El 31 de octubre, mismo día en que cerré mi tesis de maestría, murió Lévi-Strauss a los 100 años de edad.
Muerto uno y terminada la otra, la antropología se encuentra en una situación similar a la que enfrentó la anciana de una historia que he escuchado varias veces.
Una vieja crió una chancha durante un tiempo largo, cuidándola cotidianamente de la manera juiciosa, devota pero carente de romanticismo en la que se hacen esas cosas en el campo. Cuando estaba en su mejor momento, tan vital que daba el mismo gusto verla o imaginársela en el plato, pasó un comerciante que decía ser de un pueblo vecino, y se enamoró de ella. Le rogó hasta el cansancio a la anciana, pero ella no quería vendérsela, no porque estuviera encariñada con ella, sino por lo buena que le había salido y lo bien que la había criado. Bueno, quizá sí estaba un poco encariñada, pero no como se encariñan los citadinos con los animales, que terminan queriéndolos más que a un pariente. El asunto es que no la quería vender, pero el comerciante insistió tanto y elevó la oferta de tal modo que la señora accedió.
El hombre se la llevó el mismo día, pero como ya había comprado gallinas y chanchos en la vecindad, no tenía dinero suficiente para pagarle toda la suma. No era amigo de dar una parte y quedar debiendo, eso era faltarle el respeto a la contraparte, dijo. Entonces, quedó de volver al día siguiente para pagar, y preguntó si a la anciana le hacía falta algo del pueblo de al lado. Al otro día, de paso, se lo podía llevar. Pero la vieja no quiso ponerlo en trámites ("sería falta de educación", pensó), así que se abstuvo de encargarle lo que necesitaba y de lo cual ni habló.
Vino el día siguiente y el comerciante no apareció. La vieja se abstuvo de decir en voz alta lo que pensaba, por un lado por no cometer la canallada de desconfiar abiertamente del señor, tan amable que era, y por otro lado por orgullo. Y así continuaron los días sin que el tipo apareciera. Se perdió la chancha. Pasado el tiempo, no mucho, al hablar del tema con las hijas, la anciana se lamentó de que el tipo se hubiera robado la plata.

-Lo único que me queda de consuelo -dijo-, es que se la vendí bien cara.
La vieja era mi abuela.
1 comment:
Disculpá si no tiene mucho que ver con lo que escribiste, pero me recuerda una anécdota de mi abuela también.
Un día le tocaron el timbre a mi abuela para decirle que mi mamá había tenido un accidente y que este hombre había sido enviado por mi mamá para llevarle toallas al hospital. Mi abuela en su inocencia lo dejó pasar a casa y mientras iba a buscar las toallas, el hombre aprovechó para revisar cajones y robar el radiograbador y otras cosas. Con las toallas lo cubrió y se fué. Luego ese mismo día cuando mi mamá volvió de trabajar, mi abuela recién comprendió lo que había sucedido! Eran otros tiempos, otros ladrones...
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