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6/21/26

Damals war es nicht so einfach

—Damals war es nicht so einfach…

—Wie, „nicht so einfach“?

—Na ja, es gab viele Leuten die gesagt haben, alles ist nicht passiert, es wären nur Erzählungen. Unter anderen: mein verstorbener Mann.

R.R., die, die Schoah als Kleinmädchen im Versteck überlebte.

4/5/26

Damals in der DDR ist man viel gelaufen

 -Damals in der DDR ist man viel gelaufen, denn die öffentlichen Verkehrsmittel waren nicht so weit ausgebaut. Wenn es keine Verbindung gab, musste man halt laufen. Entweder bis zum Ziel oder bis zu einer Taxistelle. Sie waren etwa wie ein Kiosk, aber für Taxis. Und dann musste man sich anmelden und manchmal auch warten, denn es gab häufig eine Warteliste.

-Klingt nach einer Menge Bewegung und Zeit.

-So war das. Aber es war halt normal. Und auch einigermaßen billig. Man konnte viel mit wenig Geld machen. Die Fahrkarten für die öffentlichen Verkehrsmittel waren lange Zeit günstig.

-Wieso das? Weil es nicht auf Profit wie im Kapitalismus ging, oder war das subventioniert?

-Die Fahrkarten waren stark subventioniert, denn am Ende, als es weniger Geld gab, wurden sie immer teurer, weil die Subventionen ständig gekürzt wurden. Aber das Leben war insgesamt günstiger. Man konnte viel mit dem Geld machen, als Kind oder Jugendlicher konnte man viel Spaß mit Freunden haben, mit dem wenig Taschengeld, das man bekommen hat. Zum Beispiel im Freizeitpark… Heute geht man in die Dippemess und jede Fahrt kostet eine Menge. Man gibt ziemlich schnell eine Menge Geld aus. Damals hat man zum Beispiel fünf Mark gekriegt. Damit konnte man mehrere Fahrten machen und es ist etwas übrig geblieben.

N.S.


Es war ziemlich schwer

 -Du trägst heute ein sehr schönes Schmuckstück. Was ist das, eine Mezuzah?

-Ja. Aus meiner ersten Reise nach Israel.

-Sehr schön. Wann war das?

-1993, mit Andy.

-Erst 1993! Wieso das?

-Naja… früher war es nicht möglich. Meine Mutter hatte mir solche Reisen nicht erlaubt. Nach dem Krieg hatte sie mich überall gesucht, mit dem Roten Kreuz und der Gemeinde in Berlin, bis sie mich aufgefunden hat. Und danach hatte sie einfach Angst mich wieder zu verlieren. In der Zeit hatte die Gemeinde Berlin Kinder überall hingeschickt. Sie haben Reisen organisiert… Aber ich durfte nie mit. Damals ist es sogar ein Flugzeug voller Kinder auf der Reise nach Schweden verunglückt… sie hatte immer Angst. Und wir selbst zu reisen war natürlich unmöglich, denn sie war alleine mit fünf Kinder geblieben. Es war ziemlich schwer.

R.R., Pessach 5786

 

10/8/18

Peluquero escolar

Mis recuerdos de infancia sobre mi abuelo Genaro son variados, pero inician con la Sastrería y Barbería Real, que quedaba en la calle principal de Arbeláez, nuestro pueblo natal. El dueño del negocio era don Félix Torres, y cuando yo era pequeño mi abuelo pasaba allá gran parte del tiempo, ejerciendo el oficio de barbero-peluquero, como amo y señor de una silla enorme y pesada, junto a la cual su amigo se dedicaba a lo mismo. Claro que como se sobreentiende del nombre del negocio, don Félix también se dedicaba a la sastrería: sobre una mesa larga marcaba con una tiza plana como una tarjeta las telas que luego cortaba y cosía (o hacía coser por su sobrina Dioselina, de la que se rumoró que andaba de muchos arrumacos con mi abuelo) en una máquina de coser de pedal ubicada cerca de la puerta. Así fueron confeccionados por la mano experta de don Félix mis primeros pantalones azules oscuros del uniforme del colegio. Todo esto viene a cuento porque mis recuerdos de infancia de mi abuelo arrancan en la sastrería pero no se detienen así nomás, sino que me tienen como coprotagonista, sentado en un banquito que ponían sobre la ya mencionada silla enorme, cubierto con una capa de peluquería, y entregado sin clemencia al martirio de "la peluca", como llamaba mi mamá al corte de cabello al que me sometía regularmente a manos de su bien reputado pero al mismo tiempo temido progenitor. El asunto es que me llevaban a la sastrería, me sentaban en el banquito, me cubrían con la capa, y desde mi situación de completa indefensión yo veía a mi mamá y mi abuelo parados detrás mío cual matarifes, discutiendo sobre "la peluca": que si el largo tal cosa, que si el niño había salido con los pelos lisos y rebeldes - imposibles de peinar- tal otra, y mi mamá siempre con la cantinela de que me dejara la patilla recta y el arco bien limpio por encima de las orejas. Siempre la aclaración sobre el arco y la patilla, y siempre como si fuera la primera vez, y manos a la obra: mi abuelo dándole rienda suelta a sus manecitas rosaditas, con aire de estar convencido de que estaba completando una obra maestra, y yo mirando por el espejo cómo se acercaba el temido y mil veces vivido momento en el que me bajaban de la silla, comprobaban los puntos en los que había quedado trasquilado, y reafirmaban a viva voz, entre la resignación y el desinterés, que había salido "de pelo rebelde". Ese martirio vivido por mi y por mi hermano (a quien le tocó un poco menos porque el pelo no le crecía rebelde sino "dócil"), duró años, todos los años que se demoró la conquista de nuestra libertad individual, expresada en aquél entonces en la conquista de nuestro derecho a decidir que antes de ponerle la cabeza a mi abuelito preferíamos pagarle tres mil pesos a Jimmy o La Mona, regentes del más novedoso modelo de negocio del "salón de belleza", que llegó a nuestro pueblo para remplazar para siempre a la peluquería. Pues bien, toda esa historia sería menos triste si fuera solo mía. Resulta que muchos años después Gloria, una de mis tías paternas, me contó que mi drama no había sido el único:

"Cuando estábamos en la escuela don Genaro era el peluquero escolar, y cuando los chinos veían a lo lejos que él llegaba montado en su caballo blanco, salían a correr porque le tenían un miedo terrible. El que no alcanzaba a escaparse quedaba a su merced para que le pegara su trasquilada."

Así descubrí que mi abuelito y su máquina manual no solamente habían sido mi desgracia, sino que en realidad yo era uno de los últimos que a lo largo de varias generaciones habían sido martirizados en el banquito. Uno de los últimos, porque el último fue mi primo Camilo en una época en la que ya había muerto don Félix y mi abuelo había acondicionado un pequeño espacio en su casa. Pero creo que Camilo tuvo la suerte de ser tan pequeño que no se debe acordar de eso. Después de trasquilar a Camilo periódicamente durante sus primeros años de vida mi abuelo colgó la máquina, y sólo la descolgaba de vez en cuando para peluquear a Marlboro, el marica del pueblo que era a la vez su primo lejano... Un señor que ya en esa época debía rondar los setenta años, y siempre llegaba a la casa preguntando por Genarito, presto a sentarse en la silla grande, y seguro de que mi abuelo le iba a dejar la patilla recta y el arco de la oreja impecablemente recortado.

8/26/18

Soy un pobre venadito que habitó en la serranía...

Si tuviera que resumir la vida que he vivido junto a mi mamá en unos pocos temas hablaría de disciplina, trabajo, solidaridad, viajes, vida social y sobretodo conversaciones, muchas conversaciones en las que quizás como herencia de mi abuela, ella también nos ha educado, nos ha preparado para la vida contándonos sus aventuras, triunfos, desengaños, chascos y errores. Y tanto en esa vida social como en esas aventuras, probablemente desde que tengo memoria, siempre ha estado Dora Muñoz Guerrero, su prima, amiga y hermana de crianza.

"Cuando estábamos chinches y vivíamos en San Miguel estudiábamos en El Recuerdo, y andábamos juntas para arriba y para abajo. Nos llamaban Las Mirlas porque teníamos la piernas flacas, y andábamos por los caminos, corriendo y cantando rancheras, o nos cogíamos a piedra con los chinos... Una vez cogimos a la tolvona de la Jesús Helena, la prima de su papá, y le dimos su garrotera porque como era más grande era toda antipática y nos quitaba una pelota de jugar basquetbol que habíamos comprado con lo de una rifa."

Hace apenas un par de meses, mientras caminábamos por las montañas del sur de Francia después de haber visitado una cueva donde supuestamente moró María Magdalena, y haber hecho un largo trayecto bajo la lluvia por un camino empinado que atravesaba un bosque, encontramos a la vera del camino las huellas de un venado y mi madre recordó divertida:

"Había una ranchera cantábamos en los cafetales, que decía... Espere a ver cómo era... 'Soy un pobre venadito que habitó en la serranía'... La otra vez le pregunté a Dora a ver si se acordaba y a esa se le había olvidado..."

Y así ha sido toda nuestra vida. Ha sido hasta hoy una vida con Dora, con ella en las memorias de infancia de mi madre, en su presente y el nuestro... Por eso, aunque éramos pequeños, vivimos en simultánea la separación de mi madre y la de ella, porque para mi madre, por razones que para nosotros siempre han sido obvias, su vida y la de Dora han sido más o menos la misma... Y en las separaciones, como en otras cosas anteriores y posteriores, sus vidas corrieron paralelas hasta el día de ayer... No ha sido solo que dos de sus hijos y nosotros dos tenemos edades parecidas, o que las dos se separaron de maridos mediocres y vulgares después de largos trasegares, o que en nuestra casa también vivimos a nuestra manera la preocupación que se vivió en la suya cuando le diagnosticaron cáncer de mama poco después de los cuarenta años, y la alegría y el alivio que nos sobrevinieron a todos cuando lo superó y pudo seguir viviendo. Es también que ambas arrancaron sus vidas de nuevo cuando se liberaron de sus respectivos exmaridos, y trabajaron juntas de la madrugada a la noche en la pequeña cafetería que había abierto Dora en un barrio obrero del sur de Bogotá, a donde mi mamá llegó intentando salir de una crisis económica y personal a mediados de la década de 1990, y donde vivió con ella una época de crecimiento personal que fue distinta de los años en los que corrían cantando rancheras por los caminos de Arbeláez, pero que probablemente fue igualmente determinamte y hermosa.

Por todas esas razones Dora siempre ha estado entre nosotros, en las conversaciones sobre cómo se encuentran las personas que queremos, sobre quiénes fuimos alguna vez y quiénes somos ahora. Así, hace un par de meses, me contó mi mamá que ella había regresado a Arbeláez y estaba feliz, ocupándose de sus nietos, y hace un par de días me volvió a contar que estaba hospitalizada con una gripe pero que afortunadamente los resultados de una biopsia reciente habían permitido descartar la reaparición del cáncer. Y hoy, al encender el celular después del shabat, encontré un mensaje de mi madre contándome que Dora murió repentinamente a las 6:30 de ayer, pocos días después de haber cumplido 64 años. Con ella el mundo perdió una mujer luchadora, solidaria, justa, resistente a la adversidad y la traición, alegre y vital... La muerte la encontró hermosa, como lo muestran sus fotos de Facebook, liberada del cáncer, feliz de poder disfrutar el buen clima de Arbeláez y de la vida con sus hijos y nietos. Y la encontró temprano y a mansalva. Por eso hoy después de leer el mensaje de mi madre pasé un rato sentado en la cama cogiéndome la cabeza y diciéndome a mi mismo que no lo podía creer. 

Con Dora murió también una parte de lo que es mi madre, y yo mismo perdí algo de la materia de la que estoy hecho. Su existencia fue desde la más temprana infancia una fuente de felicidad y apoyo para mi mamá, y su memoria será una bendición para todos nosotros. Ojalá su nombre sea inscrito para siempre en el Libro de los Justos.

7/2/18

Campeón federal

"Yo nací en Breslau, pero salimos de ahí hacia Baviera al final de la guerra. Yo estaba pequeño y recuerdo poco de cuando vivíamos allá. Una vez volví a Breslau con mi señora y me sorprendió que a pesar de que las calles tenían otros nombres porque esa ciudad ahora es parte de Polonia y me parece muy bien porque los alemanes hicieron cosas horribles... bueno, que aunque todo estaba tan cambiado yo logré dar con la casa en la que vivíamos, apenas orientándome por el paisaje a medida que iba reconociendo los lugares. Yo me terminé de criar en Baviera y cuando mi papá volvió del campo de prisioneros de guerra a comienzos de los cincuenta, nos mudamos a Frankfurt. Yo tenía una mala relación con él. Era una mala persona, pero hay quizá una sola cosa inteligente que hizo en la vida. En el campo de prisioneros de guerra donde estaba detenido después del final de la guerra, porque estuvo en el frente hasta el final, los americanos lo pusieron en la enfermería a llevar el registro de los prisioneros que estaban libres de tifo y podían ir dejando el campo. Y él a los pocos días llenó su propio certificado, lo firmó y se fugó legalmente por la puerta como si nada.
Entonces regresó a casa y nos mudamos todos a Frankfurt, que es donde siempre he vivido sin sentirme extranjero un solo día. Yo no pude elegir mi oficio porque él me impuso que tenía que aprender el de dibujante técnico de anuncios publicitarios, que era el mismo que él tenía. Fue un oficio que odié cada día durante muchos años. Sólo hasta muchos años después de estarlo ejerciendo, cuando ya había podido poner mi propio taller, le fui tomando el gusto. A mi me tocó hacer la formación en la misma empresa en la que trabajaba mi padre, que era dirigida por un señor que era un verdadero artista en todo el sentido de la palabra. Había sido cantante de ópera antes de la guerra en Rostock, y era también músico, pintor y dibujante. Para esa época hubo un concurso federal de aprendices y el tema era 'Frankfurt, metrópolis'. Yo estaba terminando mi formación y participé con mi trabajo final. Lo iba haciendo poco a poco en el taller en el que trabajábamos, y un día mi papá me vio trabajando en eso, ya casi cuando lo iba a terminar, y me gritó delante de todo mundo: '¿Crees que vas a sacar algo con esa mierda?'. Y el director de la empresa le dijo: 'No es ninguna mierda, es un trabajo de muy buena calidad'. Con ese trabajo pasé la primera selección y luego llegué al primer puesto del concurso a nivel federal. Me gané una caja de herramientas y la participación en la cena de la premiación, pero lamentablemente fue en Frankfurt, así que me quedé sin la posibilidad de haber ido a conocer otra ciudad. En la cena estaban todos: el ministro de economía, que en esa época era Ludwig Erhard, y el canciller federal, que era Konrad Adenauer, el alcalde de Frankfurt, gerentes de las empresas... Yo entré a la sala donde se celebraba la cena y ya estaban todos sentados así que no encontraba lugar. Solo había lugar en la mesa donde estaban el ministro y el canciller y yo estaba parado sin saber qué hacer, pero de un momento a otro Ludwig Erhard me dijo: 'Joven, ¿por qué no se sienta con nosotros, le parece que no merecemos su compañía?' Eran políticos tan distintos a los de ahora... gente que sabía hablar de cualquier cosa, personas sin mucho estudio pero normales, como cualquiera. Los de ahora son estudiados todos pero no saben nada de la vida real.
[¿No se opuso su familia cuando se enteró de que usted se iba a casar con una judía?]
No, no del todo. Cuando mis padres supieron que me iba a casar con ella (a mediados de la década de 1960), él dijo: '¿Y no te podías conseguir otra?, ¿Tenías que buscarte precisamente una judía, a ver si vuelve a pasar lo que ya pasó?' Quería decir el holocausto, naturalmente. Yo le respondí: '¿Ustedes creen que yo soy tonto? El día que comience a volver a pasar algo así yo inmediatamente me voy del país con mi mujer y mis hijos. No voy a esperar a que pase nada.'
Era una época donde todavía se notaba mucho antisemitismo en cualquier parte, incluso en Frankfurt. En el taller había uno que siempre lanzaba insultos contra los 'judíos de mierda' y decía que él podía notar a kilómetros el hedor que desprendía un judío. Yo jamás le dije nada, hasta que un día pasó mi señora a buscarme al trabajo, y me acerqué al tipo y le pregunté: ¿usted nota algún olor extraño? El me respondió que no y preguntó por qué lo decía. Yo le dije: porque acá está mi señora, que es judía, así que usted mejor de ahora en adelante se calla la boca. Con ella fui tan feliz... Y su papá era también una gran persona. Desde el primer día me hizo sentir como parte de la familia. Una vez nos queríamos comprar una moto, una Vespa, para pasear por ahí. Llevábamos un tiempo ahorrando poco a poco la plata cuando él se enteró. Ahí nos llamó y nos dijo que él nos regalaba lo que nos hacía falta pero para un auto, porque una moto era un lujo que no servía de nada. Fue el primer auto que tuvimos y nos duró muchísimos años. A él le gustaba el buen café y también conducir, ¡así que a veces me invitaba a ir a Colonia (a 250 kilómetros de Frankfurt) para tomar un café y volver! Y la gente que nos veía juntos pensaba que yo era el hijo y mi señora la nuera.
Con mi señora teníamos decidido mudarnos a esta casa de retiro juntos, porque nos gustaba mucho la idea de vivir en un lugar donde hay tanto judíos como cristianos. Ya teníamos todo listo pero lamentablemente ella murió de repente unas semanas antes de la mudanza. Yo mantuve el plan y aquí estoy. Me gusta mucho que hay tantas personas de tantos países, que uno escucha tantos idiomas distintos... que no solo están los que viven acá sino que uno también se encuentra con jóvenes como ustedes. Espero que no me malentienda, pero me gusta mucho escuchar ese acento con el que usted habla, lo bien que habla usted pero el modo en el que en el fondo uno escucha un poco de la música de su idioma materno... Me siento bien acá, pero también vivo triste. Jamás me imaginé que fuera a extrañar tanto a mi señora. Fueron tantos años felices juntos y yo apenas ahora me he dado cuenta de cuánto la amaba. ¡La extraño tanto!"

H.J. Hofmann, en una de nuestras últimas conversaciones.

7/1/18

Mis papás lo sabían todo

"Cuando llegamos al Uruguay yo tenía diez años. Mis papás ya estaban pensando en emigrar desde principios de los años 30, pero luego vino la olimpiada en Berlín en el 36 y las cosas se calmaron un poco, así que al fin no se dio. Pero ya luego, como todo siguió empeorando, al final lo decidieron y nos fuimos en el 38. La noche de los cristales rotos nos encontró arriba del barco.
El asunto es que llegamos al Uruguay y yo tenía diez años, ¡pero sólo sabía escribir en sütterlin (caligrafía alemana abolida en 1941)! Entonces, mi mamá comenzó a enseñarme a escribir en caligrafía normal. Recuerdo que estábamos en el hotel al que llegamos en Montevideo. Ya con el tiempo, cuando nos pudimos instalar por nuestra propia cuenta y yo empecé a ir a la escuela, aprendí el castellano, pero lo que más me seguía costando era escribir. En los dictados la pasaba terrible, porque no solamente tenía que dibujar las palabras, porque era más dibujar que escribir porque yo no sabía bien, sino que tenía que esforzarme mucho con las mayúsculas, que era lo que más se me dificultaba. Para esa época mis papás contrataron un profesor de castellano que iba a casa y les enseñaba. Como yo era chica me metía a jugar debajo de la mesa donde ellos estaban estudiando con el profesor, y un día me pregunté: ¿para qué querrán mis papás un profesor, si ellos lo saben todo?"
E. K., 88 años.

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