Cuzco - Machu Picchu - Buenos Aires
Agosto 2, 10:50 a.m.
Rumbo a Muchu Picchu. Viajamos rumbo al noroeste en un tren de Orient Express (Peru Rail, acá). Es un viaje de unas 4 horas, en las que después de pasar por una zona de colinas parecida a Boyacá se transita por un valle en el que se viaja bordeando el río Urubamba, que es azul verdoso, como los de la Patagonia. La atmósfera es clara y el aire seco, así que es muy confortable.
Mientras escribo se ve a la izquierda, al otro lado del río, el Camino del Inca, que suele ser recorrido por la gente en 4 días hasta Muchu Picchu. Durante todo el viaje se ven construcciones incas como plataformas, muros de contención sobre las orillas del río, y vestigios de habitación que en algunos casos se mantienen en uso.
Machu Picchu está a 2000 metros s.n.m., mientras Cuzco está a 3345, así que a medida que descendemos, siempre bordeando el río, el clima se templa y la vegetación se hace exuberante. Acabamos de ver Patallacta (ciudad de andenes), un sitio arqueológico bastante bien conservado (quizá reconstruído). Hace un calor muy agradable, y ante el olor y la vista del impecable río que bordeamos dan ganas de tomar un baño. Vemos unas terrazas de cultivo al otro lado del río, tomé un par de fotos pero nuevamente me enfrento a la impotencia de ver algo bellísimo y tener la certeza de que la foto no capta el esplendor del objeto. Es el viejo problema objeto-representación.
Pasamos Qorihuayrachia (Km 88 desde Cuzco), donde termina la carretera, así que desde allí es necesario recorrer el resto del camino (ignoro la distancia, unos 20 minutos de tren, supongo), a pie o en tren.
El clima de Machu Picchu es más húmedo y cálido (bosque húmedo de montaña), así que no se necesita abrigo, aunque es importante llevar manga larga pues según dicen hay mosquitos. La guía que acompaña a un grupo sentado cerca de mi silla les recomienda usar repelente y bloqueador, al tiempo que les da todo tipo de datos sobre los lugares y la vegetación... su modulación pausada y la manera algo exagerada en la que vocaliza me producen una impresión de mecanicidad que no le había notado a otros guías.
[...]
10:25
Transitamos un bosque espeso, lleno de árboles floridos y epifitas. Se me parece mucho al cañón del Combeima, en Colombia. Vuelvo a sentir el olor del bosque montano tropical, que me hace sentir en casa, recuerdo las vacaciones en la finca. ¡Estoy pletórico! Me invade una felicidad que hace mucho no experimentaba, como volver a casa lejos-de-casa. El paisaje ahora es también muy similar al de Boquerón, cuando uno va de Fusa a Ibagué. Me saturan los olores del cañón, de la vegetación que se apiña en las paredes de roca. Veo muchas flores y plantas que hay también en esa zona de Colombia en la que crecí y pasé la adolescencia.
En la silla del otro lado del pasillo va una pareja mexicana cuya hija va sentada en frente mío... son buenos conversadores, en especial la madre. Vienen viajando por el Cono Sur y terminan las vacaciones en Perú. La señora le da unas hojas de coca para mascar a un par de japonesas que están sentadas en frente suyo y sufren por el mal de altura...de un momento a otro una de esas chicas hace un movimiento torpe y le tira encima un café a la señora, haciendo un sonido agudo de sorpresa. Ella reacciona muy bien diciéndole que no se preocupe y se limpia el desastre que le ha quedad en la ropa... su hija y yo nos miramos y no podemos evitar reír en silencio.
Me llama mucho la atención la presencia de guías que hablan japonés, mientras los demás extranjeros toman las excursiones en inglés o español. De hecho, uno de los asistentes de a bordo del tren habla ese idioma también, y los anuncios del capitán se dan en inglés, español y japonés. Supongo que es parte de la herencia de la era Fujimori.
Vemos unas ruinas incas muy grandes que desde lejos parecen una gran mancha en la montaña, el lugar se llama Huynaywayna (por siempre joven), y más cerca unas cuyo nombre no escuché, pero que son las de un centro administrativo. Les tomé un par de fotos a las dos. Dentro de poco llegaremos a Aguas Calientes, la estación final desde donde recorreremos 8 kilómetros en auto hasta Machu Picchu.
El camino del inca se hace con cargueros, lo que me recuerda los grabados de la colonia y la república en Colombia, en los que aparecen europeos y ricos viajando de expedición con uno o varios indios que les llevan el equipaje mientras ellos van libres de todo, admirando el paisaje. Como dice Borges, la Historia da vueltas y vueltas...
11:25 Esperando el almuerzo en un restaurante de Machu Picchu Pueblo.
Suena “No le pegue a la negra” por Joe Arroyo. Me sorprende notar cuánta salsa se escucha acá, de hecho en Cuzco se presentará próximamente el grupo Niche, de Cali. Este pueblo es totalmente artificial, lo que los académicos denominarían una economía de enclave. Todo gira alrededor del turismo, y las construcciones, empezando por la iglesia, son evidentemente recientes... quizá de los últimos 40 años; de hecho, es un indicio importante el que la estación de tren se llama Aguas Calientes y el pueblo Machu Picchu: estoy seguro que fue fundado después de la llegada del tren (o cambió su nombre para tomar el otro, más “emblemático”, pero para el caso es lo mismo). No veo nada que no esté orientado a los turistas, y eso me produce mucha incomodidad... no se cómo decirlo, pero simplemente no me siento cómodo acá. La mayoría de los restaurantes tienen nombres en inglés como Toto’s House, Inca Tower, o cosas por el estilo, y en algunos de ellos la publicidad incluye anuncios en japonés. Me parece que si algún día el turismo cesa este pueblo se hunde.
Los transportes a Machu Picchu salen cada 3 minutos de la estación (12 dólares ida y vuelta, por 8 kilómetros), y siempre salen llenos. Me gustaría hacer el camino a pie pero el tiempo es muy limitado, así que tomo el transporte, monopolizado por una compañía que se llama “La Ecológica”.
En el camino desde Cuzco vi muchos lugares en los que me gustaría acampar, eso me hizo pensar mucho en mi hermano y Carlos, creo que lo pasaríamos bien viajando juntos por estos lugares... yendo sin prisa, caminando lo que haya que caminar, bañándonos en el río, haciendo cosas como esas, cenando bajo las estrellas después de haber cocinado nosotros mismos... recostarnos a fumar marihuana y charlar mirando el cielo despejado de estos paisajes montanos. Extraño esos placeres vacacionales tan elementales que compartíamos cuando vivía en Colombia... no hay casi nada que se le compare entre las cosas que he hecho durante las vacaciones desde que vivo en Argentina.
1:34 p.m. Machu Picchu (montaña vieja).
Después de media hora de camino llegamos. Hay mucha gente pero es posible estar relativamente solo de vez en cuando. Me encanta el olor de este lugar, deben ser los helechos mezclando sus aromas con el resto de la vegetación, pero los senderos que están aislados de las áreas abiertas tienen un olor muy, muy parecido al del Quinina (un lugar al que íbamos de camping con Juan, Carlos y amigos). Este lugar es grandísimo, me pregunto cuánto tiempo tardaron los incas en construirlo y cuántas personas participaron.
Sin turistas esto sería más bello, van en rebaños gritando, corriendo cuando hay algún lugar particularmente “interesante” (donde, como le oí decir a una guía, “pueden tomar LA foto del caso”), y apretando los obturadores de las cámaras a diestra y siniestra. No actúan muy distinto de los que uno ve en el obelisco de Buenos Aires, y me pregunto cuántos ven una diferencia de fondo entre este lugar y aquél. Bueno, encontré algunos que si la ven: acá vienen a cargarse de “buenas energías”. Vi un grupo frotándose las manos y poniéndolas cerca de una roca (hay foto)... Sin embargo, hace falta mucho de eso para siquiera debilitar la belleza de este sitio, y me encuentro muy conmovido... es una belleza que al mismo tiempo induce felicidad y melancolía [...].
5:10 p.m. De vuelta hacia Cuzco.
Fue un día encantador. Machu Picchu es de esos lugares a los que vale la pena ir, sin importar cuándo ni cómo. El sitio es impresionante, aunque sus muros son menos monumentales que los de Sacsaywamán, pues están construidos con piedras más chicas y no siempre alcanzan el grado de perfección de aquellos. Sin embargo, la ciudad es grandísima, y uno podría pasar horas y horas recorriéndola si quisiera hacerlo detalladamente.
Ahora bien, lo que uno ve está reconstruido, así que al visitar el lugar se está ante una aproximación –bastante fiel, imagino y espero-, de lo que era la ciudadela cuando la usaban sus habitantes, pues a medida que la van recuperando del monte intervienen sobre las ruinas para darles el aspecto que hoy tienen. No se si esté bien esa forma de intervención... es una vieja discusión entre arqueólogos y conservadores (la de reconstrucción/conservación). Me gusta como se ve pero no estoy seguro de que el espectáculo estético valga la pena a la hora de decidir si uno reconstruye o no una ruina o una pieza arqueológica... la pregunta también es: ¿vendrían los turistas si estuviera manejado todo esto con otros criterios estéticos? Lo dudo... de hecho esto me parece bastante “National Geographic”, y no tiene nada de raro pues esa institución cofinanció las investigaciones de Hiram Brigham desde el principio.
Parece que lo que uno visita es apenas una pequeña parte, pues muy abajo, por la falda del cerro en cuya cumbre se encuentra la ciudadela, y separadas entre sí y del área de los turistas por manchas de bosque espeso, se encuentran otras dos zonas que por su localización deben hacer parte de Machu Picchu. De hecho, le escuché a una guía que todo el complejo tiene más o menos 3 mil hectáreas y uno visita menos de 10. Como Dacha Pucllana o Sacsaywamán, con toda seguridad Machu Picchu va a ser mucho más grande en unos 20 años, si las obras continúan. Qué maravillosa ciencia es la arqueología, que construye hacia atrás.
Viajamos sin guía, con lo que perdimos mucha información de aquella que viene en “el paquete para turistas”, pero ganamos en libertad de movimiento y tranquilidad. Me resisto a dejarme arrear como un borrego en un rebaño, aunque me pierda datos interesantes que de cualquier manera puedo consultar después si lo deseo.
Me sorprendió el costo de la entrada: 20 dólares si se es estudiante extranjero y unos 35 si no se lo es. Los peruanos pagan 10 dólares, lo cual es mucho si se tiene en cuenta que, según la guía aquella del tren (“Rosita”), el ingreso mensual de los campesinos en el departamento de Cuzco es de 130 dólares (primero dijo “per cápita” y luego “por familia”, y nadie pidió aclaración... como yo escuchaba desde lejos tampoco lo hice); en cualquier caso, es muy bajo para lo que cuestan el boleto de tren y la entrada. Seguro muchos de los que viven en los alrededores no conocen el lugar.
Otra cosa que le escuché a esta mujer es que el gobierno central toma todo lo recaudado por entradas (que rondan los 3 dólares en museos y los 10 en sitios abiertos), y redistribuye las rentas a nivel nacional, de modo que a Cuzco le toca el 5% de lo que produce, y esa cifra se destina al funcionamiento y mantenimiento de los sitios, mientras no hay planes de desarrollo social y la mayoría de la gente en el campo no tiene agua potable, aunque existen los acueductos, que conducen agua insalubre. Veo que la pobreza es uno de los atractivos turísticos de esta región: “Qué bien que se ven los indios, sucios, con ropas extrañas y de colores vivos, en todos lados ves imágenes de postal”.
[...]
8:55 p.m.
El viaje de regreso se hace largo, estoy cansado pero sin sueño suficiente para dormir. He pasado el tiempo jugando con la cámara, leyendo la guía de Lonely Planet, escribiendo en este diario... [...].
No quiero hacer muchos planes para mañana, para tener tiempo de imprimir las fotos que voy a enviar por correo. Las he escogido hace un rato, en el tren: una automática en la que estoy sentado en Machu Picchu, otra de unos muros en perspectiva, una en la que estoy en un portal en Sacsaywamán (la tomó Joe), y la que tomé de la Plaza de Armas de Cuzco desde “La Retama”.
3 de agosto, 2:45 p.m.
He caminado solo por Cuzco, teniendo mucho tiempo para cavilar. [...] Hace un rato envié las cartas, la de mi madre y mi hermano tuve que enviarla a la oficina de correos de Arbeláez pues al cerrar el sobre me di cuenta de que no tengo su nueva dirección en Fusa. Quiero sentarme en un andén a ver la vida pasar.
No hace falta repetir que soy un inconsecuente. Rompí mi propósito de no comer todo lo que encontrara y creo que me gané un bicho contra el que los feroces animales que me habitan se baten en guerra. Aún no tengo el desorden digestivo completo de los viajeros que pasan por este país, pero me duele la panza todo el tiempo. Quizá fue el almuerzo de ayer en Machu Picchu Pueblo (chicharrón de cerdo y aguacate relleno), o que el hielo de los muchos pisco sours que he tomado estaba hecho con agua cruda... dice la guía que hay que cepillarse los dientes con agua embotellada y lo he hecho con la del tubo. Bueno, no se qué fue pero lo cierto es que por algún lado vino... espero no enfermar, así que me entrego a los buenos oficios de mi sistema inmune y el zoológico microscópico que llevo dentro. Por ahora lo único que no me hace doler la panza es el whisky (elíxir de elíxires)... de las demás cosas, todo me intensifica el malestar. La cabeza y la panza se confabulan para arruinarme el humor, pero me mantengo contento, aunque algo aprehensivo.
4 de agosto, 10:41 a.m.
Hoy regreso a Lima. [...]
Compré música criolla en un mercado local (2.5 soles cada cd copiado, unos 70 centavos de dólar)... fue bello reencontrar canciones y ritmos que escuché por doquier cuando era niño, pero más que bello fue sorpresivo, pues jamás se me habría ocurrido que la música criolla peruana y la música de cantina de Colombia tuvieran tanto en común (creo que la que se oye allá está influida por ésta, pues parece un círculo más prolífico en cuanto a los grupos, y con un carácter más definido... no se bien cómo decirlo pero es algo así, de hecho creo que Julio Jaramillo es peruano).
De alguna manera ansío volver a Buenos Aires, volver a sentirme en casa, reorganizando mi vida y no simplemente dejándola pasar como siento a veces que hago ahora. Sin embargo, no sé como me vaya a sentir allá. Seguramente tendré razones para quejarme, ya que esa es una de mis más desarrolladas habilidades.
Mañana regreso a Argentina, mi panza va mejorando. Parece que el partido que se juega en mi organismo lo va ganando el equipo local. No me gusta esta sensación de fragilidad que me produce notar que la comida o el agua locales me pueden enfermar... de alguna manera es como el día que sentí mal de altura, habiendo crecido en las montañas. En los dos casos me sentí objetivamente extraño en lugares en los que pensé que me adaptaría fácilmente. Habiendo crecido tan cerca de la línea del Ecuador, con la biodiversidad que caracteriza esa región, tener problemas digestivos cuando se va de viaje por un país de estos resulta insultante. Ja, río mientras escribo esto... no sé que me resulta más ridículo, si mis cavilaciones acerca de la biota digestiva y sus particularidades etnográficas, o sentir que tengo barriga de señorito que se enferma en Perú. Jajaja, quizá ninguna de las dos cosas sea más ridícula que la otra, pues las dos parecen estar en el extremo de la boludéz.
5 de agosto, 1 p.m. Último día en Lima.
Desde ayer he estado un poco melancólico, y el clima de esta ciudad eternamente gris ayuda. [...]
Vuelo esta noche (a las 9) hacia Buenos Aires, tengo la tarde por delante pero no quiero hacer planes relacionados con ir a conocer algún lugar para que no me ocurra lo que ya ha sucedido tantas veces: que me engancho haciendo algo y luego se me hace tarde para llegar al aeropuerto, de modo que tomo un taxi y me voy retorciendo en la silla mirando el reloj cada 2 minutos y pensando que esta vez sí pierdo el vuelo. Jajaja, recuerdo que en Río recogí el equipaje corriendo, tomé el taxi en pantalón corto tal cual estaba, y terminé desempacando un jean y vistiéndome mientras el tipo conducía... llegué, hice los trámites, y cuando caminaba para embarcar me vi reflejado en uno de esos vidrios a los que les pegan una película plateada para que no se vea de un lado al otro: poco faltaba para que pudiera ser confundido con un borracho de esos que amanecen el sábado por ahí después de haber dormido en un andén. El jean estaba arrugadísimo, la camiseta sucia, tenía cara de haber sudado como un animal y no haber tomado una ducha... Sentí esa ola cálida que le dice a uno que se está sonrojando, y no pude evitar reír en medio de lo avergonzado que estaba.
Bueno, el asunto es que no planeo ir a ningún lugar distante esta tarde. He pasado la mañana caminando por el malecón, mirando el mar, tomándole fotos... actualicé el fotolog (la tapa de un disco de The Smiths que encontré y un fragmento de una canción de Morrisey –bastante gris todo-), revisé correos, hablé por el Messenger... Sucedió algo muy gracioso porque desperté muy temprano, como a las 4, así que vi algo de tele, tomé una ducha, y salí con la intención de ver el amanecer. Caminé por el malecón buscando un lugar para verlo, encontré un parque cerca de una calle que se llama Venecia, y cuando me senté y empezó a aclarar caí en cuenta que Lima siempre está cubierta de nubes, así que no se puede ver el amanecer: simplemente la luz se va haciendo más intensa hasta que se pone de día del todo. Jajaja, uno de esos desencuentros que pueblan los últimos días... me acuerdo de un tango que justamente se llama así, El Desencuentro, cuyo último verso dice: “Ni el tiro del final te va a salir”. Bien, aun estoy muy lejos del tiro final... por ahora casi todos estos desencuentros son graciosos por ridículos.
7:35 p.m. Volviendo a Buenos Aires.
La escritura siempre me cambia el ánimo... esta tarde terminé riendo al recordar cuán ridícula puede parecer la vida de uno si junta los incidentes pelotudos que le pasan... puede hacer un relato en el que aparezca muy similar a mister Bean.
Llegué a tiempo al aeropuerto, quizá el vuelo se adelante pues hay alerta meteorológica en Buenos Aires. Mientras escribo tomo un JW BL en el bar de fumadores de la zona de embarque... es el mejor que he visto en un aeropuerto, lo patrocina Lucky Strike, es estilo pop, pasan videos de Jesse Green... se está muy bien en él.
Mientras estaba sentado acá me encontré con el porteño con el que compartí asiento cuando venía de Buenos Aires. Él iba a El Salvador de vacaciones, y regresamos en el mismo vuelo. Es cierto lo que dice Marguerite Yourcenar acerca de que el alcohol desembriaga: medio ebrio, uno ya no extraña tanto a las personas.
Vuelvo a sentir la excitación de viajar, la emoción del tránsito, me siento volviendo a casa. Me llama la atención que cuando pienso en “casa” imagino Buenos Aires y no algún lugar de Colombia, aunque allá estén personas a las cuales amo y que muchas veces extraño a niveles que alcanzan el dolor. Bueno, mi amor está bastante disperso por el mundo.
[...]
Cierro este apartado a las 8:32 (hora peruana) de la noche del 5 de agosto de 2006.
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