I travelled all around the world
And knew more than the other girls
Of foreign languages and schools
Paris, Rome and Istanbul
But those things never worked for me
Te town was much too small you see
And people have a way of being
Even smaller yet
But all the same though life is hard
And no one promised me a garden
Of roses, so I did okay
I took what I could get
And did the things I might do
For those less fortunate
And often have I wondered
How the years and I survived
I had a mother who sang to me
An honest lullaby*
Las cosas con Joan Baez son difíciles porque por el tipo de vida política que hizo me resulta admirable, y porque tuvo una época cuando era joven en la que lucía de una manera que me recuerda el aspecto de mi madre cuando yo tenía unos 4 años y mi hermano era todavía un bebé (alerta psicoanalizados: no hay nada en las vidas políticas que hicieron Joan Baez y mi madre que permita alguna asociación edípica, así que no vale la pena que se desgasten en especulaciones pseudofreudianas). Sin embargo ese derrumbe repentino no tuvo que ver principalmente con Joan Baez, sino que fue el efecto de muchas cosas que me vienen pasando hace meses.
Me he re-encontrado en Europa con amigos que adoro, con quienes he vivido muchas de las cosas más importantes de mi vida, y con los cuales hemos recorrido juntos algunas partes de este continente que ahora habito, casi con la total certeza de que no volveremos a vivir en la misma ciudad. He descubierto personas que han crecido y se han hecho viejas en extremos del mundo opuestos al mio, y sin embargo recorriendo nuestras historias nos hemos dado cuenta de que hemos hecho y pensado cosas tan similares como no habríamos podido imaginarlo. Esas constataciones y recuentos me han llevado a repasar durante semanas mi vida, y a notar no solamente que tengo más de dos décadas y media de recuerdos encima, sino que el tiempo pasa tan rápido y hay tanta gente amada que va quedando en el pasado muerta, perdida, transformada en personas que uno ya no puede amar, que es inevitable llegar al lugar común sintetizado por el refrán castellano de "vivir es morir un poco". No he podido, a la larga, evitar la constatación visceral de algo que es una verdad de perogrullo, pero se siente muy distinto con la cabeza que con el cuerpo: que la vida se escapa a cada segundo, que envejecemos aceleradamente y nuestra desposesión del don de la ubicuidad imposibilita que estemos todo el tiempo que quisiéramos con la gente que amamos de distintas maneras, y que habita en casi cualquier extremo del mundo. ¿Qué hacer en esa circunstancia? No hay nada que hacer, y se impone la única manera que conozco de aliviar el peso insoportable de las distancias y la impotencia: rendirse ante ellas por un momento y llorar, sentarse en el piso, ahogar el llanto contra las piernas a las que abrazo como lo haría con tantos seres amados y ahora muertos, lejanos o irreconocibles, y después de un rato levantarse, respirar aliviado, secarse el rostro y seguir con la vida.
Seguir con la vida haciéndome cargo de mi obsesión por recordar, y aprovechar cada minuto que esté a la mano para disfrutar del enorme placer de ver, leer, escuchar a la gente que quiero por distintas razones. Seguir construyendo una vida con aquellos con quienes nos pertenecemos, aunque sea por el brevísimo tiempo que le tengan destinado a nuestra vida común la no-adaptación a esta sociedad repugnante o la llegada de la fea muerte.
* Viajé al rededor del mundo / y conocí mas que otros chicos / de lenguas extranjeras y escuelas / París, Roma y Estambul / pero esas cosas nunca funcionaron para mi. / Ya ves, el pueblo era demasiado pequeño / y la gente tiene un modo de ser / todavía más pequeño. / Pero al fin y al cabo aunque la vida es dura / y nadie me prometió un jardín / de rosas, hice las cosas bien. / Tomé lo que pude tomar / e hice las cosas que debía / por los menos afortunados. --- Y con frecuencia me he preguntado / cómo sobrevivimos los años y yo. / [Fue porque] tuve una madre que me cantó / una canción de cuna honesta.
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