No estoy seguro acerca de si soy irlandés, como me dijo un amigo cuando le conté que extraño poco y nada los lugares en los que he vivido cuando me he mudado de ellos, o simplemente un tanguero cualquiera que padece efectos retardados.
De cualquier modo que sea, no logro comprender cómo funcionan la cabeza, o el corazón, o el hígado, o lo que sea que contiene lo que uno siente, porque justamente anoche sucedió lo de muchas veces:
llevo varios días raro, medio tristón, medio encabronado con el mundo, recordando a Heidi, una mujer maravillosa de cuya ausencia no consigo recuperarme. Anoche, en una fiestita de cumple con colegas, mientras escuchábamos tangos de Julio Sosa salió Uno, y fue como si derrepente me hubieran atado un ancla a la pierna: el mundo se me vino abajo. De un momento a otro estaba en el auto de una amiga, volviendo de Villa Gesell y cantado esa canción con Heidi. Salí al balcón como quien no quiere la cosa, a tomar aire y rumiar mis penas solo, como, un perro.
Luego vino una tormenta torrencial de esas del trópico: estaba en alpargatas y era la primera vez que las usaba desde cuando me las puse un día de verano en Buenos Aires y esa decisión convocó las fuerzas atmosféricas. Me lavé como un pájaro. Volvimos a casa, caí dormido medio borracho y soñe con Heidi, llorando como un niño, porque en medio de la ensoñación sabía que estaba muerta, aunque nos veíamos y conversábamos.
Esta mañana desperté y le pregunté a Jan la fecha, mientras tomábamos un mate. Cuando me la dijo caímos en cuenta que estamos en los días del primer aniversario de la muerte de Heidi, porque estábamos juntos y él volvió a Alemania un par de días después de su muerte, el 3 de octubre: el día de la reunificación de Alemania.
Entonces, yo me quedé sólo y hecho mierda. Ese día habíamos ido al jardín japonés, tomamos algo con Baby y anita, y luego vino lo de Heidi.
Hoy me desperté, y cuando supe lo de la fecha todo tomó sentido.
A eso se suma que mi familia está por vender la finca de mis abuelos, donde crecimos.
Extraño Buenos Aires, a Gus, Gonzalo, José, Marijo y Lucas, Marina -que siempre me la encontraba en los buses y las paradas de bus-, Baby, Leo, Maru, Iván, Marcelo... A Heidi, a mi abuela. A las últimas dos no las voy a volver a ver.
Y qué le vamos a hacer: al mal que no tiene cura, hacerle la cara dura.
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