Abril 23, 9:55
San Miguel de Tucumán - Tafí del Valle
Ayer llegamos justo a tiempo. Literalmente sobre el minuto. La estación de San Miguel de Tucumán es linda, y la ciudad en general lo es, aunque la arquitectura colonial prácticamente ha desaparecido. Las calles están sembradas de naranjos, una cosa muy ingeniosa y bonita, pero no paro de preguntarme quién se come las naranjas, pues aunque los árboles están cargados no parece haber nadie que las aproveche.
Llegamos cerca del mediodía y la ciuda bullía. Se me pareció a las ciudades de provincia de Colombia, viejas pero completamente remodeladas con edificios feos, llenas de contaminación visual, y con el tráfico congestionado por las calles estrechas. Fuimos al hostal, a unas 6 cuadras del centro, y cuando volvimos a salir parecíamos estar en un pueblo fantasma: era la hora de la siesta, que va de la 1 d ela tarde a las 5. No había nadie en la calle y el tráfico había desaparecido, todo el comercio estaba cerrado... no teníamos nada que hacer, pero de milagro hallamos un cafecito de viejos en el mercado y pasamos el rato. Luego fuimos al mercado popular de un barrio que queda al lado de la estación de buses: muy parecido a Chapicentro de Ibagué o el antiguo San Victorino de Bogotá y todos esos mercados de las ciudades colombianas donde venden todo tipo de elementos de indumentaria con marcas falsas y artículos de producción china. Vimos también muchas talabarterías y zapaterías como las de esos lugares.
Cuando terminó la siesta la ciudad volvió a hervir y era prácticamente imposible desplazarse. Fuimos al Mercado del Norte, una bonita galería que queda en el centro de la ciudad, sobre una calle peatonal, donde hay puestos de verduras, carnes y comida preparada. Compramos cordero para la cena, y lo horneamos con papas, cebollas y ajos. Allí sucedió algo gracioso y es que cuando la carnicera lo estaba cortando nos dimos cuenta de que tenía los riñones, así que le pedimos que se los quitara, pero ella nos miró extrañada y dijo que no. Como insistimos contestó que eran riquísimos, y que a ella le encantaban: sólo era cosa de ponerles sal y limón antes de cocinarlos... definitivamente era algo que debíamos probar. Sin embargo, no queríamos -si bien como todo tipo de cosas que a Jan le resultan extrañas, como hígado, mondongo y otras entrañas, los riñones me producen bastante rechazo , y a Jan ni se diga-, le insistimos y le dije que con mayor razón se los debía quitar, pues los podía aprovechar. Ella nos miró sonriente, un poco apenada y sorprendida y se los dejó. Bueno, el asunto es que riñoncitos aparte -que al final se perdieron porque aunque la chica del hostal reiteró el juicio de la carnicera acerca de su exquisitez tampoco los quiso aprovechar-, la cena nos salió riquísima.
Cuando estábamos a punto de cenar nos encontramos con Sergio, quien resultó ser el dueño del hostal. Charlamos un rato, nos dio indicaciones para el viaje, y se fue, de modo que después cenamos y nos fuimos a la cama. Estábamos muertos.
Quedo con una buena impresión de Tucumán, que a pesar de ser una ciudad deforme porque no han coservado la arquitectura antigua es agradable. Se me pareció mucho al ambiente colombiano en general... será porque la ciudad y el centro de Colombia son andinos y coloniales. A diferencia de Buenos Aires, la gente habla en un tono de voz moderado y de manera educada. En el mercado encontramos chirimoyas, lo cual me hizo sentir más "en casa", por ridículo que parezca concederle tal potencia a una fruta, y esta mañana noté que tienen guamos sembrados en los separadores de las calles periféricas.
Una cosa que me llama la atención es que el tucumano es el pueblo más idólatra que haya visto. Aunque no le dejan cartas a los santos en la iglesia como en Buenos Aires y Río de Janeiro, todo el que entra toca al santo de su devoción y cuando puede lo besa; de hecho, muchos recorren la iglesia tocando santo por santo y hablándole a cada uno. Verlos me recordó la sentencia de un azteca de la conquista citada por Serge Gruzinski en "La guerra de las imágenes": Las imágenes son los ídolos de los cristianos. La catedral de la ciudad es bastante aburrida y simple, pero tienen una hermosa iglesia franciscana de estilo barroco construida en el siglo XIX y maravillosamente decorada con tallas de la "vieja escuela" y murales manieristas de los zócalos al techo.
Los adolescentes que vimos en la ciudad son bellísimos: morenos y atléticos. El contraste entre las tucumanas y las porteñas es igual: la presencia de un mestizaje distinto se expresa, por ejemplo, en la ausencia de lo que con un amigo denominábamos "traseros sicilianos" (gigantescos y firmes como la roca), y por el hecho de que van por el mundo menos uniformadas.
Esta mañana partimos a las 10 para Tafí del Valle, sobre la cordillera al oeste de San Miguel. Se viaja por dos horas y media, primero por la planicie entre cañaduzales y luego se asciende a los Andes por una carretera estrecha pero buena, bordeando un río. Al rededor hay un bosque espeso la mayor parte del tiempo -supongo que es eso a lo que Nele aprendió a denominar "yunga" en Bolivia-, aunque se nota el avance desastroso de la deforestación en algunos lugares. A pesar de eso el paisaje es bellísimo y tanto lo verde de la espesura como las montañas me recordaron lugares como el cañón del Combeima o la subida a La Línea, en la cordillera central de Colombia.
Luego, como a 2.000 m.s.n.m. el paisaje es seco, de pastizales y cardones, todo pardo, como en los alrededores de Cuzco, y se encuentra el parque nacional Los Menhires, llamado así por unos monolitos erigidos en medio de los cardonales, que merced a la escasa niebla que había tenían una apariencia espectral, como si fueran sujetos que quisieran mimetizarse entre los cardones. Mas adelante hay un embalse llamado "Dique de la Angostura", emplazado entre Tafí y Mollar, un pueblo al que se puede llegar desviándose de la ruta unos 10 minutos antes de llegar a Tafí, y el clima es agradable, cálido y seco, fresco.
Estamos acampando en el camping municipal, un lugar cómodo con baños limpios, parrillas y electricidad, donde también hay cabañas. Tafí es un pueblo chico, fundado por jesuitas, famoso por sus quesos y por el clima maravilloso que tiene. Es el refugio veraniego de la clase media acomodada de San Miguel de Tucumán.
Una cosa que nos ha llamado la atención es que en esta provincia la mayoría de la policía -o lo que sea- que controla el tráfico es femenina. También hemos visto bastantes vigilantas y policías corrientes.
Hoy almorzamos locro, que acá es más espeso que en Buenos Aires, y muy parecido al mute de Boyacá. De hecho, la gente de Tafí parece boyacense: morena, sonrosada y abrigada -aunque sin ruana- haga sol o no. Ayer, cuando acabábamos de llegar y atravesábamos el parque del pueblo buscando el camping con las mochilas aún cargadas, me sucedió una cosa bellísima: hacía sol de tierra fría y había una brisa fresca que cuando uno estaba en la sombra daba frío, caminábamos bajo los pinos del parque y de un momento sentí su aroma, que me trasladó inmediatamente a las mañanas en Sutatausa. Fue como una emboscada. Luego lo supe: la temperatura, el viento, la vegetación... todo era bastante similar aunque no me hubiera dado cuenta.
Subscribe to:
Post Comments (Atom)
1 comment:
que bueno encontrarte!
hermoso leerte
desaparecido!!
Post a Comment