Mi viaje fue como aquellos de los que hablamos los "occidentales" y los "orientales" desde el Éxodo, la Odisea, las Mil y una noches, la Ítaca de Kavafis: entre los paisajes nuevos que encontraba a mi paso por una tierra hasta entonces desconocida, me topé sin esperarlo con fuerzas que me cambiaron del todo. Tuve que prepararlo a último momento, casi sobre la fecha, y debido a eso viajé en tren durante unas 14 horas entre Frankfurt y Malmö, y en esas regiones apartadas e idealizadas del planeta encontré dos cosas. Por un lado la mirada de Doris Salcedo sobre su obra, el mundo, sobre la responsabilidad que nos cabe con los que han sido antes de nosotros, al lado de nosotros, y que por diversas razones han sido vencidos, casi borrados. Por otro la historia de otros que no fueron vencidos, y casi han sido borrados también: las masas danesas que valiente, decidida, testarudamente resistieron con todos los métodos posibles la dictadura nazi, y en varios aspectos la derrotaron.
La conferencia de Doris Salcedo, la contemplación de su cuerpo, su rostro de mujer pequeña como tantas del interior de Colombia, y aguerrida como tantas de todo el país y de otros lugares del mundo donde la brutalidad ha sembrado miserias, me hizo enfrentar con decisión, con menos cobardía de la que me caracteriza, mi impulso íntimo de no fingir que soy un científico con intenciones de objetividad. Me resulta difícil expresar ahora en un blog, con los limitados recursos del lenguaje escrito y en el mucho más limitado registro de quien escribe sabiendo que será leído, cómo entiendo que fue ese quiebre que me produjo el encuentro con esa mujer y con el manifiesto que es ella misma. El asunto es que, laberintos de la intransferibilidad de la experiencia aparte, ese encuentro instaló un impulso que me resulta difícil de comprender del todo pero me ayudó como por ensalmo a pegar un salto separando la paja del trigo en lo que a mi investigación sobre la memoria de la masacre en Colombia y a mi propia condición de colombiano judaizante de izquierda respecta.
En esa conferencia escuché algo que luego he encontrado de contenido en varios autores a las que ella hizo referencia (Benjami, Derrida, Lévinas, Celan), pero que creo que era una cita que aún no logro hallar:
No somos responsables por el futuro, somos responsables por el pasado. Debemos hacernos responsables por los ausentes.
Allí encontré formulado algo que ha constituido un fundamento de mi vida desde hace varios años, y que supongo me viene por la mezcla de nostalgia por la vida con mis abuelos, formación católica, trotskismo y -valga la redundancia- materialismo histórico, que ha formado el tipo de sujeto que soy. En esa instancia solemne constituida por la conferencia de una artista que admiro profundamente en el espacio consagrado de un museo, encontré una legitimación intelectual para esa pulsión que ha caracterizado tantas cosas que he hecho desde hace años: militar en el trotskismo, que es en sí mismo militar contra el olvido y la falsificación de lo bello y lo miserable que ha sucedido; militar por la preservación y difusión de la memoria del Holocausto; estudiar arqueología; tomar fotografías; juntar cartas, fotos familiares, libros antiguos, recuerdos propios o ajenos...
Hace tiempo me siento responsable por el pasado, no en el sentido circular del que vive re-viviendo, sino en el que le impone a esa responsabilidad la certeza de que solamente haciéndose cargo del pasado es posible vivir coherentemente con el presente, advertir los rumbos que puede tomar e intervenir en caso de que sea posible para honrar las obligaciones que nos impone esa "flaca fuerza mesiánica" que, como dice Walter Benjamin en la segunda de sus tesis sobre la Historia, le ha sido dada a cada una de las generaciones de la humanidad. Entonces, pensándolo como quizá lo haría si continuara con mis visitas periódicas al diván de un octavo piso en la calle San José de Buenos Aires, ese encuentro constituyó una suerte de redención, de legitimación de la pulsión por la intervención de una autoridad de carne y hueso a cuya espalda se pararon como espectros -¿como ángeles?- varios de nuestros sabios como Benjamin, Lévinas, Celan y Derrida.
El descubrimiento de la historia de la resistencia de las masas danesas contra los nazis vino después, mientras pasaba un día en Copenhagen a la espera de mi tren de regreso a Frankfurt. En el norte de la ciudad, más allá del palacio de la monarquía, se encuentra un museo de entrada gratuita donde se cuenta la historia y se le rinde tributo a los luchadores daneses, muchos de ellos formados militarmente en las brigadas internacionales que combatieron del lado de la República en la guerra civil española. La sensación que me provocó ese descubrimiento también me resulta difícil de describir, pero toscamente puedo decir que fue algo así como encontrar de repente que hubo algo de reparación de la catástrofe cuando ésta estaba siendo implementada. Mientras los nazis avanzaban victoriosos por toda Europa, y confinaban y exterminaban a millones, los daneses hicieron infinidad de cosas de las que solamente cito acá dos:
En diversas operaciones planeadas o espontáneas, a veces en colaboración con los suecos, sacaron en barcos de remo hacia Suecia o escondieron a la casi totalidad de los judíos de Dinamarca, de modo que la noche de la deportación, el 1 de octubre de 1943, los nazis solamente encontraron a 284 de los 8.000 judíos que había en el país.
En junio de 1944 las masas de Copenhagen hicieron una huelga general contra los nazis rechazando las medidas de control aplicadas a la población con toques de queda, registros en la calle y el largo etcétera que se puede suponer. La ciudad fue sitiada durante un mes, hubo poco más de una veintena de asesinatos de daneses, pero un mes después los nazis tuvieron que darse por rendidos y levantar las medidas. La resistencia de masas triunfó.
En varios sentidos esa brevísima vuelta por Escandinavia, hecha mientras vivo en Alemania, el país de los olvidos, confirmó mi confianza en nuestra "flaca fuerza mesiánica", y mi compromiso con el pasado, que como bien dicen los judíos, es lo que tenemos frente a nosotros. Al pasado lo vemos, en cambio el futuro está a nuestra espalda, y no sabemos qué vendrá, pero por lo que ha sido el pasado, por lo que somos, nos corresponde la obligación de hacer lo que esté a nuestro alcance por restaurar el maltrecho mundo. Enfrentados al recuerdo perecedero de aquellos de los nuestros que nos precedieron triunfantes o derrotados, tenemos la obligación de continuar la lucha -combinando todos los métodos posibles, como dijo Lenin- y encarar la que quizá sea la más general de las mitzvot:* Tikkun Olam.
Sé que lo que sigue es como volver a cerrar una entrada que por su propia dinámica está completa, pero confío en que la fuerza y belleza de lo que viene sea suficiente para redimir el aparentemente inecesario epílogo. Se trata de un fragmento de la novena tesis de la historia de Benjamin, que conocí a través de Doris Salcedo, y de una foto que tomé una tarde pocos minutos antes de una tormenta en Buenos Aires:
*Mitzvot: plural de "Mitzvá" (obligación de acuerdo a la ley y a la tradición judáica). Tikkun Olam significa literalmente "reparar el mundo", que de acuerdo a ciertas interpretaciones es el propósito general de las numerosas mitzvot prescritas por la ley judáica.
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