanta gente y tanta soledad pueden resultar pesados bajo determinadas condiciones o para ciertos tipos de gente.
Después del asalto anduve medio paranoico y sensibilizado, comportando el típico efecto
post-trauma de los que han sido robados. Tenía ese estado del alma en el que uno se pone propenso a los trascendentalismos. Hice cuentas con los dedos de la mano y me di cuenta que de mis viejos* amigos no quedan sino dos en el país, pero nos vemos poco. Creo que la soledad cuasi-obligatoria, el desierto relacional, es uno de los efectos adversos más aburridos de las grandes ciudades. No es que no se pueda conocer gente simpática, pero construir relaciones amistosas -ni qué decir amorosas- es mucho más difícil que en lugares más chicos.
En una gran ciudad hay poco tiempo, y el
sálvese-quien-pueda suele estar a la orden del día. Además, en esta ciudad de psicoanalistas la consigna "tenés que serle fiel a tu deseo" tiene un nivel de apropiación que no debió tener la de "Paz, pan y tierra" en la Rusia de 1916. En buen porteño "serle fiel al deseo" usually means "hacer lo que te da la gana, y los demás que se jodan". Por una de esas extrañas coincidencias que a veces se dan, dos de los tres amigos (locales) que encontré durante el fin de semana tenían esas cosas dándoles vueltas en la cabeza por estos días.
Ahora bien, otra cosa que también es cierta es que en Buenos Aires hay gente excepcionalmente valiosa. Aunque escasas, son personas con las que uno puede construir vínculos de acero cuando tiene la suerte de encontrarlas. Conozco algunos de esos argentinos invaluables, y piano piano vamos avanzando. Las relaciones amistosas o amorosas bien podrían ser comparadas con los huevos de Fabergé. Son obras exquisitas cuya composición toma largo tiempo, suponen la incorporación de materiales diversos y preciosos, y suele pasar que cuando una de ellas se asume refundida, re-aparece exorbitantemente revaluada. Sólo en una cosa se diferencian de esos objetos: lo que las pone a prueba no es su belleza y la admiración que provocan sino su resistencia a los golpes. De eso sabemos bien Jan y yo. También nuestros allegados, quienes soportan estoicamente idas y vueltas al rededor de lo mismo.


*Entiéndase por viejo "con tres o más años de relación", que es más o menos el tiempo que llevo en la Argentina.

10/28/07

I´m sorry, sir, but... Fuck You!

La última vez escribí sobre ladrones en la Avenida Corrientes. Unos días después (como dos semanas) me robaron el computador del interior de Aroma, un café de cadena que queda en la intersección de Corrientes y Callao. Para sintetizar: entró un tipo a las 7 de la tarde, lo agarró de mi mesa, corrió sin que nadie lo detuviera (la vigilante estaba "matando toches"* afuera del local), y corrí detrás pero tomó una moto que lo esperaba.
Idas y vueltas con la policía, que tomaba con parquedad las denuncias de otros que, como yo, habían sido asaltados de la misma manera en el área mientras ellos evitaban patrullarla -ahora creo, dando crédito a la prensa y la maledicencia porteña, que nuestras denuncias les sirvieron para calcular el porcentaje que les correspondía a la hora de la repartija-... llamadas a Aroma, y al final nada: aunque, según Diego Bramajo, el gerente administrativo, es una práctica común en sus locales, no tienen seguros para reparar a los clientes . Que es común, lo supe unos días después del robo y sin los buenos oficios de Bramajo: entre los estudiantes yanquis en Buenos Aires circula la recomendación de no frecuentar esos cafés por su inseguridad. Una recomendación que, como supondrán, suscribo.
Aroma es propiedad del grupo Pegasus, presidido por Mario Quinta pero integrado por eméritos ciudadanos entre los cuales se encuentran Michael Chu y un Pichon-Rivière de los de pura cepa (Nicolás, para los amigos). El grupo es dueño de Freddo, Musimundo, una constructora y, por supuesto, Aroma.

Bueno, a pesar de que algo así da como para asentir si uno vuelve a ver la propaganda en la que Mauricio y Gabriela rezaban la letanía de "¿Quién puede ser asesinado?¨, ¿Quién puede ser asaltado? ¿Quién puede ser secuestrado?", a lo que uno u otro contestaban: TODOS, sigo opinando que Buenos Aires es un buen lugar para vivir. Todas las ciudades son inseguras, y eso es más viejo que Roma, a pesar de que la derecha argentina, derecha bestia si las hay, pelee con patas y manos para que el país sume ese primer lugar a sus glorias futbolísticas, polísticas, rugbísticas, carnísticas, y demás. Ahora bien: la próxima vez que entre a Aroma, Freddo o Musimundo, tenga cuidado no sólo de no ser asaltado, sino de no resbalar o sufrir cualquier tipo de perjuicio. Probablemente Bramajo o Quintana respondan: lamentamos mucho que eso haya sucedido, y aunque ocurre con frecuencia en nuestros locales, no tenemos un seguro de daños a terceros.
*Matar Toches: dejar pasar el tiempo haciendo cosas irrelevantes en lugar de hacer las que correponde. Es una expresión de mi abuela Anita.

10/7/07

Y encima como te vinijtes vejtida!

Corrientes, Diagonal Norte, y 9 de Julio. Buenos Aires me parece una ciudad segura. Esa es una impresión que he defendido hasta el cansancio sobretodo en conversaciones con porteños, que a pesar de -quizá debido a- su desmesurado ego y raro patrioterismo, hablan casi tan mal de la ciudad como bien de "el pueblo argentino".

Sin embargo, en esta intersección del microcentro, que parece constituir un vórtice que atrae celebraciones futbolísticas, sesiones fotográficas de turistas, actos políticos y otros números del estudio urbano, he visto la mayoría de los robos que he presenciado en mi vida.

El de esta noche fue particular: salí de mear en Mac Donalds -pasar por allí me recordó una observación de campo muy densa antropológicamente que hice en ese lugar-, y escuché a una señora mayor y un poco estirada imprecando a una gorda sucia y desarreglada que caminaba casi al lado mio. La había chocado bruscamente, la señora se arreglaba la cartera cuando notó que se la había abierto y empezó a acusarla de haberle robado al billetera. La gorda ni se inmutaba. De un momento a otro un hombre que venía un poco rezagado se adelantó, le quitó alg a la gorda, y se volvió a la señora para regresarle el objeto. Cuando volvió al lado de la gorda empezó una pelea de pareja que seguí hasta que cruzaron 9 de Julio y tomaron un taxi. La imprecaba por venir a chorear y ponerlo en riesgo de caer en cana. Él quería mantenerse fuera. Además, con esa ropa en la que ella andaba, era el colmo que se pusiera en esas. Ella, con la misma sonrisa socarrona que le había hecho a la vieja, decía cosas insustanciales en sí mismas pero que le daban a entender que estaba exagerando. En Cerrito él paró un taxi para, según sus propias palabras, irse a la mierda. Ella lo siguió.

Me aburre esta noche. Demasiadas conmemoraciones para hacer de ella una noche normal. No quiero estar solo, pero no quiero estar con nadie. La escritura ofrece un antídoto perfecto para ese sentimiento que la gente de la costa Caribe colombiana denomina "dejamestá".

8/20/07

Ocho meses y siete días desde la última vez

En la última línea de mi anterior entrada me preguntaba qué traería el 2007. Heme acá, de vuelta a los rastrojos del mundo cibernético, por donde no transita casi nadie, arrancando una nueva entrada a la que su antecesora le reclama, de alguna manera, un balance.

Es raro, no me propuse dejar de escribir acá durante tanto tiempo, y sin embargo los meses pasaron. Creo que con ciertas actividades de la vida pasa lo mismo que con algunos amigos, sin que uno se percate el tiempo se dilata entre un encuentro y otro. Lo malo es que siempre se está a tiempo de volver a tomar la pluma, pero con las personas las distancias tienden a desvanecer los lazos.

Esta mañana, mientras desayunaba, y después de hablar por teléfono con mi madre, di una mirada a este blog, en busca de un comentario que un amigo me dijo hace unos días que me había dejado. Me dio gusto encontrarlo (te quiero, Gus), y su búsqueda dio pie a que releyera algunas entradas anteriores. Se produjo uno de esos encantadores momentos, casi mágicos, que he perseguido desde que decidí cultivar el hábito de llevar diarios: cuando uno se relee, pasado el tiempo, de repente se encuentra narrandose a sí mismo cosas que no recordaba haber vivido o escrito. Ese desayuno dominical en el cual el que soy y el que fui nos sentamos a la misma mesa me metió las ganas de hacer una nueva entrada.

Después del desayuno salí a nadar, bastante abrigado pues el frío nos vuelve a azotar, tras el veranito (me gusta más la expresión norteamericana: indian summer, que da título a una canción de The Doors) de la semana pasada, gracias a cuyos 27 grados tuve una deliciosa caminata en ropa liviana de esa que uno no puede usar más que entre casa por estos días. 1000 metros en 35 minutos. Los que sepan de natación sabrán que es poco, pero no está mal para mi condición de ex exiliado de las aguas, y gracias a ellos y a los escasos genes africanos que corren por mis venas (1/16, en la más optimista de las estimaciones), el juicioso entrenamiento de las últimas semanas me vuelve a hacer orgulloso portador de un abdomen plano, un pecho combado como un escudo, y lo que no es menos importante: un culo duro y torneado. Preocupaciones masculinas propias de este sucio mundo en el que se vive tan bien.

A propósito del mentado balance, lo central es que durante los últimos ocho meses las cosas no han dejado de mejorar en mi vida. Cerré la entrada anterior dejando de lado indefinidamente la posibilidad de visitar Colombia, y hace mes y medio volví de allá, gracias a los buenos oficios de Isabelita, la mamma. Sobre el viaje no diré nada pues tengo algunas cosas escritas en el par de cuadernos rojos que conforman mis diarios de viaje (uno se llenó en el avión, camino a Bogotá), y espero ponerlas acá dentro de poco. De cualquier manera, anticipo que no son crónicas de viaje, sino notas tomadas al inicio y el final. Respecto de los demás asuntos: continué trabajando para Siglo XXI y estoy encantado con esa relación, pues como es una editorial de ciencias sociales bastante importante y dinámica, trabajar para ellos me permite estar al día de buena parte de las cosas que se publican. No he dejado de encontrar, gracias a ese trabajo, perspectivas interesantes para la investigación social, y de sacar de aquí y allá citas para el texto final de la tesis, que actualmente está en el horno y promete ser bueno.

Finalmente dejé de vivir en Villa Crespo, ese barrio maravilloso al que deseo volver, y merced a una cadena de coincidencias, resulté, inesperadamente, viviendo en el departamento en el que viví hasta hace año y medio, en Boedo. Ha sido bello volver después de que ha pasado tanta agua bajo el puente, la nueva pintura lo hace ver mejor, y entre otras consideraciones superficiales, como todo yo, debo anotar que me sorprendió, al volver a instalarme, notar que, materialmente hablando, he dejado de ser un pasajero en tránsito en esta ciudad. La biblioteca y la cocina lo confirman.

Esta tarde, después de nadar, caminé hasta casa. Son unas doce cuadras, y el día tenía una frescura y una humedad absolutamente equilibradas, perfectas. El clima era tan similar al de la finca de mi abuela en muchos días de mi infancia que me puse pletórico de dicha. Volver en subte habría sido una de esas insensateces que se suelen cometer bajo el influjo del embrutecimiento que propicia la vida atolondrada de las ciudades. Adoro caminar escuchando música, observando la arquitectura, atento a cosas interesantes de esas que deja la gente con la basura a la entrada de sus casas. Esta tarde encontré una caja azul de las que sirven para archivar. Pasaban cientos de cosas por mi cabeza mientras caminaba... una de ellas fue que en el trimestre que va de julio a septiembre se encuentran varios aniversarios de cosas importantes para mi vida: ahora me vienen a la mente mi natalicio, la muerte de mi abuela, el primer encuentro con Jan, y la ruptura final con D, pero quizá haya más. Coincidencias, nada más que eso.

A finales del año pasado publiqué en el fotolog una lista de deseos en la que incluía cosas probables y otras menos probables. Algunas de ellas eran (sin orden de importancia): pasar vacaciones en Colombia, ver a Jan, cambiar de computadora, terminar mi tesis de maestría... La verdad calculaba que casi ninguna de esas se materializaría. Ocho meses después casi todos esos deseos -unos banales, otros trascendentales como ninguno- se han materializado o están a punto de hacerlo.

El contrapeso de eso está en las ausencias: Raúl, mi más entrañable amigo, regresó definitivamente a Colombia, María José está a punto de volver a instalarse en Andalucía, Gerd, durante su periplo alemán, parece estar reconsiderando su lugar... bueno, en estas vidas de trashumantes que elegimos algunos, esas cosas resultan inevitables. Al lado de eso está la proximidad de mi reunión definitiva con Jan, un hombre maravilloso con el que espero pasar los años que tengo por delante. Esa perspectiva monumental no le resta un ápice a los espacios dejados por las partidas de aquellas personas entrañables, pero definitivamente determina el cariz que tiene este momento de mi vida. Como dice Judy Garland: life is just a bowl of cherries.

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