Últimamente, cada vez que leo escritos académicos sobre el conflicto colombiano encuentro una mezcla de provincianismo, megalomanía y superficialidad. Se dice por ejemplo:
1. "Hasta inicios del siglo XXI Colombia fue un país sin memoria." Es decir que nadie se acordaba de La Violencia, el 9 de abril y todas esas cosas hasta que se puso de moda la palabra "memoria".
2. "La particularidad del caso Colombiano es que es el único donde las víctimas luchan por la justicia y memoria en medio del conflicto". Como quien dice antes de Colombia no hubo nada: ni partisanos antinazis, ni camboyanos en el exilio, ni sudafricanos, ni madres de Plaza de Mayo... NADA.
3. "Uno de los grandes problemas de las víctimas es que viven en un presente que no pasa, porque la no-finalización del conflicto supone la existencia de un eterno presente". Claro: la gente no nota que pasa el tiempo, no se da cuenta de que la guerra cambia, los presidentes cambian, los impuestos suben, cumple años, le salen arrugas...
4. "Las mujeres son la esperanza de la humanidad y [cómo no] de Colombia. Son las únicas capaces de acabar el conflicto". El viejo vicio feminista de dejarse crecer los pelos de las axilas y el bozo para lo que conviene, pero reproducir la figura machista de la mujer esencialmente delicada, maternal, procreadora, también según convenga. Las sanguinarias y ultraderechistas desaparecen de la historia, y la pseoudoacademia feminista soluciona el asunto con el eslogan machista de "[las malas] son mujeres pero piensan como hombres" (esto es una respuesta literal que me dieron).
Y no digo todo esto desde la posición arrogante de quien vive en el exterior y pontifica desde una universidad del primer mundo. Lo digo desde la posición arrogante del que le debe a la teoría y al rigor científico la seguridad elemental de que ni los colombianos han inventado nada bueno o malo en relación con la guerra, ni las frases sensibleras sirven para describir científicamente la realidad.
Pero a la larga el asunto no da para irritarse. Quizá el problema de fondo es que quedó una gran cantidad de mano de obra talentosa y desocupada con la eliminación de los cursos de contenido patriótico en los que se convencía a los niños de que vivían en un país único en el mundo, y los de poesía en los que se les enseñaba a escribirle versos rosados a la patria, la madre, la novia. Por esos efectos casi metafísicos de la economía, esa mano de obra y ese talento parecen haberse trasvasado al menos en parte al ámbito de las ciencias sociales.
Quizá lo que más le conviene a nuestros hígados es suspender de vez en cuando nuestra decencia científica y, para parafrasear a Bergoglio, pensar: "¿Quién soy yo para juzgar a la gente que vive diciendo pelotudeces desde la academia? Debemos tratarlos con amor y conmiseración, como indica el catecismo que hay que hacer con los homosexuales." Pero no: ni suspendo mi decencia académica ni cuido mi hígado. Por mi l@s patriotas y escritor@as de acrósticos (así, con las @arrob@s que le encanta usar al pelotudaje) se pueden ir a la mierda con su pseudociencia y su sensiblería.
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