Digo "consideración superficial" porque esta tarde, por no sé qué suerte de click accidental o aparentemente accidental, consideré la posibilidad de que cuando rompemos nuestros propósitos de enmienda o de defensa del honor personal no estamos en realidad cayendo o degradándonos, como lo impone esa mezcla de pensamiento judeocristiano, quisquilloserías burguesas y dignidad melodramática de la época y el continente en el que vivimos nosotros, los alegres sudacas. Quizá cuando rompemos esos propósitos y damos al traste con nuestros intentos de salvaguarda de la dignidad y el decoro es cuando menos superficialmente consideramos esos valores, al ponerlos en su justo lugar de fruslerías de las cuales difícilmente puede derivar alguna felicidad.
Quiero decir: ¿de qué carajos sirve el honor si por mantenerlo se pierde la vida? ¿De qué sirve la dignidad cuando mantenerla puede significar, a la larga, renunciar a la lucha por la felicidad -donde sea que creamos poder encontrarla- para salvar la cara? Así, la cadena de divagaciones me lleva a dos lugares comunes de la cultura que requiere cualquier intelectual medio en nuestras reducidas charcas de cafetín y biblioteca. Uno de los enunciados de la Lógica demostrada según el orden geométrico, de Spinoza: "Todo lo que existe desea perseverar en su ser", y una de las máximas del Infierno, que en realidad proviene del Talmud: "Un minuto de vida aún es vida".
Entonces, vamos por partes. Tengo la impresión en estos días de lucidez que me recuerdan a Pessoa con eso de "hoy estoy lúcido como si estuviera a punto de morir", de que a veces, cuando hacemos propósitos de rectificación o nos empeñamos en desarrollar una línea de comportamiento determinada en defensa de lo que consideramos "nuestra dignidad", lo que hacemos es formularnos prohibiciones que van en contra de lo que deseamos más profundamente, en últimas, de lo que somos en tanto sujetos deseantes. Si lo que digo no es una burrada, y me da la impresión de que no lo es, lo que nuestra moral de la contención denomina "caer" o "arrastrarse", es en realidad emerger, sacudirse el arritranco que impone el mandato de vivir con buena letra. Y sopesando esa posibilidad me viene a la cabeza un poema de Kavafis:
Jura cada tanto tiempo comenzar una vida mejor.Así es, si los buenos propósitos entrañan una promesa de redención fuera de la carne, circulando los prolijos renglones de la moral estrecha que empezó a imponerse cuando uno de muchos locos de la época irrumpió en Jerusalén alborotando y a la larga ayudando a mantener la dominación romana, la renuncia irreflexiva a esos propósitos constituye una victoria de lo que uno desea ser por sobre lo que desde muchos lugares se le ha dicho que debería ser.
Mas cuando llega la noche con sus propios consejos,
con sus compromisos, y con sus promesas;
mas cuando llega la noche con su propia fuerza
del cuerpo que necesita y pide, hacia el mismo
placer fatal, perdido, va de nuevo.
Creo que en eso la moral del tango es muchas veces impecable. No importa rogar, volver con el que ha sido durante mucho tiempo la fuente de tus miserias, soportar el dolor. Lo que importa es la realización plena del deseo amoroso en las condiciones que sea, con la perspectiva de que en ella reside la felicidad. Hay un tango de Luis Bayón que he oído cantado por Libertad Lamarque (de la cual mi abuelo murió creyendo que había sido novia de Gardel, pero qué más da un engaño más o uno menos en una vida) que resume bastante bien la idea de felicidad "sin dignidad" de la que hablo. Se llama "Volvé":
Desde que te fuisteLo otro es que si, como dice el Talmud, un minuto de vida aún es vida, quizá un minuto de recaida -o de resurrección, según el punto de vista que quiero defender acá- entrañe la posibilidad de seguir siendo uno al margen de esa moral que a golpe de negación del deseo es una de las más aplastantes formas de exterminio de lo que somos.
del cotorro ando tan triste, si supieras
que no tengo para nada voluntad
todo lo veo empañado
de tanto como he llorado.
Ya no hay en mi pecho
para el daño que me has hecho, te lo juro
ni un chiquito de rencor... ten caridad.
Cada vez te quiero más
y yo sin tus caricias
de vivir no soy capaz.
Si en la realización del deseo amoroso reside la felicidad (o al menos parte importante de ella) y no queremos vivir un amor británico del siglo XIX de esos en los que no había siquiera desnudez completa, de poco sirven la contención y los propósitos de no hacer lo que sentimos que debemos hacer, con tal de salvaguardar las formas. En estos tiempos, en los que por la razón o por la fuerza nos hemos emancipado parcialmente de tantos remilgos y tanta buena letra inutil, bien vale dar otra vuelta de tuerca en ese terreno.
Claro, el que evita los buenos propósitos y busca la felicidad más allá de la dignidad de la República Conservadora no tiene el éxito asegurado, pero probando es que se sabe. Así, uno puede sacarse de encima la pregunta inevitable de "¿Qué habría pasado si...?".
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