11/8/10

Inevitablemente contingentes

Hay una escena de The fight club en la que Brad Pitt siendo Tyler Durden le habla al personaje-sin-nombre que es Edward Norton sobre los amigos de avión. Es una conversación breve sobre esas personas con las que a uno le toca compartir fila y con quienes entabla relaciones simpáticas que terminan antes de bajar del avión, cuando alguno de los dos se levanta de la silla para desembarcar. Poco cuentan los intercambios de tarjetas de negocios o las intenciones manifiestas de continuar en contacto, porque esas "amistades" se diluyen una vez atravesado el límite que separa la fila de asientos y el pasillo.

Creo que esa escena, con su aparente banalidad, sintetiza drásticamente una característica de la vida contemporánea: la contingencia inevitable de ciertas relaciones signadas por una simpatía espontánea tan profunda como superficial. Profunda porque en su espontaneidad descubrimos, generalmente excitados, múltiples puntos de contacto entre nosotros y un otro-descubierto-por-casualidad, que parecen acercarnos de manera repentinamente definitiva. Superficial porque esa sensación de proximidad definitiva no es más que el efecto de destino que producen múltiples puntos de contacto inesperados. Ese efecto de destino me hace pensar -para mal de mis ataques de romanticismo- en la proposición XLIV de la Ética demostrada según el orden geométrico, de Spinoza: "No es propio de la naturaleza de la razón considerar las cosas como contingentes, sino como necesarias".

Da la impresión de que es lo mismo para amigos -de-avión, -de-hostal, o amantes felizmente salidos de la nada, que en la nada se desvanecen. Hace un tiempo, saliendo de la defensa de mi tesis, hablamos con una de mis antiguas profesoras que era miembro del jurado sobre un elemento común de la vida de los sujetos de mi tesis y los miembros de movimientos new age entre quienes ella investiga: la preocupación por la acumulación de experiencias. Parece haber algo en la moral de estos tiempos y estas sociedades, quizá hijo de la ética capitalista de la acumulación individual, que apunta a que la gente no debe detenerse en construir vínculos con la paciencia y el esfuerzo que ello demanda, sino que es más productivo tener una vida social y amorosa variada en la que las experiencias, las relaciones, se acumulen rápida y tranquilamente con el paso del tiempo.

No puedo evitar reconocerme un poco en esa moral, sobretodo cuando viajo y entablo relaciones de simpatía con personas que por distintas razones sé que no volveré a ver al cabo de un día o dos. Sin embargo, en el terreno de las relaciones que por su contexto de origen podrían desarrollarse como más prolongadas no puedo evitar ceder a mis reflejos conservadores, bajo cuyo influjo me empeño quizá caprichosamente en llevarle la contraria a las sociedades que me han tocado. Renuncio testarudamente a inflar relaciones como quien hornea merengues, escojo la tarea ardua, sacrificada pero infinitamente placentera, de construir amores del tipo que sea (es decir que no me refiero sólo a los amores cimentados en el vínculo erótico a los que generalmente se reduce de manera grosera la posibilidad de amar).

Escribiendo esto recuerdo una referencia de Jean Salem, un filósofo político francés con el que tomé clase hace tiempo, acerca de una idea de felicidad ligada a la lucha que encontró en la obra de Lenin. Creo que a la larga se trata de eso: entre la acumulación y la lucha opto por la segunda, en la que encuentro una felicidad más amplia, si bien quizá menos frecuente.

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