8/20/07

Ocho meses y siete días desde la última vez

En la última línea de mi anterior entrada me preguntaba qué traería el 2007. Heme acá, de vuelta a los rastrojos del mundo cibernético, por donde no transita casi nadie, arrancando una nueva entrada a la que su antecesora le reclama, de alguna manera, un balance.

Es raro, no me propuse dejar de escribir acá durante tanto tiempo, y sin embargo los meses pasaron. Creo que con ciertas actividades de la vida pasa lo mismo que con algunos amigos, sin que uno se percate el tiempo se dilata entre un encuentro y otro. Lo malo es que siempre se está a tiempo de volver a tomar la pluma, pero con las personas las distancias tienden a desvanecer los lazos.

Esta mañana, mientras desayunaba, y después de hablar por teléfono con mi madre, di una mirada a este blog, en busca de un comentario que un amigo me dijo hace unos días que me había dejado. Me dio gusto encontrarlo (te quiero, Gus), y su búsqueda dio pie a que releyera algunas entradas anteriores. Se produjo uno de esos encantadores momentos, casi mágicos, que he perseguido desde que decidí cultivar el hábito de llevar diarios: cuando uno se relee, pasado el tiempo, de repente se encuentra narrandose a sí mismo cosas que no recordaba haber vivido o escrito. Ese desayuno dominical en el cual el que soy y el que fui nos sentamos a la misma mesa me metió las ganas de hacer una nueva entrada.

Después del desayuno salí a nadar, bastante abrigado pues el frío nos vuelve a azotar, tras el veranito (me gusta más la expresión norteamericana: indian summer, que da título a una canción de The Doors) de la semana pasada, gracias a cuyos 27 grados tuve una deliciosa caminata en ropa liviana de esa que uno no puede usar más que entre casa por estos días. 1000 metros en 35 minutos. Los que sepan de natación sabrán que es poco, pero no está mal para mi condición de ex exiliado de las aguas, y gracias a ellos y a los escasos genes africanos que corren por mis venas (1/16, en la más optimista de las estimaciones), el juicioso entrenamiento de las últimas semanas me vuelve a hacer orgulloso portador de un abdomen plano, un pecho combado como un escudo, y lo que no es menos importante: un culo duro y torneado. Preocupaciones masculinas propias de este sucio mundo en el que se vive tan bien.

A propósito del mentado balance, lo central es que durante los últimos ocho meses las cosas no han dejado de mejorar en mi vida. Cerré la entrada anterior dejando de lado indefinidamente la posibilidad de visitar Colombia, y hace mes y medio volví de allá, gracias a los buenos oficios de Isabelita, la mamma. Sobre el viaje no diré nada pues tengo algunas cosas escritas en el par de cuadernos rojos que conforman mis diarios de viaje (uno se llenó en el avión, camino a Bogotá), y espero ponerlas acá dentro de poco. De cualquier manera, anticipo que no son crónicas de viaje, sino notas tomadas al inicio y el final. Respecto de los demás asuntos: continué trabajando para Siglo XXI y estoy encantado con esa relación, pues como es una editorial de ciencias sociales bastante importante y dinámica, trabajar para ellos me permite estar al día de buena parte de las cosas que se publican. No he dejado de encontrar, gracias a ese trabajo, perspectivas interesantes para la investigación social, y de sacar de aquí y allá citas para el texto final de la tesis, que actualmente está en el horno y promete ser bueno.

Finalmente dejé de vivir en Villa Crespo, ese barrio maravilloso al que deseo volver, y merced a una cadena de coincidencias, resulté, inesperadamente, viviendo en el departamento en el que viví hasta hace año y medio, en Boedo. Ha sido bello volver después de que ha pasado tanta agua bajo el puente, la nueva pintura lo hace ver mejor, y entre otras consideraciones superficiales, como todo yo, debo anotar que me sorprendió, al volver a instalarme, notar que, materialmente hablando, he dejado de ser un pasajero en tránsito en esta ciudad. La biblioteca y la cocina lo confirman.

Esta tarde, después de nadar, caminé hasta casa. Son unas doce cuadras, y el día tenía una frescura y una humedad absolutamente equilibradas, perfectas. El clima era tan similar al de la finca de mi abuela en muchos días de mi infancia que me puse pletórico de dicha. Volver en subte habría sido una de esas insensateces que se suelen cometer bajo el influjo del embrutecimiento que propicia la vida atolondrada de las ciudades. Adoro caminar escuchando música, observando la arquitectura, atento a cosas interesantes de esas que deja la gente con la basura a la entrada de sus casas. Esta tarde encontré una caja azul de las que sirven para archivar. Pasaban cientos de cosas por mi cabeza mientras caminaba... una de ellas fue que en el trimestre que va de julio a septiembre se encuentran varios aniversarios de cosas importantes para mi vida: ahora me vienen a la mente mi natalicio, la muerte de mi abuela, el primer encuentro con Jan, y la ruptura final con D, pero quizá haya más. Coincidencias, nada más que eso.

A finales del año pasado publiqué en el fotolog una lista de deseos en la que incluía cosas probables y otras menos probables. Algunas de ellas eran (sin orden de importancia): pasar vacaciones en Colombia, ver a Jan, cambiar de computadora, terminar mi tesis de maestría... La verdad calculaba que casi ninguna de esas se materializaría. Ocho meses después casi todos esos deseos -unos banales, otros trascendentales como ninguno- se han materializado o están a punto de hacerlo.

El contrapeso de eso está en las ausencias: Raúl, mi más entrañable amigo, regresó definitivamente a Colombia, María José está a punto de volver a instalarse en Andalucía, Gerd, durante su periplo alemán, parece estar reconsiderando su lugar... bueno, en estas vidas de trashumantes que elegimos algunos, esas cosas resultan inevitables. Al lado de eso está la proximidad de mi reunión definitiva con Jan, un hombre maravilloso con el que espero pasar los años que tengo por delante. Esa perspectiva monumental no le resta un ápice a los espacios dejados por las partidas de aquellas personas entrañables, pero definitivamente determina el cariz que tiene este momento de mi vida. Como dice Judy Garland: life is just a bowl of cherries.

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