Todo cuanto hay de bello en el mundo, como el amor, la poesía y la saudade, es producto del irrefrenable impulso de la naturaleza humana por encontrarle sentido a nuestra existencia y la del universo, porque ciertamente aquello que carece de sentido (aunque sea implícito, inconsciente), no puede ser bello. Prueba de ello es una de las cosas más antipoéticas y al mismo tiempo más reales que he visto: diagonal a la casa en la que murió Franz Schubert, en el número 6 de la Kettenbrückengasse de Viena, queda el "Cafe Sling", un sexclub masculino sucio y estrecho atendido por una loca antipatiquísima.
Por esa característica de la belleza como una condición que huye del sinsentido como huíriamos nosotros de la peste, es que la muerte no puede ser más que un acontecimiento horrible. Y además de horrible, a veces absurdo, como en el caso de Schubert. El 19 de noviembre de 1828 murió en esa casa diagonal a la cual más de un siglo después se instalaría el "Cafe Sling". Tenía 31 años y se acababa de recuperar de una enfermedad de transmisión sexual. El tifus privó a la humanidad del autor de muchas de las más bellas obras para piano que existen.
8/20/13
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