La leyenda sobre el enjuiciamiento y
ejecución por los romanos del sujeto que pasó a la
historia como Jesucristo cuenta que, cuando según la costumbre
impuesta por el gobierno imperial, el gobernador de Judea llamado
Poncio Pilatos consultó a la muchedumbre sobre a cuál prisionero le
debía condonar la pena de muerte con motivo de la pascua, la multitud no eligió al hijo del
carpintero que había provocado agitación con sus delirios místicos.
Según esa misma leyenda, eligió a un tal "Barrabás", un
hombre descrito por los evangelistas como "un prisionero
notable" (Mateo, 27:16), o como uno que había sido hecho prisionero
después de participar en un levantamiento en el que había sido cometido un asesinato (Marcos, 15:7; Lucas, 23:19). Del contexto histórico se sobreentiende que tal levantamiento debió ser contra la dominación romana, un dato que también se encuentra en algunas traducciones del evangelio de Lucas.
Es probable que como muchos otros
elementos de la mitología cristiana, el nombre dado al prisionero
político elegido por la multitud no corresponda a su nombre real,
sino que contenga una alusión hoy perdida en las lenguas a las que
fue traducida la leyenda (cosa que ocurre también con el apelativo que pasó al español como "Iscariote", concedido al Judas que hizo realidad parte de la profecía sobre la cual Jesús montó su autoproclamada divinidad). En su forma original, lejos de ser un mero
nombre propio, "Barrabás" (Bar Abbá) significa "hijo
del hombre", es decir "hijo de una persona cualquiera".
Con esa narración los evangelistas probablemente quisieron registrar para la
historia de su recién fundada secta mesiánica el
hecho de que sus paisanos dejaron perecer al "hijo de
dios" y prefirieron salvar al "hijo del hombre". Pero vista en el contexto de la vida religiosa y la lucha anticolonial de los numerosos
pueblos dominados por el imperio romano, la leyenda es iluminadora.
Muestra que, acostumbrados a la emergencia regular de delirantes
mesiánicos en Jerusalén, una ciudad que incluso 2000 años después
sigue siendo un epicentro de los desequilibrados místicos de tres
religiones llegados de casi todos los rincones del mundo, los que
integraban la multitud aquél día eligieron no salvar al egocéntrico
hijo del carpintero que en medio de sus desvaríos se había
declarado mesías (salvador), como tantos otros. Ese día, en la
víspera de la pascua, la festividad con la que los judíos celebran
el fin de la esclavitud en Egipto, la muchedumbre salvó al que había
demostrado con creces que estaba dispuesto a luchar por ponerle punto
final a ese nuevo episodio de dominación protagonizado ya no por el
faraón, sino por el imperio romano.
Aproximadamente treinta años después
de ese acontecimiento, en el año 66 de la era común, tuvo lugar el
levantamiento que fue registrado por Flavio Josefo en "La guerra de los judíos". Con su aplastamiento en el año 73 los romanos le pusieron fin definitivo a la resistencia anitcolonial en la Judea del siglo I, que comprendía más o menos el territorio del Israel actual a excepción de Galilea y las alturas del Golán. Pero la derrota militar del independentismo judío no fue el único efecto ni el más perdurable, pues los romanos también destruyeron el segundo templo en Jerusalén y dispersaron a la población por los cuatro confines del
imperio. Aquella fue la época del famoso sitio de Masada, que según algunas versiones condujo al suicidio colectivo de los habitantes de esa ciudadela construida sobre una meseta a orillas del Mar Muerto cuando estaban a punto de caer presos de los romanos, y que inspiró la iniciativa por la cual Shmaryahu Gutman organizó a partir de 1942 –bajo la narrativa de la resistencia y el martirio de los rebeldes del siglo I– la transición entre el agonizante sionismo socialista y el moderno sionismo combativo. El levantamiento contra la dominación romana anticipado por la liberación de Barrabás a pedido de la multitud es, entonces, un acontecimiento cuyo enorme impacto sigue vigente en la actualidad. Así por ejemplo, además de la dispersión forzosa de los judíos por
el mundo que hoy se conoce como "la diáspora", también causó la vacancia del
monte Moriah, sobre el cual se encontraba el templo en Jerusalén hasta cuando fue destruido, y donde unos seis siglos después los entonces recién convertidos
musulmanes fundaron dos mezquitas. Desde el sitio donde se encuentra
una de ellas, según cuenta la leyenda respectiva, Mahoma subió al
cielo montado en un camello o caballo con alas. Sobre esa leyenda se
funda en la actualidad el reclamo de amplios sectores musulmanes
practicantes de prohibirle la entrada a los no musulmanes al Monte
del Templo. Con ese reclamo buscan, en principio, asegurar su derecho exclusivo sobre un lugar que han ocupado de manera discontinua desde el siglo sexto de la era común, pero que ya desde varios siglos antes juega un lugar central para judíos y cristianos, pues según su mitología compartida allí fue donde Abraham estuvo a punto de sacrificar sobre una roca a su primogénito Isaac por orden de su dios, en una época que hipotéticamente ha sido situada en el siglo XX antes de la era común, es decir hace unos 4.000 años.
Pero existe otro acontecimiento de la época del levantamiento del año 66 que hoy resulta menos relevante y sin embargo dejó una marca enorme en la historia occidental. Con el botín producto del saqueo del templo y la confiscación de los bienes de los deportados, los romanos hicieron construir en gran parte el coliseo de Roma, aquél lugar donde los seguidores del delirante místico ejecutado treinta años antes del levantamiento fueron sometidos por largo tiempo a la ejecución pública a manos de fieras y gladiadores. Esa victoria militar imperial quedó, como tantas otras, registrada en un arco del triunfo, que en este caso es el de Tito, construido en la Vía Sacra a unos 250 metros de donde hoy se encuentra el Coliseo. Allí, entre otros objetos transportados en el desfile triunfal, se observa la menorá, el candelabro de siete brazos saqueado del templo en la víspera de su destrucción.
| Detalle del Arco de Tito, en la Vía Sacra, inaugurado alrededor del año 79 de la era común, tras la victoria romana sobre el levantamiento de Judea. |
Walter Benjamin, un filósofo berlinés cuya judeidad religiosa suele pasar inadvertida entre sus seguidores actuales, registró en la sexta de sus Tesis de Filosofía de la Historia un eco de la relación entre el pasado catastrófico y la esperanza de la restauración espiritual y social albergada por ese pueblo desde la destrucción del segundo templo:
Articular históricamente lo pasado no significa conocerlo «tal y como verdaderamente ha sido». Significa adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro. Al materialismo histórico le incumbe fijar una imagen del pasado tal y como se le presenta de improviso al sujeto histórico en el instante del peligro. El peligro amenaza tanto al patrimonio de la tradición como a los que lo reciben. En ambos casos es uno y el mismo: prestarse a ser instrumento de la clase dominante. En toda época ha de intentarse arrancar la tradición al respectivo conformismo que está a punto de subyugarla. El Mesías no viene únicamente como redentor; viene como vencedor del Anticristo. El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza sólo es inherente al historiador que está penetrado de lo siguiente: tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer.Ese "adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro" es lo que ha nutrido numerosos movimientos judíos surgidos al amparo de la obligación de "mejorar el mundo" (conocida en hebreo como Tikkun Olam), tales como las guerrillas de las que probablemente hacía parte el llamado Barrabás, el socialismo asimilacionista, el Bund, el feminismo socialista, la Haskalá –la ilustración judía–, el sionismo, o el marxismo revolucionario adoptado por Benjamin como complemento de su quizá cándida, quizá desesperada, o a lo mejor sensata religiosidad. Todos esos movimientos han expresado, de distintas maneras, la conciencia de numerosos integrantes de ese pueblo acerca de que "tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza. Y ese enemigo no ha cesado de vencer." Para la muestra están hoy día los cementerios profanados a lo largo y ancho de Europa, así como los hombres, mujeres y niños apuñalados en la calle, o a la entrada de escuelas y sinagogas en Toulouse, Brooklyn, Jerusalén, Paysandú y tantos otros lugares. Y tal parece que hasta que una serie de milagros claramente descritos en textos proféticos anuncien la llegada del verdadero mesías, los que integran la minoría religiosa de ese pueblo seguirán intentando distinguir entre Bar Abbas y los viejos y nuevos hijos de carpintero, y optarán por el primero como aliado de su lucha por mejorar el mundo y preparar de ese modo la llegada del verdadero salvador.
Ahora bien, que a uno le guste o no el mundo que quieren construir y las luchas que dan para lograrlo es otra cosa. Pero de ese tipo de preguntas no se ocupan ni la historia de la cultura ni la teología secular.
3 comments:
El eterno retorno.....
Un tema del que se han ocupado de otro modo los creadores de "The Walking Dead" y las obras que la precedieron.
Esa serie no me la estoy viendo, jeje, realmente no me sedujo, pero ya la veré... pero si veo el "Juego de Tronos" y ahí unas cuantas cosas se pueden rastrear de esa idea.... jejej saludos pues...
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