9/2/06

Se acerca la primavera

La ciudad reverdece. Inicio una nueva vida, fuera del lugar que compartí con Diego durante cinco de los siete meses que duró nuestra relación. Bueno, no es que hoy no tengamos algún tipo de relación social, pero no me refería a eso. Entregar las llaves de ese departamento fue, en buena medida, como cortar las amarras que me impedían despegar en muchos terrenos. Me sorprendió notar que cuando estaba acomodando las cosas en el otro edificio experimentaba una extraña liviandad, que me era casi completamente desconocida.

De alguna manera me siento feliz, más autónomo, en el sentido kantiano del término. Eso no significa que le ame menos, quizá es todo lo contrario. Hay certezas que tengo respecto a eso que no dependen de mi estado de ánimo. Este amor se prolongará en el tiempo, independientemente de lo que suceda entre nosotros.

He entrado en un estado liminal en cuanto a mi ubicación en un espacio habitacional. En estas circunstancias se siente con más fuerza el carácter de emigrante que uno posee cuando está lejos de las personas que le tocaron en suerte como familia. No lo lamento ni me causa problemas, tengo amigos y amigas, pasaré unos días dando tumbos de un lado para otro, y en un par de semanas me estabilizaré, con toda seguridad. Ahora trabajo precipitadamente para entregar un libro que editará Planeta, se llama "La Hija del Caníbal", y es de una mujer que se llama Rosa Montero. Es literatura de entretenimiento, pero no está mal. Al mismo tiempo, tengo mi primer trabajo para Siglo XXI, otra editorial, que entregaré el próximo viernes. De hoy al viernes tendré mucho trabajo, esa es una de las razones por las que no salgo esta noche. La otra es que no tengo un deseo genuino de divertirme, lo que siento son ganas de evadir un poco las cosas que se me siguen moviendo después de la ruptura, y que seguirán haciéndolo por término indefinido... un poco como en "There´s a Light That Never Goes Out", de Morrisey: I want to see people, and I want to see lights. Pero tengo que trabajar y vengo a casa a dormir relativamente temprano... bueno, temprano para Buenos Aires.

Hoy fui con María José y Raúl a ver la última función de la obra en la que actuaba Diego: El año de Leberwurst. Me interesaba porque trata asuntos relacionados con mi tesis de maestría y porque quería ver al chico actuando. No fue una maravilla, pero me gustó bastante. Cre que da en el blanco de asuntos claves que encontré en el campo y que he estado pensando. También tuvo algo de especular, pues muchas cosas aparecían de manera muy similar a como se dieron en la crisis de nuestra ruptura. Algunas de esas cosas me golpearon, pero ahora todo eso viene de manera distinta... aunque golpean ya no amenazan con aniquilar.

Después del teatro fuimos a La Academia, un bar viejo de Corrientes y Callao, mi esquina favorita de esta ciudad, que está abierto las veinticuatro horas. Allí he pasado horas incontables con Marijó, y allí me senté a esperar que transcurriera la ruptura durante varios días, a veces solo, a veces acompañado de personas como ella, Ferrán, Maru... algunos de los que conforman esa parte de mi universo acá que no se derrumba en casos de emergencia. Hablamos por mucho rato con ella y con Raúl, quien está de regreso en la ciudad y recién instalado en su nuevo departamento... tomamos varios leguis (un trago local de caña) y les tomé fotos. He descubierto que cuando estoy triste me hace bien tomar fotos, y por lo general me salen bellas (no es el caso de todas las de hoy).

Ayer en la mañana encontré una baraja española en un armario, en ella encontré la sota de copas, y me acordé de una canción de José Alfredo Jimenez con la que me siento particularmente identificado últimamente... tomé una foto y compuse una postal. A mis picos melancólicos de los últimos días les han acompañado algunas oleadas de creatividad pictórica que han ido nutriendo mi archivo... no estoy seguro de que vaya a publicar todas las cosas que he hecho, pero sepan que existen.

Últimamente pienso mucho en esto de la exposición de las cavilaciones íntimas en internet... es un fenómeno interesante antropológicamente este de los que escribimos cosas personales y narramos aspectos o eventos de nuestras vidas en la red. Es como si uno gritara parado al borde de un abismo... nunca está seguro de si alguien lo va a escuchar o no, pero lo hace. Sepa, si está leyendo estas notas, que poco me importa si lo hace o no. Por otra parte, regocíjese: hace unos años leer las notas de diario de alguien suponía una odisea relacionada con la necesidad de robar cuadernos celosamente guardados; hoy lo puede hacer en internet, con la connivencia de sus autores, aunque quizá eso le reste gracia a la lectura. Como sea, una de las principales razones por las que hago entradas en este espacio es que es más difícil que las pierda que si las guardo en mi computador portátil.

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