10/30/07

los huevos de Fabergé

Buenos Aires es una ciudad encantadora, pero como las sirenas, además de encanto suele producir vértigo. Tiene las ventajas y desventajas de las megalópolis: se puede hacer prácticamente cualquier cosa para divertirse sin gastar un centavo o derrochando ilimitadamente (de eso solo conozco la teoría, y supongo que así será hasta el fin de mis días), se disfruta del tipo de anonimato que sólo proporciona la multitud, y las opciones para gente que -como yo- disfruta la soledad, son virtualmente ilimitadas. Al mismo tiempo, tanto anonimato, tanta gente y tanta soledad pueden resultar pesados bajo determinadas condiciones o para ciertos tipos de gente.
Después del asalto anduve medio paranoico y sensibilizado, comportando el típico efecto
post-trauma de los que han sido robados. Tenía ese estado del alma en el que uno se pone propenso a los trascendentalismos. Hice cuentas con los dedos de la mano y me di cuenta que de mis viejos* amigos no quedan sino dos en el país, pero nos vemos poco. Creo que la soledad cuasi-obligatoria, el desierto relacional, es uno de los efectos adversos más aburridos de las grandes ciudades. No es que no se pueda conocer gente simpática, pero construir relaciones amistosas -ni qué decir amorosas- es mucho más difícil que en lugares más chicos.
En una gran ciudad hay poco tiempo, y el
sálvese-quien-pueda suele estar a la orden del día. Además, en esta ciudad de psicoanalistas la consigna "tenés que serle fiel a tu deseo" tiene un nivel de apropiación que no debió tener la de "Paz, pan y tierra" en la Rusia de 1916. En buen porteño "serle fiel al deseo" usually means "hacer lo que te da la gana, y los demás que se jodan". Por una de esas extrañas coincidencias que a veces se dan, dos de los tres amigos (locales) que encontré durante el fin de semana tenían esas cosas dándoles vueltas en la cabeza por estos días.
Ahora bien, otra cosa que también es cierta es que en Buenos Aires hay gente excepcionalmente valiosa. Aunque escasas, son personas con las que uno puede construir vínculos de acero cuando tiene la suerte de encontrarlas. Conozco algunos de esos argentinos invaluables, y piano piano vamos avanzando. Las relaciones amistosas o amorosas bien podrían ser comparadas con los huevos de Fabergé. Son obras exquisitas cuya composición toma largo tiempo, suponen la incorporación de materiales diversos y preciosos, y suele pasar que cuando una de ellas se asume refundida, re-aparece exorbitantemente revaluada. Sólo en una cosa se diferencian de esos objetos: lo que las pone a prueba no es su belleza y la admiración que provocan sino su resistencia a los golpes. De eso sabemos bien Jan y yo. También nuestros allegados, quienes soportan estoicamente idas y vueltas al rededor de lo mismo.


*Entiéndase por viejo "con tres o más años de relación", que es más o menos el tiempo que llevo en la Argentina.

3 comments:

pleinderien said...

..si va lontano.

Marxe said...

Sigitus...
¿Es nuevo el blog o te lo tenías escondido?
Lamento lo del robo. (¿por qué no llamaste, peluche? Bienvenido al club. Yo no sacaría una notebook ni a la esquina de mi casa, con lo cual deja de tener sentido tener una ¿no? Ciudades...

Lindo texto. Andás muy desaparecido (¿siguiendo tu deseo? :P ) ni una respuesta che!

Por cierto: el cafe una delicia, cero acidez.

...

Marxe said...

Naaa qué decís? por qué te borraría del MSN? si justo pensaba qué raro que no te veo conectado. Me conecto menos, eso sí pero no te borré salamín.

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