10/11/10
10/10/10
Transposiciones y reformulaciones
Anoche, en una fiesta inesperada, escuché una versión flamenca de Nostalgias, el tango de Cadicamo, cantada por Estrella Morente.
Fue una situación de esas en las que parece concentrarse la vida con sus idas y venidas en unos pocos minutos. La anfitriona, una mujer encantadora, hablaba de cómo llega a veces un momento en el que uno se mira en el espejo, mira hacia atrás, y se da cuenta de cuál es la materia de la que está hecha la vida, y nota que buena o mala, ha ido tejiendo la suya como una tela, entrelazando momentos aparentemente ordinarios, viviendo con gente que lo marca definitivamente sin que uno lo sepa en el momento. Nota, de repente, que lo que le concede carne y aliento a su existencia no son los grandes momentos, que son pocos, sino la belleza de vivir "los trabajos y los días" con la gente que va encontrando.
Mientras eso sucedía, y la escuchaba con la perplejidad del que descubre toda la verdad en un minuto, sonó la canción de Estrella Morente. Unos segundos después se produjo un silencio provocado por el abatimiento que de un momento a otro cayó sobre la mujer que hablaba. Fue un silencio repentino, y sin embargo fluyó con la canción como si se tratase de una escena cuidadosamente ensayada. No sé bien qué sucedió en la fiesta durante los minutos posteriores, porque de ahí en más sólo estaban la música y la constatación de que, como había dicho nuestra anfitriona, si uno hace un alto y voltea a mirar no puede evitar la certeza de que la gente que ha amado, los momentos y las relaciones que lo han determinado, han transcurrido por el carril de lo cotidiano y generalmente imperceptible.
Horas conversando con amigos en el jardín botánico de la Universidad del Tolima mientras fumábamos un porro, almuerzos a la sombra durante las campañas de excavación arqueológica, con mis compañeros admirados de que se me ocurriera almorzar con tomates y pepinos y no con arroz y carne; las tardes de invierno con Ferrán en "Varela Varelita" el café a la vuelta de su casa, las conversaciones con los colegas en la oficina en Ibagué, los veranos en la casa de los Soler en Villagesell con Heidi, Bárbara, Cris, Raúl, Enrique, Celina, Sofía, Manu; las películas con Heidi, el sol pegándome en el rostro mientras miraba el Río de la Plata desde la cubierta de un barco, el placer de viajar solo, las noches en La Academia con María José tomando Legui, mi primer viaje de backpacker con Bárbara y Raúl a la Patagonia, el Legui y los churros de la Giralda con Marcelo, unas vacaciones de invierno con Jan entre Montevideo y Mar de Ajó, las veladas con Gonzalo en Boedo o en "Botánico Sur" donde Santi, las conversaciones con don Manuel y Adelina cuando eran mis suegros sobre su infancia en Galicia y la inmigración a Argentina, los asados con Galvani, la tarde que descubrí la confitería Las Violetas, una tarde de verano con Maru tomando granadina en su entonces nuevo departamento, la nevada de Buenos Aires caminando con José por Boedo-Caballito, sacando la lengua para que aterrizaran en ella los copos que sentía en mi piel por primera vez; una conversación con Sharon y dos amigos suyos en el lobby de un hotel en Jerusalén, las caminatas con Gus por el laberinto de las estaciones de Subte, los paseos por el bazar con Medina, que es peor negociante que yo y aprovechaba los buenos precios que producían mis protestas de sudaca indignado con las cifras que pedían los árabes; el otoño tomando cerveza con Martín a la sombra de La Inmobiliaria, Diego, exquisitamente parecido al loco apocalíptico de 12 Monkeys, nuestras siestas bajo el calor infernal que sin embargo no era suficiente para romper nuestro abrazo, su olor pegado a mi cuerpo, embriagándome...
En medio de esa avalancha de imágenes, la sensación de que con la belleza que fluye por los intersticios que a la larga componen la vida sucede como con las canciones que pasan de un género a otro. Cambia el contexto, el estilo, la voz, y sin embargo se mantiene una belleza difusa que no sé bien de dónde viene, pero trasciende la formalidad de la letra con su métrica.
Por otro lado la canción en sí misma en la voz de Estrella Morente, y lo que dice Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso acerca de que cuando uno experimenta la sensación de que la realidad que quiere retener se desvanece ante sus ojos anda como desollado, y se identifica con casi cualquier cosa que el mundo le ponga en el camino.
Fue una situación de esas en las que parece concentrarse la vida con sus idas y venidas en unos pocos minutos. La anfitriona, una mujer encantadora, hablaba de cómo llega a veces un momento en el que uno se mira en el espejo, mira hacia atrás, y se da cuenta de cuál es la materia de la que está hecha la vida, y nota que buena o mala, ha ido tejiendo la suya como una tela, entrelazando momentos aparentemente ordinarios, viviendo con gente que lo marca definitivamente sin que uno lo sepa en el momento. Nota, de repente, que lo que le concede carne y aliento a su existencia no son los grandes momentos, que son pocos, sino la belleza de vivir "los trabajos y los días" con la gente que va encontrando.
Mientras eso sucedía, y la escuchaba con la perplejidad del que descubre toda la verdad en un minuto, sonó la canción de Estrella Morente. Unos segundos después se produjo un silencio provocado por el abatimiento que de un momento a otro cayó sobre la mujer que hablaba. Fue un silencio repentino, y sin embargo fluyó con la canción como si se tratase de una escena cuidadosamente ensayada. No sé bien qué sucedió en la fiesta durante los minutos posteriores, porque de ahí en más sólo estaban la música y la constatación de que, como había dicho nuestra anfitriona, si uno hace un alto y voltea a mirar no puede evitar la certeza de que la gente que ha amado, los momentos y las relaciones que lo han determinado, han transcurrido por el carril de lo cotidiano y generalmente imperceptible.
Horas conversando con amigos en el jardín botánico de la Universidad del Tolima mientras fumábamos un porro, almuerzos a la sombra durante las campañas de excavación arqueológica, con mis compañeros admirados de que se me ocurriera almorzar con tomates y pepinos y no con arroz y carne; las tardes de invierno con Ferrán en "Varela Varelita" el café a la vuelta de su casa, las conversaciones con los colegas en la oficina en Ibagué, los veranos en la casa de los Soler en Villagesell con Heidi, Bárbara, Cris, Raúl, Enrique, Celina, Sofía, Manu; las películas con Heidi, el sol pegándome en el rostro mientras miraba el Río de la Plata desde la cubierta de un barco, el placer de viajar solo, las noches en La Academia con María José tomando Legui, mi primer viaje de backpacker con Bárbara y Raúl a la Patagonia, el Legui y los churros de la Giralda con Marcelo, unas vacaciones de invierno con Jan entre Montevideo y Mar de Ajó, las veladas con Gonzalo en Boedo o en "Botánico Sur" donde Santi, las conversaciones con don Manuel y Adelina cuando eran mis suegros sobre su infancia en Galicia y la inmigración a Argentina, los asados con Galvani, la tarde que descubrí la confitería Las Violetas, una tarde de verano con Maru tomando granadina en su entonces nuevo departamento, la nevada de Buenos Aires caminando con José por Boedo-Caballito, sacando la lengua para que aterrizaran en ella los copos que sentía en mi piel por primera vez; una conversación con Sharon y dos amigos suyos en el lobby de un hotel en Jerusalén, las caminatas con Gus por el laberinto de las estaciones de Subte, los paseos por el bazar con Medina, que es peor negociante que yo y aprovechaba los buenos precios que producían mis protestas de sudaca indignado con las cifras que pedían los árabes; el otoño tomando cerveza con Martín a la sombra de La Inmobiliaria, Diego, exquisitamente parecido al loco apocalíptico de 12 Monkeys, nuestras siestas bajo el calor infernal que sin embargo no era suficiente para romper nuestro abrazo, su olor pegado a mi cuerpo, embriagándome...
En medio de esa avalancha de imágenes, la sensación de que con la belleza que fluye por los intersticios que a la larga componen la vida sucede como con las canciones que pasan de un género a otro. Cambia el contexto, el estilo, la voz, y sin embargo se mantiene una belleza difusa que no sé bien de dónde viene, pero trasciende la formalidad de la letra con su métrica.
Por otro lado la canción en sí misma en la voz de Estrella Morente, y lo que dice Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso acerca de que cuando uno experimenta la sensación de que la realidad que quiere retener se desvanece ante sus ojos anda como desollado, y se identifica con casi cualquier cosa que el mundo le ponga en el camino.
10/9/10
Un mes, una semana, una vida.
10/5/10
Fin de cycle
Ayer, mientras hablaba con un amigo, llegamos a la pregunta sobre si las maneras nuevas, inesperadas, en las que nos preocupan asuntos con los que antes nos relacionábamos livianamente, tendrán que ver con el modo en el que nos han cambiado los años.¿Cómo saberlo? Como dice Marguerite Yourcenar, se llega virgen a todos los acontecimientos de la vida. El ojo del antropólogo, que comparto con el amigo del que hablo, no puede evitar posarse en los cambios que acusa mi cuerpo. Es como si de no sé qué momento en adelante la experiencia de las relaciones con el otro, con el mundo (no la experiencia como record, sino la experiencia como sensación concreta de las cosas que pasan en un determinado momento de mi existencia) hubiera comenzado a fundirse irreversiblemente con la experiencia de mi cuerpo.
Inútil indagar por el punto preciso de inflexión. Recuerdo hitos, capítulos, de esa relación, pero no tengo conciencia del proceso de cambio. La adolescencia en la que el cuerpo y la cabeza estaban tan claramente escindidos como para que las pasiones me resultaran intelectuales o coporales a secas. La entrada a la etnografía, en la que mi cuerpo de antropólogo del submundo constituía a la vez mi principal vínculo con el campo y los sujetos, y uno de mis focos centrales de observación. La muerte de mi abuela mientras estaba en Buenos Aires, un mes después de haberla visto sin saber que era la última vez, con mi decisión de no asistir al funeral y las noches incontables en las que me despertaba el sonido de mi propio llanto, o los días en los que me descubría tomando el teléfono para llamarla sin apenas recordar, durante fracciones de segundo, que había muerto. La ruptura con Diego y los espasmos eméticos que me produjeron nuestras dos o tres discusiones definitivas. En las tardes o noches en las que salía solo al cine en Buenos Aires descubrí la liviandad corporal que me provocan las películas bellas... una sensación como de quien sale levitando de la sala.
Algo sobre lo que he venido volando en círculos últimamente es la asociación de hierro entre la experiencia amorosa y el olfato, o dicho más precisamente, entre la embriaguez amorosa y la embriaguez olfativa. Podría asegurar que es reciente, aunque con la cabeza nunca se sabe. Sin embargo, más allá de esa duda intelectual, mi propia carne dice que nunca antes estuvo.
Los antiguos relacionaban estrechamente las pasiones con la experiencia del cuerpo. Las llamaban afecciones, inclinaciones hacia algo o alguien que se expresaban en el cuerpo de uno. De eso sólo nos quedó la versión pálida: "afección" como "enfermedad", y lo más parecido a esa idea de la afección como pasión quedó en el afecto, ese amor incompleto, mediocre, que se suele depositar en personas que ocupan el triste lugar de aquellos a quienes no desconocemos pero tampoco amamos.
La cita que abre la entrada es de Hegel. Quizá el estupor que nos produce descubrirnos ajenos a nosotros mismos al relacionarnos con los otros y con el mundo de maneras inesperadas no es más que la sorpresa a la que se enfrenta la parte de nosotros que queda de quienes hemos dejado de ser. Quizá el que se resiste en nuestro interior ante lo inapelable de los cambios de tercio que sobrevienen con las partidas de personas, o con nuestra partida de los lugares que hemos hecho nuestros, no es más que el sujeto que hemos dejado irremediablemente de ser, y que sin embargo se resiste a perecer.
10/2/10
En defensa de la inconstancia
Quisiera escribir una defensa de la inconsecuencia merced a la cual a veces creemos traicionar nuestros deseos, cuando probablemente lo que hacemos es seguirlos al margen de toda consideración superficial sobre los valores cortesanos del honor y la dignidad.
Digo "consideración superficial" porque esta tarde, por no sé qué suerte de click accidental o aparentemente accidental, consideré la posibilidad de que cuando rompemos nuestros propósitos de enmienda o de defensa del honor personal no estamos en realidad cayendo o degradándonos, como lo impone esa mezcla de pensamiento judeocristiano, quisquilloserías burguesas y dignidad melodramática de la época y el continente en el que vivimos nosotros, los alegres sudacas. Quizá cuando rompemos esos propósitos y damos al traste con nuestros intentos de salvaguarda de la dignidad y el decoro es cuando menos superficialmente consideramos esos valores, al ponerlos en su justo lugar de fruslerías de las cuales difícilmente puede derivar alguna felicidad.
Quiero decir: ¿de qué carajos sirve el honor si por mantenerlo se pierde la vida? ¿De qué sirve la dignidad cuando mantenerla puede significar, a la larga, renunciar a la lucha por la felicidad -donde sea que creamos poder encontrarla- para salvar la cara? Así, la cadena de divagaciones me lleva a dos lugares comunes de la cultura que requiere cualquier intelectual medio en nuestras reducidas charcas de cafetín y biblioteca. Uno de los enunciados de la Lógica demostrada según el orden geométrico, de Spinoza: "Todo lo que existe desea perseverar en su ser", y una de las máximas del Infierno, que en realidad proviene del Talmud: "Un minuto de vida aún es vida".
Entonces, vamos por partes. Tengo la impresión en estos días de lucidez que me recuerdan a Pessoa con eso de "hoy estoy lúcido como si estuviera a punto de morir", de que a veces, cuando hacemos propósitos de rectificación o nos empeñamos en desarrollar una línea de comportamiento determinada en defensa de lo que consideramos "nuestra dignidad", lo que hacemos es formularnos prohibiciones que van en contra de lo que deseamos más profundamente, en últimas, de lo que somos en tanto sujetos deseantes. Si lo que digo no es una burrada, y me da la impresión de que no lo es, lo que nuestra moral de la contención denomina "caer" o "arrastrarse", es en realidad emerger, sacudirse el arritranco que impone el mandato de vivir con buena letra. Y sopesando esa posibilidad me viene a la cabeza un poema de Kavafis:
Creo que en eso la moral del tango es muchas veces impecable. No importa rogar, volver con el que ha sido durante mucho tiempo la fuente de tus miserias, soportar el dolor. Lo que importa es la realización plena del deseo amoroso en las condiciones que sea, con la perspectiva de que en ella reside la felicidad. Hay un tango de Luis Bayón que he oído cantado por Libertad Lamarque (de la cual mi abuelo murió creyendo que había sido novia de Gardel, pero qué más da un engaño más o uno menos en una vida) que resume bastante bien la idea de felicidad "sin dignidad" de la que hablo. Se llama "Volvé":
Si en la realización del deseo amoroso reside la felicidad (o al menos parte importante de ella) y no queremos vivir un amor británico del siglo XIX de esos en los que no había siquiera desnudez completa, de poco sirven la contención y los propósitos de no hacer lo que sentimos que debemos hacer, con tal de salvaguardar las formas. En estos tiempos, en los que por la razón o por la fuerza nos hemos emancipado parcialmente de tantos remilgos y tanta buena letra inutil, bien vale dar otra vuelta de tuerca en ese terreno.
Claro, el que evita los buenos propósitos y busca la felicidad más allá de la dignidad de la República Conservadora no tiene el éxito asegurado, pero probando es que se sabe. Así, uno puede sacarse de encima la pregunta inevitable de "¿Qué habría pasado si...?".
Digo "consideración superficial" porque esta tarde, por no sé qué suerte de click accidental o aparentemente accidental, consideré la posibilidad de que cuando rompemos nuestros propósitos de enmienda o de defensa del honor personal no estamos en realidad cayendo o degradándonos, como lo impone esa mezcla de pensamiento judeocristiano, quisquilloserías burguesas y dignidad melodramática de la época y el continente en el que vivimos nosotros, los alegres sudacas. Quizá cuando rompemos esos propósitos y damos al traste con nuestros intentos de salvaguarda de la dignidad y el decoro es cuando menos superficialmente consideramos esos valores, al ponerlos en su justo lugar de fruslerías de las cuales difícilmente puede derivar alguna felicidad.
Quiero decir: ¿de qué carajos sirve el honor si por mantenerlo se pierde la vida? ¿De qué sirve la dignidad cuando mantenerla puede significar, a la larga, renunciar a la lucha por la felicidad -donde sea que creamos poder encontrarla- para salvar la cara? Así, la cadena de divagaciones me lleva a dos lugares comunes de la cultura que requiere cualquier intelectual medio en nuestras reducidas charcas de cafetín y biblioteca. Uno de los enunciados de la Lógica demostrada según el orden geométrico, de Spinoza: "Todo lo que existe desea perseverar en su ser", y una de las máximas del Infierno, que en realidad proviene del Talmud: "Un minuto de vida aún es vida".
Entonces, vamos por partes. Tengo la impresión en estos días de lucidez que me recuerdan a Pessoa con eso de "hoy estoy lúcido como si estuviera a punto de morir", de que a veces, cuando hacemos propósitos de rectificación o nos empeñamos en desarrollar una línea de comportamiento determinada en defensa de lo que consideramos "nuestra dignidad", lo que hacemos es formularnos prohibiciones que van en contra de lo que deseamos más profundamente, en últimas, de lo que somos en tanto sujetos deseantes. Si lo que digo no es una burrada, y me da la impresión de que no lo es, lo que nuestra moral de la contención denomina "caer" o "arrastrarse", es en realidad emerger, sacudirse el arritranco que impone el mandato de vivir con buena letra. Y sopesando esa posibilidad me viene a la cabeza un poema de Kavafis:
Jura cada tanto tiempo comenzar una vida mejor.Así es, si los buenos propósitos entrañan una promesa de redención fuera de la carne, circulando los prolijos renglones de la moral estrecha que empezó a imponerse cuando uno de muchos locos de la época irrumpió en Jerusalén alborotando y a la larga ayudando a mantener la dominación romana, la renuncia irreflexiva a esos propósitos constituye una victoria de lo que uno desea ser por sobre lo que desde muchos lugares se le ha dicho que debería ser.
Mas cuando llega la noche con sus propios consejos,
con sus compromisos, y con sus promesas;
mas cuando llega la noche con su propia fuerza
del cuerpo que necesita y pide, hacia el mismo
placer fatal, perdido, va de nuevo.
Creo que en eso la moral del tango es muchas veces impecable. No importa rogar, volver con el que ha sido durante mucho tiempo la fuente de tus miserias, soportar el dolor. Lo que importa es la realización plena del deseo amoroso en las condiciones que sea, con la perspectiva de que en ella reside la felicidad. Hay un tango de Luis Bayón que he oído cantado por Libertad Lamarque (de la cual mi abuelo murió creyendo que había sido novia de Gardel, pero qué más da un engaño más o uno menos en una vida) que resume bastante bien la idea de felicidad "sin dignidad" de la que hablo. Se llama "Volvé":
Desde que te fuisteLo otro es que si, como dice el Talmud, un minuto de vida aún es vida, quizá un minuto de recaida -o de resurrección, según el punto de vista que quiero defender acá- entrañe la posibilidad de seguir siendo uno al margen de esa moral que a golpe de negación del deseo es una de las más aplastantes formas de exterminio de lo que somos.
del cotorro ando tan triste, si supieras
que no tengo para nada voluntad
todo lo veo empañado
de tanto como he llorado.
Ya no hay en mi pecho
para el daño que me has hecho, te lo juro
ni un chiquito de rencor... ten caridad.
Cada vez te quiero más
y yo sin tus caricias
de vivir no soy capaz.
Si en la realización del deseo amoroso reside la felicidad (o al menos parte importante de ella) y no queremos vivir un amor británico del siglo XIX de esos en los que no había siquiera desnudez completa, de poco sirven la contención y los propósitos de no hacer lo que sentimos que debemos hacer, con tal de salvaguardar las formas. En estos tiempos, en los que por la razón o por la fuerza nos hemos emancipado parcialmente de tantos remilgos y tanta buena letra inutil, bien vale dar otra vuelta de tuerca en ese terreno.
Claro, el que evita los buenos propósitos y busca la felicidad más allá de la dignidad de la República Conservadora no tiene el éxito asegurado, pero probando es que se sabe. Así, uno puede sacarse de encima la pregunta inevitable de "¿Qué habría pasado si...?".
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