3/25/11

No es suficiente con recordar

A 100 metros de donde vivo en Offenbach, en el área metropolitana de Frankfurt, está el teatro Capitol. Es un edificio antiguo de los pocos que quedan en mi calle, Goethesstrasse, con una arquitectura que desde el primer día me llamó la atención porque me resultaba familiar: pórtico con columnas, nave cuadrangular, ventanas estrechas y altas, cúpula... hace unos días pasé y vi al lado de la puerta una placa conmemorativa que no había notado. Leí y entendí que me resultaba familiar porque fue, hasta finales de la década de 1930, la sinagoga más importante de Offenbach.

Sufrió “daños menores” el 9 de noviembre de 1938 durante la ola de matanzas y destrucción conocida con el nombre delicado de “la noche de los cristales rotos”, y luego fue convertida en teatro, sin que la placa diga quiénes la convirtieron. Durante la guerra fue afectada por los bombardeos, y a mediados de la década de 1950 la colectividad judía de Offenbach la donó a la ciudad para que fuera reabierta como teatro municipal. En la cuadra de enfrente hay una escuela judía custodiada permanentemente por la policía. En un parque a 50 metros de ahí los senderos tienen nombres de autoridades comunitarias judías de antes de la Shoá, entre ellas Regina Jonas, "primera rabina de la historia de los judíos", ordenada en 1935 en Offenbach y asesinada en 1944 en Auschwitz.

Según se sabe, Regina Jonas trabajó junto con Victor Frankl en el campo de Theresienstadt en una iniciativa para elevar las posibilidades de supervivencia de los deportados evitando los suicidios. Ella esperaba en las plataformas la llegada de los trenes para apoyar a los deportados, que generalmente llegaban en shock. Wikipedia indica que allí dio una serie de conferencias de las cuales se conservan 24 manuscritos en el archivo de Theresienstadt, sobra decir que no conozco ninguna de ellas.

Últimamente tengo la impresión de que en cierto sentido la memoria de la Shoá con sus sitios de recordación, placas conmemorativas, museos, minutos de silencio, discursos y actos por el estilo, es como las estatuas de los dioses a los que se encomendaban el faraón y los egipcios durante los días de las Plagas.

Vengo pensando que mientras confiamos en la protección del “Nunca más” dejamos campear a nuestro lado cada día, abuso tras abuso, la misma tendencia que hace algunas décadas culminó en la matanza de 18 millones de personas, un tercio de ellas judías. Nos conmovemos ante el el dolor, la humillación, el exterminio al que fueron sometidos judíos, gitanos, socialistas, testigos de Jeovah y muchos otros bajo la dictadura nazi, pero nos preocupa poco lo que le pasa hoy a personas que por distintas razones sufren medidas a veces alarmantemente comparables a lo que sufrieron los judíos durante los primeros años del Holocausto.

Vengo dándole vueltas al asunto de que el peor “honor” que se le puede rendir a los muertos y sobrevivientes de la Shoá es fosilizar la memoria de lo que sufrieron y resistieron. Si la memoria de los genocidios pasados no es activa, si no es una forma de lucha contra los genocidios presentes y futuros, se reduce a un pasatiempo intelectual.

Asumir una posición como esa supone, por supuesto, cierto grado de impopularidad en una época en que el que critica es visto como una persona incómoda o como un enemigo infiltrado en la familia, el círculo de amigos, la comunidad... De cualquier modo la lucha por la memoria del genocidio reclama también la lucha contra el prejuicio, así que creo que no vale la pena preocuparse demasiado por eso.

En cuanto a mi experiencia, el principal prejuicio que debo enfrentar es el de que me intereso por el estudio de la Shoá y la lucha contra el genocidio porque soy judío. No soy judío: crecí en una familia católica y soy ateo. De cualquier modo el que me califique como judío me halaga, así que ese no pasa de ser un asunto algo cómico, pero revela hasta qué punto la gente opina que la Shoá no es un problema de toda la humanidad. El prejuicio es tan recurrente que con algunos amigos bromeamos acerca de mi condición “Goyshe”.

¿Hay que ser judío para preocuparse por el estudio de la Shoá y el antisemitismo pasado y presente? Mi obvia respuesta a esa pregunta, y las siguientes, es no.

¿Hay que ser turco, musulmán o budista para oponerse a las declaraciones de la canciller y el ministro del interior alemanes acerca de que quien quiera vivir en el país debe suscribir los valores judeocristianos, o de que el islam no es parte de la historia de Alemania, como si no fuera la religión de buena parte de la sociedad desde hace más de medio siglo?

¿Hay que ser inmigrante “ilegal” o gitano para oponerse a las leyes que en Arizona, como en la Alemania de la década de 1930, le prohíben a “los ilegales” usar el transporte público y castigan a quien los transporte en su auto, o para oponerse a las deportaciones de gitanos puestas en marcha por el presidente de Francia desde el año pasado?

¿Hay que ser árabe para oponerse a la discriminación que sufre la población árabe israelí en su propio país, o a los argumentos de la ultraderecha del mundo acerca de que es legítimo extender a sangre y fuego los asentamientos israelíes sobre los territorios palestinos? ¿Oponerse a esas formas de opresión lo hace a uno antisemita? Ese es el rótulo que me ha tocado a veces por criticar la violencia del Estado y algunos sectores de la sociedad israelí contra la población árabe.

¿Hay que ser inmigrante para oponerse a la campaña xenófoba dirigida por el intendente de Buenos Aires y acogida por amplios sectores de la sociedad argentina contra los pobres, muchos de ellos argentinos, que ocupan terrenos para construir viviendas precarias en un país en el que desde antes de la dictadura de 1976 desaparecieron los proyectos de construcción masiva de vivienda de interés social?

Finalmente, ¿hay que ser guerrillero para indignarse cuando en Colombia, el país del habla elegante, se habla de lo oportuno de que a los guerrilleros se los “fumigue” [con balas] desde los aviones de guerra del Estado, como si se tratara de insectos y no de seres humanos?

Es por mi respuesta negativa a preguntas como las anteriores que opino que es incompleto reivindicar la memoria de la Shoá sin oponerse activamente, como uno pueda, a las prácticas por las cuales las sociedades actuales se van brutalizando tan lentamente como se brutalizaron las europeas de la década de 1930. Hace poco leí el acta de una reunión privada en la que Hermann Göring y Reinhard Heydrich, dos de los mayores responsables nazis de la Shoá, discutieron acerca de las medidas que debían tomar después de “la noche de los cristales rotos”. Para mi sorpresa, mientras Heydrich consideraba la posibilidad de obligar a los judíos a usar algún tipo de distintivo en la ropa (lo que luego fue la estrella amarilla), señalaba que no veía en eso ningún peligro de que sufrieran “excesos”.

La historia ha demostrado varias veces que así empieza todo: un día un gobierno o un grupo toman una medida “un poco fuerte” porque “circunstancias excepcionales” la justifican, y al día siguiente van más allá, de modo que acaban llegando a extremos de brutalidad y deshumanización que hemos visto varias veces, y que quizá volveremos a ver.

Al fin y al cabo como pasó con la Inquisición, inventada en Italia pero perfeccionada en España, los nazis no inventaron el genocidio, sino que lo desarrollaron a un nivel industrial no visto antes. La verdad es que nada garantiza que la rueda de la historia, que sigue girando, no nos llevará a “nuevos desarrollos” al lado de los cuales la Shoá parecerá apenas un ensayo.

Es contra la posibilidad de vernos parados un día en ese escenario como víctimas, perpetradores, observadores pasivos o combatientes de la resistencia, que veo que tiene sentido pensar hoy día sobre la Shoá. Creo que hay que reflexionar en el sentido político del término: analizar, interpretar lo que sucedió, y sacar conclusiones prácticas para la acción. A la larga, se trata de ser coherentes con el principio de que como seres humanos estamos moralmente obligados a esforzarnos para hacer del mundo un lugar mejor, resumido por la tradición judía en un mandato de dos palabras que ha beneficiado durante siglos a toda la humanidad: Tikún Olam.

(Originalmente escribí esta nota para colaborar con una exposición sobre la memoria de la Shoah, pero el texto tomó vida propia y me llevó por un rumbo distinto del que la exposición demandaba, así que vino a parar al blog.)

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