1/17/10

La boda y la democracia

La fiebre de la consagración legal de las uniones homosexuales recorre Latinoamérica. Sucesivamente en Colombia, Uruguay, México y Argentina se ha visto a jueces, legisladores y políticos electoralistas presurosos, esculpiendo la actualización de la ley: de ahora en más hombres y mujeres se podrán casar o juntar entre sí, como hasta ahora sólo lo podían hacer los heterosexuales.

Tras ellos, el cortejo que celebra: los GLTTBI, los heterosexuales consecuentemente demócratas, y los conservadores recién salidos del sarcófago, que ahora opinan que dejar juntar a “esa gente” es propio de países civilizados y modernos. Total, son cosas que ya se hacen en Europa… Y así, se ve en la prensa un júbilo que parece homogéneo, pero que es una mezcla de satisfacción de unos por el logro de una conquista democrática y esnobismo sudaca de otros, que apoyarían la quema de sinagogas si se volviera a poner de moda en Europa.

Para unos se trata de la posibilidad de que un sector que ha sido históricamente oprimido en el terreno familiar, ahora pueda acceder a un poco de respeto por parte de las instituciones. Para otros, incluidos muchos (más) putos y (que) tortas, se trata de “ponerse a la altura del mundo civilizado”. De los segundos ni hablar. En cuanto a la alegría de los primeros –entre los que me encuentro-, bueno… no es despreciable el hecho de que una minoría oprimida acceda a derechos que se le han negado en casi todos lados durante siglos.

El asunto de fondo, trajes y celebraciones aparte, es que con el reconocimiento de las uniones libres o el respeto del derecho a contraer matrimonio, a las parejas homosexuales se les reconocen los mismos derechos que a “la gente normal”. Se requiere, por supuesto, el cumplimiento de varios requisitos por demás abusivos, como jurar que se trata de una relación prolongada y estable, o que los miembros no son parientes en primer grado de consanguinidad.

Entonces, me pregunto: ¿quién puede sostener honestamente que “el Estado” (es decir la gente que lo controla, con sus valores y tradiciones) tiene derecho a meterse en la cama de alguien y prohibirle juntarse con una persona si su relación no ha cumplido un “periodo de prueba” reglamentado por ley? ¿De dónde sale que el Estado tiene derecho a prohibirle a alguien que haga su vida de pareja con un pariente, si los dos se aman? Así, pensando mal, uno se puede preguntar si es justa (sabemos que es muy útil) tanta disposición a abrirle las puertas de la vida privada al Estado.

¿Por qué tiene alguien que someterse al chantaje, y demostrar que se ajusta a la moral burguesa,  con sus valoraciones sobre la seriedad y la estabilidad de las relaciones, para lograr que el juez o el notario le concedan reconocimiento legal a la familia que ha decidido conformar? O, poniendo el dedo en la llaga de las más recientes victorias mexicana y argentina: ¿por qué tiene uno que casarse si quiere que el Estado respete plenamente su relación de pareja homosexual o heterosexual? ¿El precio que hay que pagar por un poco de respeto es la adaptación a la moral conservadora que ve en el matrimonio la consagración del amor de pareja? Considero que la sociedad nos debe ese respeto a todos, nos queramos casar o no.

Los socialistas marxistas tienen una política en relación con las organizaciones de trabajadores que insinúa la posición más democrática que se podría sostener frente al reconocimiento de las uniones de pareja, sean heterosexuales u homosexuales: frente a las condiciones antidemocráticas que le impone el Estado burgués al reconocimiento de dichas organizaciones (trámites, censos, registros e impuestos), los socialistas reclaman el reconocimiento legal automático para todas las organizaciones que los trabajadores conformen por su cuenta. Opino que lo mismo cabe para las relaciones de pareja.

Visto el estado de las cosas en el mundo, quizá la pelea por el derecho de los trabajadores a organizarse autónomamente sea más importante para el futuro de la humanidad, pero verlo de esa manera no supone dejar para después la lucha por el respeto elemental que la sociedad nos debe a todos, soñemos o no con “llegar al altar”.

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