Emepecé a trabajar como corrector por accidente. En una cena, hablando con un amigo que trabaja en un grupo editorial, le conté que tenía algunas horas libres y quería conseguir un trabajo, aunque no sabía de qué porque -descontando las cosas académicas en las que prácticamente me pagaban por entrenarme en lo que estaba estudiando-, nunca en mi vida había hecho nada. Era, palabras más, palabras menos, un zángano.El amigo en mención -porteño-, sacó una solución de la manga: "Pasá por mi oficina el lunes, te doy algo para que lo corrijas, y vemos si podés empezar a hacer algo ahí". Nunca había corregido nada distinto a los artículos que mi novio de entonces me pedía que revisara para que opinara, y se lo hice saber. "No importa, sos colombiano, ustedes hablan el mejor castellano que haya oído, así que se te va a facilitar".
Fue mi primer encuentro con ese prejuicio que coexiste con el de el pueblo más o menos naturalmente violento o delincuente, más o menos naturalmente dotado de habilidades para el baile, más o menos alegre bajo cualquier circunstancia. Como decía Kant, los prejuicios suelen ser expresiones sintéticas de experiencias repetitivas, y he de reconocer que de una manera u otra los que he nombrado tienen asidero en la realidad, aunque no bailo ni a palos, ni soy el prototipo de la felicidad del trópico.
Pero hablaba del oficio. El asunto es que empecé y salió bien, y casi tres años después estoy trabajando para tres editoriales. Durante este tiempo he notado que el prejuicio sobre la mayor corrección del habla colombiana existe en la industria editorial en general, y suele jugarme a favor. Por otro lado, he notado que no es infundado, hay algo en mi sentido común respecto de la Lengua que, cuando lo cotejo con el diccionario de la RAE suele ser, a veces para mi sorpresa, acorde con la Academia. He de decir, al respecto, que me equivoco menos cuando pienso en la manera como hablan mis abuelas o mis padres que cuando lo hago tomando en cuenta el habla de la gente de mi edad.
Hace poco me di cuenta que el mio es un oficio conservador: la mayor parte del tiempo "disciplino" el castellano insumiso de los rioplatenses, imponiéndole el canon de la Academia ibérica, tan bien cultivado en mi acartonada patria que se precia de ser la de don Rufino José Cuervo, García Márquez, y la Academia de la Lengua más antigua del continente. Ejerzo, entonces, una labor colonial. Lo hago sin culpa.
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