Hace siglos en Buenos Aires. Nos estábamos "conociendo": en sentido personal lentamente, y en sentido bíblico prolongada y repetidamente cada vez que se podía. Y sucedía que cuando yo decía "¿Querés un mate?", o "Me estoy muriendo de hambre, ¿Pedimos algo?", su respuesta invariable era "Sí, quiero". Lo decía suave, pausadamente, mirándome fijamente a los ojos y esbozando una sonrisa que me parecía simpática, pero nada más. Luego, cuando ya era muy tarde, descubrí en el preciso momento en el que, fuera de sí, hablando a velocidades supersónicas, con los ojos abiertos como platos, me hacía el inventario de las cosas que había leído, de las fotos que había visto en mi computador aprovechando mi ausencia... digo, en ese momento, cuando ya era tardísimo para desmontarme fácilmente, como quien no quiere la cosa, me percaté de que ese "Sí, quiero", que recién entonces descubrí sacado de las ceremonias matrimoniales, me anunciaba tempranamente que me había metido con un cocinero de conejos, con el alma gemela de Alex Forrest, ese personaje que interpretó Glenn Close en "Atracción fatal".
Bien lo decía mi abuela cuando hacía alguna autocrítica: el indio piensa tres días después de muerto.
10/27/15
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