A pesar de que Hamas llamó a incendiar Israel y Cisjordania el viernes pasado con un “día de furia”, y la Autoridad Nacional Palestina hizo algo parecido a su aguachento estilo, como respuesta al reconocimiento formal de Jerusalén como capital de Israel por parte del gobierno de los Estados Unidos, en esta zona del mundo hay bastante más calma que en otros momentos de menor importancia histórica.
El “día de furia” que Hamas anunció como el inicio de una “sagrada Intifada” que “liberaría Jerusalén” (de sus habitantes milenarios) fue en realidad un día de resignación en el que los miles de musulmanes que asistieron a los rezos tradicionales en el Monte del Templo se retiraron en calma al final de la jornada. Y la “sagrada Intifada” fue apenas un brote de escaramuzas aisladas en las que participaron entre 3.000 y 6.000 personas en todo el país. Y duró un día, o menos si se tiene en cuenta que los choques empezaron hacia el medio día y terminaron al finalizar la tarde.
En Jerusalén apenas hubo una pequeña manifestación de mujeres en la puerta de Damasco, de esas que se hacen en este país frente a las cámaras de la prensa internacional para mostrar que “Palestina resiste”, y que se disuelven rápidamente cuando las cámaras se retiran o cuando el episodio culmina con la escena ideal en la que las tropas israelíes expulsan a las señoras del lugar donde están y ellas ruedan por escaleras y calles ante la mirada impasible de sus parientes masculinos apostados en el ángulo ciego de la delegación de prensa. Ayer la “Intifada” continuó con una pequeña pedrea a las afueras de la ciudad vieja, a pocos metros de donde yo me encontraba y de la cual apenas me enteré por televisión pues la vida continuaba normalmente en las inmediaciones mismas del “frente de guerra”.
La sensación que se respira entre los árabes de Jerusalén, y que refleja también el fracaso de los intentos de Hamas y la ANP para incendiar la ciudad, es de resignación. Lo significativo de la situación actual del conflicto en este país no es la declaración de Trump: es el fracaso absoluto e inédito del intento de Hamas y la ANP de arrear a los árabes para que salgan a las calles a quemar todo y a poner “mártires” cuya sangre avive constantemente la llamarada. La incapacidad de esas dos direcciones para movilizar a las masas árabes a su antojo como en otros momentos probablemente refleja no solamente la resignación de la mayoría de esos cuatro millones frente a la consolidación del Estado de Israel y la imposibilidad material y política de conquistar un Estado palestino como alguna vez pareció posible. Refleja también el desprestigio de Hamas y la ANP, organizaciones cuyos miembros se han enriquecido obscenamente durante una década de gobierno en Cisjordania y Gaza, mientras en esas regiones la población normal carece de servicios básicos como alcantarillado y hospitales, no por culpa del Estado Israelí sino por obra y gracia de quienes se roban el dinero de las donaciones llegadas de Europa y otras regiones para vivir como reyes en Ramala, Gaza, Estambul, Qatar y un largo etcétera.
A los árabes que uno encuentra por las calles de Jerusalén los indignó la declaración de Trump, y estaban pendientes de las movilizaciones de rechazo que hubo en el pais y el exterior. Pero al mismo tiempo parecen rendidos ante el hecho palmario de que esa declaración no fue más que un gesto porque hace muchas décadas el mundo reconoce a Jerusalén como capital de Israel, como lo demuestran todos los jefes de Estado cuando visitan el pais y posan para la foto en el muro famoso de la ciudad vieja, y no en la playa de Tel Aviv.
En ese marco, hoy hubo un nuevo ataque de cuchillo en Jerusalén. El atacante, quien le clavó un cuchillo en el pecho a un guardia de la estación de buses y salió corriendo, declaró cuando lo atraparon que lo hizo “por Alá”. Así de ruinoso es el estado de los árabes en este país: ya sus direcciones no alcanzan a movilizar invocando la causa nacional palestina ni la recuperación del territorio perdido. Ahora tienen que conformarse con llamar a luchar por el abstracto y apátrida Alá, y a defender “Al-Aqsa”. La lucha nacional palestina quedó reducida a la defensa de una religión oscurantista, y la defensa del país que nunca fue ha sido remplazada por la pelea por una explanada de un par de cientos de metros cuadrados.
Amigos y enemigos de “la causa palestina” se pueden tomar de las manos y exclamar en coro: ¡Gracias Yasser Arafat! ¡Gracias Hamas y Mahmud Abbas!