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8/26/18

Soy un pobre venadito que habitó en la serranía...

Si tuviera que resumir la vida que he vivido junto a mi mamá en unos pocos temas hablaría de disciplina, trabajo, solidaridad, viajes, vida social y sobretodo conversaciones, muchas conversaciones en las que quizás como herencia de mi abuela, ella también nos ha educado, nos ha preparado para la vida contándonos sus aventuras, triunfos, desengaños, chascos y errores. Y tanto en esa vida social como en esas aventuras, probablemente desde que tengo memoria, siempre ha estado Dora Muñoz Guerrero, su prima, amiga y hermana de crianza.

"Cuando estábamos chinches y vivíamos en San Miguel estudiábamos en El Recuerdo, y andábamos juntas para arriba y para abajo. Nos llamaban Las Mirlas porque teníamos la piernas flacas, y andábamos por los caminos, corriendo y cantando rancheras, o nos cogíamos a piedra con los chinos... Una vez cogimos a la tolvona de la Jesús Helena, la prima de su papá, y le dimos su garrotera porque como era más grande era toda antipática y nos quitaba una pelota de jugar basquetbol que habíamos comprado con lo de una rifa."

Hace apenas un par de meses, mientras caminábamos por las montañas del sur de Francia después de haber visitado una cueva donde supuestamente moró María Magdalena, y haber hecho un largo trayecto bajo la lluvia por un camino empinado que atravesaba un bosque, encontramos a la vera del camino las huellas de un venado y mi madre recordó divertida:

"Había una ranchera cantábamos en los cafetales, que decía... Espere a ver cómo era... 'Soy un pobre venadito que habitó en la serranía'... La otra vez le pregunté a Dora a ver si se acordaba y a esa se le había olvidado..."

Y así ha sido toda nuestra vida. Ha sido hasta hoy una vida con Dora, con ella en las memorias de infancia de mi madre, en su presente y el nuestro... Por eso, aunque éramos pequeños, vivimos en simultánea la separación de mi madre y la de ella, porque para mi madre, por razones que para nosotros siempre han sido obvias, su vida y la de Dora han sido más o menos la misma... Y en las separaciones, como en otras cosas anteriores y posteriores, sus vidas corrieron paralelas hasta el día de ayer... No ha sido solo que dos de sus hijos y nosotros dos tenemos edades parecidas, o que las dos se separaron de maridos mediocres y vulgares después de largos trasegares, o que en nuestra casa también vivimos a nuestra manera la preocupación que se vivió en la suya cuando le diagnosticaron cáncer de mama poco después de los cuarenta años, y la alegría y el alivio que nos sobrevinieron a todos cuando lo superó y pudo seguir viviendo. Es también que ambas arrancaron sus vidas de nuevo cuando se liberaron de sus respectivos exmaridos, y trabajaron juntas de la madrugada a la noche en la pequeña cafetería que había abierto Dora en un barrio obrero del sur de Bogotá, a donde mi mamá llegó intentando salir de una crisis económica y personal a mediados de la década de 1990, y donde vivió con ella una época de crecimiento personal que fue distinta de los años en los que corrían cantando rancheras por los caminos de Arbeláez, pero que probablemente fue igualmente determinamte y hermosa.

Por todas esas razones Dora siempre ha estado entre nosotros, en las conversaciones sobre cómo se encuentran las personas que queremos, sobre quiénes fuimos alguna vez y quiénes somos ahora. Así, hace un par de meses, me contó mi mamá que ella había regresado a Arbeláez y estaba feliz, ocupándose de sus nietos, y hace un par de días me volvió a contar que estaba hospitalizada con una gripe pero que afortunadamente los resultados de una biopsia reciente habían permitido descartar la reaparición del cáncer. Y hoy, al encender el celular después del shabat, encontré un mensaje de mi madre contándome que Dora murió repentinamente a las 6:30 de ayer, pocos días después de haber cumplido 64 años. Con ella el mundo perdió una mujer luchadora, solidaria, justa, resistente a la adversidad y la traición, alegre y vital... La muerte la encontró hermosa, como lo muestran sus fotos de Facebook, liberada del cáncer, feliz de poder disfrutar el buen clima de Arbeláez y de la vida con sus hijos y nietos. Y la encontró temprano y a mansalva. Por eso hoy después de leer el mensaje de mi madre pasé un rato sentado en la cama cogiéndome la cabeza y diciéndome a mi mismo que no lo podía creer. 

Con Dora murió también una parte de lo que es mi madre, y yo mismo perdí algo de la materia de la que estoy hecho. Su existencia fue desde la más temprana infancia una fuente de felicidad y apoyo para mi mamá, y su memoria será una bendición para todos nosotros. Ojalá su nombre sea inscrito para siempre en el Libro de los Justos.

8/26/17

And there was poetry

One of the most profound cultural experiences a life can entail happens when somebody starts discovering  the intimate poetry of a language new to them, and achieve that certain point in which they are at the same time illuminated and poetically drunk.

This is a translation of a beautiful song by Zohar Argov, corrected (probably poorly) by me. Argov was a singer of Yemenite origin who died prematurely in 1987, but before that he opened the doors of the Israeli middle class to Mizrahi music, the music of the millions of non-European Jews who arrived in the country from all around the Arab world, escaping from popular and state-sponsored antisemitism since the decade of 1930. The translation, as always, offers only a pale idea of the inner beauty of the poem, originally composed in a language that is deep, plastic and plenty of powerful metaphors.

Tales are weaved in the nights,
birds are already sleeping and dreaming.
The night is quiet and dark,
the stars ask from above:

What happens, girl?
What happens, little one?
What are you dreaming about?
I dream too.

We will tell stories during the nights,
I will caress your hair with my both hands,
you are my home, you are mine, I will not forget you.
I have a little mother and I have you.

Tales are weaved during the nights,
the owl still breaks the silence,
The night is quiet and dark,
the stars ask from above:
What happens, girl?...











9/26/16

Intuition

You listen an unknown melody that somehow seems to be related to Jewish history, and immediately after that you learn that it is the "II. Andante" from the Jakob Ludwig Felix Mendelssohn Bartholdy's Clarinet Sonata in E-Flat major.

8/29/16

Tu eres la tristeza de mis ojos, que lloran en silencio por tu amor...

Durante décadas las masas de gran parte de Latinoamérica se han enamorado y despechado con los versos de Juan Gabriel. Los sectores populares con orgullo, la clase media a media voz o hasta en secreto, y donde hay ricos que salieron de pobres, a los gritos.
Justamente ayer, mientras regresábamos de una vuelta de esas de tarde de domingo, hablaba con Jan de las letras fantásticas de Juan Gabriel y de la admiración que me produce el hecho de que se haya hecho un espacio como poeta, como cantante y sobretodo como loca en una sociedad tan homófoba como la mexicana primero, y como la latinoamericana después. Y entre un comentario y otro yo cantaba "Querida" a grito pelado y con mil mariconerías como corresponde, dichoso de la vida y seguro de que había Juan Gabriel para rato. Apenas unas horas después supe que me había equivocado.
Para mí Juan Gabriel no ocupa el lugar del inspirador de amores y despechos, sino el del héroe cultural. Pero ocupa también otro quizá más importante. Y es que cada vez que algún amigo atrapado en una relación sin salida me cuenta sus desamores intento aconsejarlo recordándole que: "como ya lo dijo el gran filósofo mexicano Juan Gabriel, no cabe duda que es verdad que la costumbre es más fuerte que el amor." Con frecuencia esas palabras nos han sacado a ellos y a mí del drama de la crisis en cuestión, y nos han hecho reír sin cuestionar la verdad inapelable que hay en ellas.
México nos ha dado a los latinoamericanos muchas alegrías, y también muchas ocasiones para estar de duelo.
El día de hoy en muchos lugares de la Latinoamérica extensa que también habita otros continentes las amas de casa, los choferes, las empleadas domésticas, los mariachis, los científicos de todos los géneros, los charros, narcos, albañiles, alcaldes y alcaldesas de pueblo, dueños y dueñas de cantinas, prostitutas y prostitutos, machos y maricones, doncellas y camioneras, y todos los demás que conformamos la legión que conoce y ha cantado alguno de sus versos, con seguridad cantaremos en algún momento:


"Como quisiera que tu vivieras, que tus ojitos jamás se hubieran cerrado nunca y estar mirándolos. Amor eterno e inolvidable..."


https://youtu.be/cOwjgzI25HE?t=2m14s

7/21/16

Falsa conciencia

Hace muchos años, en un lejano país, estábamos en la universidad y usábamos el adjetivo "posmoderno" como arma de destrucción masiva. Por ejemplo:

-Pues, ¿sabe qué? Esa posición suya me parece muy posmoderna. (Haciendo énfasis al pronunciar "muy".)

Por aquellos días Celia Cruz (alma bendita) sacó su canción "La vida es un carnaval", y horrorizados escuchamos en la omnipresente radio los versos que decían:
"Ay, no ha que llorar, que la vida es un carnaval,
es mas bello vivir cantando. Oh, oh, oh,
Ay, no hay que llorar, que la vida es un carnaval
y las penas se van cantando."
"¡Qué canción tan posmoderna!" Fue el veredicto de nos, las masas enardecidas, emitido con toda la náusea que podían albergar nuestras magras barrigas estudiantiles (sabido es que las barrigas casi siempre son cultivadas no en la universidad, sino en la época del ejercicio profesional y el apoltronamiento familiar).
La vida no era para vivir cantando. Era para invertirla en solucionar los problemas no digamos de la universidad, no digamos del país, ¡de la humanidad!... Para solucionarlos discutiendo, sacando preclaras conclusiones a nuestra tierna edad guiados por los libros sapienciales que recogían la sabiduría de tantos genios ya finaditos o todavía vecinos de este mundo: de Hegel a Gramsci (que nunca me gustó), de Walter Benjamin a Néstor García Canclini, de Simona de Beauvoir a Henrietta Moore. Y todos leíamos casi lo mismo, descontados los cánones partidarios que alimentaban nuestros respectivos narcicismos de las pequeñas diferencias, y la mayoría (que al menos en eso no me incluía) se enamoraba y despechaba con los mismos versos de Mario Benedetti y las voces atipladas de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés ("Silvio y Pablo" para los amigos).
Y acorazados por nuestras aquilatadas voluntades de enfrentar toda la podredumbre emanada por la alienante sociedad capitalista, casi todos nosotros vivíamos de cobrar "sueldo de hijo", y comíamos hongos de los que crecen en la mierda de las vacas en Colombia para conectarnos con la naturaleza, y de un modo u otro integrábamos entusiastamente una suerte de organismo neohippie a la colombiana, cuyos principales espacios sagrados eran el jardín botánico de la universidad, un potrero adyacente llamado "La Manga del Burro", y nuestros apartamentos de estudiantes, en parte versiones modernas de las Sodoma y Gomorra bíblicas.
Pero también teníamos otros templos: el restaurante de la universidad, el coliseo o cualquier sitio donde tuvieran lugar largas asambleas estudiantiles con las que soberanamente nos cagábamos en las preocupaciones pequeñoburguesas de los que querían almorzar como cualquier día en lugar de debatir, o enterarse de si salíamos a marchar o no, si comenzaba el paro o no, sin antes haber tenido la decencia de sumarse al ejercicio pleno de la democracia que algún reaccionario habría llamado diletante, pero que nosotros sabíamos viva, dinámica y potente como la voz de la finadita Mercedes Sosa. Claro, en esa época ella todavía tocaba el tambor y no el arpa como lo hace ahora en compañía de Nuestro Padre Celestial, porque se sabe que en la Gloria no hay tambores, que son instrumentos ordinarios, sino arpas pero no llaneras o paraguayas sino de unas más pequeñas que en la literatura llaman "liras" (vaya uno a saber por qué), y que son más finas y espirituales, porque ¿quién ha visto un ángel tocando un arpa paraguaya o llanera?...
Más o menos así éramos nosotros: impetuosos, instruidos, conectados al mismo tiempo con la madre naturaleza y con las necesidades del pueblo, de la clase obrera, de los campesinos. Tendríamos nuestros defectos como cualquiera, pero de lo que jamás se nos podría haber acusado sin provocar nuestra justa indignación era de ser posmodernos.

–¿Posmoderno yo? ¡Respete, compañero!

4/5/16

El desamor cantado por Silvio Rodríguez y Las Hermanitas Calle, o la diferencia entre la desaparición forzada y la pobreza

El amor y el desamor son vividos en el marco de los sistemas de ideas con los cuales quienes los viven se relacionan de manera amplia con el mundo. Eso es lo que explica que Silvio Rodríguez, artista oficial de un régimen estalinista, haya compuesto una canción en la que le desea al objeto de su desamor que éste sufra la desaparición, el fusilamiento o cuando menos el borramiento absoluto de la memoria, conocido como damnatio memoriae desde la antigüedad. En esa época, como también sucedió en el siglo XX, los antecesores egipcios y romanos de los tiranos modernos condenaban al olvido a sus enemigos derrotados, ordenando destruir sus estatuas, borrar sus nombres de monumentos y documentos, y prohibiéndole al pueblo que los nombrara. Así, en una canción clásica de su repertorio Silvio Rodríguez le canta a la "culpable" de su despecho:
Ojalá pase algo que te borre de pronto [nótese la ambigüedad del "algo" que puede hacer que esa persona sea "borrada"].
Una luz cegadora, un disparo de Nievi [el francotirador soviético que se hizo famoso en la batalla de Estalingrado].
[…]
Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.
[…]
Ojalá que tu nombre se le olvide a esta voz.
La desaparición de personas debido a "algo" sucedido de pronto, el fin de su existencia mediante un disparo, la imposibilidad de tocar ciertos temas o personas aunque fuera en canciones, y el hecho de que numerosos nombres se le olvidaron a las voces de la gente, ocurrieron en la realidad en la URSS a partir de 1929. Y ocurrieron también en Cuba, Camboya, China y otros países gobernados por dictaduras estalinistas entre esa época y el presente. En los versos de esa canción dulzona de Silvio Rodríguez resuenan las desapariciones forzadas, los fusilamientos y el borramiento que efectuó Stalin en la memoria documental, pictórica y colectiva de la URSS, cuando la oposición de izquierda aniquilada o exiliada fue incluso literalmente borrada de fotografías y pinturas.

En otro contexto, Jaime Rincón, el compositor de "La Jarretona", un clásico de la música campesina colombiana hecho famoso por Las Hermanitas Calle, no desea que el objeto de su desamor sufra como castigo acciones de terrorismo de Estado estalinista, tal cual lo hace Silvio Rodríguez. El despechado que canta en La Jarretona le desea a la ingrata desgracias más banales:

Pero algún día llegará la recompensa.
Carranchilosa en la calle te he de ver.
Vendiendo paletas o pu'ai mantequiando,
hedionda, piojosa, falsaria y cruel mujer.
A la larga esas dos canciones demuestran, como lo han hecho la política y la historia muchas veces en distintos lugares del planeta, que un progre así sea romántico es más peligroso que el más rencoroso de los borrachos de cantina.

1/17/16

The beauty of German Language

There is a wide extended intelectual cliche about the beauty of languages: "each language is beautiful in its own terms". That is probably true from a theoretical, relativistic perspective. But from my limited, ego-centered point of view, standard German is the most beautiful language I can read or speak (the spectre of comparison is limited, though, considering the thousands of languages that exist on the Earth: my skills are limited to and very unevenly distributed among Spanish, English, Italian, French, Portuguese and Yiddish).
True, German lacks the -conventionally beautiful- melody of standard Italian (that is, of the dialect from the Tuscany that turned to be the official language of Italy) and certain varieties of Spanish and Portuguese. But the German I know has its own melody, and once you get familiar with it you discover its intrinsic beauty, which nevertheless is quite pale compared to the rhythms and accents given to the language by speakers of certain dialects like those from Swabia, Frisia or the Rhineland. It is also a phonetically rich language, plenty of sounds that do not exist in most Latin languages or English (but that I have found in modern Hebrew), that make me enjoy the basic experience of listening to some native speakers, even if they say irrelevant things, because of the softness and lightness whit which they articulate sounds that I will probably never be able to imitate: soft and hard variations of the consonants "r", "b", "t", "g", or the 3 vowels that do not exist in Spanish, Italian and Portuguese: ä, ö and ü.
But what I love the most are not these elements. Is its intrinsic poetry, that makes it possible to write beautiful literature and poetry, but also turns everyday speaking or writing into a landscape of -delicate or stark- unsuspected metaphors that sometimes pass unnoticed to native speakers. You don't say, for instance, that you miss your home(place), but you say that you have "Heimweh". The two particles of that word are "Heim" (home) and "Weh" (pain, but also subjective suffering). You are not "affected" by something, you are "betroffen". That is, something (an illness, the effect of a process) has reached you, it has met you. An the role of metaphor in the construction of nouns is also present in names, like the masculine Thorsten (Thor's stone) and the feminine "Hildegard" (Hilde: battle; Gard: enclosure).
Let us not forget, nevertheless, that in that respect German is nothing but one of the heirs of the old love of ancient Germanic peoples for metaphors. Those peoples are the same who composed and recorded the sagas and other narrations where we can at least foresee from afar the old history of metaphor as cornerstone of language and universal tool to name complex events and feelings among these peoples (Jorge Luis Borges and María Esther Vásquez wrote about it in "Literaturas germánicas medievales").
Art is one of the realms of culture where it is possible to find the richest examples of how that ubiquity of metaphors in German makes it possible to construct elaborate depictions of feelings, natural phenomena (landscapes, meteorological processes) or history. That is what made German romantic poetry so beautiful and complex, and settled a tradition honourably retaken by Rammstein. But Rammstein is much more than its sophisticated revival of romantic poetry. It also articulates several core elements of German culture, like the passion for industrial production, architecture and machines, the deep articulation of discipline, power, domination and sexuality, and the fascination for the hyper-masculinised body that we have inherited from the Nazis. The subject deserves, nevertheless, a specific entry that will come in still undetermined but not so distant future.
The following video shows a choir performing an a-cappella version of "Du hast", that also reveals the specific weight of choral music in Rammstein's oeuvre. It could not be otherwise considering that, as I have just said, the band preciously articulates core elements of German culture. The monumental inheritance of the Benedictine monks, Haendel and several others who where shaped by German culture along centuries despite they usually composed or sang in Latin, could not be left aside.
Bibi Galeano shared the video that inspired this text, and my conversations with Johan Felipe Leal about Rammstein made me revisit its music with the new perspective shaped my current knowledge of German culture.
(This text was written in a single flow and it was published "raw". Please be indulgent if you find errors or pidgin structures.)

11/4/15

La nieve, mi abuelo, la estepa rusa (y Auschwitz)

Cuando era niño muchas veces escuché a mi abuelo Chucho cantando "Sonia", un tango con aire de balada rusa que interpretaron Carlos Gardel y Julio Jaramillo. En mi memoria quedó marcada como una canción triste de amor, que hablaba de estepas cubiertas de nieve habitadas por lobos hambrientos, pero no quedó como un recuerdo triste, sino como parte de esa miríada de momentos de sosiego y felicidad en los que él y mis dos abuelas fueron modelando con sus voces buena parte de mi sensibilidad musical.

Muchos años después terminé viviendo en Alemania, y durante mi primer invierno fui a esquiar a un pueblito de los Alpes, en la frontera con Austria, que se llama Oberstdorf. Íbamos en camino en un tren rural que avanzaba lentamente, yo me había arrunchado en mi silla contra la ventana, y observaba distraído el paisaje de pueblos y pequeñas ciudades industriales de la región del Allgäu, cuando de repente el paisaje se abrió y comenzamos a atravesar un valle amplio, despoblado y cubierto de nieve. En ese momento, en medio de mi distracción, acomodado en el calidez de mi silla de tren, me descubrí cantando el tango que tantas veces le había escuchado a mi abuelo. Cuando reaccioné y quise tomar una foto de ese sitio donde se había producido una hermosa confluencia de aquél que yo era en ese momento y aquél que fui cuando viví años tan felices en la finca de mis abuelos Leal Bernal, conociendo el mundo a través de la radio y aprendiendo sobre la música, el amor y la vida a través de las canciones que mi abuelo cantaba, ya era tarde. Estábamos saliendo del valle que por un momento fugaz fue una estepa rusa, y sólo pude tomar una foto en la que se ven una pequeña parte del valle y dos casitas de la que se usan en esos lugares para guardar herramientas o alimento para los animales. Pero la foto era lo de menos. Como tantas otras veces antes y después de aquél momento maravilloso, la música había derrotado a la muerte y me había devuelto a mi abuelo, quien viajaba conmigo en ese momento en el tren, y me acompañaba con su voz grave cantando:

La inmensa extensión de las estepas
cubierta por la blanca nieve está,
y son de este presidio las murallas
tan altas, que ni el sol se ve alumbrar...


La historia de la canción es otra cosa. Originalmente fue grabada en Viena, al rededor de 1920, con letra de Fritz Löhner-Beda (a veces conocido como Beda) y música de Eugen Partos, de quien fue su "Op. 89" (nótese que en el siguiente video está equivocadamente titulada como una "vieja canción rusa").


Allí la descubrió Carlos Cappenberg, un músico argentino quien de regreso en Buenos Aires la tradujo e hizo los arreglos de la versión que conocemos, y que Gardel grabó en 1925.
Beda, el compositor original, era un judío nacido en 1883 en Bohemia, hoy República Checa pero entonces parte del imperio austrohúngaro. Su familia se mudó a Viena cuando él tenía cinco años y se cambió el apellido de Löwy a Löhner, como parte del intento de asimilación que vivieron muchas familias judías de la época en Europa central. Allí estudió derecho pero luego se hizo famoso como libretista de teatro y compositor, y es de esa época que proviene "Sonja". El 1 de abril de 1938, dos semanas después de la anexión de Austria por la Alemania Nazi, Fritz Löhner, de entonces 55 años, fue detenido junto con otros muchos ciudadanos judíos y deportado en el primer "Prominententransport" ("Transporte de personas importantes) al campo de concentración de Dachau, unos 20 kilómetros al sur de Múnich. Casi seis meses después, el 23 de septiembre, fue deportado nuevamente a Buchenwald,  a pocos kilómetros de Weimar, en la actual Alemania del Este. Allí compuso, a finales de ese año, la Canción de Buchenwald ("das Buchenwaldlied"), una marcha cuya música fue compuesta por Hermann Leopoldi, otro judío vienés. La canción fue adoptada como himno de Buchenwald tras salir ganadora en un concurso organizado por el comandante del campo, al que fue presentada como propia por un prisionero no judío.


Leopoldi sobrevivió porque su esposa logró escapar a Nueva York y rescatarlo de Buchenwald pagando un soborno enorme, y años después dijo que la canción
"complacía intensamente al comandante del campo, que en su estupidez no veía cuán revolucionaria era. Desde ese día tuvimos que cantar la canción mañana, tarde y noche, a [Rödl], el comandante del campo, le gustaba bailar la canción, mientras a un lado la banda tocaba y al otro la gente era azotada. A través de nuestro trabajo la canción llegó a los pueblos vecinos, y desde allí se extendió por la tierra".
El 17 de octubre de 1942 Löhner fue nuevamente deportado, esta vez a Auschwitz, donde fue asignado para trabajar en la planta tecnoquímica de Buna, propiedad de IG Farben –una empresa de Frankfurt cuyas sucesoras son Agfa, Bayer, BASF y Hoechst–, en la que también fue esclavizado Primo Levi. Allí compuso la canción de Buna ("das Buna-Lied"), que al parecer fue musicalizada luego por Anton Geppert, pero cuya melodía desconozco. Löhner fue asesinado a golpes a la edad de 59 años, el 4 de diciembre de 1942, después de que un superior lo condenara a muerte por ser  un "cerdo judío que podría trabajar más rápido" de lo que trabajaba.
Hoy día "Sonja" es recordada en Rusia como una vieja canción popular de ese país, aunque a decir verdad el paso al género "folk" ruso la despojó de la fuerza dramática que le conocemos a la versión original y al tango.

10/19/15

Ya se le cayó el columpio donde ella se columpiaba...

En un ala de mi familia hay una señora muy aseñorada que hoy ya arrima a los 70... La prima segunda aquella es famosa desde pequeña por ser mala y orgullosa, y cuentan que cuando sus padres la mandaron a estudiar para maestra al internado de señoritas, ella se volvió todavía más fina. Cuando iba la madre a visitarla ella la atendía como quien no quiere la cosa, y le decía a las compañeras de internado que esa señora era la sirvienta, y que iba a llevarle los regalos que le mandaban sus padres.
La prima esta, conocida como "Nena" o "Nenita", se casó ya siendo maestra -es decir habiendo ascendido a un nivel de finuras casi celestial–, y con finuras y todo hubo fiesta en la modesta casa campesina de sus padres. Habrá habido un nutrido público entre parientes, vecinos y dignatarios, imagino yo, que no pude asistir porque en esas épocas todavía me encontraba dividido en óvulo y espermatozoide a la espera de un accidente que me hiciera venir al mundo. Y cuenta la historia que arribada la comitiva que había viajado con los novios loma arriba en jeep desde el templo parroquial localizado en el pueblo hasta la casa paterna en la vereda San Miguel, imagino yo que unos gritando "¡Que vivan los novios!" entre curva y curva, y los otros respondiendo "¡Que vivaaan!... digo, y para no divagar, que arribada la comitiva a la casa paterna, los novios se aprestaron a dar inicio solemne al jolgorio deleitando a los asistentes con el baile inaugural.  Correspondiente con la finura principesca de la novia, con sus exquisités casi vienesa, y para honrar una tradición popular ya por entonces arraigada en Colombia, la pieza preparada para tan solemne acto era el "Danubio Azul". Y estando ya Nenita en brazos de su reciente esposo, toda envuelta en tules blancos que disimulaban su gravidez galopante y caían graciosamente como pétalos de azucena a pesar de su contextura algo gruesa, de esa que tienen las damiselas que mi madre suele calificar gentilmente de "tolvonas"... Estando ya los novios listos, él con una mano en la cadera de su doncella y la otra en alto, ella con la mano correspondiente posada sobre la que tenía levantada su amor, y la otra en el hombro que tantas veces la había sentido suspirar... No funcionó, o no apareció - la tradición oral no especifica - el disco o el caset desde donde debía sonar el tal "Danubio Azul".
A falta de más música elegante para honrar la finura de la recién casada, y ante la necesidad perentoria de dar inicio al tan esperado festejo, los novios tuvieron que dar al traste con las horas de ensayos del tan preparado vals, y se entregaron a los mejor conocidos zangoloteos de la siguiente melodía, a mi juicio más simpática que el tal Danubio, aunque carezca de sus elegancias:

Y así, viendo los concurrentes cómo el novio zangoloteaba entre sus brazos a Nenita, toda ella envuelta en tules blancos y recién bajada de su nube de distinción por una pedrada del destino, debieron cantar divertidos el verso de su canción de bodas que dice "ya se le cayó el columpio donde ella se columpiaba...".

3/24/15

No es el tango lo que es triste

–El otro día que pasé por el frente de la casa de Jorge [Vargas] pensé que quedó como la de la canción –dijo mi abuelo, mientras sonaba la música en el radio como todas las tardes cuando volvía de trabajar en el cafetal, de escoger café, cortar pasto, cuidar sus gallos de pelea o su yegua... Y sin decir más siguió como si nada, sentado con los brazos apoyados en la mesa, cantando.

Sonaba la canción. Una de las muchas de Garzón y Collazos, Silvia y Villalba, Daniel Santos, Carlos Gardel, Pepe Aguirre y tantos otros con las que pasaba –pasábamos– las tardes tomando café con leche con arepas, charlando, escuchando las historias de su vida: su juventud de arriero de mulas cargadas de café, recorriendo descalzo los caminos de herradura que descendían de los Andes al puerto de Girardot, en el valle del Magdalena... Los años en el servicio militar en la selva amazónica, recorriendo en lancha y sin saber nadar los ríos Mayo, Orteguaza, sufriendo por el calor, pescando bagres enormes... Los tiempos de policía en Ibagué y su renuncia precipitada por su rechazo a participar en la ejecución de masacres, y el miedo a que ese rechazo le pudiera costar la vida... Los primeros tiempos de casado con mi abuela en el Tolima, desde donde tuvieron que huir a Cundinamarca dejando la casa y los pocos animales que tenían para salvar la vida... Y luego cientos de historias apacibles y divertidas sobre los casi 50 años que para esa época ya habían vivido los dos en paz en la finca donde construyeron una familia y donde yo me crié en parte con ellos, como si fueran mis padres.

Esa tarde mi abuelo habló de lo triste que es ver morir a los amigos, re-encontrar los sitios en los que vivieron y toparse con la soledad y desolación de sus casas. Sonaba "Las Acacias", y él cantaba con su voz grave, con los brazos apoyados en la mesa, con la posición corporal y el gesto inconfundible que le provocaban el encuentro de la música y los pensamientos tristes.



De los últimos años de mi abuelo me quedaron especialmente una profunda admiración por ese hombre modesto que conocí en sus épocas de mansedumbre –había sido un déspota cruel que mantuvo a mi abuela, mi tío, mi papá y mis tías en un régimen de terror y violencia física durante la mayor parte de su vida–, el amor por la música que conocí con él y una abrumadora conciencia de lo dolorosa que resulta la pérdida del vigor físico y de los seres amados a causa de la vejez y la muerte. El abuelo Chucho que conocí fue un hombre sarcástico, que enfrentaba con severidad e ironía lo que después pensé que acertadamente calificaba como un error de quienes nos habían educado a mi hermano, mi primo y a mi como muchachitos cómodos y enemigos del trabajo: para él éramos "la flor de la batatilla", porque esa delicada flor se marchita cuando le da el sol. Fue también un hombre profundamente enamorado de mi abuela, cuya belleza de juventud recordaba emocionado en versos de canciones como ese del tango de Pepe Aguirre que dice "María Isabel, divina mujer, tus caricias y tus besos nunca yo podré olvidar" (lo de ser muñeca de loza con el cuerpo de aserrín no le correspondía).


Y fue también un macho de corazón en la mano, al que en los años que le conocí nunca le vi vergüenza de llorar al recordar a personas amadas y desaparecidas para siempre, de las que hablaba con la mezcla de felicidad y profunda tristeza que imponen ese tipo de nostalgias.

La canción que cantaba ese día del que hoy hablo dice:
Ya no vive nadie en ella y a la orilla del camino silenciosa esta la casa,
se diría que sus puertas se cerraron para siempre.Se cerraron para siempre sus ventanas.
Gime el viento en los aleros, desmorónanse las tapias,
 y en sus piedras cabecean combatidas por el viento, las acacias.
Combatidas por el viento las acacias.
Dolorido, fatigado de este viaje de la vida,
he pasado por las puertas de la estancia,
y una historia me contaron las acacias. 
Todo ha muerto, la alegría y el bullicio.
Los que fueron la alegría y el calor de aquella casa,se marcharon unos muertos y otros vivos que tenían muerta el alma.Se marcharon para siempre de la casa.
Algunos años después de ese día mi abuela murió de manera inesperada. Fue el 26 de agosto de 2005 y mi abuelo la siguió dos meses después preso de eso que en los pueblos llaman "pena moral": no vio el amanecer del día que se cumplía un mes de su muerte, y aunque se recuperó levemente del accidente cerebrovascular que sufrió esa víspera, solo fue un asunto de retrasar la conclusión. Había entrado a su segundo mes de viudez "con un pie en el estribo". Como dice la canción, ya para ese entonces tenía muerta el alma.

Hace unos meses, jugando con Google mientras esperaba la cuenta en un restaurante, encontré sin querer una imagen de la casa de mis abuelos. No encontré allí casi nada de lo que conocía: el jardín siempre florido de mi abuela y los naranjos que la rodeaban había sido cortados de raíz y ahora la casa se levantaba en medio del rastrojo y la desolación, con las paredes que alguna vez fueron azules y verdes pintadas de blanco como las de un sepulcro. Parecía deshabitada. Ese día me acordé de lo que había dicho mi abuelo sobre la casa de su amigo Jorge Vargas el día que sonaban "Las Acacias", y nosotros escuchábamos la canción sentados en el comedor de aquella otra casa, ahora deshabitada y silenciosa.


Aquella noche en el restaurante me puse a llorar ante la mirada atónita de la gente. Me sentí triste y solo, como si la vida hubiera pasado de largo dejándome parado en la mitad del camino, y yo la viera hacerse cada vez más pequeña a medida que se alejaba. Mis abuelos -valga decir en muchos sentidos mis padres-, la casa, el olor de las habitaciones, los cuadros de la sala, el jardín, las naranjas dulces, el altar en la ventana de la cocina, el sol de las mañanas que entraba por la ventana del comedor, se reflejaba en el caldo del desayuno y le daba a uno en la cara, las manos de mamacita, su regazo, las canciones e historias de papacito... todo estaba irremediablemente perdido.

No es el tango lo que es triste. La vida es triste.



8/25/14

Lo que va del despecho al golpe de amor efímero

La historia comienza en Latinoamérica, continente primero del boom romántico en la literatura y los tangos, y luego de las telenovelas. Allí en 1936 Ángel Cabral y Enrique Dizeo componen la música y letra de un bellísimo vals peruano titulado "Que nadie sepa mi sufrir", en el que una persona abandonada llora su despecho y reprocha mientras intenta que los vecinos no se enteren de su dolor.


Luego, la canción da vueltas por el mundo como botella lanzada al mar hasta que cae en las manos de Michel Rovgauche, un francés que compone una nueva letra que es lanzada en 1957 por Edith Piaf bajo el título de "La foule" ("La multitud"). En ella una mujer que asiste a una fiesta de pueblo es empujada por el gentío a los brazos de un hombre desconocido y vive un rapto de amor que dura un soplo, porque la misma multitud se vuelve a mover y le arrebata de los brazos el hombre que ella misma le había dado.


El paso de una letra a otra, o la transformación de una canción en la otra, no son accidentales. Hablan de dos modos muy distintos de ver el amor a lado y lado del océano que separa el continente de los tangos y las telenovelas del país de Madame Bovary. Y entre una versión y otra la humanidad ganó dos de las más bonitas canciones de amor que yo haya escuchado.

(Esta entrada fue inspirada por la publicación de un video de Soledad Pastorutti cantando "Que nadie sepa mi sufrir", hecha mi mi amigo Manu Jiemenez en Facebook el 25 de agosto de 2014.)

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