Azul por donde se lo mire. El cobertor, los mitones, los patines, kilómetros de lana tejida en crochet para el primogénito. La madre inexperta en muchas cosas pero no en lo de los colores. Si era niño, azul como el firmamento, si era niña, rosado como... bueno, rosado. Y justamente ella tejiendo en azul, el color de los godos, cuando lo suyo eran los liberales. Pero todo rojo para el bebé no corresponde. Ahí quedó sellado su destino con el azul. Y el de su hermano con el rojo -después del azul obligatorio de la salacuna, se entiende-, porque había que sacarse la espina así fuera con el segundo. “El de azul es el mayorcito.” “Sí señor, muy parecidos, pero el de rojo es el menor.” Y los dos saben gritar: “¡Que viva el partido Liberal y abajo los hijueputas godos!”. Azul la lonchera del gato con botas, la capa de lluvia de Mi Pequeño Pony, la de Mickey Mouse, y ¡cuidado al pasar la cerca, que la capa se rompe si se enreda en la cuerda! Azul como el mar las aguamarinas de los pendientes de la abuelita, que ella llamaba “aretas”, quien sabe por qué. Azul la franja de la bandera. “Sí señor, el mayor fue el que izó bandera”. Azules los tzit-tzit y la bandera de Israel. “No señor, él salió más a los Leal, nosotros no somos amigos de la religión.” “Sí señor, ellos son godos.”
4/4/24
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