Mayo 1
Tilcara - "Utahuaca" - Purmamarca (un asco)- Tilcara
El miércoles 30 (de abril) fuimos a Humahuaca con el plan de conocer el lugar y ver si nos quedábamos, de modo que abandonamos Tilcara con las mochilas puestas.
Humahuaca, a 1 hora más o menos de Tilcara y 4.5 pesos en bus, es un pueblo bonito, con la arquitectura colonial bien conservada. Es más grande que Tilcara y el último pueblo de considerable tamaño antes de La Quiaca, que queda a unos 150 kilómetros de ahí. Sin embargo, nos pareció aburrido. Lo que tiene de particular es que ahí se conserva la arquitectura colonial (incluidas las calles empedradas), a diferencia de los pueblos vecinos, pero si uno conoce los centros históricos metropolitanos y los pueblos coloniales peruanos y colombianos, como me pasa, o las viejas ciudades españolas, como Jan, no tiene nada de notable.
Llegamos pasado el mediodía, así que no vimos una de las mayores atracciones del pueblo, que es un autómata con la figura de San Francisco a escala humana que sale a las 12:00 (hora del reloj del cabildo), a dar la bendición. El reloj está adelantado 10 miunutos, de modo que Lonely Planet recomienda llegar antes. Las campanas, por el contrario, están a hora, de modo que sonaron dos campanadas cuando el reloj marcaba las 2:10.
Almorzamos el guiso de llama con oca que nos quedaba de la noche anterior sentados en la plaza del cabildo y salimos a dar una vuelta y tomar un café, pero para nuestra sorpresa em momguno de los lugares que consultábamos vendían, aunque nos ofrecían té. Finalmente encontramos uno con café lamentable, pero a esas alturas cualquier cosa era buena. Visto que no se vende café en casi ningún lugar, el pueblo se podría llamar Utahuaca.
Después de decidir no quedarnos a pasar la noche dejamos las mochilas en el guardaequipaje de la estación de buses por 1 peso cada una y subimos al monumento a los héroes de la independencia, construido en una colina desde la que se divisa el pueblo. Hay unas escaleras de piedra de dimensiones faraónicas para un lugar como humahuaca (como 30 mts de ancho con unos 30 o 40 peldaños) que dan la impresión de que uno está subiendo a una pirámide maya en su versión de parque temático provincial, y en la cumbre de la colina se eleva un monumento gigantesco de piedra y concreto con esculturas de bronce que representan a los héroes de la independencia. Son hombres desnudos de proporciones grotescas con caballos iguales. Parece que alguna vez se pudo subir a él pero los umbrales que dividen la parte media y baja están tapiados.
Desde la colina se divisa bien el valle donde está el pueblo, y detrás del monumento hay una cancha de basquetbol y atrás de ella el cementerio, pero al lado del monumento y separado del cementerio por la cancha hay un bloque de bóvedas que no supimos qué cosa era. Supongo que son los suicidas, indignos de yacer en tierra consagrada por la religión, pero puestos irónicamente cerca de la tierra consagrada por el Estado.
En Utahuaca tomamos una foto de un aviso de un hotel que ofrecía "Atención nocturna - Tarifas económicas", tenía dibujada una chola al lado de esas palabras.
A propósito de cementerios y muertos, el día anterior visitamos el cementerio de Tilcara, sobre una loma arriba del pueblo, y la compañera de Juan el del hostal nos contó que en el Norte los cementerios se instalan en lo alto para que a las almas se les facilite el viaje al cielo. Eso es algo que ya nos había llamado la atención en Maimará, un pueblo vecino a Tilcara.
También contó que se celebra el día de los muertos (el 1 de noviembre) con altares con fotos de los parecientes fallecidos y ofrendas de pan cuyo tamaño aumenta entre más tiempo lleve la persona muerta. Me llamó la atención que dijo que en el pasado se los enterraba en posición fetal, pero no supo decir si antes de la conquista y recientemente. Fue bello notar el parecido de la celebración del día de los muertos con la mexicana, y al mismo tiempo pensé en lo ridículo del hecho de queen el museo Fernández Blanco de Buenos Aires montan una muestra de la fiesta mexicana cada año como si en Jujuy no se hiciera. Cosas del porteñaje forro y racista respecto del Interior.
Después de Humahuaca fuimos a Purmamarca con el plan de quedarnos a dormir ahí para ir a la Salina Grande al día siguiente. Íbamos guiados por Lonely Planet, cuyos errores en los nombres de los lugares ya habíamos notado. Sin embargo, el colmo vino cuando visitamos el "basic but decent place" que reseñaba para Purmamarca. La entrada era custodiada por un cristo tallado en madera de uns tres metros y medio de alto, y entre las advertencias estaban:
-Toque la campana y espere a ser atendido, no siga sin autorización.
-Las reuniones están permitidas hasta las 23 hs.
-Está prohibido el consumo de bebidas alcohólicas.
-No se permiten visitas sin autorización.
-No se prestan utensilios o mercadería, no insista.
El sueño de una madre católica, o de su mejor amiga judía.
Se podía pernoctar por 20 pesos por persona sin usar la cocina y usando el baño de la zona de camping. Huimos de ahí esperando encontrar un hostal sin régimen conventual pero recorrimos las 10 cuadras del pueblo de frustración en frustración. La gente era hostil, medio montañesa, de modo que cuando preguntábamos por un hostal "nadie sabía", en un pueblo minúsculo. Donde dimos con un "hostal" (Mamma Coca) se trataba de una habitación mal ventilada con camas de dos pisos, a la que se accedía pasando primero por una cantina donde una rocola tronaba sin compasión y luego por el patio de ropas de la casera, tan hostil ella y sus hijos como los demás del pueblo. El baño quedaba en el patio y no había áreas comunes, por supuesto tampoco cocina, porque en Purmamarca la gente vive de comerse crudos a los foráneos.
Encontramos unos franceses que nos vieron varias veces recorrer las calles y se acercaron para hablar sobre la hostilidad de la gente y la carestía del pueblo. Dijeron que les había pasado lo mismo y habían terminado pagando un hotel de 120 pesos porque era lo único pasable que había, y coincidieron con nosotros en que era un lugar "raro", para usar un eufemismo. Bien, pues terminamos huyendo de ese pueblo de mierda tan fotografiado por las agencias de turismo, que no advierten que parece una aldea evangélica de Texas, y volvimos a Tilcara.
Fue gracioso que en la parada de buses encontramos a Victoria, una porteña del hostal de Tilcara, un español que conocimos en Cafayate (con el que había discutido caso a las puteadas sobre si la España monárquica postfranquista tenía derecho a juzgar a los dictadores latinoamericanos), un canadiense que conocimos en Cafayate y reencontramos en Salta, y dos porteñas que conocimos en Salta. Es un poco patético pero fue reconfortante encontrar conocidos simpáticos en ese pueblo hostil donde habíamos dado vueltas buscando posada al anochecer con un frío que calaba.
Entonces, volvimos a Tilcara felices y pasamos la noche en el hostal de Juan, pero ahora en una habitación común, aunque solos. Fue bello volver a ver a Carolina, Cristian y Pedro, y encontrarnos nuevamente en ese pueblo tranquilo y lleno de gente amable. Salimos a cenar con Victoria pues estábamos demasiado cansados y hambrientos para cocinar.
Showing posts with label Crónica del NOA. Show all posts
Showing posts with label Crónica del NOA. Show all posts
7/25/08
7/12/08
Para ver fotos de la vuelta por el NOA --> click acá <---
Perdón por el larguísimo tiempo que ha mediado entre esta entrada y la anterior, históricamente distantes un día una de la otra, pero merced a mi abandono separadas por muchas semanas acá. Va otro fragmento del Diario del Norte, mientras preparo el equipaje para otro viaje, menos planificado aunque quizá estará más lleno de cosas para contar. Desconozco cuántas personas leen este blog, o si lo hace alguien distinto a su ultramarginal autor. Como sea, un saludo.
Abril 28
de Salta a Jujuy
Vamos hacia Tilcara vía San Salvador de Jujuy. No pararemos ahí porque sospechamos que es feo, aunque consideramos la posibilidad de cambiar de plan al llegar.
Ayer visitamos el Museo de Alta Montaña, que queda sobre la plaza 9 de Julio, en Salta. Es precioso. Si bien a veces el montaje tiene problemas como el mal ajuste de las lupas con las que se pretende mostrar los detalles de unas figurinas vestidas con tejidos y tocados de plumas, el guión es bastante bueno y el mismo montaje lo es.
Es un museo moderno y la exposición central es sobre las tres momias de infantes halladas en la cima del volcán Lullaillaco, a 6.700 msnm. El principal defecto es que no dan cuenta de las razones por las que bautizaron a dos momias con nombres un poco extravagantes como "Niña del rayo", "Doncella" y a otra simplemente la llaman "Niño", de modo que uno se encuentra con la exposición sobre el hallazgo, el ajuar de cada momia, y los ritos que probablemente dieron lugar a los entierros, y ve nombrar los personajes pero se los refiere con aires de obviedad como si se tratara de figuras respecto de las cuales todo el mundo conoce el "nombre". Digo que siendo denominaciones impuestas por los arqueólogos se las debería explicar. Lo demás es casi perfecto. Se narra la expedición en video, con pequeñas entrevistas a los participantes e imágenes del ascenso y la excavación, y se muestran opiniones de los guías locales y de la maestra de la escuela de Tolar Grande, el pueblo más próximo a la cumbre, a 360 km de Salta capital, cerca de Chile. También aparece en los videos una señora que dice que aunque la gente dice que los sacrificaron se trata de una falsedad, porque los dejaron dormiditos, y cuenta que ellos creen en la utilidad de esas ofrendas para conseguir lluvias, buenas cosechas y saludo para los animales y personas, dando a entender que todavía se hacen.
Ahora que escribo recuerdo que el artesano de Alemanía nos contó que en alguna fiesta de la virgen en Semana Santa, realizada en una iglesia de cumbre, la multitud sacrifica un chivo ante la imagen de la virgen, y que la fiesta es una ocasión para comer y emborracharse masivamente.
Respecto de las momias, el museo cuenta con un sistema tecnológico de punta para su conservación, sobre la base de tecnología desarrollada en la Argentina. Solamente está exhibida la llamada "Niña del Rayo", y por unos ventanales se puede ver el área de conservación y el laboratorio; al lado del ventanal hay un plano en el que están indicadas las áreas, así como sus temperaturas permanentes. Hay tres bóvedas en las que se guardan las momias, y tanto el área de conservación como la vitrina de exhibición reproducen las condiciones ambientales del sitio de enterramiento: -18 grados C, bajísima humedad, y escaso oxígeno. La conservación sigue criterios no intrusivos que fueron aplicados también en el análisis. No las disectaron ni les aplicaron conservantes como antimicóticos o productos por el estilo. Los análisis fueron radiológicos y con TAC, y hay pequeños documentales sobre eso y los resultados de los análisis, que pasan por monitores plasma distribuidos por la exposición.
En general los videos duran al rededor de 7 minutos, y presentan testimonios de gente relacionada con el tema: arqueólogos, patólogos forenses, odontólogos, campesinos, guías, etc., según se trate.
Abril 29
(en Tilcara)
También hay una sala con una exposición sobre una momia que fue saqueada en la década de 1920 cerca de Cafayate, en un cerro que se llama Chusquizo, o algo así. La momia estuvo rodando por Buenos Aires durante 80 años hasta que fue recuperada y llevada a Salta. Se muestran fotos tomadas en distintas épocas y se ve cómo los malos tratos la fueron deteriorando hasta el día de hoy, cuando presenta un aspecto lamentable. Los documentales muestran testimonios de ancianos de Cafayate que la vieron en los veinte o tuvieron información de ella a través de otros. Hay uno muy conmovedor en el que un hombre habla larga y detalladamente de ella para concluir diciendo: "Les cuento todo esto sobre la momia pero no la he llegado a ver porque se la llevaron de acá".
Es llamada "La princesa del cerro" con la misma extravagancia medio circense con la que bautizaron a las otras dos, y como las otras, se trata de una momia natural.
La tercera exposición es sobre el camino principal del imperio inca y el proyecto de la Unesco para recuperarlo. Es menos densa en información y un poco más aburrida, pero muestra lindas fotos de ingeniería incaica asociada al camino.
La tienda del museo está bastante bien desarrollada con productos alusivos y artesanías del área. La mayoría de las cosas son caras y bonitas, para el turista imperialista medio.
Nos sorprendió notar que Salta es una ciudad poco conservada comparada con toda la fama que tiene como lugar colonial. Salvo el marco de la Plaza 9 de Julio, no hay mucho cuidado puesto en mantener la arquitectura. Sin embargo es una linda ciudad. Tiene dos iglesias muy bellas: San Francisco y la Catedral. Son típicamente coloniales, llenas de tallas y dorados por todos lados. En San Francisco vimos una talla de un santo acostado con uniforme romano y una herida en el cuello: San Severo. Era absolutamente sexy.
En la noche vimos muchos autos caros de gente de ahí. Era muy contrastante con el tono modesto de la ciudad en general. Todos iban llenos de jóvenes, y algunos señores blancos, distintos del salteño común de la calle. Evidentemente eran los ricos locales divirtiéndose.
Ayer partimos hacia Jujuy con el plan de trasbordar en San Salvador, la capital, y seguir camino hacia Tilcara. El viaje de 117 km se hace en poco más de una hora por buena carretera en una región verde y algo monótona. Cuando llegamos a la estación de buses de Jujuy sufrimos un choque porque a pesar de la proximidad con Salta todo era mucho más precario y sucio, y la gente se veía menos mestiza y casi paupérrima.
Buscamos el baño para mear pero no había señales que indicaran dónde estaba, así que medio en broma le dije a Jan que lo íbamos a encontrar por el olor, y así fue. Apestaba a orines y mierda a unos 15 metros, y aunque adentro una señora baldeaba incesantemente y trataba de mantener la limpieza, el lugar era nauseabundo.
Había mucha gente borracha, uno tirado durmiendo en el piso. Era medio día del lunes.
Todo era mucho más parecido a como uno imagina Bolivia que a la Argentina que conoce. Tomamos un bus de una empresa llamada Evelia que nos trajo a Tilcara por 9 pesos cada uno. Es como una hora de viaje por una carretera a veces destapada y se pasa por varios poblados bastante pobres que en ese clima seco por encima de los 2.000 msnm están manchados de verde por las huertas que tiene la gente en los solares.
6.15 p.m.
Cuando llegamos a Tilcara, ayer, encontramos un hostal llamado "Los Molles" y tomamos una cabaña con cama doble, escritorio y calefacción eléctrica por 80 pesos los dos. Es un bellísimo lugar a tres cuadras de la plaza, que acá es la periferia del pueblo. Hay muchos árboles al rededor, huerta, y desde el jardín se divisa la iglesia de Tilcara.
Es un lindo pueblo, tranquilo porque estamos en temporada baja, y con las casas antiguas bien conservadas. A pesar de la tranquilidad de esta época se nota que viene mucha gente en temporada alta, pues hay muchos hoteles y alojamientos de todos los precios, y varias tiendas y restaurantes caros, al estilo de Mar de Las Pampas o esos lugares de la costa de Buenos Aires.
En el hostal encontramos una francesa que vive en La Paz, donde trabaja para una ONG. Está en su vuelta final por el Cono Sur antes de volver a Francia, y hablando de las salteñas (las empanadas bolivianas), nos contó que la historia popular sobre el nombre que circula en La Paz dice que se hicieron comunes en Bolivia porque una señora de Salta se mudo allá, y montó un negocio. En cualquier caso, si las tomaron de los argentinos, los bolivianos las perfeccionaron.
También hay una pareja de porteños emigrados con su hijo de 18 meses llamado Pedro.
Anoche fuimos a comprar provisiones para la cena y encontramos el mercado del pueblo. Es un lindo lugar, limpio y ordenado (ya parezco una anciana bogotana), lleno de cosas ricas y baratas. Nuestra compra del día fue:
-1 Kg de carne de llama (pierna): $ 9.
-1 libra de oca (como cubios o ullucos pero con sabor a papa amarilla): $ 1,5.
-1 cabeza de ajo: $ 0,5.
-1 Kg de uvas dulces: $ 2.
Preparé una rica cena de oca en crema, y llama asada con cebolla, que acompañamos con vino de Cafayate.
Esta mañana pasamos por el mercado nuevamente y vimos los puestos de comida, así que entramos a curiosear y terminamos almorzando sudado de cabrito con arroz, papa, maíz y ensalada. En el puesto trabajaban una chica y una travesti llamada Carola, de unos 40 años, gordita, con el pelo largo cuidadosamente peinado. Ambas eran muy amables, en especial Carola. Estando allí vimos en el noticiero que hoy se hizo público que ya hay financiación para el tren bala. Da bronca ver gastar la plata en obras de lujo cuando en esta zona acabaron con los trenes, como lo hicieron en el resto del país, y la gente pobre -o no tanto- no tiene un medio de transporte bueno y barato como ese, mientras a las viejas vías y estaciones se las come el tiempo.
En la tarde fuimos al pucará, unas ruinas horrorosamente reconstruidas por un arqueólogo de apellido Debennedetti y otros. Da lástima porque parece un parque temático, aunque quizá por eso mismo la gente lo visita encantada. En la cumbre de la colina en la que está construyeron en 1935 una pirámide horrible imitación maya o algo así como monumento a los arqueólogos responsables del estropicio.
El lugar es administrado por la UBA pero no hay una sola palabra de crítica o disculpa por esa reconstrucción abusiva y el monumento-esperpento de la cima. Es un asco. En el pueblo hay un museo también de la UBA que se ve sostenido a pulso por la gente de ahí, pero la exposición es de las peores que haya visto. Las piezas no tienen fichas y la información es escasa y en tono aburrido. Da la impresión de que uno está en un gabinete de curiosidades y no en un museo manejado por una universidad seria. Aparte de que el parque del pucará y el museo son un enclave colonial porteño en Jujuy del cual Rosas y sus mazorqueros estarían orgullosos, están pésimamente manejados, sin criterios museográficos mínimos ni un gramo de respeto (si es que el respeto se puede medir en gramos) por la gente que produjo los vestigios sobre los que hoy hacen semejante desastre.
Hablando de Rosas, en Tilcara están las casas donde mataron y velaron a Juan Lavalle. Esa fue una conmovedora sorpresa.
En el museo hay una exposición sobre el "malón de la paz", una marcha de indígenas jujeños que viajaron a Buenos Aires bajo el primer peronismo a pedir una reforma agraria. Es precaria, montada a pulso, pero muy buena, es lo único que vale la pena de visitar el museo, y la vale bien. Narra detalladamente la historia, sobre testimonios de ancianos que participaron o vivieron los acontecimientos desde Jujuy. Es muy conmovedor descubrir cuánto sacrificio hizo esa gente, y más aún enterarse al menos de pasada acerca de las condiciones semiesclavas en las que vivían, como siervos de los señores feudales del latifundio jujeño. Parece que fue una marcha con una gran repercusión mediática (hay recortes de diarios, entre ellos La Nación), y si bien los cagaron a palos de sorpresa y los mandaron en un tren de regreso a la fuerza, parece que la represión tuvo que ver con una medida discrecional tomada por un mando medio, pues según dicen los testimonios expuestos Perón intervino personalmente abriendo una investigación e introduciendo algo así como una reforma agraria cuyo alcance no está bien explicado en la exposición. En esas condiciones hasta yo me habría hecho peronista.
Perdón por el larguísimo tiempo que ha mediado entre esta entrada y la anterior, históricamente distantes un día una de la otra, pero merced a mi abandono separadas por muchas semanas acá. Va otro fragmento del Diario del Norte, mientras preparo el equipaje para otro viaje, menos planificado aunque quizá estará más lleno de cosas para contar. Desconozco cuántas personas leen este blog, o si lo hace alguien distinto a su ultramarginal autor. Como sea, un saludo.
Abril 28
de Salta a Jujuy
Vamos hacia Tilcara vía San Salvador de Jujuy. No pararemos ahí porque sospechamos que es feo, aunque consideramos la posibilidad de cambiar de plan al llegar.
Ayer visitamos el Museo de Alta Montaña, que queda sobre la plaza 9 de Julio, en Salta. Es precioso. Si bien a veces el montaje tiene problemas como el mal ajuste de las lupas con las que se pretende mostrar los detalles de unas figurinas vestidas con tejidos y tocados de plumas, el guión es bastante bueno y el mismo montaje lo es.
Es un museo moderno y la exposición central es sobre las tres momias de infantes halladas en la cima del volcán Lullaillaco, a 6.700 msnm. El principal defecto es que no dan cuenta de las razones por las que bautizaron a dos momias con nombres un poco extravagantes como "Niña del rayo", "Doncella" y a otra simplemente la llaman "Niño", de modo que uno se encuentra con la exposición sobre el hallazgo, el ajuar de cada momia, y los ritos que probablemente dieron lugar a los entierros, y ve nombrar los personajes pero se los refiere con aires de obviedad como si se tratara de figuras respecto de las cuales todo el mundo conoce el "nombre". Digo que siendo denominaciones impuestas por los arqueólogos se las debería explicar. Lo demás es casi perfecto. Se narra la expedición en video, con pequeñas entrevistas a los participantes e imágenes del ascenso y la excavación, y se muestran opiniones de los guías locales y de la maestra de la escuela de Tolar Grande, el pueblo más próximo a la cumbre, a 360 km de Salta capital, cerca de Chile. También aparece en los videos una señora que dice que aunque la gente dice que los sacrificaron se trata de una falsedad, porque los dejaron dormiditos, y cuenta que ellos creen en la utilidad de esas ofrendas para conseguir lluvias, buenas cosechas y saludo para los animales y personas, dando a entender que todavía se hacen.
Ahora que escribo recuerdo que el artesano de Alemanía nos contó que en alguna fiesta de la virgen en Semana Santa, realizada en una iglesia de cumbre, la multitud sacrifica un chivo ante la imagen de la virgen, y que la fiesta es una ocasión para comer y emborracharse masivamente.
Respecto de las momias, el museo cuenta con un sistema tecnológico de punta para su conservación, sobre la base de tecnología desarrollada en la Argentina. Solamente está exhibida la llamada "Niña del Rayo", y por unos ventanales se puede ver el área de conservación y el laboratorio; al lado del ventanal hay un plano en el que están indicadas las áreas, así como sus temperaturas permanentes. Hay tres bóvedas en las que se guardan las momias, y tanto el área de conservación como la vitrina de exhibición reproducen las condiciones ambientales del sitio de enterramiento: -18 grados C, bajísima humedad, y escaso oxígeno. La conservación sigue criterios no intrusivos que fueron aplicados también en el análisis. No las disectaron ni les aplicaron conservantes como antimicóticos o productos por el estilo. Los análisis fueron radiológicos y con TAC, y hay pequeños documentales sobre eso y los resultados de los análisis, que pasan por monitores plasma distribuidos por la exposición.
En general los videos duran al rededor de 7 minutos, y presentan testimonios de gente relacionada con el tema: arqueólogos, patólogos forenses, odontólogos, campesinos, guías, etc., según se trate.
Abril 29
(en Tilcara)
También hay una sala con una exposición sobre una momia que fue saqueada en la década de 1920 cerca de Cafayate, en un cerro que se llama Chusquizo, o algo así. La momia estuvo rodando por Buenos Aires durante 80 años hasta que fue recuperada y llevada a Salta. Se muestran fotos tomadas en distintas épocas y se ve cómo los malos tratos la fueron deteriorando hasta el día de hoy, cuando presenta un aspecto lamentable. Los documentales muestran testimonios de ancianos de Cafayate que la vieron en los veinte o tuvieron información de ella a través de otros. Hay uno muy conmovedor en el que un hombre habla larga y detalladamente de ella para concluir diciendo: "Les cuento todo esto sobre la momia pero no la he llegado a ver porque se la llevaron de acá".
Es llamada "La princesa del cerro" con la misma extravagancia medio circense con la que bautizaron a las otras dos, y como las otras, se trata de una momia natural.
La tercera exposición es sobre el camino principal del imperio inca y el proyecto de la Unesco para recuperarlo. Es menos densa en información y un poco más aburrida, pero muestra lindas fotos de ingeniería incaica asociada al camino.
La tienda del museo está bastante bien desarrollada con productos alusivos y artesanías del área. La mayoría de las cosas son caras y bonitas, para el turista imperialista medio.
Nos sorprendió notar que Salta es una ciudad poco conservada comparada con toda la fama que tiene como lugar colonial. Salvo el marco de la Plaza 9 de Julio, no hay mucho cuidado puesto en mantener la arquitectura. Sin embargo es una linda ciudad. Tiene dos iglesias muy bellas: San Francisco y la Catedral. Son típicamente coloniales, llenas de tallas y dorados por todos lados. En San Francisco vimos una talla de un santo acostado con uniforme romano y una herida en el cuello: San Severo. Era absolutamente sexy.
En la noche vimos muchos autos caros de gente de ahí. Era muy contrastante con el tono modesto de la ciudad en general. Todos iban llenos de jóvenes, y algunos señores blancos, distintos del salteño común de la calle. Evidentemente eran los ricos locales divirtiéndose.
Ayer partimos hacia Jujuy con el plan de trasbordar en San Salvador, la capital, y seguir camino hacia Tilcara. El viaje de 117 km se hace en poco más de una hora por buena carretera en una región verde y algo monótona. Cuando llegamos a la estación de buses de Jujuy sufrimos un choque porque a pesar de la proximidad con Salta todo era mucho más precario y sucio, y la gente se veía menos mestiza y casi paupérrima.
Buscamos el baño para mear pero no había señales que indicaran dónde estaba, así que medio en broma le dije a Jan que lo íbamos a encontrar por el olor, y así fue. Apestaba a orines y mierda a unos 15 metros, y aunque adentro una señora baldeaba incesantemente y trataba de mantener la limpieza, el lugar era nauseabundo.
Había mucha gente borracha, uno tirado durmiendo en el piso. Era medio día del lunes.
Todo era mucho más parecido a como uno imagina Bolivia que a la Argentina que conoce. Tomamos un bus de una empresa llamada Evelia que nos trajo a Tilcara por 9 pesos cada uno. Es como una hora de viaje por una carretera a veces destapada y se pasa por varios poblados bastante pobres que en ese clima seco por encima de los 2.000 msnm están manchados de verde por las huertas que tiene la gente en los solares.
6.15 p.m.
Cuando llegamos a Tilcara, ayer, encontramos un hostal llamado "Los Molles" y tomamos una cabaña con cama doble, escritorio y calefacción eléctrica por 80 pesos los dos. Es un bellísimo lugar a tres cuadras de la plaza, que acá es la periferia del pueblo. Hay muchos árboles al rededor, huerta, y desde el jardín se divisa la iglesia de Tilcara.
Es un lindo pueblo, tranquilo porque estamos en temporada baja, y con las casas antiguas bien conservadas. A pesar de la tranquilidad de esta época se nota que viene mucha gente en temporada alta, pues hay muchos hoteles y alojamientos de todos los precios, y varias tiendas y restaurantes caros, al estilo de Mar de Las Pampas o esos lugares de la costa de Buenos Aires.
En el hostal encontramos una francesa que vive en La Paz, donde trabaja para una ONG. Está en su vuelta final por el Cono Sur antes de volver a Francia, y hablando de las salteñas (las empanadas bolivianas), nos contó que la historia popular sobre el nombre que circula en La Paz dice que se hicieron comunes en Bolivia porque una señora de Salta se mudo allá, y montó un negocio. En cualquier caso, si las tomaron de los argentinos, los bolivianos las perfeccionaron.
También hay una pareja de porteños emigrados con su hijo de 18 meses llamado Pedro.
Anoche fuimos a comprar provisiones para la cena y encontramos el mercado del pueblo. Es un lindo lugar, limpio y ordenado (ya parezco una anciana bogotana), lleno de cosas ricas y baratas. Nuestra compra del día fue:
-1 Kg de carne de llama (pierna): $ 9.
-1 libra de oca (como cubios o ullucos pero con sabor a papa amarilla): $ 1,5.
-1 cabeza de ajo: $ 0,5.
-1 Kg de uvas dulces: $ 2.
Preparé una rica cena de oca en crema, y llama asada con cebolla, que acompañamos con vino de Cafayate.
Esta mañana pasamos por el mercado nuevamente y vimos los puestos de comida, así que entramos a curiosear y terminamos almorzando sudado de cabrito con arroz, papa, maíz y ensalada. En el puesto trabajaban una chica y una travesti llamada Carola, de unos 40 años, gordita, con el pelo largo cuidadosamente peinado. Ambas eran muy amables, en especial Carola. Estando allí vimos en el noticiero que hoy se hizo público que ya hay financiación para el tren bala. Da bronca ver gastar la plata en obras de lujo cuando en esta zona acabaron con los trenes, como lo hicieron en el resto del país, y la gente pobre -o no tanto- no tiene un medio de transporte bueno y barato como ese, mientras a las viejas vías y estaciones se las come el tiempo.
En la tarde fuimos al pucará, unas ruinas horrorosamente reconstruidas por un arqueólogo de apellido Debennedetti y otros. Da lástima porque parece un parque temático, aunque quizá por eso mismo la gente lo visita encantada. En la cumbre de la colina en la que está construyeron en 1935 una pirámide horrible imitación maya o algo así como monumento a los arqueólogos responsables del estropicio.
El lugar es administrado por la UBA pero no hay una sola palabra de crítica o disculpa por esa reconstrucción abusiva y el monumento-esperpento de la cima. Es un asco. En el pueblo hay un museo también de la UBA que se ve sostenido a pulso por la gente de ahí, pero la exposición es de las peores que haya visto. Las piezas no tienen fichas y la información es escasa y en tono aburrido. Da la impresión de que uno está en un gabinete de curiosidades y no en un museo manejado por una universidad seria. Aparte de que el parque del pucará y el museo son un enclave colonial porteño en Jujuy del cual Rosas y sus mazorqueros estarían orgullosos, están pésimamente manejados, sin criterios museográficos mínimos ni un gramo de respeto (si es que el respeto se puede medir en gramos) por la gente que produjo los vestigios sobre los que hoy hacen semejante desastre.
Hablando de Rosas, en Tilcara están las casas donde mataron y velaron a Juan Lavalle. Esa fue una conmovedora sorpresa.
En el museo hay una exposición sobre el "malón de la paz", una marcha de indígenas jujeños que viajaron a Buenos Aires bajo el primer peronismo a pedir una reforma agraria. Es precaria, montada a pulso, pero muy buena, es lo único que vale la pena de visitar el museo, y la vale bien. Narra detalladamente la historia, sobre testimonios de ancianos que participaron o vivieron los acontecimientos desde Jujuy. Es muy conmovedor descubrir cuánto sacrificio hizo esa gente, y más aún enterarse al menos de pasada acerca de las condiciones semiesclavas en las que vivían, como siervos de los señores feudales del latifundio jujeño. Parece que fue una marcha con una gran repercusión mediática (hay recortes de diarios, entre ellos La Nación), y si bien los cagaron a palos de sorpresa y los mandaron en un tren de regreso a la fuerza, parece que la represión tuvo que ver con una medida discrecional tomada por un mando medio, pues según dicen los testimonios expuestos Perón intervino personalmente abriendo una investigación e introduciendo algo así como una reforma agraria cuyo alcance no está bien explicado en la exposición. En esas condiciones hasta yo me habría hecho peronista.
6/1/08
Abril 27
Salta
Desde Tafí del Valle viajamos a Cafayate, pues finalmente sacamos la conclusión de que Amaicha era un moridero. En efecto, al pasar por ahí nos dimo cuenta de que no tiene nada particularmente interesante. El supuesto mejor clima del mundo es superseco, de modo que todo está cubierto de polvo.
Cafayate es un lindo lugar. Un pueblo tranquilo, con clima cálido y seco, pero muy agradable, con la arquitectura antigua bastante conservada y bastante bello. En sus alrededores se produce vino, están las bodegas Etchart y Lavaque, de las conocidas, pero también Domingo Hnos. y Nanni (la última tiene 150 años). Se toma buen vino del lugar a 6 pesos (poco menos de 2 dólares) el litro en el bar del mercado.
Aunque es un lugar turístico, lleno de tiendas, hoteles y restaurantes, es bastante tranquilo y a dos cuadras de la calle principal se encuentra el mercado popular, con su vida normal. Nos llamó la atención que la siesta dura hasta las cinco pero el comercio –incluidas las carnicerías– cierra a eso de las 11.
Nos quedamos en "Ruta 40", el hostal de HI, es cómodo, lindo, bien localizado y limpio, aunque subplanificado pues la cocina tiene nada más dos hornallas y el agua caliente se agota con que se bañe una persona.
Desde allí visitamos las ruinas de Quilmes, a 55 kilómetros al sur de Cafayate. Los últimos cinco kilómetros se recorren a pie desde la ruta. Tomamos un bus de "El Indio" que iba a Santa María (Catamarca) y nos llevó por 7 pesos. Iba tambien Jacqueline, una chilena de Concepción que vive en San Pedro de Atacama, con quien pasamos el día.
Las ruinas son lindas. Al pie hay un museo que no se puede visitar porque pertenece a un hotel menemista cerrado por algún litigio. La entrada es libre pero la guardan personas de la comunidad Diaguita que tomaron el lugar tras el cierre del hotel hace unos cinco meses. Uno de ellos ofrece una introducción al lugar bastante buena. Fue bello oírlo porque estaba bien informado sobre el lugar y tenía opiniones propias sobre los defectos de la reconstrucción que hicieron en 1977 y sobre la historia del sitio. Además daba cuenta de las discusiones entre los arqueólogos diciendo: "se dice A y B; nosotros narramos la interpretación de Fulano, pero hay otros que opinan tal cosa...". Contó sobre su experiencia respecto del sitio, diciendo que era indígena pero no se interesaba hasta que un día se dio cuenta de "que el indio no era tan malo como decían", y empezó a averiguar sobre el sitio. Señalaba el saqueo del lugar por los guaqueros, y dijo una bellísima metáfora sobre la guaquería y el modo en el que dificulta el análisis arqueológico: "llega el hombre y abre y rompe las urnas y se lleva lo que puede, y después cuando llega el arqueólogo es como si se encontrara con una carta rasgada por la mitad".
Después de escucharlo recorrimos las ruinas, de las cuales apenas el 15% está reconstruido. Es un lugar bello, aterrazado, con muros de piedra que conforman casas de techos bajos (no están reconstruidos pues no se sabe cómo eran), cuyos pisos se encontraban bajo el nivel del suelo para protegerse del frío. A lado y lado hay salientes de la cordillera en las que había puestos de vigilancia. El lugar es seco, de bosque achaparrado en algunas zonas en algunas zonas y en otras hay rastrojos y cardones, que abundan notablemente. Hay muchos cuises (o cuyes) silvestres, pero la gente no los come; también vimos un zorrito. La zona la habitan los indígenas diaguitas, que se ven bastante pobres, que se ven bastante pobres y hacen artesanías buenas técnicamente pero simplonas.
Esta es una región del país en la que para viajar se depende del paso de los pocos buses de línea que circulan de un pueblo a otro, así que al descender de las ruinas tras dar una vuelta ascendiendo al mirador izquierdo para ver el lugar y divisar el valle (el de Colalao, creo), almorzar arriba, tomar un tereré y descender, nos sobraban unas cuatro horas antes de que pasara el bus de regreso a Cafayate, de modo que caminamos hasta la ruta y desde ahí seguimos viendo si nos levantaba alguien pero nada. En un momento, como a 1 kilómetro del desvío de Quilmes, un motociclista perdió el equilibrio y volcó ahí, en medio de la nada. Corrimos para ayudarlo y para nuestra sorpresa no le había pasado nada. Parecía aturdido pero luego notamos que estaba borracho, y después de que le ayudamos a parar la moto y Jan y Jacqueline le insistieran en buscar ayuda, se montó y se fue frente a nuestra mirada asombrada.
Seguimos caminando y llegamos a un lindo hostal llamado Río de Arena, que queda sobre la carretera, donde tomamos una botella de vino y una picada por 42 pesos (el vino era buenísimo, hecho en el lugar); luego salimos, como a las 6.30 a esperar el bus, y nos levantó un camionero que nos llevó hasta Cafayate.
En Cafayate cenamos los tres en el bar del mercado por 22 pesos y luego tomamos vino en el hostal hasta tarde.
Al día siguiente –sábado–, salimos para Alemanía a la 1 de la tarde. Es una especie de pueblo fantasma, crecido al rededor de la estación del tren que terminaba ahí su recorrido desde Salta (o desde Cerrillo, a 10 km de Salta, según quién cuenta la historia). Hoy viven ahí unas 8 familias –más o menos 30 personas– y donde antes era la estación de policía hoy hay una escuela-albergue para los niños de la zona que tiene 30 estudiantes que el fin de semana vuelven a sus casas. En la estación, construida en 1916, hay un taller de artezánganos que trabajan y exponen ahí. Hablamos con uno que dice que ese tren era parte de un proyecto de vía Salta-Chile que se hundió en la Primera Guerra Mundial. La línea fue fabricada en Alemania, por Gutehoffnungshütte (Siderurgia Buena Esperanza) y en algún lugar leímos que el nombre del pueblo tiene que ver con que los obreros que pusieron la vía eran alemanes.
Por ahí pasan dos ríos, uno rojo y uno cristalino que se juntan a las afueras de Alemanía, bajo el puente ferroviario, al lado del cual acampamos. Es un lugar verde, rodeado de montañas, sin energía eléctrica, y bastante tranquilo. En la noche se ven infinidad de estrellas, con la Vía Láctea, perfectamente demarcada, y apenas los insectos y ranas sonando de fondo en los arroyos. Hubo un momento, mientras mirábamos las estrellas, cuando Jan miró hacia el piso y descubrimos cientos de luces en el pasto, como si fueran estrellas verdes en el suelo. Eran unos animalitos como marranitos, de muchas patas.
Cocinamos sopa de papas amarillas con sabor a hibias, tomate y cebolla, y pollo asado a la brasa, del cual nos queda una presa –pierna/contramuslo– para hoy.
La quebrada de Cafayate, entre Cafayate y Alemanía, es bellísima, por los colores de las montañas y las formas que produce la erosión, que son un espectáculo sublime. Quisiera que lo visitáramos sin prisa cuando volvamos hacia Tucumán.
Esta mañana, después de pasar una noche acampando en Alemanía, viajamos hacia Salta. Esperábamos el bus pero antes nos levantó un tipo muy amable que nos trajo hasta la ciudad, junto con un hombre que vivía en Alemanía pero ahora trabaja en La Merced y vuelve a su casa los fines de semana, y que al bajarse nos regaló dos panes, uno para el chofer y su amigo y otro para nosotros. Fuimos al hostal de HI pero era un asco, oscuro y sucio, terriblemente maloliente, así que volvimos a la plaza, nos comimos el pan que nos regaló el otro viajero para retomar fuerzas, y seguimos buscando. La plaza 9 de Julio, que viene a ser la principal de Salta, es muy bonita, verde, con una fuente y llena de árboles... es un buen lugar para pasar el tiempo que me recordó la plaza de Bolívar de Ibagué.
Encontramos uno que se llama "El Andaluz", sobre la calle Córdoba (191) y parece normal y limpio. Nos quedamos ahí. Hacemos tiempo tomando vino en el marco de la plaza 9 de Julio mientras vemos el museo, queremos ver si encontramos a Jacqueline, y vamos a averiguar cómo es el viaje a San Pedro de Atacama.
Salta no es tan linda, la arquitectura se mantiene y el marco de la plaza es lindo, pero la ciudad en general es un poco sucia, caótica, y llena de contaminación visual. No es fea, pero es la típica ciudad latinoamericana de tamaño medio (tiene 600 mil habitantes, fundada en 1582). El clima es cálido y seco ahora, aunque un poco más húmedo que el de Cafayate.
Salta
Desde Tafí del Valle viajamos a Cafayate, pues finalmente sacamos la conclusión de que Amaicha era un moridero. En efecto, al pasar por ahí nos dimo cuenta de que no tiene nada particularmente interesante. El supuesto mejor clima del mundo es superseco, de modo que todo está cubierto de polvo.
Cafayate es un lindo lugar. Un pueblo tranquilo, con clima cálido y seco, pero muy agradable, con la arquitectura antigua bastante conservada y bastante bello. En sus alrededores se produce vino, están las bodegas Etchart y Lavaque, de las conocidas, pero también Domingo Hnos. y Nanni (la última tiene 150 años). Se toma buen vino del lugar a 6 pesos (poco menos de 2 dólares) el litro en el bar del mercado.
Aunque es un lugar turístico, lleno de tiendas, hoteles y restaurantes, es bastante tranquilo y a dos cuadras de la calle principal se encuentra el mercado popular, con su vida normal. Nos llamó la atención que la siesta dura hasta las cinco pero el comercio –incluidas las carnicerías– cierra a eso de las 11.
Nos quedamos en "Ruta 40", el hostal de HI, es cómodo, lindo, bien localizado y limpio, aunque subplanificado pues la cocina tiene nada más dos hornallas y el agua caliente se agota con que se bañe una persona.
Desde allí visitamos las ruinas de Quilmes, a 55 kilómetros al sur de Cafayate. Los últimos cinco kilómetros se recorren a pie desde la ruta. Tomamos un bus de "El Indio" que iba a Santa María (Catamarca) y nos llevó por 7 pesos. Iba tambien Jacqueline, una chilena de Concepción que vive en San Pedro de Atacama, con quien pasamos el día.
Las ruinas son lindas. Al pie hay un museo que no se puede visitar porque pertenece a un hotel menemista cerrado por algún litigio. La entrada es libre pero la guardan personas de la comunidad Diaguita que tomaron el lugar tras el cierre del hotel hace unos cinco meses. Uno de ellos ofrece una introducción al lugar bastante buena. Fue bello oírlo porque estaba bien informado sobre el lugar y tenía opiniones propias sobre los defectos de la reconstrucción que hicieron en 1977 y sobre la historia del sitio. Además daba cuenta de las discusiones entre los arqueólogos diciendo: "se dice A y B; nosotros narramos la interpretación de Fulano, pero hay otros que opinan tal cosa...". Contó sobre su experiencia respecto del sitio, diciendo que era indígena pero no se interesaba hasta que un día se dio cuenta de "que el indio no era tan malo como decían", y empezó a averiguar sobre el sitio. Señalaba el saqueo del lugar por los guaqueros, y dijo una bellísima metáfora sobre la guaquería y el modo en el que dificulta el análisis arqueológico: "llega el hombre y abre y rompe las urnas y se lleva lo que puede, y después cuando llega el arqueólogo es como si se encontrara con una carta rasgada por la mitad".
Después de escucharlo recorrimos las ruinas, de las cuales apenas el 15% está reconstruido. Es un lugar bello, aterrazado, con muros de piedra que conforman casas de techos bajos (no están reconstruidos pues no se sabe cómo eran), cuyos pisos se encontraban bajo el nivel del suelo para protegerse del frío. A lado y lado hay salientes de la cordillera en las que había puestos de vigilancia. El lugar es seco, de bosque achaparrado en algunas zonas en algunas zonas y en otras hay rastrojos y cardones, que abundan notablemente. Hay muchos cuises (o cuyes) silvestres, pero la gente no los come; también vimos un zorrito. La zona la habitan los indígenas diaguitas, que se ven bastante pobres, que se ven bastante pobres y hacen artesanías buenas técnicamente pero simplonas.
Esta es una región del país en la que para viajar se depende del paso de los pocos buses de línea que circulan de un pueblo a otro, así que al descender de las ruinas tras dar una vuelta ascendiendo al mirador izquierdo para ver el lugar y divisar el valle (el de Colalao, creo), almorzar arriba, tomar un tereré y descender, nos sobraban unas cuatro horas antes de que pasara el bus de regreso a Cafayate, de modo que caminamos hasta la ruta y desde ahí seguimos viendo si nos levantaba alguien pero nada. En un momento, como a 1 kilómetro del desvío de Quilmes, un motociclista perdió el equilibrio y volcó ahí, en medio de la nada. Corrimos para ayudarlo y para nuestra sorpresa no le había pasado nada. Parecía aturdido pero luego notamos que estaba borracho, y después de que le ayudamos a parar la moto y Jan y Jacqueline le insistieran en buscar ayuda, se montó y se fue frente a nuestra mirada asombrada.
Seguimos caminando y llegamos a un lindo hostal llamado Río de Arena, que queda sobre la carretera, donde tomamos una botella de vino y una picada por 42 pesos (el vino era buenísimo, hecho en el lugar); luego salimos, como a las 6.30 a esperar el bus, y nos levantó un camionero que nos llevó hasta Cafayate.
En Cafayate cenamos los tres en el bar del mercado por 22 pesos y luego tomamos vino en el hostal hasta tarde.
Al día siguiente –sábado–, salimos para Alemanía a la 1 de la tarde. Es una especie de pueblo fantasma, crecido al rededor de la estación del tren que terminaba ahí su recorrido desde Salta (o desde Cerrillo, a 10 km de Salta, según quién cuenta la historia). Hoy viven ahí unas 8 familias –más o menos 30 personas– y donde antes era la estación de policía hoy hay una escuela-albergue para los niños de la zona que tiene 30 estudiantes que el fin de semana vuelven a sus casas. En la estación, construida en 1916, hay un taller de artezánganos que trabajan y exponen ahí. Hablamos con uno que dice que ese tren era parte de un proyecto de vía Salta-Chile que se hundió en la Primera Guerra Mundial. La línea fue fabricada en Alemania, por Gutehoffnungshütte (Siderurgia Buena Esperanza) y en algún lugar leímos que el nombre del pueblo tiene que ver con que los obreros que pusieron la vía eran alemanes.
Por ahí pasan dos ríos, uno rojo y uno cristalino que se juntan a las afueras de Alemanía, bajo el puente ferroviario, al lado del cual acampamos. Es un lugar verde, rodeado de montañas, sin energía eléctrica, y bastante tranquilo. En la noche se ven infinidad de estrellas, con la Vía Láctea, perfectamente demarcada, y apenas los insectos y ranas sonando de fondo en los arroyos. Hubo un momento, mientras mirábamos las estrellas, cuando Jan miró hacia el piso y descubrimos cientos de luces en el pasto, como si fueran estrellas verdes en el suelo. Eran unos animalitos como marranitos, de muchas patas.
Cocinamos sopa de papas amarillas con sabor a hibias, tomate y cebolla, y pollo asado a la brasa, del cual nos queda una presa –pierna/contramuslo– para hoy.
La quebrada de Cafayate, entre Cafayate y Alemanía, es bellísima, por los colores de las montañas y las formas que produce la erosión, que son un espectáculo sublime. Quisiera que lo visitáramos sin prisa cuando volvamos hacia Tucumán.
Esta mañana, después de pasar una noche acampando en Alemanía, viajamos hacia Salta. Esperábamos el bus pero antes nos levantó un tipo muy amable que nos trajo hasta la ciudad, junto con un hombre que vivía en Alemanía pero ahora trabaja en La Merced y vuelve a su casa los fines de semana, y que al bajarse nos regaló dos panes, uno para el chofer y su amigo y otro para nosotros. Fuimos al hostal de HI pero era un asco, oscuro y sucio, terriblemente maloliente, así que volvimos a la plaza, nos comimos el pan que nos regaló el otro viajero para retomar fuerzas, y seguimos buscando. La plaza 9 de Julio, que viene a ser la principal de Salta, es muy bonita, verde, con una fuente y llena de árboles... es un buen lugar para pasar el tiempo que me recordó la plaza de Bolívar de Ibagué.
Encontramos uno que se llama "El Andaluz", sobre la calle Córdoba (191) y parece normal y limpio. Nos quedamos ahí. Hacemos tiempo tomando vino en el marco de la plaza 9 de Julio mientras vemos el museo, queremos ver si encontramos a Jacqueline, y vamos a averiguar cómo es el viaje a San Pedro de Atacama.
Salta no es tan linda, la arquitectura se mantiene y el marco de la plaza es lindo, pero la ciudad en general es un poco sucia, caótica, y llena de contaminación visual. No es fea, pero es la típica ciudad latinoamericana de tamaño medio (tiene 600 mil habitantes, fundada en 1582). El clima es cálido y seco ahora, aunque un poco más húmedo que el de Cafayate.
5/17/08
Abril 23, 9:55
San Miguel de Tucumán - Tafí del Valle
Ayer llegamos justo a tiempo. Literalmente sobre el minuto. La estación de San Miguel de Tucumán es linda, y la ciudad en general lo es, aunque la arquitectura colonial prácticamente ha desaparecido. Las calles están sembradas de naranjos, una cosa muy ingeniosa y bonita, pero no paro de preguntarme quién se come las naranjas, pues aunque los árboles están cargados no parece haber nadie que las aproveche.
Llegamos cerca del mediodía y la ciuda bullía. Se me pareció a las ciudades de provincia de Colombia, viejas pero completamente remodeladas con edificios feos, llenas de contaminación visual, y con el tráfico congestionado por las calles estrechas. Fuimos al hostal, a unas 6 cuadras del centro, y cuando volvimos a salir parecíamos estar en un pueblo fantasma: era la hora de la siesta, que va de la 1 d ela tarde a las 5. No había nadie en la calle y el tráfico había desaparecido, todo el comercio estaba cerrado... no teníamos nada que hacer, pero de milagro hallamos un cafecito de viejos en el mercado y pasamos el rato. Luego fuimos al mercado popular de un barrio que queda al lado de la estación de buses: muy parecido a Chapicentro de Ibagué o el antiguo San Victorino de Bogotá y todos esos mercados de las ciudades colombianas donde venden todo tipo de elementos de indumentaria con marcas falsas y artículos de producción china. Vimos también muchas talabarterías y zapaterías como las de esos lugares.
Cuando terminó la siesta la ciudad volvió a hervir y era prácticamente imposible desplazarse. Fuimos al Mercado del Norte, una bonita galería que queda en el centro de la ciudad, sobre una calle peatonal, donde hay puestos de verduras, carnes y comida preparada. Compramos cordero para la cena, y lo horneamos con papas, cebollas y ajos. Allí sucedió algo gracioso y es que cuando la carnicera lo estaba cortando nos dimos cuenta de que tenía los riñones, así que le pedimos que se los quitara, pero ella nos miró extrañada y dijo que no. Como insistimos contestó que eran riquísimos, y que a ella le encantaban: sólo era cosa de ponerles sal y limón antes de cocinarlos... definitivamente era algo que debíamos probar. Sin embargo, no queríamos -si bien como todo tipo de cosas que a Jan le resultan extrañas, como hígado, mondongo y otras entrañas, los riñones me producen bastante rechazo , y a Jan ni se diga-, le insistimos y le dije que con mayor razón se los debía quitar, pues los podía aprovechar. Ella nos miró sonriente, un poco apenada y sorprendida y se los dejó. Bueno, el asunto es que riñoncitos aparte -que al final se perdieron porque aunque la chica del hostal reiteró el juicio de la carnicera acerca de su exquisitez tampoco los quiso aprovechar-, la cena nos salió riquísima.
Cuando estábamos a punto de cenar nos encontramos con Sergio, quien resultó ser el dueño del hostal. Charlamos un rato, nos dio indicaciones para el viaje, y se fue, de modo que después cenamos y nos fuimos a la cama. Estábamos muertos.
Quedo con una buena impresión de Tucumán, que a pesar de ser una ciudad deforme porque no han coservado la arquitectura antigua es agradable. Se me pareció mucho al ambiente colombiano en general... será porque la ciudad y el centro de Colombia son andinos y coloniales. A diferencia de Buenos Aires, la gente habla en un tono de voz moderado y de manera educada. En el mercado encontramos chirimoyas, lo cual me hizo sentir más "en casa", por ridículo que parezca concederle tal potencia a una fruta, y esta mañana noté que tienen guamos sembrados en los separadores de las calles periféricas.
Una cosa que me llama la atención es que el tucumano es el pueblo más idólatra que haya visto. Aunque no le dejan cartas a los santos en la iglesia como en Buenos Aires y Río de Janeiro, todo el que entra toca al santo de su devoción y cuando puede lo besa; de hecho, muchos recorren la iglesia tocando santo por santo y hablándole a cada uno. Verlos me recordó la sentencia de un azteca de la conquista citada por Serge Gruzinski en "La guerra de las imágenes": Las imágenes son los ídolos de los cristianos. La catedral de la ciudad es bastante aburrida y simple, pero tienen una hermosa iglesia franciscana de estilo barroco construida en el siglo XIX y maravillosamente decorada con tallas de la "vieja escuela" y murales manieristas de los zócalos al techo.
Los adolescentes que vimos en la ciudad son bellísimos: morenos y atléticos. El contraste entre las tucumanas y las porteñas es igual: la presencia de un mestizaje distinto se expresa, por ejemplo, en la ausencia de lo que con un amigo denominábamos "traseros sicilianos" (gigantescos y firmes como la roca), y por el hecho de que van por el mundo menos uniformadas.
Esta mañana partimos a las 10 para Tafí del Valle, sobre la cordillera al oeste de San Miguel. Se viaja por dos horas y media, primero por la planicie entre cañaduzales y luego se asciende a los Andes por una carretera estrecha pero buena, bordeando un río. Al rededor hay un bosque espeso la mayor parte del tiempo -supongo que es eso a lo que Nele aprendió a denominar "yunga" en Bolivia-, aunque se nota el avance desastroso de la deforestación en algunos lugares. A pesar de eso el paisaje es bellísimo y tanto lo verde de la espesura como las montañas me recordaron lugares como el cañón del Combeima o la subida a La Línea, en la cordillera central de Colombia.
Luego, como a 2.000 m.s.n.m. el paisaje es seco, de pastizales y cardones, todo pardo, como en los alrededores de Cuzco, y se encuentra el parque nacional Los Menhires, llamado así por unos monolitos erigidos en medio de los cardonales, que merced a la escasa niebla que había tenían una apariencia espectral, como si fueran sujetos que quisieran mimetizarse entre los cardones. Mas adelante hay un embalse llamado "Dique de la Angostura", emplazado entre Tafí y Mollar, un pueblo al que se puede llegar desviándose de la ruta unos 10 minutos antes de llegar a Tafí, y el clima es agradable, cálido y seco, fresco.
Estamos acampando en el camping municipal, un lugar cómodo con baños limpios, parrillas y electricidad, donde también hay cabañas. Tafí es un pueblo chico, fundado por jesuitas, famoso por sus quesos y por el clima maravilloso que tiene. Es el refugio veraniego de la clase media acomodada de San Miguel de Tucumán.
Una cosa que nos ha llamado la atención es que en esta provincia la mayoría de la policía -o lo que sea- que controla el tráfico es femenina. También hemos visto bastantes vigilantas y policías corrientes.
Hoy almorzamos locro, que acá es más espeso que en Buenos Aires, y muy parecido al mute de Boyacá. De hecho, la gente de Tafí parece boyacense: morena, sonrosada y abrigada -aunque sin ruana- haga sol o no. Ayer, cuando acabábamos de llegar y atravesábamos el parque del pueblo buscando el camping con las mochilas aún cargadas, me sucedió una cosa bellísima: hacía sol de tierra fría y había una brisa fresca que cuando uno estaba en la sombra daba frío, caminábamos bajo los pinos del parque y de un momento sentí su aroma, que me trasladó inmediatamente a las mañanas en Sutatausa. Fue como una emboscada. Luego lo supe: la temperatura, el viento, la vegetación... todo era bastante similar aunque no me hubiera dado cuenta.
San Miguel de Tucumán - Tafí del Valle
Ayer llegamos justo a tiempo. Literalmente sobre el minuto. La estación de San Miguel de Tucumán es linda, y la ciudad en general lo es, aunque la arquitectura colonial prácticamente ha desaparecido. Las calles están sembradas de naranjos, una cosa muy ingeniosa y bonita, pero no paro de preguntarme quién se come las naranjas, pues aunque los árboles están cargados no parece haber nadie que las aproveche.
Llegamos cerca del mediodía y la ciuda bullía. Se me pareció a las ciudades de provincia de Colombia, viejas pero completamente remodeladas con edificios feos, llenas de contaminación visual, y con el tráfico congestionado por las calles estrechas. Fuimos al hostal, a unas 6 cuadras del centro, y cuando volvimos a salir parecíamos estar en un pueblo fantasma: era la hora de la siesta, que va de la 1 d ela tarde a las 5. No había nadie en la calle y el tráfico había desaparecido, todo el comercio estaba cerrado... no teníamos nada que hacer, pero de milagro hallamos un cafecito de viejos en el mercado y pasamos el rato. Luego fuimos al mercado popular de un barrio que queda al lado de la estación de buses: muy parecido a Chapicentro de Ibagué o el antiguo San Victorino de Bogotá y todos esos mercados de las ciudades colombianas donde venden todo tipo de elementos de indumentaria con marcas falsas y artículos de producción china. Vimos también muchas talabarterías y zapaterías como las de esos lugares.
Cuando terminó la siesta la ciudad volvió a hervir y era prácticamente imposible desplazarse. Fuimos al Mercado del Norte, una bonita galería que queda en el centro de la ciudad, sobre una calle peatonal, donde hay puestos de verduras, carnes y comida preparada. Compramos cordero para la cena, y lo horneamos con papas, cebollas y ajos. Allí sucedió algo gracioso y es que cuando la carnicera lo estaba cortando nos dimos cuenta de que tenía los riñones, así que le pedimos que se los quitara, pero ella nos miró extrañada y dijo que no. Como insistimos contestó que eran riquísimos, y que a ella le encantaban: sólo era cosa de ponerles sal y limón antes de cocinarlos... definitivamente era algo que debíamos probar. Sin embargo, no queríamos -si bien como todo tipo de cosas que a Jan le resultan extrañas, como hígado, mondongo y otras entrañas, los riñones me producen bastante rechazo , y a Jan ni se diga-, le insistimos y le dije que con mayor razón se los debía quitar, pues los podía aprovechar. Ella nos miró sonriente, un poco apenada y sorprendida y se los dejó. Bueno, el asunto es que riñoncitos aparte -que al final se perdieron porque aunque la chica del hostal reiteró el juicio de la carnicera acerca de su exquisitez tampoco los quiso aprovechar-, la cena nos salió riquísima.
Cuando estábamos a punto de cenar nos encontramos con Sergio, quien resultó ser el dueño del hostal. Charlamos un rato, nos dio indicaciones para el viaje, y se fue, de modo que después cenamos y nos fuimos a la cama. Estábamos muertos.
Quedo con una buena impresión de Tucumán, que a pesar de ser una ciudad deforme porque no han coservado la arquitectura antigua es agradable. Se me pareció mucho al ambiente colombiano en general... será porque la ciudad y el centro de Colombia son andinos y coloniales. A diferencia de Buenos Aires, la gente habla en un tono de voz moderado y de manera educada. En el mercado encontramos chirimoyas, lo cual me hizo sentir más "en casa", por ridículo que parezca concederle tal potencia a una fruta, y esta mañana noté que tienen guamos sembrados en los separadores de las calles periféricas.
Una cosa que me llama la atención es que el tucumano es el pueblo más idólatra que haya visto. Aunque no le dejan cartas a los santos en la iglesia como en Buenos Aires y Río de Janeiro, todo el que entra toca al santo de su devoción y cuando puede lo besa; de hecho, muchos recorren la iglesia tocando santo por santo y hablándole a cada uno. Verlos me recordó la sentencia de un azteca de la conquista citada por Serge Gruzinski en "La guerra de las imágenes": Las imágenes son los ídolos de los cristianos. La catedral de la ciudad es bastante aburrida y simple, pero tienen una hermosa iglesia franciscana de estilo barroco construida en el siglo XIX y maravillosamente decorada con tallas de la "vieja escuela" y murales manieristas de los zócalos al techo.
Los adolescentes que vimos en la ciudad son bellísimos: morenos y atléticos. El contraste entre las tucumanas y las porteñas es igual: la presencia de un mestizaje distinto se expresa, por ejemplo, en la ausencia de lo que con un amigo denominábamos "traseros sicilianos" (gigantescos y firmes como la roca), y por el hecho de que van por el mundo menos uniformadas.
Esta mañana partimos a las 10 para Tafí del Valle, sobre la cordillera al oeste de San Miguel. Se viaja por dos horas y media, primero por la planicie entre cañaduzales y luego se asciende a los Andes por una carretera estrecha pero buena, bordeando un río. Al rededor hay un bosque espeso la mayor parte del tiempo -supongo que es eso a lo que Nele aprendió a denominar "yunga" en Bolivia-, aunque se nota el avance desastroso de la deforestación en algunos lugares. A pesar de eso el paisaje es bellísimo y tanto lo verde de la espesura como las montañas me recordaron lugares como el cañón del Combeima o la subida a La Línea, en la cordillera central de Colombia.
Luego, como a 2.000 m.s.n.m. el paisaje es seco, de pastizales y cardones, todo pardo, como en los alrededores de Cuzco, y se encuentra el parque nacional Los Menhires, llamado así por unos monolitos erigidos en medio de los cardonales, que merced a la escasa niebla que había tenían una apariencia espectral, como si fueran sujetos que quisieran mimetizarse entre los cardones. Mas adelante hay un embalse llamado "Dique de la Angostura", emplazado entre Tafí y Mollar, un pueblo al que se puede llegar desviándose de la ruta unos 10 minutos antes de llegar a Tafí, y el clima es agradable, cálido y seco, fresco.
Estamos acampando en el camping municipal, un lugar cómodo con baños limpios, parrillas y electricidad, donde también hay cabañas. Tafí es un pueblo chico, fundado por jesuitas, famoso por sus quesos y por el clima maravilloso que tiene. Es el refugio veraniego de la clase media acomodada de San Miguel de Tucumán.
Una cosa que nos ha llamado la atención es que en esta provincia la mayoría de la policía -o lo que sea- que controla el tráfico es femenina. También hemos visto bastantes vigilantas y policías corrientes.
Hoy almorzamos locro, que acá es más espeso que en Buenos Aires, y muy parecido al mute de Boyacá. De hecho, la gente de Tafí parece boyacense: morena, sonrosada y abrigada -aunque sin ruana- haga sol o no. Ayer, cuando acabábamos de llegar y atravesábamos el parque del pueblo buscando el camping con las mochilas aún cargadas, me sucedió una cosa bellísima: hacía sol de tierra fría y había una brisa fresca que cuando uno estaba en la sombra daba frío, caminábamos bajo los pinos del parque y de un momento sentí su aroma, que me trasladó inmediatamente a las mañanas en Sutatausa. Fue como una emboscada. Luego lo supe: la temperatura, el viento, la vegetación... todo era bastante similar aunque no me hubiera dado cuenta.
5/5/08
Durante dos semanas y media recorrimos con Jan los 1770 kilómetros que hay entre Buenos Aires y Humahuaca. He acá algunas notas de viaje, que irán apareciendo con las demoras que supone el retorno a la vida normal.
21-22 de abril
Buenos Aires - San Miguel de Tucumán
Viajamos en tren, en una línea de Ferrocentral que tiene dos frecuencias semanales. Cuando compramos los pasajes, unos 10 días antes, ya no quedaban asientos disponibles en pullman (67 pesos), así que viajamos en camarote (tienen capacidad para dos pero se paga una sola tarifa de 200 pesos). Fue un afortunado accidente: tenemos dos camas cómodas, mesa que cuando se pliega permite usar un lavamanos que tiene debajo de la tabla, armario y portaequipaje.
Salimos a las 10.45 de la mañana, y llegaremos a las 11.45, después de 25 horas de viaje. En bus toma entre 18 y 19 horas, según otros pasajeros (luego averiguamos y oficialmente el recorrido toma 16 horas). El servicio es puntual, y hay varias cosas que me hacen pensar en los viejos ingleses: en primer lugar el ferrocarril (sale de Retiro), que va por la izquierda; en segundo la puntualidad absoluta de los horarios; en tercero los detalles -encontramos un reloj en la estación de Rafaela, al norte de la provincia de Santa Fe, hecho en Londres-; y en cuarto la manera de viajar en camarotes, referida hasta el cansancio en las novelas de Agatha Christie (el verano pasado leí muchas de ellas para Planeta), con sus crímenes misteriosos a bordo del tren.
Paramos en Rosario Norte al minuto exacto que lo anunciaba el horario (16.45). Me impactó mucho ver las villas-miseria, barrios gigantescos de tugurios, a las afueras de una de las ciudades más prósperas de la Argentina, donde se cotiza el 80% de los granos que se exportan. Cosas del capitalismo.
Antes y después de Rosario: la Pampa monótona sembrada de soja y a veces vacas. La siguiente parada fue en Rafaela, una ciudad de unos 50 a 100 mil habitantes. ahí me sorprendió ver algo así como una docena de gatos parados en el punto más alto del techo a dos aguas de la estación y fue donde vimos en reloj del que ya escribí.
En el tren no venden licor, así que compramos una cerveza en Rafaela y no nos la dejaron subir, asì que tuvimos que bebérnosla rápidamente en el andén, haciendo honor a nuestras respectivas herencias andina y germánica.
Si bien el vagón-comedor es amplio y cómodo, la comida no parece buena. Nuestro vecino de camarote se quejó. Nosotros solamente hemos tomado café doble, que es bueno y barato (4 pesos). Trajimos "monster empanadas" de pollo y carne, profiteroles, chorizo y bananas, además de agua y vino, así que nos hemos movido con nuestras propias provisiones.
Jan lee "In cold blood", de Truman Capote, y yo "Claudius, the good", de Robert Graves.
1.20 a.m.
Parada de cinco minutos en Ceres, al límite de Santa Fe y Santiago del Estero. Tomé un par de lindas fotos y hablamos con dos chicos que tomaban vino en el puente peatonal sobre las vías. Ellos dicen que es "un pueblo de mierda": Rosario está a 8 horas de viaje en bus. Mientras hablàbamos sonó el silbato y tuvimos que cortar a las carreras.
21-22 de abril
Buenos Aires - San Miguel de Tucumán
Viajamos en tren, en una línea de Ferrocentral que tiene dos frecuencias semanales. Cuando compramos los pasajes, unos 10 días antes, ya no quedaban asientos disponibles en pullman (67 pesos), así que viajamos en camarote (tienen capacidad para dos pero se paga una sola tarifa de 200 pesos). Fue un afortunado accidente: tenemos dos camas cómodas, mesa que cuando se pliega permite usar un lavamanos que tiene debajo de la tabla, armario y portaequipaje.
Salimos a las 10.45 de la mañana, y llegaremos a las 11.45, después de 25 horas de viaje. En bus toma entre 18 y 19 horas, según otros pasajeros (luego averiguamos y oficialmente el recorrido toma 16 horas). El servicio es puntual, y hay varias cosas que me hacen pensar en los viejos ingleses: en primer lugar el ferrocarril (sale de Retiro), que va por la izquierda; en segundo la puntualidad absoluta de los horarios; en tercero los detalles -encontramos un reloj en la estación de Rafaela, al norte de la provincia de Santa Fe, hecho en Londres-; y en cuarto la manera de viajar en camarotes, referida hasta el cansancio en las novelas de Agatha Christie (el verano pasado leí muchas de ellas para Planeta), con sus crímenes misteriosos a bordo del tren.
Paramos en Rosario Norte al minuto exacto que lo anunciaba el horario (16.45). Me impactó mucho ver las villas-miseria, barrios gigantescos de tugurios, a las afueras de una de las ciudades más prósperas de la Argentina, donde se cotiza el 80% de los granos que se exportan. Cosas del capitalismo.
Antes y después de Rosario: la Pampa monótona sembrada de soja y a veces vacas. La siguiente parada fue en Rafaela, una ciudad de unos 50 a 100 mil habitantes. ahí me sorprendió ver algo así como una docena de gatos parados en el punto más alto del techo a dos aguas de la estación y fue donde vimos en reloj del que ya escribí.
En el tren no venden licor, así que compramos una cerveza en Rafaela y no nos la dejaron subir, asì que tuvimos que bebérnosla rápidamente en el andén, haciendo honor a nuestras respectivas herencias andina y germánica.
Si bien el vagón-comedor es amplio y cómodo, la comida no parece buena. Nuestro vecino de camarote se quejó. Nosotros solamente hemos tomado café doble, que es bueno y barato (4 pesos). Trajimos "monster empanadas" de pollo y carne, profiteroles, chorizo y bananas, además de agua y vino, así que nos hemos movido con nuestras propias provisiones.
Jan lee "In cold blood", de Truman Capote, y yo "Claudius, the good", de Robert Graves.
1.20 a.m.
Parada de cinco minutos en Ceres, al límite de Santa Fe y Santiago del Estero. Tomé un par de lindas fotos y hablamos con dos chicos que tomaban vino en el puente peatonal sobre las vías. Ellos dicen que es "un pueblo de mierda": Rosario está a 8 horas de viaje en bus. Mientras hablàbamos sonó el silbato y tuvimos que cortar a las carreras.
Subscribe to:
Posts (Atom)