Mi última temporada de trabajo de campo en Colombia, a finales de 2013, estuvo marcada por el hostigamiento de parte de algún servicio de inteligencia estatal que presumo que era el del Ejército. Esa fue la reacción que vino en un momento de particular polarización del país y radicalización de los militares y la derecha por varios fenómenos en curso, como los tímidos avances de la justicia contra militares que han ejecutado miles de civiles para presentarlos como guerrilleros en los últimos años, y las conversaciones de paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las Farc. Siempre es así en Colombia: cuando hay avances de la justicia contra los masacradores y torturadores oficiales, o cuando el gobierno intenta desmontar a las guerrillas mediante la negociación, los milicos y la derecha en general montan en cólera y recrudecen las amenazas, persecuciones y asesinatos generalizados, con los que por un lado intentan defenderse de los jueces que los procesan y por otro sabotear los procesos de paz. Y en medio de esa reacción, la respuesta de las fuerzas "de seguridad" se demuestra tan democrática como nada en Colombia: los héroes de la patria reparten por doquier amenazas, acoso, interceptaciones, calumnias y un largo etcétera... lo hacen bajo el principio de la distribución universal que en ningún lugar del mundo aplica para la riqueza. Así, después de 3 años de trabajo de campo en los que parecía que yo estuviera investigando en un país que no era Colombia porque no parecía que mi trabajo fuera peligroso, sucedió lo que suele suceder allí: que a mi me tocó mi parte de la generosa distribución de intimidaciones y acoso. Como en la mayoría de los casos, entré en la repartija por andar "metiéndome en lo que no me importa" (dirán ellos). No me tocó por ser militante de ninguna organización de derechos humanos, o de alguna organización política ilegal.
Entre inicios de noviembre de 2013 y la primera semana de diciembre del mismo año, cuando volví a Alemania, mi teléfono estuvo evidentemente intervenido, recibí llamadas en las que personas aparentemente equivocadas me preguntaban si en ese momento estaba con sobrevivientes de episodios de tortura a quienes no conozco personalmente, el timbre del apartamento donde me quedaba recibió las atenciones de desconocidos a las 3 de la madrugada, sin que esas personas fueran anunciadas por los varios porteros del conjunto cerrado donde quedaba el apartamento, varios correos electrónicos que envié informándole a amigos y colegas sobre lo que sucedía nunca llegaron a su destino... Y todo eso por "meterme en lo que no me importa": investigar sobre cómo mucha gente de distintas clases sociales y tendencias políticas lucha porque se haga justicia o se consolide la impunidad por los asesinatos y desapariciones perpetrados por agentes del Estado durante la retoma del Palacio de Justicia, en 1985. ¿Que eso no me importa? Claro que me importa, y me meto en eso como me podría meter con otros temas igualmente nefastos de la realidad colombiana, con la fragilidad de quien no tienen quién lo defienda de los desaparecedores, matones y torturadores, pero con la testarudez del que por distintas razones se empecina cuando le dicen que no joda, que mejor se quede quieto.
Cuando le conté sobre esa situación a distintos amigos hubo respuestas variadas que de todos modos se pueden agrupar en tres categorías: algunos pocos –los menos enterados de la situación de violencia política que se vive en Colombia todos los días– insinuaron que estaba paranoico, pero no tuvieron los huevos de decírmelo directamente, sino que apenas dejaron caer preguntas que no los comprometían pero dejaban claras sus opiniones; otros muchos –la mayoría– me ofrecieron su solidaridad dándome consejos o contactándome con terceros que podían ayudar, se mostraron más preocupados de lo que yo estaba, y se mantuvieron en contacto sistemáticamente para asegurarse de que las cosas no habían empeorado. Los terceros, a los que va dedicado el título de esta entrada, se cagaron en las patas por la posibilidad de que mi "enfermedad" fuera contagiosa: comenzaron a evitarme incluso por correo electrónico –varios lo hacen todavía hoy–, a "sacarme el cuerpo" para salvar su propio pellejo, e incluso hubo quien me "sugirió" de manera bastante imperativa que no publicara los resultados de mi investigación en Colombia, porque eso iba a alborotar un avispero y "depronto salen llevando no solo tu sino otros". "Otros", en el contexto, significaba "los que hemos cometido la enorme cagada de dejarnos ver contigo en algún momento".
Y paradoja de paradojas, esas reacciones florecieron como las mil flores de Mao en el amplio potrero en el que pastan rumiantes intelectuales de las más diversas y alcurniosas posiciones "progresivas". Casi toda gente a la que no le tiembla la voz para expresar su odio por la injusticia en conversaciones privadas o conferencias, siempre y cuando el público esté bien calibrado y haya pocas posibilidades de que haya un milico o un paraco entre los oyentes. Y al cabo de las cuarenta resultó que son más cagones e insolidarios, más obscenamente individualistas y cobardes que muchos otros "menos ilustrados", "menos comprometidos", más presos de "la mentalidad de doña Rosa". Viéndolo a la distancia, esa desbandada y la impresentable sugerencia de autocensura que en medio de ella surgió expresan una cosa: que al ver de cerca el hecho de que en Colombia llevar las posiciones democráticas a sus mínimas consecuencias prácticas, como motivadoras de la acción, supone ponerse en peligro casi automáticamente, decidieron que es mejor no correr riesgos, que no hay posición aunque sea elementalmente democrática que amerite arriesgarse. Enfrentados al hecho de que debido a mi investigación y mi solidaridad pública con las vícitmas de los crímenes de Estado cometidos durante la retoma del Palacio de Justicia, el Estado asesino de ese país me había convertido en una persona puesta en peligro, ellos decidieron ponerse a salvo, huyendo de mi como quien huye de la peste.
Por eso, y porque apenas hoy "me cayó la ficha", como dicen los argentinos... porque apenas hoy, que es al mismo tiempo el tercer aniversario de mi llegada a Alemania, un país en el que vivo porque fue a donde me arrastraron la suerte y la vida, pero no para huir de la brutalidad del Estado colombiano, que de todos modos cuando es necesario lo alcanza a uno en cualquier lugar del mundo... porque apenas hoy até todos los cabos, quiero dedicarles a ellos este poema de Mario Benedetti que se llama "No te salves":
No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.
3/4/14
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