A inicios de enero de 2016 se supo que un alemán vecino de Frankfurt asesinó y descuartizó a su esposa en el sitio donde estaban vacacionando en Austria, tras lo cual metió las partes de su cadáver en una maleta que abandonó al lado de un lago. El año pasado murió un anciano sin familia de un barrio de clase media alta del área de Frankfurt y los trabajadores que fueron a vaciar su garaje encontraron una mujer descuartizada, de la que luego se supo que era una indigente que se prostituía ocasionalmente.
Y también a inicios de enero de 2016 la clase media hipócrita y racista de Alemania y el mundo descubrieron que en este país hay violencia de género porque unos morochos ("Dunkelhautige") atacaron en masa a mujeres blancas en Colonia y Hamburgo. Lo que escandaliza no es la violencia sexualizada, practicada también por los alemanes blancos de formas atroces y banales (como cuando soy acosado sistemáticamente en el gimnasio, la piscina y el sauna por hombres y mujeres quizá desesperados, quizá movidos por los estereotipos racistas sobre la hipersexualización de los latinoamericanos). Lo que escandaliza es que llegaron los de piel oscura a ponerle las manos encima a las mujeres blancas. Debajo del escándalo no hay una oposición generalizada a la violencia sexualizada. La oposición es contra la violencia sexualizada que es considerada ilegítima. Entre la mayoría de los políticos, periodistas y parroquianos que he escuchado hay una reacción racista frente al hecho de que en este caso los acosadores son inmigrantes, y las acosadas mujeres blancas de clase media. Que un alemán mate a una indigente que se prostituye o a su esposa, vaya y venga. Que una pandilla de "Dunkelhautige" manosee las jovencitas blancas ya es demasiado.
A la larga, lo que hay de fondo es la vieja relación de pánico-moral-envidia de muchos alemanes frente a la sexualidad "desbordada" que su racismo les hace imaginar como propia de los extranjeros de piel oscura. Somos gente de la que por un lado se supone que dada nuestra naturaleza salvaje, indómita, hace las cosas que ellos sólo se atreven a contemplar en sus secretas fantasías, o a hacer en ciertos espacios semiclandestinos como clubes sexuales, estacionamientos de autopista, prostíbulos -algunos temáticamente hiperespecializados como corresponde a esta sociedad- y sótanos acondicionados como "salas de juegos". Por otro, esa proyección de las fantasías sexuales irrealizades o vividas con vergüenza nos hace objeto no sólo de secreta admiración y deseo, sino de pública sospecha, envidioso odio, y sueños de dominación disfrazados de intenciones de "integración", es decir, de civilización.
Ya durante la república de Weimar, que ha quedado inscrita en la imaginación occidental como un paraíso de democracia y liberalidad, esa relación racista de admiración-envidia-odio quedó registrada en una canción "divertida" que sigue siendo famosa hoy día, cuyo título es "Der Neger hat sin Kind gebissen" ("El negro mordió a su muchachita"). La melodía es -o se parece mucho a- un pasodoble, con castañuelas incluidas, y la traducción de su letra al español es la siguiente:El negro ha mordido a su muchachita - o-o-ho,
por qué no nos besó? - o-o-ho!
Porque cuando uno tiene diez esposas,
También quieren ser besadas.
También quieren ser besadas.
En la selva más oscura del país más oscuro, yace Jumbo, el negro, agotado por la pelea.
Las mujeres del negro se quejaron y se pelearon porque Jumbo hirió su vanidad. Se había casadp con diez hermosas según la tradición, pero también ama a otra muchachita
a la que siempre besa en secreto y la besa salvajemente
hasta que la sangre roja le sale a borbotones del labio;
eso lo han visto las mujeres de Jumbo y ahora gritan furiosas las diez:
El negro ha mordido a su muchachita - o-o-ho,
por qué no nos besó? - o-o-ho!
Porque cuando uno tiene diez esposas,
También quieren ser besadas.
También quieren ser besadas.
Acá está la canción original:
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