Ayer, mientras hablaba con un amigo, llegamos a la pregunta sobre si las maneras nuevas, inesperadas, en las que nos preocupan asuntos con los que antes nos relacionábamos livianamente, tendrán que ver con el modo en el que nos han cambiado los años.¿Cómo saberlo? Como dice Marguerite Yourcenar, se llega virgen a todos los acontecimientos de la vida. El ojo del antropólogo, que comparto con el amigo del que hablo, no puede evitar posarse en los cambios que acusa mi cuerpo. Es como si de no sé qué momento en adelante la experiencia de las relaciones con el otro, con el mundo (no la experiencia como record, sino la experiencia como sensación concreta de las cosas que pasan en un determinado momento de mi existencia) hubiera comenzado a fundirse irreversiblemente con la experiencia de mi cuerpo.
Inútil indagar por el punto preciso de inflexión. Recuerdo hitos, capítulos, de esa relación, pero no tengo conciencia del proceso de cambio. La adolescencia en la que el cuerpo y la cabeza estaban tan claramente escindidos como para que las pasiones me resultaran intelectuales o coporales a secas. La entrada a la etnografía, en la que mi cuerpo de antropólogo del submundo constituía a la vez mi principal vínculo con el campo y los sujetos, y uno de mis focos centrales de observación. La muerte de mi abuela mientras estaba en Buenos Aires, un mes después de haberla visto sin saber que era la última vez, con mi decisión de no asistir al funeral y las noches incontables en las que me despertaba el sonido de mi propio llanto, o los días en los que me descubría tomando el teléfono para llamarla sin apenas recordar, durante fracciones de segundo, que había muerto. La ruptura con Diego y los espasmos eméticos que me produjeron nuestras dos o tres discusiones definitivas. En las tardes o noches en las que salía solo al cine en Buenos Aires descubrí la liviandad corporal que me provocan las películas bellas... una sensación como de quien sale levitando de la sala.
Algo sobre lo que he venido volando en círculos últimamente es la asociación de hierro entre la experiencia amorosa y el olfato, o dicho más precisamente, entre la embriaguez amorosa y la embriaguez olfativa. Podría asegurar que es reciente, aunque con la cabeza nunca se sabe. Sin embargo, más allá de esa duda intelectual, mi propia carne dice que nunca antes estuvo.
Los antiguos relacionaban estrechamente las pasiones con la experiencia del cuerpo. Las llamaban afecciones, inclinaciones hacia algo o alguien que se expresaban en el cuerpo de uno. De eso sólo nos quedó la versión pálida: "afección" como "enfermedad", y lo más parecido a esa idea de la afección como pasión quedó en el afecto, ese amor incompleto, mediocre, que se suele depositar en personas que ocupan el triste lugar de aquellos a quienes no desconocemos pero tampoco amamos.
La cita que abre la entrada es de Hegel. Quizá el estupor que nos produce descubrirnos ajenos a nosotros mismos al relacionarnos con los otros y con el mundo de maneras inesperadas no es más que la sorpresa a la que se enfrenta la parte de nosotros que queda de quienes hemos dejado de ser. Quizá el que se resiste en nuestro interior ante lo inapelable de los cambios de tercio que sobrevienen con las partidas de personas, o con nuestra partida de los lugares que hemos hecho nuestros, no es más que el sujeto que hemos dejado irremediablemente de ser, y que sin embargo se resiste a perecer.
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