
Cuando vine a este país, quedé maravillado por el lugar que ocupan la comida y el vino a la hora de celebrar lo que sea. Es como si siempre se buscaran pretextos para juntarse a comer. Pero me aburre reunirme con alguien para comer pizza o pasta, los platos favoritos de gran parte de la clase media porteña. Se supone que para hacer honor a mi formación antropológica y a la moda democratera que cunde entre los intelectuales debería escribir alguna oda a las particularidades culturales y culinarias y bla bla bla, pero soy incapaz de semejante farsa.
Sucede que la pampa fue poblada por cazadores-recolectores antes de la Conquista, de modo que muy sofisticados no eran en cuanto a la dieta, a pesar de que en algunos casos cultivaban las exquisiteces de la antropofagia.
Los españoles, de la época del Imperio pasaron más o menos de largo, tratando de librarse de los caníbales, las epidemias, y el aburrimiento mortal de una zona sin ningun recurso minero de importancia ni indios agricultores que sostuvieran el mercado de provisiones.
Esclavos negros hubo pocos, dedicados a la servidumbre, de modo que no debían tener muchas condiciones para sostener sus tradiciones culinarias, al estar aislados en medio de tanto criollerío. Sin embargo, por lo que se sabe, en esa época se comía con algo más de gracia, porque se mantenían los platos favoritos de los indios, criollos,
chapetones* y mestizos, como
el
locro (mute, en colombiano)
, los guisos, tamales, y esas cosas, que se siguen cultivando en la cocina del Noroeste, donde hicieron más pie los españoles del Virreinato: Salta, Tucumán, Jujuy...
Luego vinieron las famélicas avalanchas de Italia y el norte y el este de Europa, y la necesidad se convirtió en virtud, de modo que no sólo se jodió el plan de la burguesía racista en cuanto a
mejorar la estirpe, sino que la cocina quedó lisiada.
La cultura y la política se nutrieron de las tradiciones de los inmigrantes, pero la comida de los italianos pobres ganó su sitial de oro entre las masas argentinas, y la pizza, los ñoquis, y todas las variantes imaginables de la combinación
harina-tomates-queso-cebolla-poca o ninguna carne-acelgas o alguna otra hoja-tomillo colonizaron el calendario social (bueno, comparando lo que perdió en la mesa con lo que ganó en todos los demás terrenos de la vida, le fue mejor que a los demás países del continente). Así, tanto las reuniones de amigos como las familiares, o las salidas a comer, cuentan con la solemne presencia de alguno de los siguientes platos:
Pizza: bueno, ya se sabe qué es. Sus variantes dependen de lo que se le ponga encima, casi siempre relacionado con las salsas que se usan para los espaguetis. Sus más exóticas variedades incluyen cerezas o piña, y las ultra exóticas pollo u hongos. La masa puede ser delgada y crocante (a la piedra) o gruesa y esponjosa, parecida a la del pan (al molde).
Fugazza (y su hermana menor, la
fugazzeta): algo así como una pizza al molde chica, con menos queso y mucha cebolla.
Milanesa: una feta de carne del espesor de un velo envuelta en miga de pan y frita u horneada.
Su más evolucionada preparación es
a la napolitana, plato de sofisticada preparación que se obtiene poniéndole encima queso y tomate. Avanza un proyecto de ley para convertirla en el símbolo gastronómico oficial de la ciudad de Buenos Aires.
Ñoquis: pequeños trozos de una masa elástica cuyo principal ingrediente suele ser la papa. Se los hierve un poco para que ganen consistencia y luego se comen con alguna salsa de las que se usan para la pasta.
Pastas largas con distintos nombres que dependen de sus formas cilíndricas, aplanadas, espiraladas. El nombre de su preparación depende de una de las mentadas salsas.
Canelones: más pasta pero con forma de tortilla mexicana, enrollada como un cilindro y rellena principalmente de: jamón y queso, queso y tomate, ricota, o
verdura (=acelga). Se sirven con cualquier salsa para pasta.
Sorrentinos: algo así como bollos de pasta, principalmente rellenos de ricota o
verdura. Cocinados. Se sirven con salsas para pasta.
Pastas rellenas sin salsa: tartas (forma de torta), empanadas. Se hornean. Los rellenos varían un poco más para incluir maíz, pollo y carne. Las empanadas pueden ser fritas también y rellenarse de dulce de leche o de membrillo. Son, de lejos, mis platos favoritos en la cocina cotidiana porteña. Hay infinidad de variaciones provinciales o municipales, y muchas de ellas son simplemente exquisitas.
Ensaladas: principalmente
mixta (cebolla, tomate, lechuga y/o zanahoria, si se siente transgresor agréguele huevo duro), y
caprese [sic.] (albahaca y tomate). Aderezos al gusto: aceite de oliva, vinagre balsámico [
aceto], limón.
Se acabó.
También está el asado, pero no me refiero a él porque no hace parte de la comida cotidiana y, glorificado por la burguesía terrateniente y más oscurantista, parece representar lo más criollo de la Argentina moderna. Es una institución nacional, y un monumento culinario que lo que no tiene de exquisito en su preparación (no por ello fácil) lo tiene en los sabores y el ambiente anti acelere-metropolitano que se le asocia.
Bueno, la ciudad recibió muchos otros inmigrantes -y continúa haciéndolo-, pero su peso no ha sido suficiente para diversificar la dieta diaria de la clase media. En cualquier barrio poco pretencioso se encuentran parrillas, evitadas por la mayoría de la clase media más esnob y exiliadas de sus barrios, en las cuales se come carne riquísima y a precios irrisorios. Junto a ellas abundan los restaurantes extranjeros o del interior del país, de modo que en pocas cuadras a la redonda se puede elegir entre, por ejemplo, comida argentina del Norte, peruana, gallega, brasileña o libanesa, pero los planes favoritos de la mayoría de los porteños siempre terminan en la pizzería.
Por otra parte, hay que reconocer que fácilmente se encuentran ingredientes para escapar del
cerco de acero del trigo y los tomates, y cocinar cosas ricas.
*
Chapetón: denominación neogranadina que se le daba a los españoles por el enrojecimiento que el calor del trópico les provocaba en el rostro. Se ponían
chapetos.