
El bar donde tomé la foto está en la esquina de Perón y Medrano.
Hace un tiempo, hablando con un nuevo vecino coincidíamos en la delicia que constituye sentarse en un bar a tomarse un cafecito. Cerca de casa hay dos: El Especial, en José Mármol y San Juan, y otro cuyo nombre no recuerdo, que queda en Cochabamba y Avenida La Plata. En el segundo sirven mejor café.
Otros que me gustan (a veces se trata de confiterías donde sirven buen café): La Academia (Corrientes y Callao), La Giralda (Corrientes y Uruguay), Varela Varelita (Escalabrini Ortiz y Charcas), Margot (Boedo y San Ignacio), Los 36 billares (Av de mayo al 1200), El Hipopótamo (Parque Lezama), Petit Colón (Libertad al 500), Las Violetas (Medrano y Rivadavia), El Federal (Perú y carlos Calvo), La Imprenta (dentro de El Ateneo Grand Splendid), y La Bibliotheque (hotel Sofitel de la calle Arroyo, que a pesar de estar donde está es un lugar "apto-para-todo-público", como diría un amigo).
Claro, también hay bares lindos donde sirven mal café, como en Los Galgos (Callao y Tucumán), o donde la hostilidad de los mozos aburre, por ejemplo el Café Tortoni.
Cuando me mudé a Buenos Aires era un colombiano que le resultaba raro a la gente, pues no tomaba café. Bien visto, pensar que eso es una rareza es tan tonto como pensar que lo es la existencia de argentinos vegetarianos, pero así era. Bien, pues poco tiempo después comencé a perecerme a lo que la gente imaginaba que debía ser, ya que me aficioné al café. El mérito es tanto de los bares (silenciosos y tranquilos de modo que se puede leer o conversar, a diferencia de los colombianos, con su omnipresente música que a veces no es más que sonsonete), como del espresso, otro de los invaluables aportes de los italianos a la vida de esta ciudad.
Antes de eso mi relación con esa bebida había sido distante: tomaba en las mañanas cuando estaba en la finca de mis abuelos, sentado en la cocina y conversando con Madre mientras ella preparaba el desayuno, o en la universidad en el intervalo de alguna clase para evitar dormirme. Pero la relación con el café en sí mismo fue íntima desde que tengo memoria
.
Parte de mi familia, como la de mucha gente en Colombia, produce café. La finca de mis abuelos Leal tiene un cafetal mediano y en él pasábamos a veces las horas jugando, bajo los arbustos de café arábigo (una variedad más alta que el hoy más extendido "variedad colombia"), que conformaban galerías en las cuales podíamos jugar como si se tratara de salas con muchas columnas y techos abovedados. Las ramas que caían hacia los lados y la demás vegetación servían como paredes, de modo que uno estaba feliz, oculto en su propia caverna o casa.
La casa de la finca tiene un zarzo, una especie de desvan de techo bajo en el que se depositaba el café después de separar el grano de la pulpa (descerezar), lavarlo, ponerlo en zarandas a secar al sol y escoger los granos malos. Entonces, después de hacer todo eso (la mayoría lo hacían los trabajadores ocasionales o mi abuelo, pero nosotros a veces escogíamos por diversión, compitiendo a ver quién juntaba más granos malos en menos tiempo), lo subían al zarzo para que se terminara de secar con el calor del sol antes de venderlo. Allí lo extendían y periódicamente se lo revolvía con un rastrillo de madera.
Busco mis recuerdos más lejanos de ese lugar y tengo dificultades para diferenciar unos de otros, pero me veo parado mucho antes de los cinco años al pie de la escalera, inquieto por saber si el abuelo me dejaría subir o no. Y luego me veo contento, arriba, gateando sobre los granos que se le pegaban a uno en las rodillas y las palmas de las manos de modo que le quedaban marcadas con puntitos, rodeado del sonido de los granos que uno movía y de un olor delicioso como no se lo puede imaginar. Gateaba, en esos años, para imitar al abuelo, porque me podía enderezar y si bien no quedaba erguido caminaba cómodamente. Había una ventana que se podía abrir y uno tenía una perspectiva nunca antes imaginada: el techo de la casa visto desde arriba, y más allá el jardín y los naranjos, y más allá los potreros. Esa ventana ocasionaba problemas cuando uno se subía solo y olvidaba cerrarla, porque luego se metía la lluvia, se mojaba el café, caía agua a la sala, y la pegaban un buen regaño.
Entonces, al comienzo el zarzo era grande, pero con los años se iba encogiendo a medida que uno crecía, hasta que llegaba el día en el que ya no se podía parar, y cuando se cansaba de gatear se sentaba o buscaba el centro -donde el techo a dos aguas era más alto-, para acuclillarse un poco. Sin embargo, nunca dejó de ser divertido. De pronto, durante unas vacaciones, encontramos con Juan y Carlos varias maletas en un rincón. Estaban llenas de cartas, regalos de la graduación de mi papá y Carmenza (1979) jamás utilizados, billetes y monedas antiguos, incluso encontramos una trenza enrollada en una pequeña bolsita de encaje, como una reliquia acerca de cuya dueña no nos atrevimos a preguntar para no delatar nuestras investigaciones. Cuando no había nadie en casa pasábamos horas leyendo las cartas e imaginando lo que faltaba de esas historias respecto de las cuales sólo teníamos partes. Una vez emprendimos la criminal empresa infantil de arrancar todas las estampillas para organizarlas en un álbum. Rompimos la mayoría de los sobres.
Todo lo viejo que por alguna razon no merecía la hoguera iba a parar allá. Después de un tiempo, cuando ya no nos resultaba tan divertido como antes, y los que subían a explorar no éramos nosotros sino Julián y Kristian, encontramos nuestros propios juguetes: el triciclo de Carlos, la pelota de baloncesto que una vez me regaló mi papá sin saber que no me gustaba ese deporte...
Después de varias semanas, cuando el café estaba seco, se lo bajaba por una manga de fique (el churumbo) y se lo ensacaba para venderlo. Si uno estaba arriba resultaba divertido ver cómo se formaba un remolino en la montañita que armaba sobre el agujero, y todo se iba por ahí. Desde abajo, alguno de los abuelos o un trabajador avisaban cuándo tirar y cuándo parar, y con frecuencia se armaban griterías cuando uno -por accidente o diversión- seguía echando café después de que daba la voz de detenerse.
Las demás cosas que estaban en el zarzo bajaban por la entrada común, e iban a dar a la hoguera. Supongo que ese fue el destino de las maletas y las cartas.
A propósito de café, hay un fragmento de "A prairie home companion", una película de Robert Altman sobre cosas como las de esta entrada, que me resulta particularmente bello. Para verlo se puede hacer click
Acá.
Hoy la finca está en venta.