7/2/11

El excelso club de la infamia

Una mañana del otoño austral de 2006 recibí una llamada de un excompañero de la Universidad del Tolima que también vivía por entonces en Buenos Aires.

-¿Has visto noticias de Colombia?
-No, ¿por qué?
-Salió en el noticiero que Alejandro el flaco se desmovilizó con una columna de las Farc.
-¿Cuál Alejandro, el de la universidad?
-¡Ese! Fijate que el video está en la página de... [no recuerdo si fue CM& o Noticias Uno].

Recién mudado como estaba a un departamento de Almagro, en la calle Tte. Gral. Juan Domingo Perón ("Cangallo" para los gorilas), no tenía internet, así que tuve que salir al ciber que quedaba a la vuelta, sobre Gascón, para ver el video. En efecto, entre sonrisas y un despliegue publicitario que incluía el orgullo del gobierno de Uribe porque se trataba de la primera desmovilización de una columna completa de las Farc en su gobierno, aparecía radiante nuestro viejo compañero de clase -y recién conocido comandante político de la Columna "Cacica Gaitana"-, manifestando un orgullo repugnante, compartido con el gobierno de la ultraderecha y los paramilitares. En esos segundos iniciales de la nota se acumularon las primeras infamias públicas de una cloaca que parece destinada a seguirse llenando ad infinitum.

Otras vinieron en los segundos siguientes del video y en los días posteriores al espectáculo. Por ejemplo, el parte de victoria del gobierno de los paramilitares incluía el anuncio de que la Columna había entregado un avión que hacía parte del material de guerra de las Farc, y el recién regenerado guerrillero calló y otorgó. Pocos días después se supo, sin embargo, que el supuesto avión de guerra le había sido incautado a los narcotraficantes meses atrás en un departamento de la costa, y había sido incluido en el parte de victoria como un modo de exagerar la entrega. Sin embargo, si Alejandro -quien saltó a la infamia con la chapa de "Biófilo"- calló sobre el hecho de que la supuesta entrega del avión hacía parte de un engaño del gobierno de Uribe, habló hasta la saciedad con aire de erudición sobre las injusticias cometidas en el monte contra la base de la guerrilla, y confirmando la versión difundida por la derecha nacional, se explayó en una denuncia contra la norma del aborto obligatorio para las combatientes. Contó también con aire de verdad como si fuera un descubrimiento hecho por él en el monte, lo que se rumoraba en la Universidad del Tolima desde cinco años antes: que la confusa muerte en 2001 de Camilo Zuluaga, otro de nuestros compañeros de clase, no había sido una acción de los paramilitares del Sur del Tolima, sino que había sido un error de las Farc.

Es probable que hubiera confirmado el rumor en su paso por "las montañas de Colombia", pero lo que tuvo de infame el acto no fue que hubiera dicho en público lo que ya muchos sabían, sino que lo contó a medias en el contexto de hacer la lista de las razones de su "desilusión", y de su decisión de entregársele a uno de los gobiernos más asesinos de la historia de Colombia. Lo que calló también era vox populi en la Universidad: que parte de esas confusas circunstancias en las que murió Camilo tenía que ver con que no fue un simple error de las Farc, sino que se trató de una concatenación de errores de los que él hizo parte. Al día siguiente de su muerte en la Universidad se supo que estando de viaje en el sur del Tolima con una comisión humanitaria, el auto en el que iban él y otras personas se topó con un retén de un grupo armado. Como se trataba de una zona donde los paramilitares ejercían más control que la guerrilla, los que iban en el auto "supieron" (pensaron) que el retén era de ese grupo, y seguros de lo que todo mundo sabe en Colombia: que los paramilitares son inclementes con cualquiera que huela a izquierda y en particular si tiene que ver con las organizaciones de derechos humanos, decidieron no detenerse, sino al contrario. El chofer metió el acelerador hasta el fondo y pasaron de largo por el retén, a sabiendas de que con eso irían detrás los tiros. Los tiros fueron, el auto volcó, y cuando sacaron a los ocupantes descubrieron que una bala le había dado a Camilo y lo había matado. Luego se supo, porque se filtró a través de los sobrevivientes de la misión humanitaria e Ibagué es una ciudad pequeña donde la gente tiene una habilidad para el chisme que le merece fama nacional, que el retén no era de los paramilitares sino de la guerrilla.

Vista de conjunto la historia es distinta, y si bien es dolorosa y tiene el tono absurdo de los accidentes de guerra, el melodrama montado por Alejandro según el cual por saber lo que todo mundo sabía desde 2001 él decidió entregársele al gobierno de Uribe en 2006 no solamente es impresentable, sino que insulta la inteligencia de cualquiera que conozca la vida política de los colombianos.

Otra parte de la declaración que dio ese día, ésta más "romántica", decía que el Tolima debía convertirse en una cantera de artistas y que el gobierno departamental debía apoyar a muchos jóvenes que querían dedicarse al arte. Lo que para un ingenuo debió parecer dulce, a los que conocían la Universidad del Tolima les supo a mierda: no solamente se le entregaba al gobierno de Uribe con bombos, platillos y montajes, sino que ponía en la picota, "en bandeja" para los temibles servicios de inteligencia colombianos, a los miembros de un grupo cultural del que él hizo parte, y que ahora por obra y gracia de su generosidad quedaban estigmatizados sin tener que ver con sus decisiones políticas. El que no conozca la vida cotidiana de un país en guerra pensará que estoy exagerando, pero la realidad es que cuando uno está inmerso en una situación de guerra como la que vive Colombia de distintas maneras, está bajo el régimen de un hecho social total del que es imposible escapar. El estigma le llega fácil, uno se lo saca de encima difícilmente, y en muchos casos en eso le puede ir la vida.

Estoy seguro, por ejemplo, de que para el lector medio colombiano que recorra esta entrada debe estar más o menos fuera de toda duda a estas alturas, que soy o en algún momento fui militante de la guerrilla. Para ese lector, ese estigma que ya me debe haber impuesto no es un invento, todo lo contrario, es la derivación absolutamente lógica -según la lógica del hecho social total de la guerra- del asco que he manifestado en lo que he escrito hasta ahora en la entrada. En el régimen de absoluta alteridad que impone la guerra, por más disimulada que esté como en la Colombia de hoy día, resulta lógico concluir fuera de toda duda que si alguien manifiesta su repudio contra otro que desertó de la guerrilla y se le entregó al gobierno de la ultraderecha cuando éste estaba en plena campaña para ser reelegido en 2006, y cinco años después sigue resumiendo agua excrementicia contra la izquierda en general en la prensa cada vez que puede, el que se indigna y lo dice tiene que ser de la guerrilla.

Pues no, ni soy ni fui militante de la guerrilla. Por el contrario, a lo largo de mi vida como estudiante universitario formado en el trotskismo expresé profundas diferencias políticas que mantengo en relación con las organizaciones guerrilleras y sus simpatizantes. Con ellos en esa época casi siempre discutimos en público y en privado, en un ambiente democrático y fraternal, como era posible hacerlo en la Universidad del Tolima antes de que se impusiera el régimen de terror de los paramilitares bajo el cual ya no se podía discutir abiertamente, de modo que uno sólo lo hacía con los conocidos, y desconfiaba de cualquiera que le pusiera temas políticos por más progresivo que pareciera. Sé, de todos modos, que la aclaración no es suficiente, nunca lo será con cierta gente, para sacarme el estigma de zurdo y en consecuencia guerrillero que fácilmente se le pone a cualquiera en Colombia, donde todo el que huele a izquierda es sospechoso de ser de la guerrilla.

Esas son, más o menos, las razones por las que conozco al infame "Biófilo", y puedo ver el cableado que hay detrás de la opereta que le ayudó a montar al gobierno de Uribe en plena carrera por la reelección. Esas son también las razones por las que entre más veo cómo el tipo, devenido protagonista de uno de los engaños del gobierno paramilitar de Uribe que sembró el terror en el país -incluidas las universidades-, sigue apareciendo con la cara dura como una piedra sin sonrojarse siquiera por tantas gracias que ha hecho, siento un asco difícil de manejar. Ojo, que de todos modos no es un asco acotado, sino la manifestación radical del que nos produce a muchos que pasamos por la Universidad del Tolima de esa época ver la descomposición general de la mayoría de la izquierda estudiantil. Alejandro es el caso extremo, pero el panorama está poblado de ex-feministas que se hicieron antiabortistas públicas después de quedar embarazadas de maridos maltratadores, y agitan con la cantinela de que el derecho al aborto libre y gratuito es una trampa de la burguesía para impedir que los revolucionarios se reproduzcan, y de ex-encapuchados profesionales que le ayudan a gobernar al rector de turno -puesto por Uribe- desde oficinas de todo tipo, reales o creadas para la ocasión.

El asunto es que así, tal cual empezó en 2006, la historia de "Biófilo" ha seguido. De tanto en tanto reaparece, para vanagloriarse de sus proezas o para dar pasos en la reinvención de su historia política y personal. Últimamente, por sus recientes apariciones, uno puede ver que anda en la línea de poner cara de confundido y construirse a los casi 30 años como un muchacho ingenuo, idealista y utilizado, que lentamente ha ido madurando y hace esfuerzos por reconstruir su vida de la mejor de las maneras posibles. Por ejemplo, parte de su línea de "confusión" e "ingenuidad" ha pasado por contar como si nada, que la tal columna que se entregó con él era un grupo montado con armas falsas, pocos guerrilleros y varios paramilitares y delincuentes comunes enviados por el gobierno y "Olivo Saldaña", otro reinsertado que se fugó de la guerrilla robándose el dinero que él mismo administraba, y luego cayó preso.

Entonces, entre el ladrón, el "muchacho ingenuo" y el gobierno armaron una opereta con la que uribe apuntaló su reelección, con el muchacho de actor principal teniendo que aguantarse en el reparto a una cantidad de hombres que según sus propias declaraciones "le daban miedo". Para ir más allá con las novedades, las investigaciones que adelanta la fiscalía hoy por la falsa desmovilización incluyen seriamente la hipótesis de que la famosa Columna Cacica Gaitana jamás existió.

Su más reciente aparición en la prensa es la de hoy, 1 de Julio, en El Tiempo. Allí Plinio Apuleyo Mendoza, un escritor que aparte de ultrareaccionario es supremamente despectivo y desagradable en relación con cualquiera que le huela a zurdo, lo describe tan candorosamente que uno puede imaginar la mirada como de santo de iglesia que debía tener en la conversación que sostuvieron para hacer la nota. Así, el mismo que escribió "El Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano" a tres plumas con Vargas Llosa y Montaner como el contrapeso manifiesto de "Las Venas Abiertas de América Latina" (catecismo de los idiotas según ellos), lo pinta como un muchacho ingenuo, que descrestó al hoy jefe del Secretariado de las Farc con "su nivel cultural" y fue comisionado por él para recibir a la comitiva en la que entró al país la hoy guerrillera holandesa Tanja Niejmejer.

Entre suspiros y tomado de la mano del perfecto idiota regenerado, don Plinio también cuenta que Alejandro cuenta que entró a las Farc a través de las Juventudes Comunistas, en la Universidad Nacional, y militó inflitrado en organizaciones de derechos humanos. Así a coro como los ángeles, uno y otro le cuelgan el estigma y con él quizá varias lápidas más a la Juco, las ONG y las universidades, que la ultraderecha señala hace décadas como "cuevas de guerrilleros", y de vez en cuando asalta para matar entre sus integrantes a alguno real o potencial.

He notado que hay gente bastante mayor que yo que de cuando en cuando, leyendo la prensa, recorriendo librerías o viendo los noticieros, se sobresalta y dice cosas por el estilo de: "Ah! Mirá, a ese lo conocí yo en la universidad", y de ese modo manifiesta el orgullo particular -no excento de contradicciones- que suele acompañar el descubrimiento del éxito o el renombre de alguien que fue conocido antes de-. El caso de mi generación es distinto. Como dicen Velma Kelly y la guardiana de la cárcel en una canción de Chicago: There's only pigs and whores.

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