-Pues, ¿sabe qué? Esa posición suya me parece muy posmoderna. (Haciendo énfasis al pronunciar "muy".)
Por aquellos días Celia Cruz (alma bendita) sacó su canción "La vida es un carnaval", y horrorizados escuchamos en la omnipresente radio los versos que decían:
"Ay, no ha que llorar, que la vida es un carnaval,"¡Qué canción tan posmoderna!" Fue el veredicto de nos, las masas enardecidas, emitido con toda la náusea que podían albergar nuestras magras barrigas estudiantiles (sabido es que las barrigas casi siempre son cultivadas no en la universidad, sino en la época del ejercicio profesional y el apoltronamiento familiar).
es mas bello vivir cantando. Oh, oh, oh,
Ay, no hay que llorar, que la vida es un carnaval
y las penas se van cantando."
La vida no era para vivir cantando. Era para invertirla en solucionar los problemas no digamos de la universidad, no digamos del país, ¡de la humanidad!... Para solucionarlos discutiendo, sacando preclaras conclusiones a nuestra tierna edad guiados por los libros sapienciales que recogían la sabiduría de tantos genios ya finaditos o todavía vecinos de este mundo: de Hegel a Gramsci (que nunca me gustó), de Walter Benjamin a Néstor García Canclini, de Simona de Beauvoir a Henrietta Moore. Y todos leíamos casi lo mismo, descontados los cánones partidarios que alimentaban nuestros respectivos narcicismos de las pequeñas diferencias, y la mayoría (que al menos en eso no me incluía) se enamoraba y despechaba con los mismos versos de Mario Benedetti y las voces atipladas de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés ("Silvio y Pablo" para los amigos).
Y acorazados por nuestras aquilatadas voluntades de enfrentar toda la podredumbre emanada por la alienante sociedad capitalista, casi todos nosotros vivíamos de cobrar "sueldo de hijo", y comíamos hongos de los que crecen en la mierda de las vacas en Colombia para conectarnos con la naturaleza, y de un modo u otro integrábamos entusiastamente una suerte de organismo neohippie a la colombiana, cuyos principales espacios sagrados eran el jardín botánico de la universidad, un potrero adyacente llamado "La Manga del Burro", y nuestros apartamentos de estudiantes, en parte versiones modernas de las Sodoma y Gomorra bíblicas.
Pero también teníamos otros templos: el restaurante de la universidad, el coliseo o cualquier sitio donde tuvieran lugar largas asambleas estudiantiles con las que soberanamente nos cagábamos en las preocupaciones pequeñoburguesas de los que querían almorzar como cualquier día en lugar de debatir, o enterarse de si salíamos a marchar o no, si comenzaba el paro o no, sin antes haber tenido la decencia de sumarse al ejercicio pleno de la democracia que algún reaccionario habría llamado diletante, pero que nosotros sabíamos viva, dinámica y potente como la voz de la finadita Mercedes Sosa. Claro, en esa época ella todavía tocaba el tambor y no el arpa como lo hace ahora en compañía de Nuestro Padre Celestial, porque se sabe que en la Gloria no hay tambores, que son instrumentos ordinarios, sino arpas pero no llaneras o paraguayas sino de unas más pequeñas que en la literatura llaman "liras" (vaya uno a saber por qué), y que son más finas y espirituales, porque ¿quién ha visto un ángel tocando un arpa paraguaya o llanera?...
Más o menos así éramos nosotros: impetuosos, instruidos, conectados al mismo tiempo con la madre naturaleza y con las necesidades del pueblo, de la clase obrera, de los campesinos. Tendríamos nuestros defectos como cualquiera, pero de lo que jamás se nos podría haber acusado sin provocar nuestra justa indignación era de ser posmodernos.
–¿Posmoderno yo? ¡Respete, compañero!
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