Anoche, en una fiesta inesperada, escuché una versión flamenca de Nostalgias, el tango de Cadicamo, cantada por Estrella Morente.
Fue una situación de esas en las que parece concentrarse la vida con sus idas y venidas en unos pocos minutos. La anfitriona, una mujer encantadora, hablaba de cómo llega a veces un momento en el que uno se mira en el espejo, mira hacia atrás, y se da cuenta de cuál es la materia de la que está hecha la vida, y nota que buena o mala, ha ido tejiendo la suya como una tela, entrelazando momentos aparentemente ordinarios, viviendo con gente que lo marca definitivamente sin que uno lo sepa en el momento. Nota, de repente, que lo que le concede carne y aliento a su existencia no son los grandes momentos, que son pocos, sino la belleza de vivir "los trabajos y los días" con la gente que va encontrando.
Mientras eso sucedía, y la escuchaba con la perplejidad del que descubre toda la verdad en un minuto, sonó la canción de Estrella Morente. Unos segundos después se produjo un silencio provocado por el abatimiento que de un momento a otro cayó sobre la mujer que hablaba. Fue un silencio repentino, y sin embargo fluyó con la canción como si se tratase de una escena cuidadosamente ensayada. No sé bien qué sucedió en la fiesta durante los minutos posteriores, porque de ahí en más sólo estaban la música y la constatación de que, como había dicho nuestra anfitriona, si uno hace un alto y voltea a mirar no puede evitar la certeza de que la gente que ha amado, los momentos y las relaciones que lo han determinado, han transcurrido por el carril de lo cotidiano y generalmente imperceptible.
Horas conversando con amigos en el jardín botánico de la Universidad del Tolima mientras fumábamos un porro, almuerzos a la sombra durante las campañas de excavación arqueológica, con mis compañeros admirados de que se me ocurriera almorzar con tomates y pepinos y no con arroz y carne; las tardes de invierno con Ferrán en "Varela Varelita" el café a la vuelta de su casa, las conversaciones con los colegas en la oficina en Ibagué, los veranos en la casa de los Soler en Villagesell con Heidi, Bárbara, Cris, Raúl, Enrique, Celina, Sofía, Manu; las películas con Heidi, el sol pegándome en el rostro mientras miraba el Río de la Plata desde la cubierta de un barco, el placer de viajar solo, las noches en La Academia con María José tomando Legui, mi primer viaje de backpacker con Bárbara y Raúl a la Patagonia, el Legui y los churros de la Giralda con Marcelo, unas vacaciones de invierno con Jan entre Montevideo y Mar de Ajó, las veladas con Gonzalo en Boedo o en "Botánico Sur" donde Santi, las conversaciones con don Manuel y Adelina cuando eran mis suegros sobre su infancia en Galicia y la inmigración a Argentina, los asados con Galvani, la tarde que descubrí la confitería Las Violetas, una tarde de verano con Maru tomando granadina en su entonces nuevo departamento, la nevada de Buenos Aires caminando con José por Boedo-Caballito, sacando la lengua para que aterrizaran en ella los copos que sentía en mi piel por primera vez; una conversación con Sharon y dos amigos suyos en el lobby de un hotel en Jerusalén, las caminatas con Gus por el laberinto de las estaciones de Subte, los paseos por el bazar con Medina, que es peor negociante que yo y aprovechaba los buenos precios que producían mis protestas de sudaca indignado con las cifras que pedían los árabes; el otoño tomando cerveza con Martín a la sombra de La Inmobiliaria, Diego, exquisitamente parecido al loco apocalíptico de 12 Monkeys, nuestras siestas bajo el calor infernal que sin embargo no era suficiente para romper nuestro abrazo, su olor pegado a mi cuerpo, embriagándome...
En medio de esa avalancha de imágenes, la sensación de que con la belleza que fluye por los intersticios que a la larga componen la vida sucede como con las canciones que pasan de un género a otro. Cambia el contexto, el estilo, la voz, y sin embargo se mantiene una belleza difusa que no sé bien de dónde viene, pero trasciende la formalidad de la letra con su métrica.
Por otro lado la canción en sí misma en la voz de Estrella Morente, y lo que dice Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso acerca de que cuando uno experimenta la sensación de que la realidad que quiere retener se desvanece ante sus ojos anda como desollado, y se identifica con casi cualquier cosa que el mundo le ponga en el camino.
10/10/10
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1 comment:
Hace rato que no me gustaba tanto un post.
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