11/13/07

Pájaros

Que la gente idealiza cuando se enamora es, al menos entre los occidentales, una verdad de perogrullo. Pero si la idealización se restringiera a los estrechos márgenes del lecho -porque convengamos en que hoy día son pocos los que se enamoran sin haber pasado por las sábanas del destinatario de sus suspiros-, las cosas entre nosotros serían bien diferentes. Sucede que no sólo se idealizan los amantes sino que otros objetos y seres del mundo suelen ser embellecidos tambien, a veces más alevosamente.

Uno de ellos -no me atrevo a decir que el peor, pero si no lo es pega en el palo-, son las aves. Celebradas en poemas, pinturas y villancicos, sólo pueden parecernos bellas porque están cubiertas de capas y capas de atroz romanticismo. Recuerdo que de chico le tenía miedo a las gallinas, y no era para menos. Teniendo en cuenta que a los cinco años uno tiene apenas el doble de estatura que una gallina adulta se comprende que a esa edad las viera monstruosas. Esos seres de mirada curiosa que siempre inclinan la cabeza poblada de verrugas hacia un costado para clavarle a uno el único ojo que tienen del lado del que uno se encuentra. Luego, en "Del amor y otros demonios" encontré una mano solidaria para estrechar: la del Marqués de Casalduero, quien le agarró pavor a esos bichos desde el día en que imaginó una del tamaño de una vaca.

El año pasado, cuando vivía en Villacrespo, tuve el nada honroso placer de descubrir que los bichos que presagiaban el amanecer desde las 3 y media de la mañana, con un cantito monótono y persistente, eran los nunca bien ponderados zorzales. ¿Por qué llamar a Gardel "El Zorzal Criollo"? De monótono su canto tenía poco y nada, y dudo que se alimentara de alimañas o estuviera cundido de piojos, ácaros y otros pequeñísimos animales. Paradojas de la cultura argentina, como aquella de llamar bombachas a los calzones de mujer y a los pantalones de los gauchos, de modo que uno puede imaginarse a Martín Fierro luciendo ropa de encaje.

Entonces, la primavera pasada fue la de los zorzales. Esta, en cambio, es la de los gorriones, unas aves diminutas y super cagonas que juntan cuanta porquería encuentran para construir sus nidos, uno de los cuales -en obra- reposa sobre una viga de la sala de mi casa. Al comienzo los toleraba, pero cuando dejé de soportar sus cagadas, las pajitas, plumas, plásticos, palitos y otras cosas que dejaban caer de la obra, y el escándalo que empezaba cada mañana justo a la hora de irme a dormir, empezó nuestra guerra sin cuartel. Hace dos semanas les tapo cuanta entrada usan, y ellos, con sos minúsculos cerebros, tardan días en encontrar otra, sin notar que podrían usar las ventanas, abiertas de par en par día y noche. Intuyo la satisfacción de la victoria, pues hace unos cuatro días no aparecen.

Durante varios días me sentí como El Gigante Egoísta, pero hace poco supe que la gente que los padece y busca desde maneras de espantarlos hasta formas de vengarse (poniéndoles comida con laxante, por ejemplo), es mucha. Ergo, no estoy solo en mi cruzada. Algunos consejos e ideas al respecto pueden leerse haciendo click --> Aquí.

Ojo, que si bien opino que las aves son feas y sucias cuando están vivas, creo que tienen pocos competidores competentes en la mesa. Sus carnes se prestan para todo tipo de experimentos ricos con frutas secas, hongos, flores y cosas por el estilo. ¿Tendrá que ver con las porquerías que comen? Joe las llama "Flying Rats".

1 comment:

Gustavo Ramírez said...

Gracias, me reí un rato leyendo esto.
Yo recuerdo que una vez iba caminando con alguien por Congreso y estaba muy enojado. Lamentablemente se cruzo una de esas palomas roñosas, a la cuál patee y creo que cayó rendoda (muerta). Pero no me dí vuelta a verla. Bueno, no quedé muy bien frente a la otra persona siendo un matapalomas. Ja.

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