Azul por donde se lo mire. El cobertor, los mitones, los patines, kilómetros de lana tejida en crochet para el primogénito. La madre inexperta en muchas cosas pero no en lo de los colores. Si era niño, azul como el firmamento, si era niña, rosado como... bueno, rosado. Y justamente ella tejiendo en azul, el color de los godos, cuando lo suyo eran los liberales. Pero todo rojo para el bebé no corresponde. Ahí quedó sellado su destino con el azul. Y el de su hermano con el rojo -después del azul obligatorio de la salacuna, se entiende-, porque había que sacarse la espina así fuera con el segundo. “El de azul es el mayorcito.” “Sí señor, muy parecidos, pero el de rojo es el menor.” Y los dos saben gritar: “¡Que viva el partido Liberal y abajo los hijueputas godos!”. Azul la lonchera del gato con botas, la capa de lluvia de Mi Pequeño Pony, la de Mickey Mouse, y ¡cuidado al pasar la cerca, que la capa se rompe si se enreda en la cuerda! Azul como el mar las aguamarinas de los pendientes de la abuelita, que ella llamaba “aretas”, quien sabe por qué. Azul la franja de la bandera. “Sí señor, el mayor fue el que izó bandera”. Azules los tzit-tzit y la bandera de Israel. “No señor, él salió más a los Leal, nosotros no somos amigos de la religión.” “Sí señor, ellos son godos.”
4/4/24
4/3/24
El dogma de la resurrección
Una noche de verano, pasadas las nueve, llegó el Nazareno con sus apóstoles a una posada cercana al mar de Galilea. Estaban exhaustos de andar en chancletas por caminos polvorientos al rayo del sol desde por la mañana, sudorosos, picados por los mosquitos. Iban hambreados, con sed.
La posada estaba llena: no quedaba lo que se dice media cama libre. El posadero los recibió de mala gana porque eran muchos y en la cara se les veía lo pobres. No caía duda de que al trámite de ver dónde acomodar trece personas para que pasaran la noche se iba a sumar el tire-y-afloje de regatear el precio.
–Piezas no hay y a esta hora comida tampoco. Si gustan, se les pueden estirar tapetes en el patio pa que más que sea se arrecuesten y descansen tantico hasta por la mañana –dijo secamente.
–En verdad os digo, buenhombre –dijo el Nazareno bregando a vocear en forma para sonar elegante– que no habiendo más tocará que hacer como tumercé a bien tenga. ¿Y de comer entonces no tenéis nada-lo-que-se-dice-nada?
El posadero insistió con mala cara en que teniendo la posada llena y siendo pasadas las nueve, la cocina estaba limpia como la colita del niño dios. El Nazareno insistió:
–¿Ni una talegadita de pan en-cuando-sea?
El posadero sintió que se le iba subiendo la sangre a la cabeza y tuvo ganas de retractarse de lo de los tapetes y tirarlos a la calle a chancletazos. Entonces, cuando estaba a punto de decirle tres verdades al insistente, se percató de que detrás de él estaban los otros doce calladitos, con los ojazos abiertos como el gatico de Shrek, a la expectativa. Se dio vuelta de mala gana y empezó ahí mismo, a dos pasos de ellos, a revolcar ollas y canastos en la cocina abierta de la posada, separada por un mesón del salón que hacía las veces de comedor y taberna.
Entre ruidos de tapas, cucharones y cubiertos gritó de mala gana:
–¡Que pan no hay! Se les puede ofrecer tantico vino, dos… cuatro… cinco cebollas… ¡Y un pato! ¡Un pato asado sí tengo! Pero es pequeño. Para todos no alcanza.
–¡Que se lo coma el maestro! –dijo uno jovencito que en el acto fue fulminado por las miradas de los otros once.
–¡Que vuelva a hacer la del otro día y multiplique el pato! –dijo otro a media voz entre los dientes, y en menos de nada estaban los doce gritando a coro:
–¡Miiilaaagro, miiilaaagro, miiilaaagro!
El Nazareno los miró con cara de querer empezar a repartir cachetadas y de inmediato se quedaron callados. Pararon en seco.
–Vino ni de fundas porque no hemos comido nada hoy y susmercedes borrachos son muy aburridores –dijo–. Cebollas menos porque ¿quién se aguanta la serenata y la jediondez? En verdad os digo, buenhombre –prosiguió en tono docto– que podeís guardar el pato para mañana. Al despuntar el alba será rifado y al ganador le tocará lo demás por añadidura. Ya hoy lo-que-fue-fue, muchachos. Tocó ayunar.
Los apóstoles no dijeron nada pero en la cara se les notaba el descontento. Entre murmullo y murmullo, con las caras largas y arrastrando las chanclas, fueron pasando al patio y se acomodaron como pudieron sobre los tapetes estirados debajo del brevo de amarrar bobos, a mano izquierda de la pesebrera.
Esa noche Pedro no pudo dormir. Le sonaban las tripas, le apretaba un turupe del piso a través del tapete mugroso y raído en el que le había tocado acostarse. Se acomodaba, lo distraía el olor a estiércol que llegaba sin saberse si de la pesebrera o de algún vecino, se daba la vuelta… Al rato, cuando se estaba quedando dormido, lo despertaba el pie de alguno que estaba durmiendo cerca y al moverse le tocaba la cara… Y luego, cuando al fin lograba quedarse dormido, los sueños absurdos que siempre le sobrevenían cuando se acostaba con hambre. Patos asados volando sobre el mar de Galilea. El Maestro cabalgando por los aires en un pato relleno y haciendo llover pan untado de mantequilla con mermelada sobre las calles de Jerusalén. Un jamón vestido de soldado romano que le hacía aguar la boca… ¡Patos, panes, jamones! En una de esas se despertó sobresaltado, sudoroso, con sed. Se sentó respirando agitadamente, pensando en los patos asados volantes, en los malditos jamones que últimamente se le aparecían en sueños. Le crujieron las tripas. Le dieron ganas de ir al baño.
Se levantó maldiciendo su suerte, pensando en comida, moviéndose a tientas, abriendo los ojos lo más que podía en la oscuridad para no ir a pisar a nadie. Fue al baño. Se limpió con una piedra que encontró a tientas sin poder ver qué tan limpia estaba. Se lavó las manos como pudo en lo oscuro. Se acordó de que el Maestro decía: “¡Lavado ritual de mano y mano si no están limpias no tiene gracia!”, y pensó que siendo a oscuras bastaría con esmerarse, pero vaciló al momento de tomar agua a manotadas porque no había jabón. Pero pensó: “Ya-lo-que-fue-fue, como dice el Maestro”, y entre sorbo y sorbo le surgió una idea. Entró despacio a la cocina, sin levantar mucho los pies por miedo a ir a pisar el gato, estiró a tientas la mano por un lado y otro con cuidado hasta que encontró el pato asado, y a volar de ahí ligerito, sin hacer ruido. Se refugió calladito en una esquina del patio cerca de la pesebrera como tirando para la calle, y se comió el pato a los mordiscos con el gusto y la prisa del que sabe que está haciendo lo que no debe, reprimiendo una que otra risita maliciosa que se le atravesaba entre mordisco y mordisco.
Cuando terminó, se limpió las manos rápido con tierra del suelo, luego con paja de la pesebrera, y al final con la parte de atrás de la ropa. Tiró los huesos al solar vecino por encima de la tapia, y volvió calladito y en puntillas a su puesto. No más crujidos de tripas, ni piedras tallándole en la espalda, ni pesadillas de patos volando, pan con mermelada cayendo del cielo, jamones imperiales. Apenas un sueño profundo, al que cayó con la barriga llena y el corazón contento.
En la mañana lo despertó el movimiento de los otros que se levantaban, bostezaban estruendosamente, arrastraban las chanclas contra el piso de tierra.
Poco a poco fueron entrando a la taberna, acomodándose donde podían con los otros viajeros que empezaban a salir de sus habitaciones. La guisandera horneaba pan con la velocidad y destreza del que lo ha hecho miles de veces porque no se puede dar el lujo de esperar que alguien venga y se lo multiplique en un dos por tres. Y mientras tanto, la clientela expectante. Callada y en ayunas. Velando el pan como un gato en un picadero de carne, pero callada.
–¡El pato! ¡Maestro, la rifa del pato! –dijo uno con emoción mientras torcía el brazo lo mejor que podía para rascarse la espalda.
–Sumercé, hágame el favor y nos facilita el pato asado que está ahí en ese canasto al lado de la olla grande –dijo el Nazareno, y agregó: –Ese nos lo apartó el patrón anoche para una rifa.
–Aquí no hay ningún pato, joven –respondió la cocinera.
–Ahí mismito lo dejó don… ¿Cómo es que se llama su patrón? –Agregó el Nazareno.
La cocinera no alcanzó a contestar, cuando uno de los doce dijo con un tono que estaba a medio camino entre la resignación y la rabia:
–¿No será que Mano-de-algodón se volvió a comer todo a escondidas?
Doce pares de ojos más los de la cocinera se clavaron en Pedro mientras un clamor sordo lleno de exclamaciones, improperios a baja voz y resoplidos se levantaba del grupo.
–¡A mi no me meta en enredos! –Contestó Pedro indignado, inseguro– Y ya le dije que me haga el favor de no ponerme apodos. ¡Yo me llamo Simón, Simón, Simón!
–¿No habíamos quedado en que era “Pedro”? –Preguntó el Nazareno impaciente.
–¡Vean a este! ¡Con la grasa del pato en la cara y todavía revira! –Se burló otro.
“¡La cara!” Pensó Pedro. En la oscuridad se había acordado de todo: de no hacer ruido, de limpiarse las manos, de tirar los huesos al solar vecino por encima de la tapia, ¡y se le había olvidado limpiarse la cara! De repente, una idea salvadora emergió en su cabeza en cuestión de segundos. Dos ideas salvadoras. Primera, mantener la compostura. Segunda, explicar la desaparición del pato.
–¡Ese pato salió volando de la cocina esta madrugada! ¡Yo mismo lo vi –dijo señalándose los ojos bien abiertos con el índice derecho– cuando me levanté al baño!
–Pedro –dijo el Nazareno con tono de no-me-metas-los-dedos-en-la-boca–. Ese pato estaba muerto, desplumado y asado.
–Yo no sé, Maestro –contestó Pedro cada vez más seguro de sí–, pero así es. Tuvo que haber resucitado porque cuando yo iba para el baño lo vi salir volando.