8/25/14

Lo que va del despecho al golpe de amor efímero

La historia comienza en Latinoamérica, continente primero del boom romántico en la literatura y los tangos, y luego de las telenovelas. Allí en 1936 Ángel Cabral y Enrique Dizeo componen la música y letra de un bellísimo vals peruano titulado "Que nadie sepa mi sufrir", en el que una persona abandonada llora su despecho y reprocha mientras intenta que los vecinos no se enteren de su dolor.


Luego, la canción da vueltas por el mundo como botella lanzada al mar hasta que cae en las manos de Michel Rovgauche, un francés que compone una nueva letra que es lanzada en 1957 por Edith Piaf bajo el título de "La foule" ("La multitud"). En ella una mujer que asiste a una fiesta de pueblo es empujada por el gentío a los brazos de un hombre desconocido y vive un rapto de amor que dura un soplo, porque la misma multitud se vuelve a mover y le arrebata de los brazos el hombre que ella misma le había dado.


El paso de una letra a otra, o la transformación de una canción en la otra, no son accidentales. Hablan de dos modos muy distintos de ver el amor a lado y lado del océano que separa el continente de los tangos y las telenovelas del país de Madame Bovary. Y entre una versión y otra la humanidad ganó dos de las más bonitas canciones de amor que yo haya escuchado.

(Esta entrada fue inspirada por la publicación de un video de Soledad Pastorutti cantando "Que nadie sepa mi sufrir", hecha mi mi amigo Manu Jiemenez en Facebook el 25 de agosto de 2014.)

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