Hace ya varias décadas resulta posible registrar la voz y/o la voz y la imagen de una persona y reproducirlas ilimitadamente, incluso después de que esa persona haya muerto.
Si hace doscientos años alguien hubiera escuchado que pronto sería posible ver y oír a aquellos que ya han muerto, contemplar sus movimientos, mirarlos a la cara y escuchar sus narraciones, con seguridad habría respondido que tal cosa jamás podría existir. Vivimos en una época en la que quienes mueren ya no quedan obligatoriamente perdidos en las tinieblas y el silencio del pasado, ni reducidos a las imágenes inmóviles de retratos y fotografías. Como si se tratase de un tiempo de aquellos que anticipan los textos apocalípticos de distintas religiones, ahora los muertos permanecen entre nosotros, moviéndose, hablando, cantando, insultando, sonriendo con picardía al narrar algún acontecimiento feliz. Pero como si también viviéramos en una leyenda griega o romana, estamos condenados a verlos y escucharlos sin ser vistos ni escuchados por ellos. De alguna manera es como si los vivos fueran ellos, y nosotros los fantasmas.