4/20/08

9 El quinto ángel tocó la trompeta. Y vi que una estrella había caído del cielo a la tierra, y le fue dada la llave del pozo del abismo. 2 Y abrió el pozo del abismo, y subió humo del pozo como el humo de un gran horno; y fue oscurecido el sol y también el aire por el humo del pozo. 3
Apocalipsis.
Las puertas del fin están cerca. El castigo por las impiedades y aberraciones de siglos al fin se abate sobre nosotros. Los vecinos de algún lugar de Zona Norte peregrinan en rogativas desesperadas, con la imagen de su santo patrón en andas y clamando fervorosamente:

¡San Isidro labrador, pon el agua y quita el sol!

La Virgen de Luján se ha declarado impedida, como Sciolli y los bomberos. Una y otros dicen que ahora solo hay que esperar que llueva, pero San Isidro no mete la mano. Varios grupos editoriales preparan aceleradamente la publicación de obras con interpretaciones conspirativas sobre los incendios. Un reconocido autor anuncia que se trata de un plan desestabilizador de los chacareros, los judíos y los masones: levantados los cortes de ruta con tractor, las nubes de humo serían una herramienta más efectiva con el favorable efecto colateral del exterminio de la base social de la Presidenta Setentista. La Amia lo desmiente señalando que todo es parte de una medida antisemita del campo argentino para arruinarle la celebración del Pesaj a la colectividad judía, y advierte que si estuviéramos en Israel esto no pasaría porque todos los antisemitas estarían encerrados a sangre y fuego en barrios desérticos donde no tendrían pastizales para quemar.

El canciller Taiana, presidente honorario de Greenpeace, señala que la nube proviene del Uruguay, y que el asado más grande del mundo organizado la semana pasada en ese país habría sido un elemento distractor para encubrir el operativo. El gobierno Uruguayo se defiende responsabilizando a los ganaderos, afirma que el humo ha llegado hasta Montevideo y acusa al campo argentino de competencia desleal respecto de Botnia y Ence en el rubro de las emisiones.

Pero todos se equivocan. Nadie escapará de la ira del Señor.

4/17/08

Alemanadas

S: ¿Has probado usar ese traje con los otros zapatos?
J: Sí, por ejemplo esta mañana cuando roté el...
S: ¿Qué cosa?
J: (señalando el cordón del zapato derecho) ¿Cómo se llama esto?
S: Ah, “cuando reventé...”. Se dice "reventé".
J: Lo probé esta mañana, cuando roté el reventé.

R: (a S) ¿Por qué miras a otros chicos en la calle si tienes novio?
S: (la mira, balbucea, no contesta.)

J: Los argentinos se parecen mucho a los yanquis.
S: ¿A qué te refieres?
J: Muchas cosas, no sé... Fíjate por ejemplo ahora, hay muchos chicos que van por la calle sin camisa en medio de la ciudad... son raros.
S: Qué quieres... hay 35 grados, el clima es un asco. Raro es lo que hacen los bogotanos y según veo los alemanes, que prefieren cocinarse entre la remera como boludos porque todo les da vergüenza.

N: (a J) ¿No te produce celos que S vaya por la calle abrazado y tomado de la mano con Bárbara?
J: No, ningún problema... se lo acostumbra. Qué quieres, si estás saliendo con un latino debes aprender que se tocan todo el tiempo.

4/8/08

Actualizaciones

El café de Avenida La Plata se llama Séptima Avenida. La Imprenta ya no existe, ahora dentro del Ateneo Grand Splendid hay otro café que se llama Impresso. Es un asco.

Ya lo dijo el célebre filósofo: Cambia, todo cambia.

4/3/08

Café

El bar donde tomé la foto está en la esquina de Perón y Medrano.

Hace un tiempo, hablando con un nuevo vecino coincidíamos en la delicia que constituye sentarse en un bar a tomarse un cafecito. Cerca de casa hay dos: El Especial, en José Mármol y San Juan, y otro cuyo nombre no recuerdo, que queda en Cochabamba y Avenida La Plata. En el segundo sirven mejor café.

Otros que me gustan (a veces se trata de confiterías donde sirven buen café): La Academia (Corrientes y Callao), La Giralda (Corrientes y Uruguay), Varela Varelita (Escalabrini Ortiz y Charcas), Margot (Boedo y San Ignacio), Los 36 billares (Av de mayo al 1200), El Hipopótamo (Parque Lezama), Petit Colón (Libertad al 500), Las Violetas (Medrano y Rivadavia), El Federal (Perú y carlos Calvo), La Imprenta (dentro de El Ateneo Grand Splendid), y La Bibliotheque (hotel Sofitel de la calle Arroyo, que a pesar de estar donde está es un lugar "apto-para-todo-público", como diría un amigo).
Claro, también hay bares lindos donde sirven mal café, como en Los Galgos (Callao y Tucumán), o donde la hostilidad de los mozos aburre, por ejemplo el Café Tortoni.


Cuando me mudé a Buenos Aires era un colombiano que le resultaba raro a la gente, pues no tomaba café. Bien visto, pensar que eso es una rareza es tan tonto como pensar que lo es la existencia de argentinos vegetarianos, pero así era. Bien, pues poco tiempo después comencé a perecerme a lo que la gente imaginaba que debía ser, ya que me aficioné al café. El mérito es tanto de los bares (silenciosos y tranquilos de modo que se puede leer o conversar, a diferencia de los colombianos, con su omnipresente música que a veces no es más que sonsonete), como del espresso, otro de los invaluables aportes de los italianos a la vida de esta ciudad.

Antes de eso mi relación con esa bebida había sido distante: tomaba en las mañanas cuando estaba en la finca de mis abuelos, sentado en la cocina y conversando con Madre mientras ella preparaba el desayuno, o en la universidad en el intervalo de alguna clase para evitar dormirme. Pero la relación con el café en sí mismo fue íntima desde que tengo memoria.

Parte de mi familia, como la de mucha gente en Colombia, produce café. La finca de mis abuelos Leal tiene un cafetal mediano y en él pasábamos a veces las horas jugando, bajo los arbustos de café arábigo (una variedad más alta que el hoy más extendido "variedad colombia"), que conformaban galerías en las cuales podíamos jugar como si se tratara de salas con muchas columnas y techos abovedados. Las ramas que caían hacia los lados y la demás vegetación servían como paredes, de modo que uno estaba feliz, oculto en su propia caverna o casa.

La casa de la finca tiene un zarzo, una especie de desvan de techo bajo en el que se depositaba el café después de separar el grano de la pulpa (descerezar), lavarlo, ponerlo en zarandas a secar al sol y escoger los granos malos. Entonces, después de hacer todo eso (la mayoría lo hacían los trabajadores ocasionales o mi abuelo, pero nosotros a veces escogíamos por diversión, compitiendo a ver quién juntaba más granos malos en menos tiempo), lo subían al zarzo para que se terminara de secar con el calor del sol antes de venderlo. Allí lo extendían y periódicamente se lo revolvía con un rastrillo de madera.

Busco mis recuerdos más lejanos de ese lugar y tengo dificultades para diferenciar unos de otros, pero me veo parado mucho antes de los cinco años al pie de la escalera, inquieto por saber si el abuelo me dejaría subir o no. Y luego me veo contento, arriba, gateando sobre los granos que se le pegaban a uno en las rodillas y las palmas de las manos de modo que le quedaban marcadas con puntitos, rodeado del sonido de los granos que uno movía y de un olor delicioso como no se lo puede imaginar. Gateaba, en esos años, para imitar al abuelo, porque me podía enderezar y si bien no quedaba erguido caminaba cómodamente. Había una ventana que se podía abrir y uno tenía una perspectiva nunca antes imaginada: el techo de la casa visto desde arriba, y más allá el jardín y los naranjos, y más allá los potreros. Esa ventana ocasionaba problemas cuando uno se subía solo y olvidaba cerrarla, porque luego se metía la lluvia, se mojaba el café, caía agua a la sala, y la pegaban un buen regaño.

Entonces, al comienzo el zarzo era grande, pero con los años se iba encogiendo a medida que uno crecía, hasta que llegaba el día en el que ya no se podía parar, y cuando se cansaba de gatear se sentaba o buscaba el centro -donde el techo a dos aguas era más alto-, para acuclillarse un poco. Sin embargo, nunca dejó de ser divertido. De pronto, durante unas vacaciones, encontramos con Juan y Carlos varias maletas en un rincón. Estaban llenas de cartas, regalos de la graduación de mi papá y Carmenza (1979) jamás utilizados, billetes y monedas antiguos, incluso encontramos una trenza enrollada en una pequeña bolsita de encaje, como una reliquia acerca de cuya dueña no nos atrevimos a preguntar para no delatar nuestras investigaciones. Cuando no había nadie en casa pasábamos horas leyendo las cartas e imaginando lo que faltaba de esas historias respecto de las cuales sólo teníamos partes. Una vez emprendimos la criminal empresa infantil de arrancar todas las estampillas para organizarlas en un álbum. Rompimos la mayoría de los sobres.

Todo lo viejo que por alguna razon no merecía la hoguera iba a parar allá. Después de un tiempo, cuando ya no nos resultaba tan divertido como antes, y los que subían a explorar no éramos nosotros sino Julián y Kristian, encontramos nuestros propios juguetes: el triciclo de Carlos, la pelota de baloncesto que una vez me regaló mi papá sin saber que no me gustaba ese deporte...

Después de varias semanas, cuando el café estaba seco, se lo bajaba por una manga de fique (el churumbo) y se lo ensacaba para venderlo. Si uno estaba arriba resultaba divertido ver cómo se formaba un remolino en la montañita que armaba sobre el agujero, y todo se iba por ahí. Desde abajo, alguno de los abuelos o un trabajador avisaban cuándo tirar y cuándo parar, y con frecuencia se armaban griterías cuando uno -por accidente o diversión- seguía echando café después de que daba la voz de detenerse.

Las demás cosas que estaban en el zarzo bajaban por la entrada común, e iban a dar a la hoguera. Supongo que ese fue el destino de las maletas y las cartas.

A propósito de café, hay un fragmento de "A prairie home companion", una película de Robert Altman sobre cosas como las de esta entrada, que me resulta particularmente bello. Para verlo se puede hacer click Acá.

Hoy la finca está en venta.

Bagatelas

La crisis entre Colombia, Venezuela y Ecuador tuvo un final entre ridículo y cursi. Después de cruzar insultos y acusaciones en la cumbre de la OEA se cerró formalmente el asunto. Días después una resolución de ese aparato dejó a todos contentos: justificaba la pataleta de Correa sin condenar a Uribe. Mientras, sigue una pelea de baja intensidad porque no parece haber muchos cambios y las tropas colombianas siguen como Pedro por su casa en esa zona.
Lo más ridículo de todo es que, después de tanta alharaca, la pelea (justificadamente) nacionalista de Correa se convirtió en un reclamo para que los cascos azules invadieran la frontera de los dos países con el propósito de que el "socialista latinoamericano" aquél se sintiera más seguro. Me dio bronca saberlo, no porque no sepa que de la "nueva izquierda socialista" (burguesa) latinoamericana se puede esperar cualquier porquería, sino porque la propuesta y sus consecuencias me obligaron a coincidir con Uribe. Correa pidió una invasión de los cascos azules, Uribe se opuso.

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