7/23/15

Cambio de tercio

Va cerrándose un ciclo en mi vida. Un proceso en el cual la sistemática constatación de que la sociedad argentina en la que me hice adulto, aquella que extrañé durante mucho tiempo desde que dejé el país, dejó de existir. Esa era una sociedad abierta, llena de gente poco dogmática -descontados los militantes rabiosos de cualquier cosa, que no eran pocos-, que proyectaba una enorme alegría de vivir y una fuerza colosal para sobreponerse a dictaduras, crisis económicas y borrascas políticas. Pero en los últimos años he visto con asombro la polarización galopante, la instauración del odio sectario como forma fundamental de hacer política de aparato, la imposibilidad de hablar como antes con amigos y extraños del pasado y el presente sin exponerse a las más violentas reacciones, a los más vulgares epítetos, a los más aborrecibles estigmas.
Así cayeron en implosiones repentinas cargadas de odio varias de mis amistades de aquellos tiempos, por conversaciones que pensaba banales como tantas otras que habíamos tenido antes, sobre temas como la utilización de las estadísticas como herramienta de la mentira oficial, o sobre el recorte sistemático de libertades democráticas por un gobierno al que en su historia temprana no le faltaron acciones dignas de elogio.
El invierno pasado, hablándole a un amigo de allá que estaba en una estancia académica en Europa sobre la nostalgia que a veces tenía de la Argentina, él me respondió algo así como "no se confunda, mi estimado. Su Argentina imaginada ya no existe. Hoy vivimos en una mazmorra poblada de sabuesos feroces y musicalizada con el estruendo que causan las purgas". Quedé impávido tanto por el contenido de la respuesta como por el hecho de que una persona absolutamente moderada como esa hubiera hablado de una manera que jamás le escuché en 10 años de amistad. Pero lo que dijo y la conversación que luego sostuvimos me ayudaron a entender las continuidades que había entre elementos que veía desde el exterior con alguna incomodidad, pero no lograba articular como un todo comprensible.
De ese derrumbe quedan, sin embargo, muchas relaciones con amigos y colegas, no porque hayamos evitado hablar de lo que sucede en ese país extraordinario, sino porque ellos se han puesto al margen de la atmósfera tóxica que al parecer lo invade casi todo allí por estos tiempos, y que impide conversar, ponerse de acuerdo o seguir en desacuerdo, y hacer todo eso sin odiarse ni insultarse. Por las cosas que he vivido con esas personas y por el hecho de que nuestras relaciones son sobrevivientes de una época de rupturas sectarias, mantengo la expectativa de que quizá en algún momento vuelvan a calmarse las aguas, y el sectarismo regrese a su marco tradicional de las rivalidades entre hinchadas de fútbol. Pero quien sabe. Los proyectos refundacionales que cuentan con tiempo suficiente rara vez pasan sin dejar transformaciones profundas en la cultura, que perduran más que las ciudades Potemkin que suelen construir con plata dulce o "viento de cola".
Mientras tanto, continúo por la senda divergente en la que me plantó la vida hace ya varios años, manteniendo la mirada expectante en ese país que aún habitan personas que amo de distintas maneras, y sin lamentarme por la Argentina que perdí. Trato de seguir en la medida lo posible el consejo de Konstantinos Kavafis en "El dios abandona a Antonio":
Cuando de pronto, a media noche oigas
pasar un invisible cortejo
con exquisitas músicas y voces,
no lamentes en vano tu fortuna
que cede al fin, tus obras fracasadas,
los ilusorios planes de tu vida.
Como dispuesto desde hace tiempo, como valiente, dile
adiós a Alejandría que se aleja.
Y sobre todo no te engañes: en ningún caso pienses
que es un sueño tal vez, o que miente tu oído.
A tan vana esperanza no desciendas.
Como dispuesto desde hace tiempo, como valiente, como
quien digno ha sido de tal ciudad, acércate
a la ventana. Y ten firmeza, oye
con emoción, mas nunca
con el lamento y las quejas del cobarde,
goza por vez final de los sones,
la música exquisita del cortejo divino.
Despide a la Alejandría que así pierdes.

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