Azul por donde se lo mire. El cobertor, los mitones, los patines, kilómetros de lana tejida en crochet para el primogénito. La madre inexperta en muchas cosas pero no en lo de los colores. Si era niño, azul como el firmamento, si era niña, rosado como... bueno, rosado. Y justamente ella tejiendo en azul, el color de los godos, cuando lo suyo eran los liberales. Pero todo rojo para el bebé no corresponde. Ahí quedó sellado su destino con el azul. Y el de su hermano con el rojo -después del azul obligatorio de la salacuna, se entiende-, porque había que sacarse la espina así fuera con el segundo. “El de azul es el mayorcito.” “Sí señor, muy parecidos, pero el de rojo es el menor.” Y los dos saben gritar: “¡Que viva el partido Liberal y abajo los hijueputas godos!”. Azul la lonchera del gato con botas, la capa de lluvia de Mi Pequeño Pony, la de Mickey Mouse, y ¡cuidado al pasar la cerca, que la capa se rompe si se enreda en la cuerda! Azul como el mar las aguamarinas de los pendientes de la abuelita, que ella llamaba “aretas”, quien sabe por qué. Azul la franja de la bandera. “Sí señor, el mayor fue el que izó bandera”. Azules los tzit-tzit y la bandera de Israel. “No señor, él salió más a los Leal, nosotros no somos amigos de la religión.” “Sí señor, ellos son godos.”
Showing posts with label familia. Show all posts
Showing posts with label familia. Show all posts
4/4/24
10/8/18
Peluquero escolar
Mis recuerdos de infancia sobre mi abuelo Genaro son variados, pero inician con la Sastrería y Barbería Real, que quedaba en la calle principal de Arbeláez, nuestro pueblo natal. El dueño del negocio era don Félix Torres, y cuando yo era pequeño mi abuelo pasaba allá gran parte del tiempo, ejerciendo el oficio de barbero-peluquero, como amo y señor de una silla enorme y pesada, junto a la cual su amigo se dedicaba a lo mismo. Claro que como se sobreentiende del nombre del negocio, don Félix también se dedicaba a la sastrería: sobre una mesa larga marcaba con una tiza plana como una tarjeta las telas que luego cortaba y cosía (o hacía coser por su sobrina Dioselina, de la que se rumoró que andaba de muchos arrumacos con mi abuelo) en una máquina de coser de pedal ubicada cerca de la puerta. Así fueron confeccionados por la mano experta de don Félix mis primeros pantalones azules oscuros del uniforme del colegio. Todo esto viene a cuento porque mis recuerdos de infancia de mi abuelo arrancan en la sastrería pero no se detienen así nomás, sino que me tienen como coprotagonista, sentado en un banquito que ponían sobre la ya mencionada silla enorme, cubierto con una capa de peluquería, y entregado sin clemencia al martirio de "la peluca", como llamaba mi mamá al corte de cabello al que me sometía regularmente a manos de su bien reputado pero al mismo tiempo temido progenitor. El asunto es que me llevaban a la sastrería, me sentaban en el banquito, me cubrían con la capa, y desde mi situación de completa indefensión yo veía a mi mamá y mi abuelo parados detrás mío cual matarifes, discutiendo sobre "la peluca": que si el largo tal cosa, que si el niño había salido con los pelos lisos y rebeldes - imposibles de peinar- tal otra, y mi mamá siempre con la cantinela de que me dejara la patilla recta y el arco bien limpio por encima de las orejas. Siempre la aclaración sobre el arco y la patilla, y siempre como si fuera la primera vez, y manos a la obra: mi abuelo dándole rienda suelta a sus manecitas rosaditas, con aire de estar convencido de que estaba completando una obra maestra, y yo mirando por el espejo cómo se acercaba el temido y mil veces vivido momento en el que me bajaban de la silla, comprobaban los puntos en los que había quedado trasquilado, y reafirmaban a viva voz, entre la resignación y el desinterés, que había salido "de pelo rebelde". Ese martirio vivido por mi y por mi hermano (a quien le tocó un poco menos porque el pelo no le crecía rebelde sino "dócil"), duró años, todos los años que se demoró la conquista de nuestra libertad individual, expresada en aquél entonces en la conquista de nuestro derecho a decidir que antes de ponerle la cabeza a mi abuelito preferíamos pagarle tres mil pesos a Jimmy o La Mona, regentes del más novedoso modelo de negocio del "salón de belleza", que llegó a nuestro pueblo para remplazar para siempre a la peluquería. Pues bien, toda esa historia sería menos triste si fuera solo mía. Resulta que muchos años después Gloria, una de mis tías paternas, me contó que mi drama no había sido el único:
"Cuando estábamos en la escuela don Genaro era el peluquero escolar, y cuando los chinos veían a lo lejos que él llegaba montado en su caballo blanco, salían a correr porque le tenían un miedo terrible. El que no alcanzaba a escaparse quedaba a su merced para que le pegara su trasquilada."
Así descubrí que mi abuelito y su máquina manual no solamente habían sido mi desgracia, sino que en realidad yo era uno de los últimos que a lo largo de varias generaciones habían sido martirizados en el banquito. Uno de los últimos, porque el último fue mi primo Camilo en una época en la que ya había muerto don Félix y mi abuelo había acondicionado un pequeño espacio en su casa. Pero creo que Camilo tuvo la suerte de ser tan pequeño que no se debe acordar de eso. Después de trasquilar a Camilo periódicamente durante sus primeros años de vida mi abuelo colgó la máquina, y sólo la descolgaba de vez en cuando para peluquear a Marlboro, el marica del pueblo que era a la vez su primo lejano... Un señor que ya en esa época debía rondar los setenta años, y siempre llegaba a la casa preguntando por Genarito, presto a sentarse en la silla grande, y seguro de que mi abuelo le iba a dejar la patilla recta y el arco de la oreja impecablemente recortado.
"Cuando estábamos en la escuela don Genaro era el peluquero escolar, y cuando los chinos veían a lo lejos que él llegaba montado en su caballo blanco, salían a correr porque le tenían un miedo terrible. El que no alcanzaba a escaparse quedaba a su merced para que le pegara su trasquilada."
Así descubrí que mi abuelito y su máquina manual no solamente habían sido mi desgracia, sino que en realidad yo era uno de los últimos que a lo largo de varias generaciones habían sido martirizados en el banquito. Uno de los últimos, porque el último fue mi primo Camilo en una época en la que ya había muerto don Félix y mi abuelo había acondicionado un pequeño espacio en su casa. Pero creo que Camilo tuvo la suerte de ser tan pequeño que no se debe acordar de eso. Después de trasquilar a Camilo periódicamente durante sus primeros años de vida mi abuelo colgó la máquina, y sólo la descolgaba de vez en cuando para peluquear a Marlboro, el marica del pueblo que era a la vez su primo lejano... Un señor que ya en esa época debía rondar los setenta años, y siempre llegaba a la casa preguntando por Genarito, presto a sentarse en la silla grande, y seguro de que mi abuelo le iba a dejar la patilla recta y el arco de la oreja impecablemente recortado.
8/26/18
Soy un pobre venadito que habitó en la serranía...
Si tuviera que resumir la vida que he vivido junto a mi mamá en unos pocos temas hablaría de disciplina, trabajo, solidaridad, viajes, vida social y sobretodo conversaciones, muchas conversaciones en las que quizás como herencia de mi abuela, ella también nos ha educado, nos ha preparado para la vida contándonos sus aventuras, triunfos, desengaños, chascos y errores. Y tanto en esa vida social como en esas aventuras, probablemente desde que tengo memoria, siempre ha estado Dora Muñoz Guerrero, su prima, amiga y hermana de crianza.
"Cuando estábamos chinches y vivíamos en San Miguel estudiábamos en El Recuerdo, y andábamos juntas para arriba y para abajo. Nos llamaban Las Mirlas porque teníamos la piernas flacas, y andábamos por los caminos, corriendo y cantando rancheras, o nos cogíamos a piedra con los chinos... Una vez cogimos a la tolvona de la Jesús Helena, la prima de su papá, y le dimos su garrotera porque como era más grande era toda antipática y nos quitaba una pelota de jugar basquetbol que habíamos comprado con lo de una rifa."
Hace apenas un par de meses, mientras caminábamos por las montañas del sur de Francia después de haber visitado una cueva donde supuestamente moró María Magdalena, y haber hecho un largo trayecto bajo la lluvia por un camino empinado que atravesaba un bosque, encontramos a la vera del camino las huellas de un venado y mi madre recordó divertida:
"Había una ranchera cantábamos en los cafetales, que decía... Espere a ver cómo era... 'Soy un pobre venadito que habitó en la serranía'... La otra vez le pregunté a Dora a ver si se acordaba y a esa se le había olvidado..."
Y así ha sido toda nuestra vida. Ha sido hasta hoy una vida con Dora, con ella en las memorias de infancia de mi madre, en su presente y el nuestro... Por eso, aunque éramos pequeños, vivimos en simultánea la separación de mi madre y la de ella, porque para mi madre, por razones que para nosotros siempre han sido obvias, su vida y la de Dora han sido más o menos la misma... Y en las separaciones, como en otras cosas anteriores y posteriores, sus vidas corrieron paralelas hasta el día de ayer... No ha sido solo que dos de sus hijos y nosotros dos tenemos edades parecidas, o que las dos se separaron de maridos mediocres y vulgares después de largos trasegares, o que en nuestra casa también vivimos a nuestra manera la preocupación que se vivió en la suya cuando le diagnosticaron cáncer de mama poco después de los cuarenta años, y la alegría y el alivio que nos sobrevinieron a todos cuando lo superó y pudo seguir viviendo. Es también que ambas arrancaron sus vidas de nuevo cuando se liberaron de sus respectivos exmaridos, y trabajaron juntas de la madrugada a la noche en la pequeña cafetería que había abierto Dora en un barrio obrero del sur de Bogotá, a donde mi mamá llegó intentando salir de una crisis económica y personal a mediados de la década de 1990, y donde vivió con ella una época de crecimiento personal que fue distinta de los años en los que corrían cantando rancheras por los caminos de Arbeláez, pero que probablemente fue igualmente determinamte y hermosa.
Por todas esas razones Dora siempre ha estado entre nosotros, en las conversaciones sobre cómo se encuentran las personas que queremos, sobre quiénes fuimos alguna vez y quiénes somos ahora. Así, hace un par de meses, me contó mi mamá que ella había regresado a Arbeláez y estaba feliz, ocupándose de sus nietos, y hace un par de días me volvió a contar que estaba hospitalizada con una gripe pero que afortunadamente los resultados de una biopsia reciente habían permitido descartar la reaparición del cáncer. Y hoy, al encender el celular después del shabat, encontré un mensaje de mi madre contándome que Dora murió repentinamente a las 6:30 de ayer, pocos días después de haber cumplido 64 años. Con ella el mundo perdió una mujer luchadora, solidaria, justa, resistente a la adversidad y la traición, alegre y vital... La muerte la encontró hermosa, como lo muestran sus fotos de Facebook, liberada del cáncer, feliz de poder disfrutar el buen clima de Arbeláez y de la vida con sus hijos y nietos. Y la encontró temprano y a mansalva. Por eso hoy después de leer el mensaje de mi madre pasé un rato sentado en la cama cogiéndome la cabeza y diciéndome a mi mismo que no lo podía creer.
Con Dora murió también una parte de lo que es mi madre, y yo mismo perdí algo de la materia de la que estoy hecho. Su existencia fue desde la más temprana infancia una fuente de felicidad y apoyo para mi mamá, y su memoria será una bendición para todos nosotros. Ojalá su nombre sea inscrito para siempre en el Libro de los Justos.
Subscribe to:
Posts (Atom)