3/15/18

Detente sombra de mi bien esquivo...

Hace ya varias décadas resulta posible registrar la voz y/o la voz y la imagen de una persona y reproducirlas ilimitadamente, incluso después de que esa persona haya muerto.
Si hace doscientos años alguien hubiera escuchado que pronto sería posible ver y oír a aquellos que ya han muerto, contemplar sus movimientos, mirarlos a la cara y escuchar sus narraciones, con seguridad habría respondido que tal cosa jamás podría existir. Vivimos en una época en la que quienes mueren ya no quedan obligatoriamente perdidos en las tinieblas y el silencio del pasado, ni reducidos a las imágenes inmóviles de retratos y fotografías. Como si se tratase de un tiempo de aquellos que anticipan los textos apocalípticos de distintas religiones, ahora los muertos permanecen entre nosotros, moviéndose, hablando, cantando, insultando, sonriendo con picardía al narrar algún acontecimiento feliz. Pero como si también viviéramos en una leyenda griega o romana, estamos condenados a verlos y escucharlos sin ser vistos ni escuchados por ellos. De alguna manera es como si los vivos fueran ellos, y nosotros los fantasmas.

3/9/18

Don y contradon

Treinta y ocho fueron los minutos que duró una conversación telefónica con una paisana mía que llamó a preguntar por los requisitos de admisión a un posgrado que quiere cursar su sobrina.
La conversación se desenvolvió en términos normales desde el punto de vista folclórico. En algún momento al inicio, después de que le propuse que habláramos en español, la consulta técnica se transformó en indagación acerca de cuánto tiempo llevo en Alemania, si sería que yo procedo de donde ella sospechaba según mi acento, dónde era que yo había estudiado en Colombia... Luego, después de que logré con esfuerzo reconducirla al tema inicial, vino el climax del episodio. Inmediatamente después de que le expliqué que como parte de su postulación su sobrina debería presentar un plan de investigación en el que articulara su trayectoria académica con su posible tesis de posgrado, mi interlocutora exclamó:
-Ah... ¿Y será que usted no me puede hacer el favor de colaborármele?
Me tomó fuera de base e inicialmente no entendí la pregunta, así que ella amablemente aclaró:
-Sí, o sea, colaborármele con ese trabajo ya que usted... pues me imagino que usted sabe bien cómo es lo que le toca presentar... O sea, para que ella vaya a la fija.
Pocos minutos después, un poco desencantada debido a que desafortunadamente yo no tengo permitido ofrecer ese tipo de colaboraciones, se despidió anunciándome que mejor le va a decir a su sobrina que pase y me visite "para que se conozcan, así usted me hace el favor y me le explica bien todo". Desde entonces paso las horas con el temor de que la señorita se aparezca con una gallina, una botella de whisky, cualesquier "bobadita" de esas que a veces se usan en mi tierra para abrir puertas y ablandar corazones.

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