10/8/18

Peluquero escolar

Mis recuerdos de infancia sobre mi abuelo Genaro son variados, pero inician con la Sastrería y Barbería Real, que quedaba en la calle principal de Arbeláez, nuestro pueblo natal. El dueño del negocio era don Félix Torres, y cuando yo era pequeño mi abuelo pasaba allá gran parte del tiempo, ejerciendo el oficio de barbero-peluquero, como amo y señor de una silla enorme y pesada, junto a la cual su amigo se dedicaba a lo mismo. Claro que como se sobreentiende del nombre del negocio, don Félix también se dedicaba a la sastrería: sobre una mesa larga marcaba con una tiza plana como una tarjeta las telas que luego cortaba y cosía (o hacía coser por su sobrina Dioselina, de la que se rumoró que andaba de muchos arrumacos con mi abuelo) en una máquina de coser de pedal ubicada cerca de la puerta. Así fueron confeccionados por la mano experta de don Félix mis primeros pantalones azules oscuros del uniforme del colegio. Todo esto viene a cuento porque mis recuerdos de infancia de mi abuelo arrancan en la sastrería pero no se detienen así nomás, sino que me tienen como coprotagonista, sentado en un banquito que ponían sobre la ya mencionada silla enorme, cubierto con una capa de peluquería, y entregado sin clemencia al martirio de "la peluca", como llamaba mi mamá al corte de cabello al que me sometía regularmente a manos de su bien reputado pero al mismo tiempo temido progenitor. El asunto es que me llevaban a la sastrería, me sentaban en el banquito, me cubrían con la capa, y desde mi situación de completa indefensión yo veía a mi mamá y mi abuelo parados detrás mío cual matarifes, discutiendo sobre "la peluca": que si el largo tal cosa, que si el niño había salido con los pelos lisos y rebeldes - imposibles de peinar- tal otra, y mi mamá siempre con la cantinela de que me dejara la patilla recta y el arco bien limpio por encima de las orejas. Siempre la aclaración sobre el arco y la patilla, y siempre como si fuera la primera vez, y manos a la obra: mi abuelo dándole rienda suelta a sus manecitas rosaditas, con aire de estar convencido de que estaba completando una obra maestra, y yo mirando por el espejo cómo se acercaba el temido y mil veces vivido momento en el que me bajaban de la silla, comprobaban los puntos en los que había quedado trasquilado, y reafirmaban a viva voz, entre la resignación y el desinterés, que había salido "de pelo rebelde". Ese martirio vivido por mi y por mi hermano (a quien le tocó un poco menos porque el pelo no le crecía rebelde sino "dócil"), duró años, todos los años que se demoró la conquista de nuestra libertad individual, expresada en aquél entonces en la conquista de nuestro derecho a decidir que antes de ponerle la cabeza a mi abuelito preferíamos pagarle tres mil pesos a Jimmy o La Mona, regentes del más novedoso modelo de negocio del "salón de belleza", que llegó a nuestro pueblo para remplazar para siempre a la peluquería. Pues bien, toda esa historia sería menos triste si fuera solo mía. Resulta que muchos años después Gloria, una de mis tías paternas, me contó que mi drama no había sido el único:

"Cuando estábamos en la escuela don Genaro era el peluquero escolar, y cuando los chinos veían a lo lejos que él llegaba montado en su caballo blanco, salían a correr porque le tenían un miedo terrible. El que no alcanzaba a escaparse quedaba a su merced para que le pegara su trasquilada."

Así descubrí que mi abuelito y su máquina manual no solamente habían sido mi desgracia, sino que en realidad yo era uno de los últimos que a lo largo de varias generaciones habían sido martirizados en el banquito. Uno de los últimos, porque el último fue mi primo Camilo en una época en la que ya había muerto don Félix y mi abuelo había acondicionado un pequeño espacio en su casa. Pero creo que Camilo tuvo la suerte de ser tan pequeño que no se debe acordar de eso. Después de trasquilar a Camilo periódicamente durante sus primeros años de vida mi abuelo colgó la máquina, y sólo la descolgaba de vez en cuando para peluquear a Marlboro, el marica del pueblo que era a la vez su primo lejano... Un señor que ya en esa época debía rondar los setenta años, y siempre llegaba a la casa preguntando por Genarito, presto a sentarse en la silla grande, y seguro de que mi abuelo le iba a dejar la patilla recta y el arco de la oreja impecablemente recortado.

No comments:

archīvum

StatCounter